Prólogo
PRÓLOGO
Oliver tenía la mano en la manija de la puerta, listo para escapar, para procesar el torbellino de sensaciones en la seguridad de su habitación. Pero Eliot no se movió. No liberó los seguros.
Luego, sin una palabra, se inclinó hacia él.
No fue un movimiento brusco, sino deliberado, fluido. Su brazo se extendió a través de la consola central y su mano buscó la manija de la puerta. Los dedos largos y hábiles encontraron los de Oliver, rozándole apenas los nudillos.
De repente, la distancia entre ellos se evaporó.
Sus rostros estaban separados por apenas un suspiro. Oliver podía ver cada pestaña que proyectaba sombras sobre los pómulos altos de Eliot, cada mota de plata en sus pupilas dilatadas en la penumbra. Podía sentir el calor de su aliento mezclándose con el suyo, que se había vuelto rápido y superficial.
El mundo exterior se desvaneció. Solo existía aquel espacio confinado, perfumado a cuero y a la colonia elegante de Eliot; aquella abrumadora proximidad del hombre que había sido protagonista de sus sueños durante más de cinco años.
Sus miradas se encontraron.
La de Eliot era intensa, inquisitiva, como si estuviera realizando un último cálculo, un análisis final de riesgo y recompensa. La de Oliver, seguramente, era un libro abierto de pánico, anhelo y absoluta incredulidad.
Sentía el calor subiéndole por el cuello, prendiendo fuego a sus mejillas, una conflagración que sabía que debía ser visible incluso bajo la luz tenue. Se sentía transparente, expuesto, como si cada latido traicionero de su corazón fuera un faro.
Eliot observó el rubor extenderse, sus ojos siguiendo su recorrido desde el escote de la camisa prestada hasta la línea del cabello.
Y entonces habló.
Su voz era baja, ronca, y sonaba con una posesividad absoluta que paralizó a Oliver.
—Cada vez que te sonrojas —dijo, con las palabras lentas y medidas—, quiero morderte las orejas.
No era una coquetería. No era un cumplido poético.
Era la declaración de un hecho, cruda, visceral y tan inesperadamente íntima que a Oliver se le cortó la respiración. Era la verbalización de un impulso animal, presentada con la frialdad de una observación científica. Como si fuera la consecuencia lógica, natural, del rubor de Oliver. Como si el deseo fuera un dato más en la perfecta ecuación de Eliot.
Una risa nerviosa, aguda y completamente fuera de lugar, escapó de los labios de Oliver.
Fue un sonido de puro shock, nacido de la incapacidad para procesar lo que acababa de escuchar. Se rio y, de inmediato, se mordió el labio, con los ojos verdes muy abiertos, sin saber qué diablos decir ante aquello.
¿Gracias?
¿O quizá: por favor, hazlo?
No tuvo tiempo de decidir.
Porque Eliot se acercó.
No con torpeza, sino con la precisión impecable de un depredador que conoce exactamente la distancia de ataque. Su mano se elevó, los dedos rozando primero la línea de la mandíbula de Oliver, un contacto tan ligero que podría haber sido imaginado. Luego, esa misma mano se hundió en el cabello de Oliver, en la nuca, sujetándolo con firmeza.
Y entonces lo besó.
No fue un beso suave ni tímido. Sus labios encontraron los de Oliver con una seguridad absoluta, calientes y firmes, moviéndose con una intención clara que desarmó por completo cualquier posible resistencia.
A Oliver, el mundo le estalló en un silencio blanco.
Todos los pensamientos, el pánico, la vergüenza, el análisis interminable, se disolvieron en la sensación pura y abrumadora del beso. El sabor de Eliot invadió sus sentidos. La mano en su nuca lo mantenía en su lugar, pero no era necesaria; Oliver se derrumbó hacia él, un gemido ahogado atrapado en la garganta que se convirtió en un suspiro y que Eliot capturó.
Eliot no se apresuró. Besó a Oliver con una intensidad concentrada, como si estuviera saboreando una muestra rara, mapeando cada una de sus reacciones.
Su otra mano se posó en el costado de Oliver, el pulgar trazando un arco sobre su costilla a través de la fina tela de la camisa prestada.
Era un contacto que quemaba.
Oliver respondió como un hombre que se ahoga y encuentra aire. Sus propias manos, temblorosas, se aferraron a los hombros de Eliot, a la lana suave de su abrigo, anclándose a la única realidad sólida en un universo que se había vuelto líquido y ardiente.
Besó a Eliot de vuelta, con toda la desesperación contenida en meses de miradas furtivas y anhelos secretos, en años de deseo escondido, con la rendición total de quien ya no tiene nada que perder.
Fue Eliot quien finalmente se separó, solo lo suficiente para que sus labios se apartaran unos milímetros.
Sus respiraciones eran rápidas y entrecortadas, mezclándose en el pequeño espacio entre ellos. Oliver jadeaba, sus labios hormigueantes, su mente convertida en un torbellino de sensaciones.
Abrió los ojos y se encontró con la mirada de Eliot.
Los ojos azules, normalmente tan impasibles, ardían con un fuego frío y concentrado. Había satisfacción allí, la del científico que ha confirmado su hipótesis, pero también algo más profundo, más voraz.
Luego inclinó la cabeza y, haciendo honor a su palabra anterior, hundió los dientes con suavidad, pero con firmeza, en el lóbulo de la oreja de Oliver.
No fue un mordisco doloroso, sino una presión posesiva, un sello.
Una oleada de sensación eléctrica recorrió a Oliver de la cabeza a los pies, haciéndolo arquearse en el asiento con un jadeo agudo. Eliot soltó su lóbulo, su aliento cálido contra la piel sensible, y luego depositó un beso suave, casi conciliador, en el mismo lugar.








