Chapter 1: EL EXPEDIENT ZAFIRO
Narrado en Primera Persona por Alexei — El Captor)
Alexei
El aire en los niveles inferiores del comando central olía a lo mismo de siempre: ozono, metal ionizado, sudor rancio de reclutas y el sutil pero inconfundible aroma del miedo burocrático. Caminar por estos pasillos de hormigón reforzado a menudo me resultaba claustrofóbico, y no porque le temiera a los espacios cerrados. Había sobrevivido en trincheras del tamaño de una fosa común y en búnkeres subterráneos donde el oxígeno se racionaba a cucharadas. El problema era mi propio maldito cuerpo. Con casi dos metros de altura y un peso que superaba los ciento diez kilos de puro músculo entrenado para el impacto, el mundo civil y las oficinas gubernamentales parecían diseñados para hombres de una escala menor. Hombres que no necesitaban agachar la cabeza al cruzar el umbral de una puerta blindada. Hombres cuyas espaldas no eran tan anchas como para bloquear el paso en un corredor de seguridad.
Me detuve frente al escáner de retina de la Oficina de Operaciones Negras. El láser rojo barrió mis ojos, deteniéndose un milisegundo más de lo habitual. No lo culpaba; los algoritmos de reconocimiento biométrico solían tener problemas con los fallos de la naturaleza. Mi heterocromía era un registro que el sistema siempre tardaba en procesar. El ojo derecho, de un verde militar tan oscuro y denso que recordaba al musgo de los bosques del este donde aprendí a disparar; el izquierdo, de un gris tormenta, opaco, frío, desprovisto de cualquier rastro de empatía humana. Dos colores. Dos perspectivas. El verde calculaba la balística, la distancia del objetivo y el viento; el gris medía la debilidad del enemigo, el punto exacto donde la carne se rompía y el espíritu se rendía.
La puerta de acero se deslizó con un siseo neumático y entré al despacho del General Valerius Barkov.
La habitación era un monumento a la hipocresía militar. Paredes revestidas de caoba falsa, banderas oficiales con demasiadas medallas colgadas de los mástiles y un escritorio de madera maciza que parecía blindado. Barkov estaba sentado al fondo, con su uniforme impecable, ni una sola cana fuera de su sitio y esa expresión de político que ha olvidado el olor de la pólvora real pero que disfruta firmando órdenes de ejecución desde la comodidad de una silla de piel.
—Llegas tarde, Capitán Volkov —dijo, sin levantar la vista de unos documentos. Su voz tenía el tono raspado de un fumador empedernido.
—El Escuadrón Sombra 7 no sigue el horario de la guarnición regular, General —respondí. Mi voz salió profunda, un rugido ronco que pareció hacer vibrar los cristales de los marcos de las fotos de la pared. No me molesté en sentarme. Sabía que si lo hacía, mis rodillas golpearían el borde inferior de su escritorio de caoba y no estaba de humor para sutilezas—. Mis hombres terminaban de limpiar el armamento táctico. Estábamos listos para el despliegue en la frontera sur. ¿Por qué se nos ha revocado la orden?
Barkov finalmente levantó la vista. Sus ojos ancianos y corruptos se fijaron en mis manos, que descansaban a los costados de mi pantalón táctico. Eran manos grandes, de nudillos gruesos y callosos, completamente devoradas por la tinta negra. Tatuajes que no eran por estética, sino trofeos de guerra. Calaveras tácticas grabadas en la piel de los dedos que se entrelazaban con runas antiguas de protección y muerte; runas que subían por mis muñecas como grilletes oscuros y se convertían en una densa "manga" de tinta negra en mi brazo derecho. Ese brazo era una obra de arte macabra que terminaba en mi cuello, ocultando las cicatrices de la última vez que un cuchillo de la mafia intentó encontrar mi yugular. En mi espalda, ocultas por la pesada chaqueta de las Fuerzas Especiales, yacían las alas de un ángel caído hechas de alambre de espino trenzado con fusiles de asalto, un diseño masivo que cubría desde mis trapecios hasta la base de mi columna. Cada línea de tinta representaba a un capo de alto rango que mi escuadrón había cazado y exterminado fuera del registro oficial del gobierno.
—Se te ha revocado la orden porque ha surgido un objetivo de máxima prioridad en Verona del Norte —dijo Barkov, deslizando un pesado cartapacio de color beige a través de la superficie pulida de la mesa—. Olvida la frontera. Olvida a los contrabandistas de bajo nivel. El Sindicato Romanov está expandiendo sus rutas hacia los puertos principales y el gobierno no puede permitirse que la Bratva controle el mercado negro de armas pesadas.
—Sombra 7 es una unidad de exterminio, General —le recordé, dando un paso adelante. Mi sombra, masiva y amenazante, cubrió por completo el escritorio del viejo—. Operamos en las sombras. Cazamos a los monstruos de la mafia que la ley no puede tocar y los dejamos en bolsas de basura en los callejones para enviar mensajes. Si lo que quiere es un arresto político, mande a la policía militar.
—No quiero un arresto, Alexei —siseó Barkov, y por primera vez vi un destello de auténtico nerviosismo en su mirada—. Quiero que destruyas la estructura desde la raíz. Pero para hacerlo, necesito que la pieza central de este expediente llegue viva a la base oculta. Al menos, el tiempo suficiente para que nos entregue los códigos criptográficos de las cuentas bancarias extranjeras y las rutas marítimas del sindicato. Después... puedes hacer con ella lo que tu naturaleza te dicte.
Giré la mano izquierda, dejando a la vista las cicatrices de metralla que partían en dos las runas tatuadas de mi palma, y abrí el expediente.
La primera fotografía me congeló el aire en los pulmones.
Fue un impacto biológico, violento y primitivo. El ojo verde y el gris se enfocaron en la misma imagen, y por primera vez en mis veintisiete años de vida, sentí que mi cordura se tambaleaba bajo el peso de una fijación enfermiza. Una posesividad instantánea, absurda y salvaje, me atenazó las entrañas como un gancho de carnicero. Era ella. Elena Romanov. El archivo adjunto decía que acababa de cumplir veintidós años, pero su rostro en la fotografía de alta resolución parecía el de una muñeca de porcelana pura perdida en un nido de víboras.
Era bajita. Malditamente pequeña. Apenas un metro con cincuenta y ocho centímetros de estatura. El perfil táctico redactado por el servicio de inteligencia detallaba una anatomía que parecía una burla cruel del destino, una combinación diseñada para desarmar a cualquier hombre antes de ejecutarlo: una cintura de avispa ridículamente pequeña, unas curvas pronunciadas que se acentuaban en un trasero respingón y firme, producto de una disciplina doble que me pareció fascinante: años de ballet clásico ruso en la academia real y un entrenamiento despiadado, casi militar, en artes marciales mixtas y combate con armas blancas. Tenía el cabello largo, liso y negro como el ala de un cuervo, cayéndole más abajo de la cintura en la foto de perfil. Pero lo que me detuvo el pulso por completo fueron sus ojos. Un azul zafiro tan intenso, tan gélido y carente de miedo, que parecía estar mirando directamente a la lente del satélite que la espiaba desde el espacio profundo. No había sumisión en esa mirada. Había desprecio. Había fuego.
—La llaman "La Muñeca de Cristal" dentro de la Bratva —continuó la voz de Barkov, que ahora me parecía un zumbido distante mientras mis dedos tatuados, toscos y manchados de pólvora, recorrían el borde de la fotografía, acariciando la línea perfecta de su mandíbula pixelada—. Pero no te dejes engañar por su tamaño o su apariencia delicada, Capitán. A sus veintidós años, esa mujer ha ejecutado a tres capos rivales que intentaron sobrepasarse con ella. Es la mente estratégica más letal de la familia. Su hermano Mikhail, el actual líder en funciones, no mueve un solo dedo ni autoriza un cargamento sin su consentimiento. Ella es el cerebro; él es solo el músculo.
—Es una criminal —susurré, mi voz arrastrándose como una promesa oscura en la oficina silenciosa—. Una rata de la mafia que ha tenido la suerte de heredar un imperio de sangre.
—Es el objetivo que vas a cazar esta noche —sentenció el General, poniéndose en pie y apoyándose en sus puños—. La inteligencia militar ha interceptado sus comunicaciones cifradas. Esta noche, a las cero doscientas horas, Elena bajará personalmente al almacén del muelle 4 en la zona portuaria de Verona del Norte. Va a limpiar una traición interna. Un capataz de la mafia ha estado vendiendo información al ejército y ella va a cortarle la cabeza personalmente para mantener el orden. El Escuadrón Sombra 7 operará en la zona muerta. Sin comunicaciones oficiales con el comando central. Sin apoyo de infantería si las cosas salen mal. La emboscas, eliminas a sus escoltas, usas tu fuerza para someterla y la traes al búnker subterráneo de tu base oculta. La quiebras, Alexei. Consigue esos malditos códigos.
Cerré el expediente de golpe. El sonido de las hojas de papel impactando contra el cartapacio resonó en las paredes de la oficina como el disparo de una escopeta.
Me puse de pie por completo, estirando mis dos metros de altura y obligando al General a levantar la barbilla para mantener el contacto visual. Sentí cómo la adrenalina, espesa y ardiente, empezaba a bombear desde mi corazón hacia cada uno de mis músculos entrenados, inflando mi pecho y tensando los tatuajes de mis hombros. Una obsesión oscura, un hambre que nunca antes había experimentado por ningún objetivo militar, me nubló el juicio por completo. Ya no me importaba la Bratva. Ya no me importaban los malditos códigos bancarios que el viejo Barkov quería para llenarse los bolsillos. Lo único que me importaba era ver qué expresión pondría esa pequeña mujer de ojos azul zafiro cuando descubriera que su belleza y su letalidad no significaban nada frente a un depredador que le doblaba el tamaño y que estaba dispuesto a romperla con tal de poseerla.
—Considérelo hecho, General —dije, ajustándome con parsimonia los guantes tácticos de Kevlar sobre mis manos tatuadas—. Para cuando salga el sol, la Muñeca de Cristal habrá descubierto lo que significa vivir en una jaula militar. Y yo seré el único que tenga la llave.
Giré sobre mis talones y salí de la oficina a zancadas, mis botas de combate resonando con un eco pesado contra el suelo de hormigón. El pasillo parecía más estrecho que antes, o tal vez era mi propia furia posesiva la que expandía mi cuerpo con cada respiración.
Veinte minutos más tarde, me encontraba en el hangar de la base de operaciones negras. El clima exterior se había sumado a la violencia de la noche: una tormenta de Europa del Este azotaba las paredes de metal corrugado del hangar con la fuerza de un huracán, la lluvia repiqueteaba como ráfagas de ametralladora contra el techo y el viento aullaba entre los rotores del helicóptero de asalto furtivo que ya esperaba con los motores encendidos en un zumbido grave y vibrante.
Dentro del aparato, iluminados por la tenue y tétrica luz roja de la cabina táctica, mis hombres ya estaban posicionados. Eran las tres extensiones de mi voluntad en el campo de batalla.
El Teniente Viktor "Cazador" Ivanov levantó la vista de su rifle de francotirador McMillan de alta precisión. Tenía una sonrisa cínica e insolente grabada en su rostro de veintiséis años, y sus ojos verdes ceniza brillaban con esa diversión peligrosa que lo caracterizaba. La cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda se tensó cuando mascó un chicle con total desparpajo.
A su lado, el Sargento Marcus "Yunque" Vance terminaba de ajustar las cargas explosivas C4 en los compartimentos de su chaleco antibalas de alta densidad. Sus masivos brazos de un metro noventa y tres de puro músculo negro estaban cruzados sobre su pecho, fijos en mí, esperando la orden. Era un muro de silencio y disciplina táctica.
En la esquina trasera, rodeado de pantallas táctiles portátiles y antenas de satélite portátiles, el cabo Dimitri, mi primo menor, tecleaba con una velocidad frenética, sus lentes tácticos reflejando las líneas de código verde que rastreaban las señales de la zona portuaria de Verona del Norte.
—¿Tenemos luz verde para el baño de sangre, Capitán? —preguntó Viktor, guiñándome un ojo mientras deslizaba el cargador en su rifle con un chasquido metálico perfectamente limpio.
Me subí al helicóptero, teniendo que encorvar la espalda para no golpear el techo de la cabina, y me agarré con una sola mano tatuada de la barra de sujeción superior. Los músculos de mi brazo derecho se tensaron como cables de acero bajo la presión de mi propio peso. Miré a mis tres hombres con el ojo verde fijo en la disciplina y el gris sumido en la crueldad.
—Tenemos un objetivo de alto rango para Sombra 7 —anunció mi voz, acallando el rugido de los motores del helicóptero—. Elena Romanov. Se mueve en el muelle 4 a las cero doscientas. Su escolta armada es prescindible; eliminen a cualquiera que se interponga en el perímetro. Pero ella... ella regresa conmigo intacta. Nadie la toca, nadie le dispara a menos que ponga en riesgo la misión, y si alguno de ustedes permite que se le escape, yo mismo me encargaré de enterrarlos en la nieve. ¿Ha quedado claro?
—Entendido, Capitán —respondió Vance con su voz de barítono.
Viktor soltó una risita baja, ajustándose el casco táctico.
—La Muñeca de Cristal de la Bratva... He oído que es una preciosidad, jefe. Una lástima que tengamos que meterla en un sótano.
Sentí una oleada de calor violento subirme por el cuello. Mis dedos se cerraron sobre la barra de acero con tanta fuerza que el guante de Kevlar crujió. Di un paso hacia Viktor, mi inmenso cuerpo arrinconándolo contra el mamparo del helicóptero en un segundo.
—Ella no es una distracción para tus hormonas, Ivanov —le siseé a un centímetro de su rostro, mi ojo gris clavándose en los suyos—. Es mi prisionera. Mi objetivo. Vuelve a hacer un comentario sobre su aspecto y te aseguro que tu próxima misión será dentro de una bolsa de cadáveres.
Viktor tragó saliva y la sonrisa desapareció de su rostro, reemplazada por un asentimiento tenso de respeto militar.
Me di la vuelta, mirando hacia la compuerta abierta mientras el helicóptero se elevaba violentamente hacia el cielo negro y tormentoso. La lluvia helada me golpeó el rostro, pero no la sentí. En mi bolsillo táctico, contra mi pecho, sentía el peso del expediente.
"Elena", pensé, mientras las aspas cortaban el aire de la noche hacia los muelles corruptos. "Disfruta de tus últimos minutos de mando. Porque tu imperio termina en el muelle, y tu nueva vida empieza bajo mi bota".








