Cap 1: Mi nombre

Tengo veinte años.
Al menos, eso dicen mis documentos, porque he aprendido que los documentos son mucho más útiles que la verdad.
Es una edad cómoda. Lo bastante joven para que nadie se pregunte por qué no tengo una carrera, una familia o un trabajo estable. Lo bastante adulta para que nadie espere que dé explicaciones sobre dónde estuve el año pasado.Veinte años es una buena edad para desaparecer, eso lo sé porque llevo casi un siglo haciéndolo, pero no, no voy a explicar eso todavía.
Si has encontrado este diario, probablemente ya hayas descubierto que las cosas no son exactamente como parecen. Y si todavía no lo has descubierto, será mejor que empiece por el principio.
Mi nombre es Veinte.
El mío no puedo decirlo. No ahora. Quizá dentro de unas semanas. Quizá dentro de unos años.
Quizá nunca.
Sé que suena absurdo. Al fin y al cabo, ¿qué peligro puede haber en un nombre?Hace casi cien años, ninguno.Podías decirle tu nombre a alguien en una estación de tren y, como mucho, esa persona podía recordarlo. Si quería encontrarte, tenía que saber dónde vivías. Preguntar por ti. Escribir cartas. Con suerte, conocer a alguien que conociera a alguien que te conociera. Había tiempo, porque ahora no. Ahora basta con un nombre.
Un nombre escrito en Google.Una fotografía.Una cuenta abandonada.Un comentario.Un perfil que alguien creó hace ocho años y que tú ni siquiera recuerdas.Un solo clic.
Eso es todo lo que hace falta para encontrarte, y eso lo sé porque y yo llevo demasiado tiempo intentando que nadie me encuentre. Por eso Veinte no es mi nombre, ni tampoco es el nombre que estoy usando ahora, es simplemente el nombre que estoy usando para contar mi historia.Tampoco ahora tengo mi primer nombre.Ni el segundo… pero, ¿será el último?A lo largo de estos años he tenido tantos que a veces tengo que pensarlo antes de responder cuando alguien me pregunta cómo me llamo, porque hay nombres que recuerdo perfectamente. Otros los he olvidado.Algunos pertenecen a personas que ya no existen. Y algunos… Bueno. Algunos todavía existen: Ese es el problema, porque durante mucho tiempo pensé que cambiar de nombre era suficiente, pero después aprendí que no.
Puedes cambiar de nombre, cambiar de ciudad, de trabajo. Puedes cambiarte el pelo, la ropa, la forma de hablar. Puedes desaparecer durante diez años. Pero no puedes cambiar tu cara.
Y yo llevo 80 años con la misma.
Por eso aprendí a no dejar fotografías. A no aparecer dos veces en el mismo lugar si ya mucha gente me conocía. A no mantener amistades demasiado tiempo. A no enamorarme... y sobre todo, a no quedarme.
Siempre llega un momento en el que alguien empieza a hacer preguntas.¿Por qué nunca cambias?¿Por qué tienes fotos tan antiguas?¿Por qué no tienes padres?¿Por qué no recuerdas tu infancia?¿Por qué pareces exactamente igual que en aquella fotografía?Entonces me voy. Siempre me voy.Hasta ahora.
Porque ya empiezo a estar cansada, y esta ciudad me gusta. Nunca había vivido en una ciudad pequeña, y a lo mejor esa sensación de “hogar” que sentí en este sitio, me hizo cometer un error: Cometí el error de pensar que quizá esta vez sería diferente … “Quizá podría tener una vida normal”. “Un trabajo”. “Una casa”. “Una amiga”. “Un amor”… otro amor.
Pero, tengo veinte años y llevo casi un siglo teniendo veinte años, y, aun así, sigo cometiendo los mismos errores que cuando realmente tenía veinte.
Supongo que eso es lo que nadie te cuenta al tener que sobrevivir demasiado tiempo.No te vuelves más sabio. Solo tienes más cosas que recordar…
Y más cosas que perder.








