Ceniza+ by MATHEO ALEJANDRO at Inkitt
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Ceniza+

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Summary

«En la mecánica clásica, el problema de los tres cuerpos busca predecir el movimiento de tres masas puntuales que interactúan entre sí. Mientras que un sistema de dos cuerpos es estable y predecible, la incorporación de un tercer objeto introduce un comportamiento caótico, volviendo el sistema impredecible a largo plazo». Miauki no es una víctima; es un sobreviviente y un activo de alto riesgo. Tras el colapso del Proyecto y la masacre de su especie en el moribundo planeta Lumini, él es el único de su clase que queda en la Tierra. Acorralado por la U.A.K., la despiadada corporación militar que busca explotar su intelecto, Miauki logra negociar un peligroso arresto domiciliario bajo la custodia de Erik, la primera persona que le abrió las puertas y su único amigo de confianza en este mundo. Sin embargo, el frágil equilibrio se quiebra cuando la U.A.K. le asigna una supervisora personal: Elizabeth, la firme pero justa hija del Director Ejecutivo. Entre inventos clandestinos, el rastro de la «ceniza» —una sustancia tan letal como adictiva— y una vigilancia que no perdona errores, Miauki deberá jugar sus mejores cartas si quiere conservar lo poco que le queda de cordura... o lo que queda de sus ruinas.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Restos de ceniza

El metal helado de la mesa se le pegaba a la piel de los antebrazos. Miauki movió las muñecas apenas un centímetro, suficiente para que el chasquido seco de las esposas metálicas resonara en toda la habitación. El parpadeo de la luz blanca del techo emitía un zumbido eléctrico molesto que le taladraba la cabeza, pero él mantenía la espalda recostada contra el respaldo, mirando fijamente al sujeto al otro lado del escritorio.

El agente de la U.A.K. ajustó su uniforme pulcro y abrió una carpeta táctica con parsimonia, pasando las hojas sin mirarlo.

—Sujeto Miauki —dijo el oficial con una voz plana, desprovista de cualquier emoción—. Procedamos desde el inicio para el registro oficial. Planeta de origen y motivo de tu llegada a la Tierra.

Miauki soltó un resoplido corto, inclinando levemente la cabeza hacia un lado.

—Lumini —respondió con desgano, marcando bien cada sílaba—. Vine para salvar a mi especie. Éramos siete en ese proyecto, pero como ya deben saber en sus expedientes... la cosa no salió muy bien.

El agente anotó un par de líneas en la hoja antes de levantar la vista con frialdad.

—Registramos el rastro de tu impacto. Sin embargo, lo que no cuadra en el informe es cómo terminaste en el perímetro de un civil llamado Erik. ¿Por qué no lo mataste? Un desconocido era un riesgo directo para tu posición.

Miauki soltó una risa corta, seca, acomodando su postura con la lentitud de quien no tiene ninguna prisa.

—Porque estar muerto de hambre no entra en mis planes de supervivencia —respondió, dejando que una sonrisa torcida le dibujara el rostro—. Hicimos un trato simple. Él me daba un techo y yo le armaba baratijas. Cosas sencillas para mí, pero que para ustedes los humanos parecen milagros de ingeniería. Erik las vendía, conseguíamos dinero y manteníamos un perfil bajo. Un negocio limpio.

El agente de la U.A.K. no se inmutó.

—Un acuerdo conveniente para un fugitivo.

—Un equilibrio perfecto —lo corrigió Miauki, inclinándose ligeramente hacia adelante, haciendo que la cadena de las esposas se tensara sobre el metal—. Dime una cosa... ¿conoces el problema de los tres cuerpos?

El oficial detuvo el trazo del bolígrafo y levantó la mirada.

—Por supuesto que lo conozco.

—Entonces entiendes la física —murmuró Miauki con una frialdad afilada—. Dos cuerpos pueden orbitar en relativa armonía. Erik y yo teníamos un plan. Pero cuando llegó el tercer cuerpo... cuando aparecieron ustedes... todo el sistema colapsó en un caos.

El agente de la U.A.K. no pestañeó. Se limitó a cerrar la carpeta sobre la mesa con un golpe seco que retumbó en las paredes de concreto.

—A la U.A.K. no le interesa la física de tus alianzas, Miauki —dijo, apoyando los codos sobre el escritorio—. Nos interesa lo que sigues omitiendo. Llevamos días revisando tu expediente y no hay una sola mención a tu vida antes de abordar la nave. Ni una palabra sobre tu familia, ni sobre cómo terminaste en ese proyecto de evacuación.

Miauki apretó la mandíbula. El tono burlesco de su rostro se desvaneció al instante, reemplazado por una rigidez absoluta. Las esposas metálicas volvieron a tensarse cuando sus puños se cerraron con fuerza sobre la mesa.

—No hay nada que hablar de eso —murmuró con la voz raspada.

—Siempre hay algo —insistió el oficial, fijando su mirada en él con frialdad—. Nadie abandona su planeta natal solo porque sí. Si quieres que este registro avance, vas a tener que llenar los vacíos. ¿Qué pasó en Lumini antes de que te subieran a esa nave?

El zumbido de la luz blanca en el techo empezó a distorsionarse en los oídos de Miauki, volviéndose más distante, sepultado por el eco de un estático familiar. El olor a metal helado de la sala de interrogatorios fue sustituido por el aroma denso de la ceniza filtrándose por una ventana abierta.

De pronto, ya no estaba frente al agente de la U.A.K.

Estaba de nuevo en la cocina de su infancia, con la pantalla del televisor encendida de fondo mientras Zisel y Ayesha discutían en voz baja sobre los reportes de las noticias...

«...trescientos doce decesos en el Sector C-4 debido a colapsos respiratorios por sobredosis de ceniza. Se reportan además catorce disturbios menores...»

Zisel dejó caer los cubiertos sobre el plato, produciendo un chasquido seco. No había probado bocado. Tenía los ojos hundidos, rodeados de unas ojeras que parecían tatuadas en la piel, reflejando el brillo de la pantalla. Miró de reojo la comida intacta y luego hacia la ventana, donde las luces de los edificios infinitos se ahogaban en la neblina.

—Es triste, ¿no, amor? —soltó Zisel en un suspiro, con una voz arrastrada y cargada de un cansancio profundo.

Ayesha lo miró desde el otro lado de la mesa, dejando de lado lo que estaba haciendo para prestarle toda su atención. Su mirada reflejaba la misma desilusión, pero suavizada por el cariño.

—¿Qué ocurre, Zisel? —preguntó ella con suavidad.

—Digo... sé que de por sí ya soy muy pesimista —continuó él, frotándose el puente de la nariz como si intentara borrarse el peso del día—. Pero es triste cómo estos avances no hacen más... Solo mira afuera. Tan apagado, tan... gris. Ojalá la ceniza se acabe pronto.

Ayesha no supo qué responderle. No porque no quisiera, sino porque sabía que el aire afuera estaba igual de podrido que las palabras en las noticias.

Kallisto estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, moviendo una pequeña figura de plástico desgastada en el aire mientras hacía sonidos de motores con la boca. Miauki la miraba con los ojos muy abiertos, completamente abstraído del murmullo constante del televisor y de las palabras pesadas de sus padres en la cocina. Para un niño de su edad, el mundo real —ese megaedificio gris y ahogado en neblina— dejaba de existir cuando su hermana mayor decidía que era hora de jugar.

—¡Y entonces la nave esquiva el asteroide y aterriza en el planeta! —dijo Kallisto con una sonrisa amplia, pasándole el juguete a su hermano—. Te toca, Miauki. Trae los otros robots de tu cuarto para hacer la base.

—¡Voy rápido! No te muevas —respondió él, levantándose de un brinco con la energía que solo un niño tiene.

Miauki cruzó el pequeño pasillo corriendo en dirección a su habitación. Al entrar, se arrodilló junto a su cama y empezó a hurgar en una caja de cartón vieja, buscando las piezas que faltaban. Tenía las manos llenas de juguetes cuando el primer estruendo rompió el silencio de la casa.

Un golpe seco, metálico. La puerta cediendo de un impacto violento.

El corazón de Miauki dio un vuelco. Se le cayeron dos robots de las manos, pero apretó el último contra su pecho. Instintivamente, llevado por el terror puro de un niño, se arrastró de vientre bajo la cama, pegándose a la pared helada y conteniendo el aliento.

Se escucharon voces secas, agresivas, e inmediatamente el tono desesperado de Zisel intentando interponerse:

—¡Espera, no hay nada aquí, por favor—!

Tres detonaciones ensordecedoras retumbaron en las paredes del pasillo, ahogando las palabras de su padre.

El retumbo de los disparos pareció hacer vibrar las tablas del suelo debajo del cuerpo de Miauki. Siguieron dos golpes sordos e inmediatos. Luego, un silencio sofocante, roto únicamente por el crujido caótico de cajones siendo arrancados, muebles volcados y pasos apresurados buscando lo que fuera de valor. Rápido. Desesperados.

Los pasos arrastrados finalmente se perdieron pasillo abajo, seguidos por el azote de la puerta al salir. Un silencio helado y pesado cayó sobre la casa, interrumpido únicamente por la voz metódica de la presentadora en el televisor:

«...se confirman trescientos doce decesos en el Sector C-4 debido a colapsos respiratorios por sobredosis de ceniza. Se reportan además catorce disturbios menores y saqueos en las zonas periféricas. Las autoridades recomiendan mantener las puertas cerradas...»

Miauki no podía respirar. Se quedó acurrucado en la oscuridad debajo de la cama, con los ojos abiertos de par en par en medio del polvo, esperando que los latidos desenfrenados de su pecho no delataran que seguía vivo. El robot de plástico entre sus dedos amenazaba con romperse por la fuerza con la que lo apretaba.

Pasaron segundos que se sintieron como horas.

Arrastrándose con torpeza, salió de su escondite. Las piernas le temblaban de tal manera que apenas podía sostenerse. Avanzó por el pasillo a oscuras, guiándose solo por el parpadeo azulado de la pantalla de la sala. A cada paso, el aroma metálico y caliente del ambiente desplazaba el olor de la ceniza.

Al cruzar el umbral de la cocina, se detuvo en seco.

La luz de la pantalla iluminaba directamente la escena. Zisel y Ayesha estaban tendidos cerca de la mesa, inmóviles, con la comida fría intacta en los platos. Y a solo unos pasos, en el mismo tramo de suelo donde hacía unos instantes volaban galaxias imaginarias, yacía Kallisto. Tenía la mano todavía medio extendida, como si intentara alcanzar el juguete que rodó hasta el rincón. Sus ojos abiertos miraban fijamente al techo, vacíos de todo brillo.

En el televisor, la voz de la presentadora continuaba de fondo de forma indiferente:

«...se proyecta que la concentración de ceniza alcance su punto crítico durante la madrugada. Se reitera a la población no salir de sus hogares...»

Miauki se quedó paralizado en medio de la habitación. No hubo llanto, ni grito. Solo un vacío helado expandiéndose en su pecho mientras la pantalla seguía emitiendo su brillo azulado sobre los cuerpos.

El destello azulado del televisor en la cocina se disolvió de golpe. El zumbido molesto de la luz blanca en el techo regresó con fuerza, trayendo de vuelta el olor a metal helado y la presión de las esposas en las muñecas.

Miauki parpadeó lentamente. Sus puños, aún apretados sobre la mesa, temblaban de forma casi imperceptible antes de volver a relajarse.

Al otro lado del escritorio, el agente de la U.A.K. terminó de garabatear una nota en el margen del expediente táctico. El trazo de la tinta sonaba frío, metódico.

—Trauma infantil severo derivado de violencia doméstica o saqueo —comentó el oficial sin levantar la vista, con una apatía casi clínica—. Un detonante predecible para explicar tu alistamiento posterior. Sin embargo, ese recuerdo no explica el Proyecto de Evacuación. Necesitamos los detalles de la nave, los nombres de los otros seis pasajeros y la razón por la que colapsó la misión.

Miauki soltó un aire pesado por la nariz. Se recostó de nuevo contra el respaldo de la silla, dejando que el metal del asiento absorbiera su calor corporal.

—No voy a hablar de eso —dijo con la voz rasposa, pero recobrando ese matiz cínico—. Al menos no hoy. Esta conversación se terminó. Ya me cansé de estar en esta celda. Me voy a casa.

El agente dejó caer el bolígrafo sobre la mesa con un golpe seco que retumbó en la habitación. Cruzó los brazos y lo miró con una mueca que rozaba la burla.

—¿A casa? Por si se te olvidó en qué posición estás, no estás en un hotel, Miauki. Eres un sujeto no identificado de alto riesgo bajo custodia militar. No te vas a ir a ningún lado. Vas a responder lo que te pregunte, al ritmo que yo decida.

—Pruébame —desafió Miauki, inclinándose hacia adelante de golpe. La cadena de las esposas se tensó con un chasquido metálico violento—. Apriétame un poco más. Dame descargas, déjame sin comer, encuérrame en un calabozo helado si quieres. ¿Y sabes qué vas a conseguir? Nada. Ni un solo nombre, ni un solo plano de la nave. Te vas a quedar con un expediente en blanco y con tus superiores respirándote en el cuello por incompetente.

El oficial no se inmutó, aunque la vena de su cuello se marcó levemente.

—Tarde o temprano todos hablan. No eres tan especial como crees.

—Soy el único que sobrevivió —lo corrigió Miauki con una sonrisa afilada, marcando cada palabra con veneno—. Soy la única pieza de tecnología y biología que tienen de mi planeta. Si me rompes, te quedas sin nada. Si me apagas la mente, tu carrera en la U.A.K. se va a la mierda ese mismo día. Así que no juegues al policía duro conmigo, porque los dos sabemos quién tiene la sartén por el mango.

El silencio en la sala se volvió ahogante. El agente apretó la mandíbula, sosteniéndole la mirada. Sabía que el maldito alienígena tenía razón: las órdenes de arriba sobre el "Sujeto Miauki" exigían mantener el activo intacto y funcional a toda costa. Un colapso mental arruinaría meses de investigación.

—No voy a autorizar una liberación —escupió el oficial, tratando de no perder el piso.

—No te estoy pidiendo que me liberes, no seas ingenuo —respondió Miauki, bajando el tono a un susurro manipulador—. Te estoy proponiendo un trato de negocios. Tienen a Erik ubicado. Tienen mi rastro. Mantenme bajo arresto domiciliario supervisado en su casa. Con sensación de rutina y sin una luz blanca taladrándome el cerebro, la memoria me va a fluir de maravilla. Tú obtienes los datos del proyecto para tus reportes, y yo no tengo que ver tu cara todo el día. Es eso, o te sientas a ver cómo me quedo mudo. Tú decides qué le vas a entregar a tus jefes.

El agente apretó los puños sobre la mesa. La furia contenida le quemaba por dentro, pero la lógica burocrática terminó por acorralarlo. Cerró la carpeta táctica de un solo manotazo violento.

—Custodia supervisada en el perímetro del civil —dijo el oficial con la voz cargada de odio, poniéndose de pie—. Pero que te quede algo bien claro en esa cabeza: un solo paso fuera de la propiedad, un solo invento no registrado, y te traigo de vuelta a rastras. Y me va a importar muy poco si te rompes en el proceso.

Miauki se recostó contra el respaldo, viendo cómo el oficial caminaba a grandes zancadas hacia la puerta.

—Trato hecho —murmuró con una sonrisa torcida mientras las esposas volvían a sonar.

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