Pesadilla
El olor a químicos y a compuestos orgánicos no identificados llenaba el laboratorio. Era de paredes grises, muy poco agraciadas, con encimeras blancas repletas de frasquitos. En medio de la estancia había una camilla respingada que obligaba a cualquier paciente a permanecer semisentado durante algún tratamiento. El hombre que "reposaba" en aquella camilla estaba atado de las muñecas y los tobillos a esta, sin ofrecer resistencia. Sus ropas reales, con el tintineo de sus campanillas, contrastaban de forma grotesca con el ambiente.
—¿Le descubro la nuca o el brazo, doctor? —preguntó un joven enfermero. Poseía un brazalete rojo en su uniforme.
—Ambos —respondió este—. El trasplante será rápido.
El hombre en la camilla cambió su expresión estoica a una más alerta, palideciendo lo máximo que su tez colorada le permitía.
—¿Qué...? —tartamudeó y tragó en seco—. ¿Qué me van a hacer?
El doctor acomodó la precaria luz que había sobre su paciente y sonrió bajo la mascarilla de tela.
—No se angustie, rey David, solo sentirá un pequeño hormigueo...
Efectivamente, vino el enfermero y ladeó el cuello del antiguo monarca, descubriendo su nuca. El doctor, silbando, extrajo con una jeringa un líquido mocoso y traslúcido, sosteniendo, luego, su adquisición frente a sus ojos. Mientras el joven limpiaba la zona, el doctor dejó un tanto de ese fluido dentro de un tubo de ensayo, marcando con un boli la palabra "cefalorraquídeo" antes de volver con su paciente.
—Desinféctale el hombro, Henry.
—Sí, doctor —contestó el enfermero.
Pronto, para David la conciencia de los procedimientos se le fue escapando de las manos. Su respiración se aceleró, luchando por hallar aire en medio del colapso.
—¡Doctor, no siento las piernas! ¿Qué me ha hecho? ¡Ay, mi corazón! —se quejaba a sacudidas—. ¡No tengo aire! ¡Sálveme, doctor, que me muero!
El bullicio escaló con grandeza, más por el eco de las paredes desnudas que por la cantidad de voces. Yo levanté mi mirada y alcancé a observar frente a esa monstruosa camilla, sentado sobre una encimera baja y con las piernas y brazos flexionados en una posición de absoluto pensador, a Jeremías. Murmuraba críticas ininteligibles, observando sin pestañear la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Se le sumaron unos cuantos más, pero no vi sus rostros, ya que, anhelando pedir ayuda, sentía tanto mi lengua como mis oídos adormecidos.
Ya no tenía mi corona sobre la cabeza, ni los ropajes reales. Mengele había vuelto a inyectar algo en mi brazo que no fui capaz de percibir, pero desde el principio supe que era una excusa para lo inevitable. Recordaba mi mente, en medio de la bruma, alguno de los salmos que entonaba tras el Shemá de la mañana, a los instrumentos que enseñaba a los levitas. Pero ahora que mi cuerpo entero se ha dormido dentro de este manto sucio y rayado, dudo que haya jeringa que me salve.








