Chapter 1: mudanza y rituales
Se supone que mudarse a un sitio nuevo es un nuevo comienzo. Qué frase más de mierda, digna de una taza de cerámica que venden en Etsy. Empiezas de cero, dices adiós al pasado, yuyu yuyu. Pero nadie te dice que tu cerebro se muda contigo. No puedes dejar empacado el TDAH en una caja de cartón ni mandar el autismo por correo ordinario. Esa mierda viaja en primera clase y se instala en tu sofá antes de que hayas deshecho la primera bolsa de basura.
Llevo tres horas en este piso de mierda —perdón, mi nuevo hogar— y ya quiero prenderle fuego a todo. Bueno, no a todo. Solo a las persianas que no bajan del todo y dejan pasar esa puta luz blanca de la calle que me taladra la retina. Y al grifo que gotea. Y al olor a pintura fresca mezclada con el del inquilino anterior que debía de fumar como una chimenea.
Pero lo peor no son las persianas, ni el grifo, ni el olor. Lo peor es que he perdido la caja de la ropa interior.
—Joder, joder, joder —susurro, arrodillada en medio de un mar de cartones rotos.
Mi hermana Sofía dice que tengo un don para la autodestrucción. Que si me dan una habitación vacía y cinco minutos, soy capaz de perder las llaves del coche dentro de un calcetín. No es un don, es un maldito superpoder del TDAH: tener la capacidad de generar caos en un espacio que hace cinco segundos era un lienzo en blanco. Mi cerebro es un perro persiguiendo cien pelotas al mismo tiempo. Todas brillan, todas son importantes, y al final me quedo quieta en medio del parque viéndolas rodar sin atrapar ninguna.
Centra te, Avery. Respira.
Inspiro. Huelo a cola de pegar. Espiro. El ruido de la calle entra por la ventana entreabierta —coches, bocinas, el puto taladro del vecino de abajo— y siento cómo cada sonido se me clava en la nuca. Mi abanico mental, el que uso para clasificar estímulos, está a punto de colapsar. Demasiada información. Demasiadas cosas nuevas.
Y para rematarlo, mi ritual de recién llegada está hecho una mierda. Siempre empiezo por la ropa interior. No sé por qué, pero si no coloco los sujetadores en orden de color y las bragas dobladas en triángulo perfecto, siento que el mundo se va a desmoronar. Es una tontería, lo sé. Mi psicóloga de mierda del instituto decía que eran "manías obsesivas". Yo le decía que era mi manera de poner un puto ancla en el caos. Ella me recetaba pastillas. Yo le deseaba que se atragantara con su café.
Tiro de una cinta adhesiva y abro otro cartón. Libros. Coño. Pues no. Abro otro. Ropa de invierno. Ni de coña. Mis dedos ya tienen grietas por el roce del cartón, y noto cómo la piel se me reseca, esa sensación de papel de lija que me da dentera. Necesito mi crema. Pero está... en la caja de aseo. Que no sé dónde está.
Vale, Avery. Piensa. La caja de la ropa interior es la de color azul, con la pegatina del gato. Mis padres me ayudaron a etiquetarlas, porque si no, acabo abriendo los baúles como un arqueólogo demente en busca de un tesoro inexistente. Miro a mi alrededor. Azul. No hay azul. Hay verde (sábanas), rojo (zapatos), y una de color amarillo chillón que me hace daño a los ojos solo de verla.
La ansiedad empieza a subir como un ascensor averiado. Primero en el estómago, ese hormigueo frío. Luego en el pecho, un peso que me comprime las costillas. Y al final, en la garganta, donde se instala una bola de cristal que no puedo tragar. El maldito mecanismo de lucha o huida se activa por una puta caja de ropa interior. Es ridículo. Lo sé. Pero díselo a mi amígdala, que está en estado de alerta máxima porque no tengo dónde poner las tetas mañana.
—Joder con tu vida, Avery —mascullo, y empiezo a palpar los cartones como una posesa.
El teléfono vibra en el bolsillo de mis vaqueros. Lo cojo. Mamá. Foto de una flor hortera. La rechazo. No, mamá, no estoy bien, y no tengo energía para fingir que sí solo para que no te preocupes. Le escribo rápido: "Estoy bien. Colgando estanterías. Hablo luego". Miento en tres de las cuatro palabras. Las estanterías siguen en el suelo, como mi dignidad.
Cinco minutos después, en mi tercera búsqueda desesperada, tropiezo con un cartón de la cocina y me doy de narices contra el marco de la puerta. El dolor estalla en mi tabique nasal. No es fuerte, pero me saca de quicio. Y es entonces cuando mi mente, esa perra traicionera, decide que es un momento excelente para reproducir un recuerdo.
Curso séptimo. El gimnasio olía a sudor y a chicles de fresa. Me habían tirado la mochila al techo de las taquillas, y yo, con mis once años y mi diagnóstico recién estrenado, no entendía por qué. Simone, la pelirroja del grupo de las populares, me miraba con una sonrisa de hiena.
—¿Por qué no lloras, bicho raro? Los normales lloran.
Yo no lloraba. Mi cara era una piedra. Era mi superpoder, mi máscara. No llorar cuando me hacían daño. Pero por dentro, el ruido era ensordecedor. Tanto que tuve que taparme los oídos para no oír mis propios pensamientos. Eso las hizo reír más. "Mira, hace la tonta con las manos". "Es autista, es normal". Lo decían como si fuera un virus.
Aquello fue antes de que aprendiera a enmascarar. Antes de memorizar las sonrisas adecuadas y los gestos de cabeza. Antes de poder fingir que sus palabras eran papel mojado.
—Vete a la mierda, Simone —susurro ahora, en mi nuevo piso vacío.
El recuerdo se desvanece cuando el teléfono vuelve a vibrar. Esta vez es Sofía. Cojo la llamada porque si no, viene a buscarme con un machete.
—¡Dime que ya has decorado todo con plantas y que tu piso parece un puto bosque encantado! —grita ella al otro lado. Siempre está a volumen diez.
—No hay plantas, Sofía. Solo hay cartones y mi ansiedad. Y he perdido la caja de las bragas.
—¿Cómo se pierde una caja de bragas, tonta? —Se ríe. Ella tiene la risa fácil. Mi hermana es el puto sol, yo soy una nube de tormenta.
—No lo sé. Mi cerebro es un caos. Debería haberlo sabido. No puedo ni organizar una mudanza, ¿cómo voy a organizar mi vida?
—Oye, para ya. —Su tono se vuelve serio. El único que sabe usar cuando yo empiezo con el bucle de la autodestrucción—. ¿Has comido algo?
—No.
—¿Has bebido agua?
—No.
—Pues empieza por ahí, Sherlock. Busca la caja de la cocina, pon agua a calentar, hazte un té, y cuando tengas el puto té en la mano, la caja aparecerá. Magia.
Odio cuando tiene razón. Odio que su consejo sea tan terrenal y tan poco útil para mi cerebro de mierda. Pero es verdad. Llevo seis horas sin comer y con el azúcar en el subsuelo, cualquier pequeña contrariedad se convierte en un apocalipsis. El TDAH no es solo no concentrarse, es no recordar que tu cuerpo necesita combustible para funcionar.
—Vale —respiro hondo—. Té. Lo haré.
—Eso es. ¿Has visto a algún vecino? ¿Alguno guapo? —Su voz se vuelve picarona—. Mudarse sola es la excusa perfecta para un romance de película. Te imaginas, que viene el vecino de al lado, te pide azúcar...
—Sofía, vivo en un piso de estudiantes cutre, no en Friends. Aquí el vecino más guapo será un señor de setenta años que huele a pescado.
—No seas negativa. El universo tiene planes para ti.
—El universo me ha dado un cerebro que me hace contar los pasos hasta el baño y no acordarme de dónde dejé mis llaves. No me fío mucho del universo.
Cuelgo sin despedirme mucho, porque empiezo a sentir la necesidad de moverme. Mi pierna derecha ya está temblando sola. El stimming de toda la vida. Si no me muevo, exploto. Me levanto, voy a la minicocina y abro el cartón de la cocina. Joder, está lleno de cosas inútiles. Un abrelatas que no sé usar. Tres espátulas (¿para qué?). Y, como un milagro, la taza de Hello Kitty que compré en un chino. La pongo en el microondas con agua. Ahora a esperar.
Mientras el agua calienta, mi ojo se posa en mi libreta de dibujo. Asomando por una esquina. Mi interés especial. La botánica. Las hojas. Las líneas perfectas de los nervios vegetales. En el instituto me llamaban "la que dibuja hierba" para reírse. Pues ojalá pudieran verme ahora, en mi nuevo piso, cogiendo los lápices de colores como si fueran un salvavidas.
Y entonces, el ruido.
Bum. Bum. Bum.
Algo golpea la pared. Algo pesado. Mi vecino, el del piso contiguo, está colgando un cuadro. O moviendo un armario. O montando una puta discoteca. El sonido es sordo, rítmico, y cada golpe me atraviesa el tímpano como una aguja. Siento cómo mi mandíbula se tensa. Los dedos se me crispan alrededor del lápiz. El agua del microondas ya ha hervido, pero no la oigo porque el bum del vecino ahoga el pitido.
—Pero ¿puede ser más hijo de puta? —mascullo.
Me levanto, con la intención de dar un puñetazo a la pared, pero me paro a medio camino. No puedo. La ansiedad social me lo impide. Si golpeo, tendré que verle a la cara. Tendrá que hablarme. Tendré que fingir una sonrisa y no hacer contacto visual mientras le explico que sus muebles me están destrozando el sistema nervioso. No puedo.
Me siento en el suelo, otra vez. El ruido no para. Pero, de repente, en medio del caos, veo algo azul asomando detrás del sofá que aún no he montado.
La caja. La puta caja azul con la pegatina del gato.
Me arrastro hasta ella como si encontrara el Santo Grial. La abro con las manos temblorosas. Ahí están. Mis sujetadores negros, mis bragas de algodón. Todo en orden. Todo en su sitio. Mi corazón se calma un 2%. Solo un 2%, pero suficiente.
—Te encontré —le susurro a la caja—. Eres lo único que controlo hoy.
El vecino sigue golpeando. Me pongo los cascos y pongo ruido blanco. El sonido de la lluvia amortigua sus golpes. Me quedo en el suelo, entre los cartones, abrazando mi caja de ropa interior como si fuera un peluche. No he deshecho ni la mitad de las cosas. El té se ha enfriado. No he cenado. Pero bueno, es el día uno.
Día uno. Sigo entera.
Mientras el ruido blanco me arrulla, pienso en Sofía y su idea del romance. Un vecino guapo pidiendo azúcar. Qué risa. Si el universo me tiene preparado algún encuentro, seguro que será yo tropezando y escupiendo el nombre de mi futura pareja por los codos.
Porque para eso sí que tengo talento: para hacer el ridículo.
Cierro los ojos. Mañana empiezo de verdad. Hoy solo sobrevivo. Y en mi diccionario, sobrevivir ya es un puto triunfo.








