PROLOGO
A Valmora no la ahogó el mar, ni la radiación, ni el colapso de las viejas naciones. A Valmora la asfixió la burocracia.
Era una ciudad embudo, un abismo de concreto y lluvia ácida estratificado por la capacidad de sus habitantes para costear sus propios latidos. Arriba, en la Corona Alta, bajo cúpulas de aire filtrado, los directivos de M4 Company respiraban a dieciocho grados exactos, caminando sobre alfombras que no conocían el barro. Abajo, en Los Aledaños y el Sector Secundario, la gente respiraba lodo, óxido y el humo pesado de las calderas.
Pero la verdadera tiranía de la corporación no estaba en la arquitectura. Estaba en el torrente sanguíneo.
M4 Company no vendía medicamentos, ni hospitales, ni compasión. Vendía suscripciones biológicas. Décadas atrás, el milagro de la supervivencia humana había sido codificado, patentado y embotellado bajo un monopolio de química pesada. Lo llamaban los Pigmentos. Compuestos celulares agresivos que no curaban con delicadeza, sino que sometían al cuerpo por la fuerza bruta.
El Viridis detenía la necrosis congelando las células con un frío metálico que entumecía las encías. El Sanguis sellaba hemorragias masivas forzando a la presión arterial a niveles desorbitados. El Structura cohesionaba huesos rotos con resinas de polímero que chasqueaban bajo la piel. El Aether dilataba los alvéolos muertos para que los mineros no se asfixiaran tragando humo tóxico.
Firmar el contrato de inoculación —ya fuera con un escaneo retinal en una clínica inmaculada o con una huella ensangrentada en un dispensario de barrio— significaba ceder la soberanía sobre tu propio cuerpo.
Cualquier tejido regenerado por la química corporativa pasaba a ser propiedad intelectual exclusiva de M4. La vida extendida no era un derecho civil; era un simple arrendamiento de infraestructura médica. Si un obrero se fracturaba el fémur, la empresa le prestaba el polímero para soldarlo. Si dejaba de pagar la prima mensual de su póliza, se convertía en un “Activo Deficitario”.
El castigo por la morosidad no era la cárcel. Era el apagón celular. Los servidores de la Torre del Telar cortaban el suministro de la red periférica y emitían un pulso de inhibición. Los implantes dejaban de procesar toxinas, las prótesis se bloqueaban en medio de la calle y los huesos reparados volvían a astillarse desde adentro.
Y cuando el moroso finalmente caía muerto en una acera, su tragedia no terminaba. M4 enviaba a los escuadrones de recolección post-mortem antes de que se cumplieran cuarenta y ocho horas. Sus técnicos abrían los cadáveres en plena vía pública para recuperar los fluidos patentados, los filtros minerales y cualquier onza de biomasa útil que la corporación pudiera reciclar. Enterrar a un familiar endeudado antes de que llegara el bisturí de la empresa era procesado como destrucción de propiedad corporativa.
Sobrevivir fuera de las reglas del contrato era casi imposible. Intentar curarse gratis usando estabilizadores adulterados, o asimilar compuestos de grado militar restringidos —diseñados para crear a las bestias que vigilaban las fronteras corporativas— constituía el mayor de los crímenes: terrorismo biológico. La penalización era la ejecución inmediata seguida de la purga sanitaria de toda tu línea de sangre.
El imperio de M4 era hermético, legalmente invulnerable y aritméticamente perfecto. Controlaban la vida porque controlaban el material del que estaba hecha.
Pero la biología, a diferencia de las matemáticas ejecutivas, es obstinada.
Donde la corporación asfixiaba, la carne aprendió a mutar. En la oscuridad, en los túneles ciegos bajo las refinerías abandonadas, una insurgencia llamada Red Garden comenzó a escupir sobre el contrato. Empezaron a secuestrar camiones blindados, a destilar estabilizadores sucios en lavanderías cerradas y a usar la química militar para armar a monstruos de diseño defectuoso.
No eran héroes. Eran médicos exhaustos, químicos pudriéndose en vida, hackers paranoicos y combatientes mutilados. No peleaban por la paz, ni por la justicia. Peleaban por el derecho a sangrar sin tener que pedirle permiso al dueño de la patente.
Y el reloj de la ciudad estaba a punto de quedarse sin tiempo.








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