Capitulo 1
Todo comenzó un 12 de noviembre. La estación de policía estaba en calma, los relojes marcaban las 2:17 de la madrugada, y el silencio era tan denso que se escuchaba el zumbido de las lámparas.
La puerta se abrió de golpe, una mujer entró, cubierta de sangre, con la mirada perdida.
—Necesito ayuda —dijo, con voz quebrada.
El oficial de guardia anotó en el registro: “Mujer no identificada, heridas visibles, estado de shock.”
La mujer seguía repitiendo que necesitaba ayuda, pero no respondía a las preguntas. Su voz era un eco, una súplica que no terminaba.
—¿Conoces el lugar? —preguntó el oficial.
La mujer levantó la vista, por primera vez mostró una sonrisa, no dijo nada, solo asintió y comenzó a caminar hacia la salida, como si supiera que el camino ya estaba marcado.
El oficial dudó, el protocolo exigía esperar refuerzos, pero algo en aquella mirada lo obligó a seguirla.
El viento nocturno golpeó las ventanas, y la ciudad parecía contener la respiración.
—Señora, espere.
Ella no se detuvo, salió de la estación y continuó caminando por la calle.
El oficial tomó su abrigo y salió detrás de ella, apenas cruzó la puerta, sintió un frío extraño recorrerle la espalda.
La calle estaba completamente vacía, ni un automóvil, ni una persona.
Solo las luces amarillentas de los postes iluminaban el pavimento mojado.
La mujer caminaba descalza.
El oficial bajó la mirada y entonces lo notó.
No había huellas de sangre, había huellas de agua.
—¿Dónde está herida? —preguntó.
La mujer continuó caminando.
—¿A dónde me lleva?
Ella se detuvo, por unos segundos permaneció inmóvil, de espaldas a él.
Después giró lentamente la cabeza.
—A casa.
El oficial frunció el ceño.
—¿Dónde vive?
La sonrisa volvió a aparecer.
—Aquí.
Señaló una casa al otro lado de la calle.
El oficial sintió que algo no estaba bien, la vivienda parecía abandonada. Las ventanas estaban cubiertas de polvo y la pintura de la puerta se había desprendido casi por completo, pero había una luz encendida en el segundo piso.
—¿Es su casa?
La mujer asintió.
El oficial se acercó a la puerta, antes de tocarla, escuchó algo.
Un golpe, luego otro.
Pum.
Pum.
Pum.
Venían del interior.
La mujer se quedó detrás de él.
—¿Qué hay ahí dentro? —preguntó el oficial.
Ella no respondió.
El oficial llevó una mano hacia su arma.
—Quédese detrás de mí.
Empujó la puerta, esta se abrió con un largo chirrido, el interior estaba oscuro, un olor extraño llenaba el aire, no era exactamente sangre, era algo más viejo, algo húmedo, algo que parecía llevar años encerrado allí.
El oficial encendió su linterna, la sala estaba vacía, los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas y había fotografías colgadas en las paredes.
Todas mostraban a la misma mujer, el oficial se quedó inmóvil.
La mujer que estaba detrás de él aparecía en las fotografías, pero había algo imposible, las fotografías parecían antiguas.
Algunas tenían fechas de hacía veinte años, otras, de treinta, y en todas ella tenía exactamente el mismo rostro, la misma edad, la misma mirada, la misma sonrisa.
El oficial se acercó a una de ellas, debajo había una fecha escrita a mano:
12 de noviembre de 1996.
Sintió un escalofrío.
—¿Quién es usted?
Silencio, se volvió.
La mujer ya no estaba detrás de él.
—¿Señora?
Nada, subió lentamente las escaleras.
Los golpes continuaban.
Pum.
Pum.
Pum.
Cada vez más fuertes, llegó al segundo piso.
Había un pasillo largo con tres puertas, la luz provenía de la última.
El oficial avanzó.
Entonces escuchó una voz, la voz de la mujer, pero esta vez no estaba hablando con él.
Estaba hablando con alguien más.
—Ya llegó.
El oficial se detuvo.
—¿Quién?
La mujer respondió desde el interior:
—El que faltaba.
La puerta se abrió lentamente.
El oficial levantó el arma, dentro de la habitación había una mesa.
Sobre ella descansaban varias fotografías, había cinco, en cuatro aparecían personas diferentes.
La quinta estaba vacía.
Pero debajo de ella había un nombre escrito.
El oficial acercó la linterna, su respiración se detuvo, era su propio nombre.
12 de noviembre.
2:17 a. m.
La misma hora, la misma fecha.
Y debajo, una frase:
“Esta vez sí llegará hasta el final.”
Detrás de él, la puerta se cerró.
—Bienvenido a casa.
Eran las 6:00 de la mañana cuando llegó el cambio de turno, la ciudad comenzaba a despertar lentamente. Algunas luces se encendían en los edificios cercanos y el cielo empezaba a aclararse detrás de las ventanas de la estación.
El nuevo oficial entró bostezando y dejó su café sobre el escritorio.
—Buenos d-ías.
No recibió respuesta, miró alrededor.
—¿Dónde está mi compañero?
La estación estaba vacía, revisó la pequeña sala de descanso, nada, fue hasta los baños, nada.
Regresó al escritorio y observó el reloj.
6:07 a. m.
Su compañero debería haber estado allí hacía varios minutos, tomó su teléfono y marcó su número.
Una llamada.
Dos.
Tres.
Todas terminaron de la misma manera.
Buzón de voz.
El oficial frunció el ceño.
—Seguro se quedó dormido en algún lado...
No le dio demasiada importancia, dejó el teléfono sobre el escritorio y comenzó su turno, unos minutos después, sin embargo, algo llamó su atención.
El informe de la noche, lo abrió y comenzó a revisar las últimas anotaciones todo parecía normal.
Hasta que llegó a una.
2:17 a. m.
Mujer no identificada, heridas visibles, estado de shock.
El oficial se quedó mirando la pantalla.
—¿Una mujer?
Buscó el nombre, no había ninguno, entonces recordó las cámaras.
Quizá allí encontraría alguna pista, abrió el sistema de vigilancia y retrocedió la grabación hasta las 2:17 de la madrugada.
La imagen mostró la estación vacía, durante unos segundos no ocurrió nada.
Hasta que la puerta principal se abrió, su compañero levantó la cabeza.
Después se puso de pie, el nuevo oficial observó atentamente la pantalla, su compañero parecía estar hablando con alguien.
Asentía, movía las manos, incluso parecía intentar tranquilizar a la persona que tenía delante, pero había un problema.
No había nadie frente a él.
El oficial acercó el rostro al monitor.
—¿Qué...?
Rebobinó.
Volvió a reproducirlo, la misma escena, su compañero hablaba solo, miraba hacia un punto vacío frente a él, como si realmente estuviera viendo a alguien.
Luego parecía escuchar algo, asintió.
Después salió de la estación, solo, la puerta se cerró detrás de él.
El nuevo oficial permaneció inmóvil, revisó las cámaras exteriores.
La grabación mostró a su compañero saliendo al exterior, caminó unos metros.
Se detuvo, parecía estar hablando nuevamente con alguien, pero la calle estaba completamente vacía, no había ninguna mujer, ninguna persona, ningún automóvil, nada.
Su compañero levantó una mano, como si alguien estuviera frente a él, después comenzó a caminar, la cámara lo siguió durante unos segundos y entonces desapareció de la imagen.
El oficial se quedó mirando la pantalla, retrocedió nuevamente.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Nada cambiaba.
Su compañero había salido solo, la mujer nunca aparecía en ninguna cámara, ni entrando, ni saliendo, ni caminando por la calle
El oficial sintió un escalofrío.
Miró el informe nuevamente.
2:17 a. m.








