1
1
14 de noviembre de 2025
—Mis niños, las mejores cosas que hice en la vida, las hice sin saber que carajo estaba haciendo.
—¡Abuelo!
El anciano sonrió con la picardía de un veinteañero. Tenía a sus nietos en el regazo, mirándolo con ojos grandes. Pero, ¿cómo podría el viejecillo explicarles a estos niños que su abuelo fue un cobarde en sus mejores días?
—Quiero decir… puedo mirar atrás y creo que lo único que se les tiene que quedar grabado en sus cabecitas es que…
La niña en su regazo rio un poco, mirando a su hermano.
—Pero no te rías, Amanda. Miren niños, amar no es de cobardes, sino todo lo contrario. Y este mismo discursito lo escucharán en mil canciones y se les saldrá por el oído izquierdo. Yo escribí la mitad de esas mil y también se me olvida.
—Pero es que tú estás viejo, por eso olvidas cosas.
El abuelo soltó una risa y acarició el cabello de su nieto con su mano, la del catéter.
—Cuando era joven olvidaba por voluntad.
Sus nietos seguían atentos y es que, si el abuelo Thomas estaba hablando de algo que no fueran rencores contra la totalidad de la población inglesa, no se debía a nada más que al hecho de que hacía unas horas su corazón había vuelto a fallar. Meses de enfermedad parecían por fin haber soltado la lengua del viejo.
El final de su vida no le causaba inquietud alguna a Thomas, pues hacía años que la consideraba dilatada. Al haber siempre creído que moriría joven, se había visto sorprendido por las tumbas de quienes lo habían acompañado en su juventud. Estaba ya impaciente de unírseles, mas su corazón enfermo lo había mantenido atado a la vida hasta ese día.
Recordaba muy bien qué cara pone un doctor a un paciente que agoniza. La boca estirada a los lados, los ojos fríos con el ceño fruncido. Es horrible, es la muerte, pero es cotidianidad.
Thomas sabía que la suya llegaría pronto.
—Papá, lo encontré —dijo una mujer pelirroja al entrar al cuarto.
Thomas volteó hacia ella de inmediato. No vio su rostro, y es que sus manos llevaban un suéter color pajizo. El paso de los años lo habían dejado algo descolorido y opaco, pero las costuras estaban intactas. Llevaba demasiados años sin ser usado.
—Gracias, Hilda.
Thomas estiró una mano para tomarlo. Lo acarició suavemente, como si la prenda sintiera dolor al tacto. Sin decir palabra, lo desdobló y se lo ciñó en el pecho como una cobija.
—De nada, papá. Niños, despídanse del abuelo, es tarde.
Los niños se quejaron, echándole una vista a su tía seguida de una a su abuelo. Thomas sonrió y encogió los hombros.
—Amanda, ponme en el aparato una canción —musitó Thomas, recostándose en las almohadas de la cama—. You’re My World, la de Cilla.
La niña bajó del regazo y le obedeció. You’re My World, bajita y en bucle, como el abuelo siempre la escuchaba.
15 de noviembre de 2025
El amanecer se acercaba. Thomas se despertó, pensando cómo se sentirá morir.
¿Verá un túnel hacia su descanso eterno? ¿Sentirá el abrazo frío de la muerte calando en sus huesos? ¿Escuchará un ángel cantar con la garganta desgarrada del llanto?
Cilla seguía resonando en la habitación del hospital. El viejo descansó su mejilla hacia la derecha y posó su vista deteriorada en un marco. Una vieja foto en su mesita de noche. Apenas logró distinguir dos siluetas bailando.
—Oh, la canción está por terminar, lads. Lo siento. —susurró el anciano.
Thomas esperaba la paz prometida de los últimos segundos. Mas seguía demasiado lúcido. ¿La muerte lo estaba vacilando?
Imaginó su tumba, que ya lo esperaba en un pequeño cementerio de Londres. ¿Sus nietos se preguntarán por qué no descansará junto al sepulcro de la abuela Mary? A Thomas ciertamente le importaba un bledo mientras respetaran su elección de epitafio:
Thomas Anderson
1940-2025
Vivió una larga vida con sólo la mitad de su alma
El Príncipe de Baker
La canción se reinicia. Al final, Thomas no ve un túnel, no siente frío ni escucha un ángel.
La canción termina y vuelve a iniciar.
Su corazón no.








