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La luz al final del camino

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Summary

En una academia donde la magia forma parte de la vida cotidiana, Charlie y Ji-dall creen conocer el mundo al que pertenecen. Pero hay secretos que llevan demasiado tiempo enterrados… y Rubi parece saber más de lo que debería. Mientras extraños acontecimientos comienzan a alterar la aparente normalidad, antiguos poderes despiertan, los recuerdos se confunden y el pasado amenaza con repetirse. Entre mentiras, pactos y heridas que ni siquiera la muerte consiguió borrar, cada uno tendrá que descubrir quién es realmente y qué está dispuesto a perder. Porque a veces, para encontrar la luz al final del camino, primero hay que atravesar la oscuridad.

Genre
Fantasy
Author
Rocio
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

La reina del inframundo

Hace millones de años, Helios, Perséfone y Artemisa desataron una guerra que terminó con Perséfone encerrada en lo más profundo del inframundo.

Pero cometieron un error.

Encerraron su cuerpo.

No su espíritu.

La reina del inframundo consiguió regresar al mundo y reencarnar en alguien con un poder que ningún hechicero común debería poseer.

Ahora, una guerra que comenzó millones de años atrás está a punto de comenzar de nuevo.

Y esta vez tendrá que ser librada por jóvenes que apenas comprenden sus propios poderes.

La biblioteca estaba casi vacía, como siempre a esa hora.

Charlie lo había planeado así.

Rubi no.

—¿Por qué siempre te escondes aquí? —preguntó ella, apoyándose demasiado cerca—. Desde niños haces lo mismo.

Charlie tensó los hombros, pero no respondió. Continuó revisando los estantes como si no la hubiera escuchado. El libro antiguo que sostenía entre las manos parecía pesar cada vez más.

Rubi sonrió.

No era una sonrisa amable.

Nunca lo había sido.

—¿Te acuerdas de cuando llorabas de niño? —continuó—. Nadie te defendía.

El aire cambió.

Los libros más viejos crujieron en sus estantes.

Rubi lo sintió inmediatamente: aquella vibración familiar en el pecho, esa sensación de poder que aparecía cada vez que Charlie tenía miedo.

—No empieces —murmuró él.

Pero Rubi ya no escuchaba.

Desde niños había algo en él que la llamaba.

Su fragilidad.

Su resistencia silenciosa.

La manera en que, a pesar de todo, siempre sobrevivía a ella.

Lo empujó contra uno de los estantes.

—Mírame cuando te hablo.

Charlie levantó la vista.

Había rabia en sus ojos, pero también algo más antiguo.

Cansancio.

—Déjame en paz, Rubi.

Algo cambió en ella.

Sus manos se cerraron alrededor de su cuello.

No con duda.

Con memoria.

—Siempre dices lo mismo —susurró—. Y siempre vuelves.

Las luces comenzaron a parpadear.

Los símbolos grabados en los libros antiguos se iluminaron uno tras otro.

Rubi sintió cómo su poder despertaba.

Y, por alguna razón que no comprendía, aquello le producía placer.

Charlie forcejeó.

—Rubi… para.

Durante un segundo ella dudó.

Y entonces la magia reaccionó por ella.

Un corte invisible atravesó el brazo de Charlie.

La sangre cayó sobre el suelo.

Todo se detuvo.

Rubi lo soltó de golpe.

Charlie cayó de rodillas, respirando con dificultad.

Ella miró la sangre.

Después sus propias manos.

Por primera vez no sintió satisfacción.

Sintió miedo.

—No… —susurró—. No era así.

Charlie presionó la herida con una mano.

—Siempre dijiste que no era tan grave —respondió entre respiraciones agitadas—. Que solo jugabas.

Una gota de sangre tocó el piso de la biblioteca.

Los libros respondieron.

Un símbolo apareció sobre la frente de Rubi y ardió como si estuviera siendo grabado directamente sobre su piel.

Ella gritó.

Pero no fue un grito de dolor.

Fue de reconocimiento.

Algo antiguo acababa de despertar.

Una voz sin palabras atravesó su mente.

La violencia abre el camino.

La luna recuerda a sus hijos… incluso a los rotos.

Rubi cayó de rodillas.

—Yo no quería llegar a esto —murmuró, temblando—. Yo solo…

—Los dos vienen conmigo.

Rubi levantó la cabeza.

Una profesora los observaba desde la entrada de la biblioteca.

No parecía sorprendida.

Parecía aterrada.

El camino se hizo interminable.

Ninguno sabía exactamente adónde los llevaban.

La profesora caminaba delante de ellos mientras Charlie mantenía una mano sobre la herida.

—Mira lo que provocaste, Rubi —dijo finalmente Charlie —. Parecía que lo disfrutabas. No creí que llegarías a esto. Utilizaste tu poder para…

—¡CÁLLATE!

La voz de Rubi hizo vibrar las paredes.

—Estás mintiendo. ¡Yo no soy la villana de esta historia! Yo no…

Se interrumpió.

Una sonrisa había aparecido en sus labios.

Rubi se quedó inmóvil.

¿Por qué estaba sonriendo?

¿Por qué una parte de ella lo había disfrutado?

¿Por qué su poder despertaba con la sangre?

No lo sabía.

Y eso era lo que más miedo le daba.

La profesora se detuvo frente a una puerta y tocó.

Una joven de cabello negro abrió casi inmediatamente.

Sus ojos recorrieron primero a Charlie y después se detuvieron sobre Rubi.

La expresión de la muchacha cambió.

Se acercó y tomó la mano de Rubi.

—Tú… —murmuró—. Estás llena de un poder inmenso. Pero hay algo dentro de ti que está roto…

La joven soltó la mano de Rubi.

Se llevó ambas manos a la cabeza y cayó de rodillas.

—¡Ji-dall! —gritó la profesora—. ¿Estás bien?

Pero Ji-dall ya no parecía escucharla.

Imágenes que no comprendía atravesaban su mente.

Sangre.

Fuego.

Una luna roja.

Y una voz.

—La luna recuerda a sus hijos… incluso a los muertos —pronunció con dificultad—. Tu corona caerá y el mundo en llamas arderá. El único camino será la destrucción.

Rubi retrocedió.

—¿Qué demonios…?

Ji-dall levantó los ojos hacia ella.

—Tú eres…

Se interrumpió.

Un dolor insoportable atravesó su cabeza.

—No… La hija de las almas…

—¡Ji-dall, controla tu poder!

—¡Lárguense!

Una violenta oleada de energía atravesó el lugar.

Los hechiceros fueron lanzados contra el suelo.

Las paredes crujieron.

Los sellos mágicos comenzaron a romperse uno tras otro mientras la escuela entera temblaba como si la propia luna hubiera descendido sobre ella.

El poder de la Sacerdotisa de la Luna había despertado.

Y estaba consumiéndola.

—¡Corran! —gritó la profesora.

Rubi no necesitó escucharlo dos veces.

Pero Charlie no se movió.

Permaneció observando a Ji-dall.

No sabía por qué.

Solo sabía que aquella energía no le resultaba completamente desconocida.

Era aterradora.

Pero también…

Familiar.

Dio un paso hacia ella.

—¡Charlie! —gritó Rubi.

Él continuó.

Cada paso hacía que la energía rugiera con mayor violencia, como si intentara impedirle llegar hasta Ji-dall.

Charlie siguió avanzando.

Hasta quedar detrás de ella.

Ji-dall temblaba.

Sus ojos brillaban con una luz inhumana.

Charlie levantó lentamente la mano.

Y la apoyó sobre su espalda.

El mundo guardó silencio.

La energía desapareció.

El viento murió.

Los sellos dejaron de quebrarse.

Ji-dall abrió los ojos.

El contacto de Charlie se sentía…

conocido.

Como el recuerdo de alguien a quien había amado hacía muchísimo tiempo.

Pero no podía ser.

Entonces una sombra gigantesca apareció detrás de ella.

No tenía rostro.

No tenía ojos.

Y aun así todos supieron que los estaba observando.

El suelo se agrietó.

Una presión monstruosa cayó sobre la escuela.

Los hechiceros que todavía permanecían conscientes cayeron de rodillas.

Era como si la propia muerte hubiera atravesado las puertas del mundo humano.

Ji-dall palideció.

—N-no… —susurró—. ¿Por qué despertaste?

La sombra sonrió.

No con labios.

No con un rostro.

Sonrió dentro de la mente de todos.

—Después de millones de años… al fin te encontré.

Charlie sintió un dolor insoportable en el pecho.

Imágenes atravesaron su mente.

Un reino consumido por el fuego.

Una luna roja cubriendo el cielo.

Sangre.

Cenizas.

Y una joven llorando mientras sostenía su mano.

Charlie la miró.

Ji-dall.

Por un instante creyó recordar algo.

Una promesa.

Una vida que no podía haber vivido.

Entonces la energía explotó alrededor de su cuerpo.

Símbolos antiguos aparecieron sobre su piel y sus ojos brillaron con una luz plateada.

La profesora retrocedió.

—No puede ser…

La sombra pareció observarlo.

Luego miró a Rubi.

Y finalmente volvió su atención hacia Ji-dall.

Una carcajada resonó en la mente de todos.

—Ahora sí…

La oscuridad comenzó a desvanecerse.

—Comienza el verdadero fin.

—¡Espera! —gritó Ji-dall.

Demasiado tarde.

La sombra desapareció.

Sin explicaciones.

Sin revelar a quién había encontrado.

Simplemente se fue.

Charlie apenas había recuperado el aliento cuando Ji-dall se volvió hacia él.

—¿Estás…?

—Cállate.

Una espada brillante apareció en las manos de Ji-dall. El símbolo de la luna estaba tallado en su mango.

La hoja apuntó directamente al cuello de Charlie.

—¡Eres un imbécil!

Charlie levantó ambas manos.

—Wow. A ver, vamos a calmarnos y…

—¿Calmarme? Claro. Voy a calmarme después de que una cosa que no debería existir acaba de aparecer en mi escuela.

Acercó un poco más la espada.

—Y lo hizo justo después de que tú me tocaras.

Charlie dejó de sonreír.

—Yo no hice nada.

—Exactamente. Eso es lo que me preocupa.

La espada desapareció.

Ji-dall le dio la espalda.

Charlie observó cómo se alejaba.

—¿Adónde vas?

Ella no respondió.

Pero él tenía un mal presentimiento.

Así que la siguió.

Ji-dall atravesó los pasillos sin mirar atrás.

Charlie conocía aquel camino.

Y eso solo consiguió preocuparlo más.

El salón de reliquias.

Ji-dall cruzó la puerta.

Había cientos de objetos mágicos en aquella habitación, algunos tan antiguos que nadie recordaba quién los había creado.

Ella los ignoró.

Solo le interesaba uno.

La espada de Artemisa.

Extendió la mano.

—¿Planeas robar la espada de Artemisa?

Ji-dall se detuvo.

Rubi estaba detrás de ella.

—¿No crees que esa espada ya ha matado a suficientes personas? —continuó.

Ji-dall se giró lentamente.

—¿No estabas huyendo de mi poder?

—Yo no huyo. Mucho menos de ti.

Rubi se acercó.

—Sabía que vendrías aquí. Así que decidí asegurarme de que esta vez no intentes matar a nadie.

Ji-dall no respondió.

—No tienes poder suficiente para controlar esa espada —continuó Rubi—. Tú no eres la princesa de la Luna.

Ji-dall bajó la mirada.

Rubi sonrió.

Había encontrado algo.

Se acercó hasta quedar junto a su oído.

—¿O tampoco lo recuerdas?

Ji-dall tensó todo el cuerpo.

Rubi susurró un solo nombre:

—Wol-yeon.

Ji-dall se estremeció.

—No vuelvas a decir ese nombre.

—Entonces sí la recuerdas.

—Cállate.

Una lágrima recorrió la mejilla de Ji-dall.

Rubi la observó durante unos segundos.

Por primera vez parecía satisfecha sin necesidad de utilizar magia.

—Interesante.

—Lárgate.

Rubi rio suavemente y abandonó la habitación.

Ji-dall esperó.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

—¿Crees que no me di cuenta de que me estabas siguiendo?

Silencio.

Ji-dall levantó una mano.

Varias dagas shinkal aparecieron a su alrededor.

—¡Sal ahora!

Las dagas salieron disparadas y se clavaron a centímetros del escondite de Charlie.

—Ok, ok.

Charlie salió lentamente con las manos levantadas.

—Solo no me mates.

Ji-dall lo observó.

—¿Cuánto escuchaste?

—¿De qué?

—No juegues conmigo.

—Nada.

Ji-dall entrecerró los ojos.

Charlie sonrió.

—Casi nada.

Ella hizo desaparecer las dagas.

—¿Qué sabes del poder de tu hermana?

Charlie frunció el ceño.

—¿Rubi?

—¿Tienes otra hermana?

—No mucho.

—Cuéntame todo.

Ji-dall comenzó a caminar hacia la salida.

Charlie la siguió.

—Rubi es la hechicera más poderosa de toda la escuela. Es capaz de dominar fuerzas que otros hechiceros apenas se atreven a nombrar. La magia responde a ella como si…

Charlie dudó.

—¿Como si qué? —preguntó Ji-dall.

—Como si la reconociera.

Ji-dall se detuvo.

—¿Sabes de dónde proviene su poder?

—No. Nadie lo sabe. Hay teorías. Algunos creen que está relacionado con las cuatro estaciones.

Ji-dall soltó una risa seca.

—¿Rubi? Claro.

—¿Qué?

—La energía de tu hermana no se siente así.

Charlie la observó con mayor atención.

—¿Y cómo se siente?

Ji-dall tardó demasiado en responder.

—Oscura.

—Eso no significa nada.

—Responde a la violencia. A la sangre. Podría estar relacionada con la muerte, las ilusiones o algo todavía peor.

Charlie dejó de caminar.

Ji-dall avanzó unos pasos antes de darse cuenta.

—¿Qué?

—A ver, alto. ¿Por qué me estás preguntando todo esto?

—Porque necesito saber qué es Rubi.

—¿Y por qué yo?

—Porque eres su gemelo. Has estado con ella desde que nació. Debes saber mejor que nadie de qué es capaz.

—Hace unas horas era un simple imbécil.

—Sigues siendo un imbécil.

—Gracias.

—Pero eres un imbécil que puede darme información.

Charlie la miró durante unos segundos.

Había algo que no encajaba.

Las preguntas.

La espada de Artemisa.

La sombra.

La manera en que Ji-dall había reaccionado cuando él la tocó.

Entonces lo comprendió.

—Esto no es sobre Rubi.

Ji-dall no respondió.

Charlie dio un paso hacia ella.

—Esto tiene que ver con lo que pasó contigo.

La espada apareció en la mano de Ji-dall.

Esta vez la punta quedó directamente contra su pecho.

—O puedes dejar de hacer preguntas —dijo ella—. También es una opción.

Charlie bajó la mirada hacia la hoja.

Después volvió a mirarla a los ojos.

—Yo detuve tu poder.

Ji-dall apretó la mandíbula.

—No sé cómo —continuó Charlie—. Tú tampoco lo sabes.

Silencio.

—Y después apareció esa sombra.

Los dedos de Ji-dall se cerraron con más fuerza alrededor de la espada.

Charlie lo vio.

Y supo que había acertado.

—Esto tiene que ver con ella, ¿verdad? Con la sombra que apareció cuando tu poder…

—¡Deja mi maldito poder en paz!

La voz de Ji-dall resonó por todo el corredor.

Charlie guardó silencio.

Pero ahora sabía algo que antes no sabía.

Ji-dall estaba tan asustada como él.

Las manos de la joven temblaron.

-¿Le tienes miedo a tu poder?

-¡se acabaron las preguntas! ¡Es hora de despertar!

Antes de que Charlie pudiera responder, todo su alrededor se volvió negro.


Charlie se levantó de golpe.

Miro hacia todos lados, desorientado.

Estaba sentado en su cama.

-No puede ser...

Se llevo una mano a la cabeza. Lo último que recordaba era a Ji-dall enfurecida.

-Maldita loca…

Entonces miro el reloj.

9:30.

Charlie abrió mucho los ojos.

-¡Me lleva!

Ya iba tarde a la tercera hora de clases.

Se levanto de golpe, se vistió como pudo y salió disparado al salón.

Cuando entro, algunas personas lo voltearon a ver.

Charlie ignoro las miradas.

Y entonces la vio.

Ji-dall.

Estaba sentada al otro lado del salón como si nada hubiera ocurrido.

Camino hacia ella.

Ji-dall levanto la mirada.

Sus ojos se encontraron.

Entonces Ji-dall se levantó y camino hacia Charie.

Charlie frunció el ceño.

Había algo extraño en ella.

-¿Es bonita, no?

Charlie se detuvo.

-que?

-Ella.

Ji-dall se señaló a sí misma.

Charlie la miro por un segundo.

-Miralia debí saberlo…

La sonrisa de Ji-dall se ensancho.

Su rostro comenzó a cambiar.

El cabello oscuro de la chica fue remplazado por un color castaño claro, y, unos segundos después

Ji-dall había desparecido.

En su lugar había una chica de cabello castaño que miraba a Charlie con una expresión divertida.

-¿ Donde esta ella?

Miralia arqueo una ceja.

-Ah, entonces si la conoces.

-¿Dónde está?

-Mmm… —Miralia fingió pensarlo—. Tal vez en su cuarto. O quizá Rubi se la llevó.

Charlie perdió la paciencia.

-¡Miralia!

La chica sonrió.

Su apariencia volvió a cambiar.

Esta vez fue Rubi quien apareció frente a él.

-¿Por qué me lo preguntas a mí? —respondió con la voz de su hermana—. Dile a Rubi que te diga.

Charlie salió corriendo del salón.

Y, en ese momento Rubi salió de su escondite.

Sus ojos se posaron en Miralia.

-¿Se lo creyó?

-Todo.

Rubi sonrió.

-Muy bien… ahora fase dos.

-¿Hay una fase dos?

-Claro que sí… tenemos que lograr sacar a esa inútil sacerdotisa de su cuarto.

-¿Para qué quieres sacarla de su cuarto?

-Lo sabrás cuando lo consigamos

-Ok, lo que usted diga Rubi.

Las dos chicas salieron del aula.

-Y por cierto… asegúrate de borrar esta ilusión.

Miralia movió las manos.

Las personas.

Las bancas.

Las paredes.

Todas desaparecieron.

-Listo.

Rubi poso su mano en el hombro de Miralia.

La miro con una expresión fría.

-Ve tras Charlie y Ji-dall, y asegúrate que nadie te vea.

-Si.

Rubi soltó a Miralia y fue directo al cuarto de la sacerdotisa.

Cuando llego se escondió detrás de una pared.

Y espero el momento indicado.


Charie toco la puerta del cuarto de la sacerdotisa.

Ella abrió la puerta.

Rubi solo observaba.

Ji-dall miro a Charlie.

-¿Qué quieres?

-Hola para ti también.

-¿Qué es lo quieres Charlie?

-Saber si estas bien… Una chica me dijo que Rubi te había llevado a no se donde.

Ji-dall entrecerró los ojos.

-Creo que mi bienestar no te incumbe

-¿A si? Pues creo que después de que esa sombra y tu poder casi destruyera…

No termino la frase.

La chica salió de su cuarto.

Ji-dall le puso bruscamente una mano sobre la boca.

Lo empujo contra una pared.

Y comenzó a gritarle.

-¡¿quieres dejar de hablar de eso?!

Rubi aprovecho el momento.

Se escabullo hacia el cuarto de Ji-dall.

Entro.

Cerró la puerta sin hacer ruido.

Vio la habitación de Ji-dall.

Era preciosa.

Era mucho mas grande que una habitación normal.

Era enorme

Hacía mucho frio.

Rubi vio el armario de Ji-dal.

Vio un hermoso vestido.

Era blanco con encaje dorado.

Pero se veía muy caliente.

Rubi iba a acercarse cuando algo llamó su atención.

Un débil resplandor.

Al otro lado del cuarto.

Rubi se giró.

El brillo apareció otra vez.

Caminó hacia él.

Sobre una superficie descansaba un collar adornado con un nudo de bruja.

—¿Un collar?

Extendió la mano.

Lo tocó.

El dolor atravesó su cabeza.

Rubi cayó de rodillas.

Imágenes.

No.

Recuerdos.

Unas muñecas cubiertas por grilletes.

Sangre.

Una habitación antigua.

Frío.

Muchísimo frío.

Rubi intentó retirar la mano del collar.

No pudo.

Entonces escuchó una voz.

—Perséfone…

Rubi dejó de respirar.

Un hombre se acercaba.

Llevaba un cuchillo.

—Linda Perséfone…

—No…

Rubi quiso retroceder.

Las cadenas se tensaron.

—Tu sangre es muy valiosa.

—¡No!

Sintió el filo.

Dolor.

Sangre recorriendo su brazo.

Después una mano sobre ella.

Miedo.

—¡Déjame!

Intentó apartarlo.

Los grilletes se cerraron todavía más.

No podía moverse.

No podía utilizar su magia.

No podía escapar.

Y nadie iba a venir.

Nadie.

Todo se volvió oscuro.

—¡Rubi!

Una mano cayó sobre su hombro.

Rubi regresó de golpe.

Estaba nuevamente en la habitación de Ji-dall.

Respiraba con dificultad.

Tenía el rostro cubierto de sudor y todo su cuerpo temblaba.

—¡¿Qué rayos haces en mi cuarto?!

Rubi levantó la mirada.

Ji-dall.

—Yo…

Ji-dall se detuvo.

Algo no estaba bien.

Rubi parecía muy asustada.

Ella nunca mostraba terror.

Nunca mostraba debilidad.

Entonces Ji-dall vio su mano.

—¿Qué tienes ahí?

Rubi bajó la mirada.

Todavía sostenía el collar.

Lo apretó instintivamente.

Los ojos de Ji-dall se abrieron.

—Rubi…

La sacerdotisa se abalanzó sobre ella y le arrancó el collar de la mano.

—¡¿Por qué tenías esto?!

Rubi no respondió.

—¡Podrías estar muerta ahora mismo!

—Ji-dall…

—¡Hiéreia para ti!

Rubi tragó saliva.

—Yo…

Ji-dall volvió a mirarla.

Rubi seguía temblando.

Su expresión se suavizó apenas un instante.

—Sal de aquí. Ve con los sanadores inmediatamente.

Por una vez, Rubi no discutió.

Asintió.

Y salió.


Charlie estaba justo afuera.

—¿Por qué estabas dentro de su habitación?

Rubi se detuvo.

Lo miró.

Charlie esperó alguna burla.

Algún insulto.

Cualquier cosa.

Rubi simplemente siguió caminando.

Charlie la observó alejarse.

Algo andaba mal.

Muy mal.

Entró en la habitación.

Ji-dall permanecía de pie, mirando el collar.

—Tu hermana es más poderosa de lo que pensé —dijo.

—¿Qué hizo?

—Tiene una fuerza increíble.

—¿Qué?

Ji-dall levantó la mirada.

—Y definitivamente Rubi tiene un demonio sobre el hombro.

—Bueno, Rubi es mala y poderosa, pero yo no diría que es…

—Esto.

Ji-dall levantó el collar.

Charlie guardó silencio.

—Este collar está ligado a Perséfone y a la princesa del inframundo.

—¿Princesa?

—La máxima autoridad de un templo. La única sacerdotisa capaz de compartir visiones directamente con su dios o diosa.

Charlie señaló el collar.

—Repito: Rubi es mala, pero no creo que sea una sacerdotisa del inframundo. Mucho menos su princesa.

—No entiendes.

Ji-dall cerró los dedos alrededor del collar.

—Esto mata a cualquiera que lo toque. A menos que tenga la fuerza de un demonio… o sea la princesa del inframundo.

Charlie la miró.

Luego miró su mano.

—Entonces… ¿por qué tú no estás muerta?

—Porque soy una sacerdotisa muy poderosa y tengo cierta relación con los muertos.

Mentira.

Ji-dall sabía perfectamente por qué podía sostenerlo.

El collar ya no tenía nada que quitarle.

Ella había pagado su precio hacía mucho tiempo.

Ya había perdido todo aquello que amaba.

-Rubi no tocó esto por casualidad -continuó.

-Ajá. ¿Y cómo lo sabes?

-Porque no debería haber podido verlo.

Charlie frunció el ceño.

- ¿Qué?

-El collar estaba bajo un hechizo protector. Nadie podía verlo excepto yo.

Charlie miró hacia la puerta por la que Rubi acababa de desaparecer.

- ¿Estás diciendo que Rubi rompió el hechizo?

Ji-dall asintió.

Y por primera vez desde que Charlie la conocía, parecía realmente preocupada.

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