"Donde Habitan Los Ecos" Remanente De Una Verdad Oculta by Bruno at Inkitt
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"Donde habitan los ecos" remanente de una verdad oculta

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Summary

Donde habitan los ecos Remanente de una verdad oculta Existe una ciudad que no aparece en ningún mapa. Sus calles cambian, sus habitantes esconden secretos y cada rincón parece conducir hacia una verdad que nadie debería descubrir. Allí, siete personajes emprenderán caminos diferentes: un Erudito obsesionado con descubrir lo que existe detrás de las puertas prohibidas, un Pródigo que huye de su pasado, una Prostituta marcada por la crueldad, un Sacerdote que cuestiona su fe, un Mendigo que parece saber demasiado y un Millonario que cree poder comprarlo todo. Sus historias parecen independientes, hasta que comienzan a encontrarse. Porque en esta ciudad, cada pecado deja una huella, cada secreto encuentra una voz y cada verdad tiene un precio. Y cuando los ecos comiencen a hablar, descubrirán que aquello que buscaban afuera siempre estuvo dentro de ellos. Nada desaparece. Todo deja un eco.

Genre
Fantasy
Author
Bruno
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Capítulo I

​… …

​El Erudito

​La ciudad estaba construida de tal manera que nadie podía estar completamente seguro de haber llegado a donde pretendía. Había calles que se bifurcaban sin razón, escaleras que terminaban de golpear contra muros ciegos, corredores demasiado estrechos para dos personas y pequeños pasadizos que comunicaban barrios que, según cualquier plano razonable, deberían haber estado separados por kilómetros. Algunas calles comenzaban anchas y luminosas, e iban estrechándose poco a poco hasta obligar a quienes las transitaban a caminar de lado. Otras hacían lo contrario: eran apenas grietas entre dos edificios al principio, pero después de doblar una esquina se abrían en avenidas tan amplias que podían perderse caravanas enteras en ellas.

​Había puertas que daban a patios, patios que daban a sótanos, sótanos que desembocaban en calles, y algunas puertas que, cuando alguien tenía la suficiente curiosidad para abrirlas, simplemente daban a otra puerta. Nadie encontraba esto particularmente extraño; los habitantes habían aprendido a convivir con ello. Algunos utilizaban puntos de referencia: una torre inclinada, una fuente sin agua, una estatua a la que le faltaba la cabeza o un edificio cubierto de ventanas que nunca se iluminaban. Otros seguían las corrientes de gente, sabiendo que, si caminaban durante suficiente tiempo detrás de una multitud, terminarían llegando a algún lugar donde pudieran recordar por qué habían salido de casa. Los más antiguos aseguraban que, después de vivir suficiente tiempo en la ciudad, uno dejaba de perderse. Mentían. La ciudad no se dejaba conocer tan fácilmente.

​Había mañanas en las que una calle desaparecía. No literalmente: seguía allí, por supuesto, con sus adoquines, sus paredes y sus ventanas, pero conducía a un lugar distinto. Un hombre podía salir de su casa para comprar pan y regresar por una calle que juraba no haber visto nunca; una mujer podía visitar a su hermana durante veinte años y descubrir, de pronto, que la casa tenía una ventana que jamás había estado allí. Los niños eran los primeros en darse cuenta de estas cosas; los adultos, por alguna razón, preferían llamarlas errores. La ciudad estaba llena de ellos: errores en las distancias, errores en los mapas, errores en las puertas, errores en la memoria.

​Sin embargo, había algo que nunca cambiaba. En el centro estaba la plaza. Nadie sabía exactamente cuándo había sido construida; algunos aseguraban que era anterior a la ciudad, mientras otros decían que la ciudad había crecido alrededor de ella, como una enfermedad alrededor de una herida. Los historiadores discutían sobre el asunto en libros que, a su vez, eran discutidos por otros historiadores, pero todos coincidían en algo: la plaza siempre había estado allí. Era grande, aunque no tanto como para resultar majestuosa, y su forma tampoco era perfectamente circular. Desde arriba podía parecer un círculo incompleto, deformado en uno de sus extremos por una hilera de edificios antiguos que se habían inclinado unos hacia otros con el paso de los años.

​El suelo estaba cubierto de piedras oscuras, gastadas por generaciones de pasos. Algunas eran lisas y brillantes, mientras otras conservaban pequeñas grietas donde se acumulaba el polvo. Cuando llovía, las piedras adquirían un color casi negro y reflejaban las fachadas de los edificios como fragmentos de un espejo roto. En el centro había una fuente: una estructura de piedra gris de tres niveles, coronada por la figura de un hombre cuyo rostro había sido erosionado hasta convertirse en una superficie lisa. De su boca no salía agua —nunca había salido, según los habitantes más viejos—; aun así, algunas noches podían escucharse gotas caer dentro del recipiente inferior, sin que nadie hubiese conseguido descubrir de dónde provenían.

​Alrededor de la fuente había cuatro bancos de piedra. Tres estaban siempre ocupados; el cuarto permanecía vacío. No había ninguna razón evidente: simplemente nadie se sentaba allí. Incluso los niños conocían la regla, la cual no estaba escrita porque no era necesario.

​La plaza estaba rodeada por edificios de diferentes épocas, alturas y estilos. Algunos tenían fachadas ornamentadas, columnas y balcones de hierro trabajado; otros eran simples bloques de piedra con ventanas pequeñas. Había una torre con un reloj que funcionaba correctamente dos veces al día, una biblioteca cuya puerta principal permanecía cerrada —aunque por las noches podía verse luz detrás de sus ventanas—, una antigua casa de comercio con los escaparates vacíos, una iglesia sin campanario y, entre dos edificios mucho más grandes, una construcción tan estrecha que parecía haber sido colocada allí después de que la plaza hubiese sido terminada.

​En el tercer piso de aquella construcción existía una habitación pequeña. Allí vivía Joseph.

​Desde la plaza apenas podía distinguirse su ventana, angosta y dividida en seis pequeños cristales. Uno de ellos estaba rajado desde hacía años, y otro había sido reemplazado por un vidrio de color ligeramente distinto. Cuando el sol de la tarde atravesaba ambos, la habitación quedaba dividida en dos tonos de luz. Joseph nunca había reparado el cristal; decía que la grieta le permitía saber qué hora era, aunque nadie entendía cómo.

​La habitación no parecía pertenecerle a él, sino a los libros. Los había por todas partes: sobre la cama, bajo la cama, en el suelo, junto a la ventana y apilados contra las paredes. Algunos eran nuevos; otros tenían las páginas amarillas y las cubiertas gastadas por el tiempo. Había tratados de filosofía junto a grimorios, manuales de navegación junto a libros sobre sueños, y estudios de anatomía cerca de textos de alquimia. Joseph aseguraba que aquel desorden tenía un orden preciso, simplemente indescifrable para cualquiera. Un libro sobre anatomía podía estar junto a uno de arquitectura porque ambos hablaban de estructuras; la astronomía podía descansar junto a la poesía porque ambas intentaban describir cosas demasiado grandes para ser contenidas. A veces conseguía explicarlo, pero sus explicaciones solían ser más difíciles de entender que el propio desorden.

​Sobre la mesa había plumas, frascos de tinta, lentes, lupas y hojas cubiertas de anotaciones, además de una taza de porcelana agrietada y un pequeño reloj de bolsillo que no funcionaba, al que Joseph le daba cuerda todas las mañanas. Las anotaciones aparecían en todas partes: márgenes, hojas sueltas, recibos, servilletas e incluso en las paredes. Algunas hablaban de libros que todavía no había leído. Una vez encontró una nota escrita con su propia letra que no recordó haber redactado; la borró, volvió a aparecer y decidió no tocarla más.

​En una de las paredes había un mapa de la ciudad que no coincidía con ningún mapa oficial. Las calles cambiaban de dirección, algunos edificios no figuraban en los registros y ciertos caminos parecían atravesar construcciones que llevaban décadas en pie. Joseph lo corregía constantemente, aunque sospechaba que nunca conseguiría terminarlo, pues la ciudad cambiaba más rápido de lo que él podía dibujarla. Junto al mapa había hojas clavadas con alfileres: fechas, nombres, rostros incompletos y palabras que parecían no tener relación entre sí.

​Joseph tampoco recordaba cuándo había comenzado a estudiar. A veces pensaba que había nacido sentado frente a un libro; lo que realmente le inquietaba era no recordar cuál había sido el primero. Había buscado entre sus anotaciones más antiguas, revisado fechas, registros de bibliotecas y preguntado a vendedores, sin obtener nada. Su memoria comenzaba rodeada de libros, pero ninguno era el primero.

​La mayoría llegaba a sus manos de formas bastante menos misteriosas. La gente sabía que Joseph compraba libros y que pagaba poco por ellos, de modo que muchos llegaban con cajas heredadas que sus dueños querían quitarse de encima, otros eran regalos, y algunos aparecían simplemente frente a su puerta. También encontraba ejemplares en casas abandonadas. Nunca le interesaban las joyas, los muebles ni los objetos de valor; buscaba libros, y los hallaba detrás de cuadros, debajo de camas, dentro de armarios y hasta escondidos en paredes. Una vez descubrió diecisiete dentro de un muro, y otra vez, un pequeño volumen detrás de una baldosa floja. En una casa abandonada del extremo norte encontró una biblioteca entera cubierta de polvo; nadie reclamó los libros y Joseph se los llevó, tardando tres días en la tarea.

​La ciudad tenía la costumbre de conservar cosas que sus habitantes habían decidido olvidar, y Joseph se limitaba a recogerlas. Por eso muchos de sus libros habían pasado por otras manos antes de llegar a las suyas. Algunos conservaban dedicatorias —«Para Ernesto, con cariño», «A mi hijo, para que recuerde», «No olvides esto»—, mientras otros guardaban flores secas, fotografías, cartas sin destinatario, boletos, recetas, estampitas o pequeñas llaves cuyo propósito nadie conocía. Joseph conservaba todo aquello, no porque creyera que tuviera algún valor especial, sino porque alguien, alguna vez, había considerado necesario dejarlo allí. Para él, eso era suficiente.

​Aquella mañana encontró uno junto a la ventana. Era pequeño, de cubierta de cuero negro y sin título. Lo tomó entre las manos: estaba tibio. Joseph frunció el ceño y miró hacia la ventana. La luz todavía era débil y la plaza comenzaba a llenarse; desde allí arriba podía ver a los primeros vendedores instalar sus puestos, a los barrenderos empujar el polvo hacia las esquinas y a los hombres que abrían lentamente las puertas de sus negocios. La ciudad despertaba.

​Joseph volvió a mirar el libro. En la cubierta había una pequeña marca: un círculo atravesado por una línea que no recordaba haber visto antes. Abrió la primera página, que estaba en blanco. La segunda también, la tercera y la cuarta. Siguió pasando páginas; todas estaban vacías hasta llegar al final, donde había una sola frase escrita con tinta todavía húmeda: «Nada desaparece».

​Joseph permaneció inmóvil. Por primera vez en muchos años, dejó de escuchar el ruido de la ciudad. Luego apareció una segunda línea —no la vio escribirse, simplemente estaba allí cuando volvió a mirar—: «Todo deja un eco».

​… …

​Antes de convertirse en el hombre que era, Joseph había tenido un amigo cuyo nombre era Matías. Eran simplemente dos estudiantes que se habían conocido en la biblioteca. Joseph estaba sentado en una mesa del fondo, rodeado de libros que apenas dejaban espacio para sus brazos, llevando tres horas leyendo el mismo tratado de filosofía y llenando casi una página completa con anotaciones. El otro joven se sentó frente a él sin pedir permiso, dejó un libro sobre la mesa, luego otro, y después uno más.

​—¿Es tuyo?

​—Ahora sí.

​—¿Lo robaste?

​—Lo compré.

​—¿Con qué dinero?

​—Con el que no tenía.

​—Entonces lo robaste.

​—No exactamente. Le prometí al librero que volvería a pagarle.

​—¿Y vas a hacerlo?

​—Ahora tengo que hacerlo. ¿Qué estás leyendo?

​—Un tratado sobre ética.

​—¿Es bueno?

​—Sí. Plantea un problema interesante.

​—Eso no significa que sea bueno. Un problema interesante puede tener una respuesta estúpida.

​Aquella fue la primera vez que discutieron. Durante los años siguientes se volvieron inseparables. Pasaban más tiempo en la biblioteca que en sus propias casas y estudiaban juntos, aunque no de la misma manera: Joseph quería comprender los fundamentos de cada teoría, mientras Matías se interesaba por todo aquello que quedaba fuera de los límites de lo conocido.

​Una tarde, después de pasar varias horas estudiando astronomía, Joseph cerró un libro con satisfacción.

​—La explicación está bastante clara.

​—No —dijo Matías—. Dice que las estrellas están ahí. ¿Y eso te parece una explicación?

​—Es una descripción.

​—Exactamente. Quiero saber por qué hay algo en lugar de nada.

​—Eso no es astronomía.

​—Entonces estudiemos otra cosa.

​—Eres insoportable.

​—Y tú, aburrido.

​—Por eso seguimos siendo amigos.

​—No. Seguimos siendo amigos porque todavía no encontramos una razón para dejar de serlo.

​Aquellas conversaciones podían durar horas. Desarrollaron incluso una pequeña competencia: cada vez que uno encontraba una idea que consideraba brillante, tenía que presentarla al otro. Si el rival conseguía encontrar un error, ganaba.

​Una noche, Joseph pasó casi cuatro horas explicando una teoría que había estado estudiando durante semanas. Cuando terminó, esperó la respuesta. Matías permaneció en silencio unos instantes.

​—Creo que tienes razón. Pero tengo una pregunta: ¿y si la teoría es correcta y aun así estamos equivocados?

​—Eso no tiene sentido.

​—Todavía no tiene sentido.

​Así eran entonces: dos jóvenes convencidos de que podían discutir con el mundo hasta obligarlo a revelar sus secretos. Compartían comida cuando apenas tenían dinero y veladas enteras de lectura. A veces Joseph despertaba antes y encontraba a Matías dormido sobre los libros; le dejaba una nota que decía «Has perdido otra discusión», y el otro respondía al despertar: «No recuerdo haberla empezado».

​Con el tiempo, Joseph empezó a encerrarse en el estudio durante días enteros. Rechazaba invitaciones y caminatas sin propósito.

​—¿Cuándo vas a vivir? —le preguntó Matías una tarde.

​—Cuando haya terminado de entender.

​—Entonces nunca vas a vivir.

​Matías comenzó a buscar la ciudad afuera. Regresaba a la biblioteca de madrugada y se sentaba junto a Joseph, pero los temas comunes empezaron a agotarse. Una mañana, Joseph despertó y encontró un papel sobre su mesa: «Hoy descubrí algo que ningún libro me había enseñado. Que puedes estar rodeado de gente y seguir sintiéndote solo».

​Joseph leyó la frase y redactó su respuesta debajo: «Eso también está en los libros. Solo hay que saber dónde buscar».

​—Algún día vas a aprender que no todo tiene que estar escrito para ser cierto —dijo Matías al volver.

​—Y algún día tú aprenderás que no todo lo que se siente verdadero lo es.

​Poco a poco comenzaron a verse cada vez menos. Sin traiciones ni discusiones definitivas, empezaron a caminar en direcciones diferentes: uno hacia los libros y el otro hacia la ciudad.

​Años después, Joseph estaba sentado frente a una montaña de libros. Tenía treinta y pocos años y el encierro le había dejado un gesto cansado.

​La habitación estaba en silencio, salvo por el goteo constante de una lluvia que golpeaba los cristales. Durante los últimos años había estudiado filosofía, religión, historia, astronomía, alquimia y, finalmente, aquello que antes consideraba pura superstición: la magia. No porque creyera en ella, sino porque no podía demostrar que no existiera. Si tantos manuscritos antiguos coincidían en reglas y ceremonias, razonaba, debía haber algo detrás.

​Reconstruyó lenguas extintas para probar ritos precisos. De la tradición Eshkar pronunció «Esh varan kel» sin ningún resultado. De los textos Namar probó invocaciones de memoria ante círculos de carbón, y la última vela se apagó solo cuando una corriente de aire se filtró por debajo de la puerta. De los textos Veyr siguió La Apertura del Umbral al pie de la letra, pero la llama del candil solo vaciló por el viento de la ventana.

​Anotó «Corriente de aire», «Error de traducción» o «Combustión irregular» en sus cuadernos. Odiaba esas explicaciones, pero no había otra cosa.

​Una noche reunió los tres rituales en una sola ceremonia. Midió sustancias, dispuso las velas y recitó las fórmulas una y otra vez. Nada ocurrió. Con la voz quebrada por la frustración, terminó gritando al silencio de las paredes:

​—¡RESPONDE!

​El eco devolvió sus palabras y la habitación siguió inmóvil. En un arranque de rabia arrojó un manuscrito al suelo; segundos después caminó hacia él, lo recogió con cuidado y sacudió el polvo de la cubierta antes de devolverlo a la mesa. Le dolía comprobar que, tras años de fracasos, todavía trataba a esos textos con respeto.

​Se acercó a la ventana a mirar la plaza mojada por la lluvia. Recordó entonces a Matías. Hacía meses que no sabía de él, salvo por rumores sobre deudas, tabernas y una vida desperdiciada.

​Sobre la mesa había una carta que había llegado esa tarde. Reconoció la letra de Matías en el sello. La abrió y leyó dos líneas breves: «Todavía sigues buscando, ¿verdad? Yo encontré otra manera». Al pie, figuraba únicamente la dirección de una taberna de la zona baja.

​… …

​Pasaron tres días. La carta permaneció guardada entre las páginas de un volumen, pero Joseph no conseguía concentrarse en la lectura. La frase volvía una y otra vez a su mente.

​Aquella noche cerró sus apuntes, tomó la carta y salió sin abrigo ni dinero.

​Descendió hacia los barrios antiguos, donde los faroles escaseaban y los edificios lucían fachadas manchadas por la humedad. Siguió el sonido distante de una guitarra hasta dar con la taberna. Entró y el aire tibio, impregnado de alcohol, lo recibió.

​Matías estaba al fondo, en una mesa rodeada de clientes. Al verlo, sonrió.

​—Sabía que vendrías.

​—No vine por ti —dijo Joseph—. Vine a preguntarte algo.

​—Eso es peor. Cuando vienes a preguntar algo, nunca aceptas la respuesta.

​—¿Podemos hablar afuera?

​—¿Por qué? ¿La verdad necesita aire fresco? Habla aquí.

​—Abandonaste tus estudios.

​—Sí. Me cansé de estudiar cómo vivir.

​—Eso no tiene sentido. No puedes aprender a vivir sin comprender primero las cosas.

​—¿Y cuánto tiempo necesitas para comprenderlas? Ese era nuestro problema: siempre teníamos que entender algo antes de hacerlo, y cuando finalmente lo entendíamos, ya era demasiado tarde.

​—Eso no es sabiduría.

​—Nunca dije que lo fuera. Es vida.

​—Es una palabra, no una respuesta.

​—Para ti todo tiene que ser una respuesta —dijo Matías sirviéndose más vino—. Encontrar un problema y convertirlo en una tarea: si estás triste, buscas una explicación; si tienes miedo, una teoría; si no sabes qué hacer, un libro.

​—¿Y emborracharte resuelve algo?

​—No. Pero no todo tiene que resolverse. Aceptar que algunas cosas no están esperando que las resuelvas no es rendirse.

​Joseph tocó el papel en su bolsillo.

​—¿Por qué me escribiste que habías encontrado otra manera?

​—Porque necesitaba creer que sí.

​—Te estás desperdiciando, Matías.

​—Quizá. Pero al menos es mi desperdicio.

​—Ven conmigo.

​—¿A dónde?

​—A vivir.

​—¿Qué significa eso?

​—No lo sé.

​—¿Entonces cómo sabes que quieres hacerlo?

​—Porque estoy cansado de esperar a saberlo.

​Matías lo miró un instante en silencio y luego negó con la cabeza.

​—Sigue buscando, Joseph. Quizá algún día encuentres algo, o descubras que no encontrar nada también era algo.

​Se dio la vuelta hacia la mesa. Joseph lo observó un segundo y luego salió solo a la calle fría.

​… …

​De regreso en su habitación, Joseph se apoyó contra la puerta cerrada. Encendió la lámpara y se sentó a la mesa, pero los volúmenes de filosofía y teología que solía consultar le parecieron vacíos.

​Caminó hasta el fondo de la estantería y retiró varios tomos. Detrás había un libro viejo de cuero oscuro, sin nombre de autor ni adornos, que había comprado años atrás en una subasta y dejado olvidado. Llevaba una pequeña inscripción en la cubierta: «Sobre las puertas que no deben abrirse».

​Lo llevó a la luz y lo abrió. El olor a papel antiguo llenó el espacio. Las primeras páginas no contenían teorías, sino una sucesión de advertencias escritas por distintas manos: No realizar el ritual. No pronunciar los nombres. No completar el círculo. No responder si se escucha una voz.

​Avanzó entre las hojas hasta dar con el texto principal. El autor no enseñaba a invocar entidades ni prometía poder; describía los umbrales del conocimiento y las condiciones bajo las cuales una frontera deja de existir. En el centro de una página llena de esquemas, leyó una frase traducida con dificultad: «Aquello que habita detrás de la puerta no entra cuando es llamado. Entra cuando encuentra una grieta».

​Se quedó inmóvil. Durante años había intentado forzar respuestas al mundo, pero el manuscrito sugería algo distinto: el acceso no se abría mediante preguntas, sino al dejar un espacio sin cerrar.

​Al pie de la hoja descubrió una pequeña anotación con tinta más reciente: «Una puerta no necesita ser abierta para dejar entrar algo».

​Joseph bajó la mirada hacia el suelo, debajo de la mesa. Allí permanecía dibujado con tiza el círculo que había empezado semanas atrás durante un estudio y que había dejado incompleto por prudencia.

​Tomó la tiza, se arrodilló frente al trazo y completó los últimos centímetros hasta cerrar la figura.

​… …

​Trabajó en el diseño durante siete días. Desmontó fórmulas antiguas, eliminó invocaciones y depuró los símbolos hasta quedarse con una estructura limpia, similar a un mecanismo.

​Al séptimo día colocó siete piedras en el interior del círculo, recogidas en distintos puntos de la ciudad. Cada una representaba un principio: Razón, Materia, Tiempo, Muerte, Voluntad, Conciencia y Duda. Fuera de la figura colocó una octava piedra, limpia de marcas, reservada para lo que aún no podía nombrar.

​Esa noche, la ciudad quedó en un silencio absoluto. Joseph apagó las luces, dejó una sola vela en el centro del círculo y se sentó en el suelo con el manuscrito abierto a un lado.

​En medio del silencio, escuchó una voz tenue que parecía surgir directamente en su mente:

​—¿Qué tienes que perder?

​Joseph miró alrededor. La habitación estaba vacía. No dudó más y comenzó a recitar la secuencia de conceptos que había articulado:

​—Conocimiento. Duda. Voluntad. Renuncia. Deseo. Miedo. Verdad.

​La llama de la vela tembló y el aire se volvió pesado. Aguardó unos segundos y pronunció la palabra final:

​—Abre.

​La vela se apagó de golpe. Durante unos instantes no se oyó nada; luego, un leve chasquido resonó en el centro del suelo.

​Una fisura fina apareció en el espacio. La línea se ramificó en tres trazos negros que deformaron el aire a su alrededor. La grieta no se abrió como una puerta, sino como un desgarro. Al otro lado no había oscuridad, sino un exceso de formas y luces.

​Joseph retrocedió. A través de la fisura distinguió sombras que se movían: un rostro sin ojos, una mano suelta suspendida en el aire, una figura compuesta por fragmentos humanos y una sombra que caminaba en dirección contraria a su cuerpo.

​Las entidades comenzaron a cruzar el círculo. No lo atacaron; ignoraron su presencia y atravesaron las paredes y el techo de la habitación para dispersarse hacia la ciudad.

​Al final, una última figura se aproximó a la abertura. Tenía la apariencia exacta de Joseph. Cruzó la grieta, lo observó un instante con una leve sonrisa y atravesó la pared posterior.

​Antes de que la fisura se cerrara por completo, una voz resonó desde el fondo:

​—Tú querías saber. Ahora tendrás que vivir con lo que sabes.

​La grieta se cerró sin dejar rastro.

​Joseph permaneció en el suelo. Sobre el pavimento seguían las siete piedras. La octava piedra, la que había colocado fuera del círculo, había desaparecido.

​A lo lejos, en algún punto de la ciudad, se escuchó un primer grito.

​… …

En el otro extremo de la ciudad, Matías caminaba solo bajo los faroles tras haber dejado la taberna. Al doblar una esquina, se detuvo ante la puerta de su casa, sacó la llave e ingresó. En ese mismo instante, desde el otro lado de la calle, una sombra completamente independiente de cualquier luz se deslizó por el umbral justo detrás de él.

​Matías encendió una lámpara en su habitación y se sentó en la cama. Pensó en Joseph y en la discusión de aquella noche; en aquella manera suya de convertir cada problema en una pregunta, y cada pregunta en una tarea. Recordó lo fácil que había sido burlarse de él escudándose en la idea de que no todo tiene que resolverse. La frase volvió a hacer eco en su cabeza y sonrió.

​—Eso es —murmuró al aire, aunque no sabía exactamente qué quería decir con aquello.

​Se levantó, ignorando que la sombra ya se había posicionado detrás de él, inmóvil y aguardando su menor duda. Matías caminó hasta el espejo y durante unos segundos no hizo nada más que observarse. Frente a él estaba el mismo rostro, los mismos ojos cansados y esa misma sonrisa vacía que había utilizado durante años cada vez que alguien intentaba preguntarle qué quería hacer con su vida.

​Levantó una mano y la apoyó sobre el cristal. Esperaba sentir el frío habitual, pero, en su lugar, se encontró con una tibia resistencia. Frunció el ceño, pero no retiró la mano. Del otro lado del espejo había algo; no podía verlo, al menos no todavía, pero lo sentía. Fue entonces cuando comprendió algo que le resultó mucho menos agradable que enfrentarse a cualquier monstruo. Quizá no había estado huyendo de Joseph, ni tampoco de los libros. Quizá, en realidad, había estado huyendo de la única pregunta que nunca había querido hacerse: ¿qué haría si ya no tuviera nada de qué escapar?

​Matías permaneció inmóvil. Su reflejo lo observaba y, por un instante, creyó notar que la imagen había sonreído antes que él. Retiró lentamente la mano del cristal mientras la sombra a sus espaldas continuaba acechando en silencio. Él volvió a mirar el espejo, sonrió despacio y susurró:

​—Interesante.

​En la plaza central, el hombre al que llamaban el Loco hablaba frente al ángel de piedra de la fuente.

​—Te haces el que no sabes —dijo señalando el arpa esculpida—. Pero escuchas todo. ¿Quién abrió la puerta? Todos quieren escapar de sus cadenas, y cuando encuentran una puerta abierta, entran en otra jaula. Y no me mires así: tú también tienes cuerdas.

​Luego se alejó en la oscuridad.

​En una casa cercana, una mujer que dormía sola despertó al escuchar una voz clara en la habitación: «¿Qué habrías hecho si nadie pudiera juzgarte?».

​En una taberna, un hombre comenzó a discutir acaloradamente con su propia sombra.

​En el extremo antiguo de la ciudad, un anciano salió a la calle convencido de haber escuchado a su esposa llamarlo desde la esquina, aunque llevaba veinte años muerta.

​En la habitación de la plaza, Joseph continuaba frente a la ventana. A lo lejos, las voces de la ciudad comenzaban a cruzarse en la noche. Apoyó la mano sobre el cristal y comprendió que la búsqueda había concluido.

​Había abierto una grieta, y ahora la ciudad estaba llena de voces.


Chapters
1. Capítulo 1
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