1. Punto de ignición
Temperatura mínima a la que un material o sustancia combustible emite suficientes vapores que, al mezclarse con el aire y entrar en contacto con una fuente de calor, comienzan a arder de forma continua y sostenida, incluso tras retirar dicha fuente.
—Esto es una estupidez —maldijo Aiden mientras luchaba contra el nudo de seda de su corbata.
Alek le lanzó una mirada de reojo desde el espejo del baño, terminando de recogerse el cabello negro en una coleta baja.
—Sí, ya lo dijiste un par de veces.
—Bueno, por si no quedó claro: es una estupidez —repitió Aiden, deshaciendo el nudo por tercera vez con un tirón frustrado.
Asher ajustó los puños de su chaqueta frente al espejo del pasillo.
—Vamos, hermano. Yo prefiero esto a estar encerrado en una celda con Viktor.
Aiden soltó un bufido cuando su cuarto intento falló. Se rindió, dejando la corbata colgando torcida y asimétrica sobre su pecho.
—Claro, porque jugar a ser niños buenos es mejor que compartir celda con él.
—Siempre puedes decirle al Profesor Sterling y al Alcalde que prefieres volver a La Jaula —dijo Alek, saliendo del baño y cruzándose de brazos.
Aiden rodó los ojos, pero el comentario le dejó un sabor amargo en la boca. Maldijo a Sterling en silencio, maldijo el Programa de Reinserción y maldijo la idea ridícula de que ir a la Academia Vortex pudiera "rehabilitarlos".
Durante años, el caos había sido su lenguaje nativo. Cuando eran simples huérfanos que robaban para sobrevivir y luego, cuando fueron encontrados por el loco de Viktor Krane y puestos bajo su cuidado, como verdaderos delincuentes. Al principio, destruir cosas era divertido; luego, se convirtió en una obligación existencial. Estaban hechos para eso, o al menos, así se lo habían hecho creer. Pero a los dieciocho años, las paredes de la prisión empezaban a sentirse demasiado pequeñas, y la paciencia de la sociedad, demasiado corta. El Profesor Sterling había ofrecido una salida: hogar, comida y libertad condicional a cambio de integración social.
Aiden había aceptado, no por convicción moral, sino porque Asher y Alek lo habían hecho primero. Y Aiden, por mucho que le doliera admitirlo, no podía dejar a sus hermanos solos. No después de todo lo que habían sobrevivido juntos. Y, como si la ironía cósmica tuviera sentido del humor retorcido, Sterling había asignado a sus tres hijas adoptivas como supervisoras.
Como si las hermanas Sterling no hubiesen sido sus enemigas de pelea desde los 10 años.
—No entiendo por qué Sterling pensó que esto funcionaría —murmuró Aiden, tomando su mochila.
—Tal vez porque no quiere que terminemos siendo patéticos como Viktor —respondió Alek, metiendo las manos en los bolsillos—. O porque a las Sterling les encanta la idea de tenernos bajo su vigilancia.
Aiden chasqueó la lengua. Solo pensar en ellas le provocaba una migraña incipiente. No bastaba con que hubieran arruinado sus planes desde que tenían memoria; ahora tendrían que respirar el mismo aire viciado de los pasillos escolares.
Asher consultó el reloj de la pared y suspiró.
—Deberíamos irnos. No creo que sea buena idea llegar tarde el primer día.
—Como si me importara.
Los tres hermanos salieron del apartamento vigilado y emprendieron vuelo por las calles de Vortex City. Los ciudadanos se apartaban, murmurando, señalando con disimulo. Ver a los Krane existiendo tranquilamente, sin causar destrozos ni risas maníacas, era tan antinatural como ver llover fuego.
La Academia Vortex se alzaba frente a ellos, una mezcla arquitectónica de ladrillo clásico y acero tecnológico. Al entrar, el bullicio habitual del pasillo murió instantáneamente, transformándose en susurros nerviosos.
—Ahí están.
—¿De verdad dejaron que entraran?
—Dicen que intentaron sabotear la red eléctrica la semana pasada...
—¿Creen que vayan a pelear con Las Guardianas aquí?
Aiden rodó los ojos con fastidio, ignorando las miradas furtivas.
—Nos miran como si fuéramos animales de circo —comentó Alek, con una sonrisa peligrosa.
—Bueno, seguro que con nuestros poderes salen un buen par de truquitos, entonces... —empezó Asher.
Aiden y Alek le lanzaron una mirada asesina simultánea.
—Bien, mal chiste —se corrigió Asher rápidamente, levantando las manos.
Caminaron hacia sus casilleros, abriéndose paso entre la multitud que retrocedía instintivamente. Aiden sentía una extraña satisfacción al ver el miedo en sus ojos. Era un recordatorio de quién era él, incluso sin usar sus poderes.
Antes de que pudieran llegar a sus compartimentos, una voz cortó el aire como un látigo.
—Vaya. Así que al final de verdad están aquí.
Aiden no necesitó girarse para reconocer el tono autoritario de Amélie Sterling. Ella estaba impecable. Uniforme planchado, postura rígida, expresión de desaprobación calculada en sus brillantes ojos rosados, como si su mera existencia no llamara lo suficiente la ay. A su lado, Abigail sonreía con esa amabilidad genuina que a Aiden le resultaba sospechosa, mientras Arlette parecía estar contando los segundos para que la clase empezara.
—Por el amor de Dios, Amélie, ni siquiera son las siete de la mañana —dijo Aiden sin volverse—. ¿Tienes que empezar a molestar desde tan temprano?
—Estamos tan emocionadas como tú por esto, Aiden —respondió ella con un bufido frío—. Pero el Alcalde nos dio instrucciones claras.
—Sí, sí. Estuvimos presentes cuando nos explicó que ustedes serían nuestras niñeras —Aiden se giró finalmente, clavando su mirada en la de ella.
—Les prometemos que esto no será tan malo —intervino Abigail con una sonrisa amistosa—. Incluso podría ser divertido.
—Claro, entregar tareas es súper divertido —espetó Alek con sarcasmo.
Arlette arrugó la nariz, evaluando a Alek como si fuera una mancha en su zapato.
—Tú decides si es más divertido que estar en prisión.
—Oigan, solo queremos seguir nuestro día tranquilos —intercedió Asher, buscando apaciguar los ánimos—. Ya sabemos que esta es nuestra única oportunidad. No necesitamos vigilancia constante.
Amélie los estudió con desconfianza, sus ojos azules escaneando cada gesto en busca de una amenaza. Finalmente, asintió, aunque sin convicción.
—Los veremos en clase. No hagan nada estúpido.
Sin añadir nada más, las tres chicas se alejaron. Aiden soltó el aire que contenía, sintiendo cómo la tensión en sus hombros disminuía ligeramente, solo para ser reemplazada por el fastidio general de la situación. Sacó sus libros del casillero, metiéndolos sin orden ni concierto en la mochila y echó a andar.
El pasillo se abría ante ellos. Aiden sonrió con suficiencia, disfrutando de la superioridad implícita en ese respeto temeroso. Se giró hacia Alek para hacer un comentario mordaz.
Y chocó de lleno contra una espalda firme.
El impacto fue seco. Los libros del otro chico salieron disparados, dispersándose por el suelo junto con Aiden.
Un silencio sepulcral cayó sobre el pasillo. Todos contuvieron el aliento.
Aiden frunció el ceño, más humillado por la caída que dolorido por el golpe. Levantó la vista. Frente a él, también en el suelo, había un chico casi tan pelirrojo como él, de gafas gruesas y uniforme impecable. El chico parpadeó un par de veces, notablemente sorprendido.
Aiden esperó la disculpa. Esperó el temblor. Esperó el reconocimiento de su estatus.
—Fíjate por dónde caminas —dijo el chico, con una calma clínica.
Cualquier insulto que Aiden tuviera preparado se atascó en su garganta.
A su lado, Alek se cubrió la boca para ahogar una carcajada. Asher miraba hacia otro lado, temblando de risa.
—Vaya, Aiden —se burló Alek, con la voz estrangulada por la risa—. ¿Tan emocionado estabas por tu primer día que decidiste besarle los pies a alguien?
Aiden ignoró a sus hermanos, clavando su mirada en el desconocido.
—¿Qué dijiste?
El chico pelirrojo se ajustó las gafas con un dedo, sin prisa, y lo miró con una indiferencia absoluta.
—Dije que deberías fijarte por dónde caminas. Es un consejo bastante simple. ¿Necesitas que lo repita más despacio?
Alek soltó una carcajada abierta. Asher se cubrió la boca, pero sus hombros temblaban.
Aiden sintió un tic nervioso en la ceja izquierda. La sangre le subió al rostro, calentando su piel. Su temperatura basal, siempre elevada, aumentó unos grados más.
—Escucha, cuatro ojos. ¿Tienes idea de con quién estás hablando?
El pelirrojo se puso de pie con elegancia, sacudiéndose el polvo imaginario de la chaqueta.
—Por supuesto. Aiden Krane. Meta-humano de resonancia térmica, nivel Beta. Adolescente conflictivo. Historial delictivo extenso. Problemas evidentes de manejo de la ira y, al parecer, dificultades con el uso correcto de accesorios formales —señaló con la mirada la corbata deshecha de Aiden—. Tu expediente es de lectura obligatoria para cualquiera interesado en la criminología adolescente.
Asher explotó en risas. Alek lo siguió, golpeándose la rodilla.
Aiden apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. El aire a su alrededor comenzó a distorsionarse ligeramente por el calor.
—¡Escucha, nerd! Si quieres seguir teniendo dientes, más te vale cerrar la boca.
El chico no se inmutó. Ni un parpadeo.
El pelirrojo arqueó una ceja, sin inmutarse.
—¿Vas a golpearme el primer día de clases? ¿Frente a testigos, cámaras de seguridad y bajo la supervisión directa de tus tutoras legales? —Hizo una pausa dramática—. Tengo entendido que una sola infracción te envía de vuelta a prisión. No parece una estrategia inteligente.
Aiden apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolió. Forzó a su cuerpo a enfriarse, suprimiendo la llama que quería brotar de sus manos.
Lo odiaba. Odiaba su tono condescendiente. Odiaba su calma irritante. Odiaba que hablara como si fueran especies diferentes, y que él estuviera por debajo en la cadena evolutiva.
Pero lo que más odiaba era que, en ese momento, no tenía un argumento lógico para contradecirlo.
El pelirrojo recogió sus libros con movimientos precisos.
—Eso pensé.
Se dio media vuelta y se alejó, desapareciendo entre la multitud que volvía a murmurar, ahora con curiosidad renovada.
—Oye, ¿te vas a quedar en el suelo? —Asher le tendió una mano.
Aiden la rechazó de un manotazo y se puso de pie por su propia cuenta, limpiándose las rodillas con brusquedad.
—Dios, me gusta este tipo —dijo Alek, aun riendo—. Tiene más agallas que todo el pasillo junto.
—¿Sabes qué es lo mejor? —añadió Asher, con los ojos brillantes de diversión—. ¡Lo dejó sin palabras!
Aiden sintió el calor de la vergüenza mezclarse con la furia. Ignorando las risas de sus hermanos y las miradas de los estudiantes, echó a caminar hacia su salón.
Nadie le hablaba así a Aiden Krane y salía impune. Ese cuatro ojos iba a pagar. Solo tenía que encontrar la manera de hacerlo sin violar los términos de su libertad condicional.
***
El salón de clases era una caja de zapatos llena de adolescentes ansiosos. El profesor, un hombre de mediana edad con calvicie incipiente, tragó saliva visiblemente cuando los tres Krane entraron. Aiden sonrió. Aquel hombre probablemente era una víctima de los muchos daños que habían causado en su época criminal
—¿L-los hermanos Krane, verdad? —preguntó, consultando su lista con manos temblorosas—. Aiden, Alek y Asher.
Asintieron en silencio.
—Bien, eh... ¿Quieren presentarse?
Aiden recorrió el aula con la mirada. La mayoría de los estudiantes parecían petrificados. Solo cuatro personas mostraban compostura: las hermanas Sterling, sentadas en la primera fila, y al parecer, el pelirrojo con el que había chocado hacía unos minutos, que tomaba notas frenéticamente, ignorando la existencia del mundo exterior.
—Nah, creo que ya nos conocen lo suficiente —dijo Aiden con una sonrisa ladina.
—Pueden sentarse donde gusten —indicó el profesor, aliviado de que la interacción hubiera terminado.
Caminaron hacia unos asientos vacíos. Una chica, al ver acercarse a Alek, tomó sus cosas y huyó hacia el fondo del salón como si le persiguiera un fantasma. Alek se encogió de hombros y se sentó.
Aiden se dejó caer en su silla, aburrido. Mientras el profesor comenzaba una monotonía histórica sobre las reglas gramaticales, Aiden miró por la ventana. Podría estar robando una tienda de conveniencia. Podría estar durmiendo. En lugar de eso, estaba escuchando fechas irrelevantes.
De vez en cuando, su mirada volvía al chico de gafas. El chico escribía con una caligrafía perfecta, organizando la información en esquemas de colores. Un nerd típico.
Cuando sonó el timbre, liberándolos de la tortura, Aiden se levantó de inmediato. Vio a Amélie acercarse al escritorio del pelirrojo. Comparaban notas. Hablaban en un lenguaje que Aiden no podía oír, pero que intuía exclusivo para mentes como la de ellos.
Antes de poder pensarlo mucho, se acercó a ellos, rodeando los hombros de Amélie con un brazo con amistad claramente fingida.
—¿Qué tal, Rosita? —preguntó con su mejor sonrisa falsa.
Ella se tensó bajo su contacto, mirándolo como si tuviera una enfermedad contagiosa.
—¿Qué quieres, Aiden?
—No te pongas así. Recuerda que tu querido "Papi" dijo que debías ser cooperativa.
—¿Y en qué se supone que puedo ayudarte?
—No conozco a nadie. Preséntame a tu amigo el cuatro ojos.
—Dexter —corrigió el chico sin levantar la vista de sus apuntes—. Mi nombre es Dexter Sinclair.
—¿Dexter, eh? —Aiden apoyó el codo en la mesa de Dexter, invadiendo su espacio personal—. Entonces, Dexter, ¿qué hace un nerd como tú codeándose con la realeza escolar?
Dexter cerró su cuaderno con un golpe seco y finalmente lo miró. Sus ojos, detrás de las lentes gruesas, eran fríos y calculadores.
—Ella es de las pocas personas en este salón que posee un coeficiente intelectual decente —respondió con frialdad—. Tú, claramente, no entras en esa categoría.
Amélie frunció el ceño.
—Eso no fue un cumplido, Dexter. Y tú, Aiden, quita el brazo y deja de meter las narices donde no te llaman.
—Oh, vamos. Solo intento hacer amigos.
—Es una lástima, porque yo no estoy interesado en hacer uno —Dexter lo miró de reojo, sin perder la calma ni un instante—. Y menos con alguien con un coeficiente intelectual tan bajo que no puede atarse ni siquiera una corbata.
Las risas de Alek y Asher, que observaban desde la distancia, resonaron en el salón.
Aiden apretó los dientes.
—Eres realmente molesto, ¿sabes?
—Me lo dicen a menudo.
Antes de que Aiden pudiera responder, la profesora de Matemáticas entró al aula.
—Fue encantador conversar, Krane —dijo Dexter, con una sonrisa condescendiente—. Espero que sobrevivas al resto del día sin demasiadas dificultades.
Amélie empujó a Aiden lejos del escritorio.
—A sus asientos —ordenó la profesora.
Aiden fulminó a Dexter con la mirada antes de regresar a su sitio. Si ese niño creía que podía humillarlo y salirse con la suya, estaba muy equivocado.
***
—¿Dónde están los hermanos Krane? —Cuestionó la profesora. Los tres levantaron la mano al mismo tiempo. Aiden notó que la profesora parecía menos asustada que el profesor anterior, aunque todavía algo dudosa.
Ella asintió, anotando algo en su lista y empezando a escribir en la pizarra.
—Bien, entonces nos quedamos en integrales logarítmicas la clase pasada...
Aiden volvió a mirar por la ventana sin interés en la clase o en lo que la profesora decía. Tamborileaba los dedos contra el escritorio con impaciencia, ignorando por completo la explicación de la profesora. De vez en cuando lanzaba miradas en dirección a Dexter, que tomaba notas meticulosamente, completamente ajeno a su existencia.
Nunca en su vida alguien que no fuesen las Sterling le había hablado con tanta condescendencia y, lo peor de todo, salido impune.
—Aiden.
Lo normal era que la gente temblara ante su presencia, que tartamudearan al dirigirle la palabra o que, en su defecto, huyeran. Pero este tipo no solo no le tenía miedo, sino que lo había humillado frente a toda la maldita escuela sin el menor esfuerzo.
—Aiden Krane.
Un codazo por parte de Asher lo regresó a la realidad. El rubio señaló al frente, hacia la profesora.
—Aiden, ¿te importaría pasar al pizarrón y resolver el problema?
Aiden sintió que la sangre se le helaba por un segundo.
—¿Qué?
La profesora arqueó una ceja y señaló el pizarrón con la tiza.
—Pasa al frente y resuelve el problema. Es una integral bastante sencilla, ¿o necesitas ayuda?
Un murmullo de burla recorrió el aula. Dexter, desde su asiento, dejó escapar una risa ligera, apenas audible.
—Supongo que pedirle demasiado a alguien que ha pasado más tiempo en instituciones correccionales que en un aula es irrealista, profesora —comentó Dexter, sin mirar hacia atrás.
La sangre de Aiden hirvió. Se levantó de un salto, caminando hacia el frente con pasos largos y agresivos. Arrancó la tiza de la mano de la profesora.
Analizó la ecuación. Logaritmos. ¿Qué sabía de los logaritmos? Bueno, más de lo que aparentaba.
Miró hacia atrás. Dexter lo observaba con esa misma burla tranquila, esperando el fracaso. Esperando confirmar que Aiden era solo músculo y caos.
Aiden sonrió internamente. Subestimaban su mente.
Podía parecer un delincuente, pero Aiden no era estúpido. Tal vez no había pasado demasiado tiempo en un salón de clases, pero tenía una memoria excelente. Y sobre todo, un tutor anterior superinteligente con una buena cantidad de libros de ciencias.
Viktor Krane le había enseñado física, química y matemáticas avanzadas para construir trampas y robots. Aiden había aprendido a calcular trayectorias, cargas estructurales y descifrar códigos de seguridad. Para él, las matemáticas no eran teoría; eran herramientas de supervivencia.
Su mano se movió rápida y segura sobre la pizarra. No seguía los pasos tradicionales que enseñaban los libros; usaba atajos, simplificaciones intuitivas, un flujo de pensamiento caótico pero eficaz.
Terminó. Golpeó suavemente la tiza sobre la bandeja y se cruzó de brazos.
—Ahí está. Siguiente pregunta.
La profesora se acercó, ajustándose las gafas. Revisó cada línea, buscando un error. Sus cejas se alzaron.
—Es... correcto —murmuró, sorprendida—. De hecho, es un método bastante eficiente. Parece que tienes habilidad para las matemáticas, Aiden. Eso es alentador. Por favor, intenta participar más.
Aiden giró hacia Dexter. El pelirrojo lo miraba con incredulidad, sus gafas reflejando la luz del pizarrón. Por primera vez, la máscara de superioridad de Dexter se había agrietado. Había frustración en su mirada.
Aiden sonrió. Eso era lo que quería. No miedo. Frustración.
Regresó a su asiento, sintiendo la mirada de Dexter clavada en su nuca.
—Eso estuvo increíble —susurró Alek—. No sabía que sabías hacer eso.
—Hay muchas cosas que no saben de mí —respondió Aiden, inclinándose en su silla con arrogancia renovada.
Dexter, por su parte, revisaba sus propias notas. Buscaba un error en la solución de Aiden. Cualquier fallo de signo, cualquier paso ilógico. Pero no había nada. La solución era elegante, directa y, lo peor de todo, correcta.
Apretó su pluma con fuerza, deformando ligeramente el plástico. ¿Cómo? ¿Cómo era posible que un delincuente sin educación formal resolviera en segundos lo que a él le había tomado minutos de análisis estructurado?
No era suerte. Aiden Krane era inteligente.
Esa realización cayó sobre Dexter como un balde de agua helada. Y no le gustó nada.
Cuando la profesora puso otro problema, Dexter escribió frenéticamente. Quería ser más rápido. Mejor. Pero cuando levantó la vista, Aiden ya había levantado la mano.
—Correcto, Aiden.
Dexter parpadeó. Miró su propio papel. Apenas iba por la mitad.
Aiden giró su cuaderno hacia él, mostrando la respuesta completa, y susurró:
—¿Qué pasa, cerebrito? ¿Vas lento?
Dexter sintió cómo el calor le subía al cuello. Furia pura.
—No es velocidad lo que importa, sino precisión —respondió con frialdad, aunque su voz temblaba ligeramente.
—Claro. Si eso te ayuda a dormir.
El lápiz de Dexter se quebró.
El resto de la clase se convirtió en una guerra silenciosa. Cada nuevo problema que la profesora escribía era un campo de batalla. Dexter escribía con precisión quirúrgica. Aiden respondía con intuición veloz.
Levantaban la mano casi al mismo tiempo. Respondían con la misma certeza.
Para cuando sonó el timbre, Dexter estaba mentalmente exhausto, sudando ligeramente bajo su cuello almidonado. Aiden, en cambio, lucía relajado, como si hubiera estado jugando videojuegos.
Al levantarse, Dexter sintió una presión en su hombro. Aiden estaba allí, demasiado cerca, invadiendo su espacio vital una vez más.
—Buen intento, cerebrito —murmuró Aiden, con la voz baja y ronca, solo para él—. Pero vas a tener que esforzarte más si quieres ganarme.
Dexter se quedó helado. Su orgullo exigía una réplica devastadora, pero su mente estaba en shock.
Ganar. ¿Desde cuándo esto era una competencia?
—No creo que tenga que esforzarme tanto para superar a alguien que no sabe atarse la corbata.
Aiden miró su corbata deshecha. Antes de que pudiera replicar, Dexter ya se alejaba, con la espalda rígida.
—¡Asher! —gritó Aiden—. ¡Ven acá!
Su hermano rubio, que coqueteaba tímidamente con Abigail cerca de la puerta, se giró confundido. Aiden lo agarró del cuello de la chaqueta y lo arrastró hacia un rincón menos concurrido.
—¿Qué demonios te pasa? —protestó Asher.
—Átame la corbata.
—¿Qué?
—¡Que me ates la maldita corbata! —ordenó Aiden, con los dientes apretados.
Asher parpadeó, desconcertado.
—¿Desde cuándo te importa tu imagen?
—Desde ahora. Hazlo rápido.
—Sabes, podrías aprender a hacerlo tú mismo —murmuró Asher, mientras sus dedos hábiles comenzaban a formar el nudo—. No es difícil.
—No necesito aprenderlo. Necesito que esté perfecta ahora.
—¿Para qué? ¿Vas a presumírsela a Dexter?
Aiden entrecerró los ojos, mirando a Asher con una expresión de furia.
—Cierra la boca antes de que te estrelle contra la pared.
Asher solo sonrió con burla.
—Digo, parece que estás muy preocupado por lo que piensa de ti.
—Asher...
—Lo digo porque normalmente no te importa una mierda si algo está mal puesto. Pero ahora, de repente, te mueres porque cierto nerd te vea bien presentado.
Aiden lo tomó del cuello de la chaqueta de nuevo, con tanta fuerza que casi lo levantó del suelo.
—Termina de atar la maldita corbata o haré que te la tragues.
Asher levantó las manos en rendición, aunque una sonrisa burlona jugaba en sus labios.
—Está bien, está bien, ya voy. No necesitas ponerte violento.
Aiden lo soltó de mala gana, ajustándose la chaqueta con molestia.
—Listo —anunció Asher, dando un último tirón para ajustar la seda roja contra el cuello de Aiden—. Aunque si quieres un consejo, afloja un poco el nudo. No quieres parecer que te estás estrangulando a ti mismo.
—No necesito tus consejos de moda.
—Bueno, entonces ve y presúmele al nerd lo listo que eres. Yo voy a la cafetería. Abigail dijo que hay pizza.
Asher se alejó silbando, dejando a Aiden solo. Aiden se ajustó la chaqueta, alisando las arrugas invisibles. Se tocó el nudo perfecto de la corbata. Estaba rígido, restrictivo, pero impecable.
La siguiente clase era Laboratorio de Química.
Dexter llegó minutos antes, ocupando su estación favorita. Preparó su material con la precisión de un cirujano: bureta, matraz Erlenmeyer, soporte universal. Amaba la química. Era ordenada. Predecible. A diferencia de las personas, las moléculas obedecían leyes inquebrantables.
Cuando los Krane entraron, Dexter no levantó la vista, pero sintió la presencia de Aiden como una perturbación en el aire.
—Hoy veremos titulaciones ácido-base —anunció el profesor—. Frente a ustedes ya hemos dejado una serie de muestras preparadas previamente que deberán titular para determinar la concentración. Su calificación en esta práctica dependerá de qué tanto se acerquen a la concentración real.
Dexter sonrió. Podía hacer esto dormido.
Se colocó los guantes de látex. Vertió la solución patrón en la bureta. Sus movimientos eran fluidos, económicos. Sin desperdiciar ni una gota.
Por el rabillo del ojo, vio a Aiden. El pelirrojo sostenía la bureta con demasiada fuerza, sus nudillos blancos. Parecía menos seguro que en matemáticas. ¿Y cómo iba a estarlo? Aiden había hecho titulaciones con Viktor Krane tal vez dos o tres veces en su vida. No era algo tan divertido como armar y desarmar cosas.
Se ajustó los guantes de laboratorio con calma, tomando el instrumental frente a él. Bureta, matraz Erlenmeyer, indicador. Sí, recordaba haber usado todo eso antes. Solo tenía que replicar lo que Viktor le había enseñado y confiar en su instinto.
Dexter, por otro lado, ya estaba trabajando con una precisión casi inhumana, vertiendo la solución gota a gota en la bureta sin siquiera pestañear. Aiden notó la pequeña sonrisa en su rostro.
—¿Qué pasa, Krane? —preguntó Dexter, sin dejar de observar el menisco de su líquido—. ¿La confianza te abandona?
Aiden resopló.
—Solo te doy ventaja, cerebrito. No quiero que llores cuando te gane.
—¿En química? Lo dudo.
Aiden apretó la mandíbula y comenzó su trabajo. Su técnica no era tan pulcra ni elegante como la de Dexter, pero al menos recordaba los pasos. Agitó el matraz con cuidado, agregando la solución titular poco a poco. Llevaba un rato de goteo cuando comenzó a preguntarse en qué momento la solución cambiaría de color.
—¿Sabes, Krane? —Escuchó decir a Dexter, que ya iniciaba su segunda titulación—. El fundamento de la titulación es la estequiometría. Normalmente, el punto final no es visible a simple vista. Requiere, ya sabes... un indicador.
El indicador.
Había olvidado agregar el estúpido indicador.
Aiden mantuvo su expresión neutral, pero sus dedos se tensaron alrededor de la bureta al escuchar las palabras de Dexter.
Por supuesto que Dexter se había dado cuenta.
Levantó la mirada lentamente, encontrándose con los ojos de su rival. Dexter lo miraba con una calma irritante, como si ya hubiera calculado exactamente cuántos segundos tardaría en darse cuenta de su error.
—¿No habrás olvidado algo, Krane? —preguntó Dexter con fingida inocencia, inclinando la cabeza.
Aiden tragó su orgullo con dificultad. Con toda la dignidad que pudo reunir, dejó la bureta sobre la mesa y tomó el frasco del indicador. Con un movimiento seco, vertió unas gotas en la solución.
Inmediatamente, el líquido comenzó a cambiar de color.
El tono rosado no era tan intenso como lo era, por ejemplo, la titulación de Asher, pero era evidente que se había pasado si lo comparaba con Dexter, cuyas titulaciones eran de un rosa tan suave que costaba verlo.
Y por supuesto, Dexter lo notó.
—Parece que alguien necesita mejorar su técnica.
—No es la gran cosa —mintió Aiden, cruzándose de brazos—. Está dentro del margen de error.
—Si eso te consuela, adelante. Pero supongo que tu racha de suerte ha terminado.
Aiden apretó los dientes. Intentó corregirse en la segunda muestra. Y en la tercera. Pero sus manos, acostumbradas a la fuerza bruta y a la velocidad, carecían de la delicadeza microscópica que Dexter poseía naturalmente.
Al final de la clase, los resultados se proyectaron en la pizarra.
Dexter Sinclair: 99.8% de precisión.
Amélie Sterling: 98.5%.
Aiden Krane: 85.2%.
Aiden maldijo cuando empezó a comparar los resultados de todos en la clase. No solo estaba debajo de Dexter, que prácticamente había coincidido al 100% con sus títulos, sino también debajo de Amélie, Abigail y hasta Arlette. Estaba mucho mejor que otros, incluyendo a sus hermanos. Pero eso no le importaba, le importaba Dexter y su cien por ciento de coincidencia.
Mientras lavaba el material, furioso, Dexter se acercó a su estación.
—Supongo que la inteligencia natural no sustituye a la técnica —dijo el pelirrojo, guardando sus gafas en su estuche.
Aiden quiso estrellar el vaso de precipitados contra la cara de Dexter. Se contuvo.
—Suerte es la que vas a necesitar cuando te quite el primer puesto —gruñó Aiden, dejando el material en el escurridor con un golpe violento que hizo tintinear el cristal.
Salió del laboratorio sin mirar atrás, dejando a Dexter solo con el profesor.
—Dexter, ¿puedes quedarte a ayudarme a guardar los reactivos especiales? —preguntó el profesor.
—Por supuesto, señor.
Una vez que el profesor salió para llevar algunas cajas al almacén, Dexter se aseguró de que la puerta estuviera cerrada. El silencio del laboratorio era absoluto, salvo por el zumbido eléctrico de las campanas de extracción.
Se acercó a la vitrina de seguridad, aquella marcada con símbolos de radiación y peligro biológico. Introdujo una llave maestra que había fabricado y la vitrina se abrió con un siseo neumático.
Dexter tomó un pequeño vial que contenía un polvo plateado, brillante y extraño: Nitrato de Plata estabilizado con isótopos raros.
Lo guardó en el bolsillo interior de su bata, junto a su corazón acelerado. Salió del laboratorio, ajustándose las gafas, con la expresión impasible de siempre, como si nada hubiese pasado.








