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La cura arrasadora del Omega

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Summary

Ingresar al prestigioso Hospital Everhart Mortimer era el sueño de Tahiel... pero sobrevivir en él será su verdadera prueba. Como uno de los pocos médicos omegas en un entorno hostil dominado por alfas, Tahiel debe enfrentarse a constantes intimidaciones para demostrar su valor. Sin embargo, su desafío más difícil no será la medicina, sino los alfas que lo rodean. Por un lado, está Hazael, el implacable jefe de cardiología y el mejor del país. Su sola presencia e imponente aroma terroso infunden temor en Tahiel, pero una fuerza arrolladora e inexplicable lo arrastra hacia él. Hazael, un alfa dominante acostumbrado al control, descubre que sus propias feromonas se desbordan incapaces de ser frenadas ante la cercanía del joven omega. Por otro lado, está Beatriz, un alfa, una brillante anestesióloga de sonrisa cautivadora que fija sus ojos en Tahiel desde el primer instante y despierta en él una atracción tan inesperada como reconfortante. En un mundo donde el concepto de «pareja destinada» no es más que una leyenda olvidada y las marcas son repudiadas, Tahiel deberá navegar entre el miedo, el deseo y la ambición profesional mientras intenta descifrar qué es lo que realmente dicta su corazón.

Genre
Romance
Author
Nanaa Est
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

1: EVERHART MORTIMER

Tahiel suspiró ahogadamente antes de abrir las puertas del lugar que sería prácticamente su segundo hogar por un año entero. El edificio era enorme, una fachada de paneles blancos y ventanales de vidrio en tono azulado, una entrada amplia, puertas de cristal. Dentro, las voces resonaban, murmullos presurosos, pasos sin fin. 

Afianzó las correas de su mochila y entró sintiendo que podría perder en cualquier momento el equilibrio en sus delgadas piernas. Estaba indiscutiblemente nervioso, sus manos sudaron frio y su respiración tembló ligeramente.

Su uniforme blanco perfectamente planchado, su bata impecable, donde, en un tejido azul impecable resaltaba su nombre junto a su categoría: «Tahiel Doher Méndez, médico interno».

Bajó la cabeza hacia sus pies mientras trataba de calmar su nerviosismo. El piso de mármol blanco perfectamente pulido le regalaba un tenue reflejo de su silueta.

El amplio hospital era inmaculado, brillaba en color blanco, olía a limpio, a pulcro, a todo lo que debía ser perfecto, porque en ese hospital los errores no existían; no debían, en ninguna circunstancia, existir. Los mejores médicos del país laboraban en el centro médico de alta especialidad Everhart Mortimer.

Tahiel no estaba ahí por casualidad, lo había ganado por su esfuerzo, por ser uno de los mejores estudiantes. Su camino había sido difícil, lleno de dificultades y negativas por altos mandos, pero, finalmente, hubo una pequeña luz al final del camino. Lucia Everhart, la subdirectora del hospital autorizó su entrada. No hubo distinciones, ella, al igual que Thaiel, era una omega, pero, no cualquier omega. Una omega dominante respetaba por casi todo el gremio médico. No era fácil, sin embargo, que un omega estudiara medicina.

Cuando Lucia se enteró de la posible entrada de un omega inmediatamente lo aceptó. Nadie podía quitarle ese derecho que le correspondía, había sido el mejor promedio de su generación, el primero en escoger su lugar de adscripción en el hospital que él eligiera. Aunque, siempre había personas que, con su poder, trataban de mover todo a su conveniencia. La razón de tanto negativa era precisamente porque había sido el mejor promedio, poniéndose por encima de todos los prepotentes alfas. No podían concebir que un omega fuese mejor que ellos, eran unos sexistas de primera. Aún existían un sinfín de perjuicios, a pesar de que hace años los omegas contaban con todos los derechos ante la ley, en teoría, se había tratado de ser lo más justo posible y darles mayor autonomía, aun así, era difícil hacer cambiar la mentalidad de muchos. Un médico alfa era la viva imagen de arrogancia y egocentrismo mismo. Su ego alcanzaba más allá del cielo, hasta otra atmosfera. Era, indiscutiblemente, exorbitante.

Thaiel sabía que su camino seguiría siendo dificultoso, que apenas era el comienzo. En un hospital lleno de alfas, donde los omegas médicos eras escasos, la competencia era infinita. Donde todos buscaban ser los mejores; Thaiel estaba allí, tan solo tratando de dar lo mejor de sí mismo, de brindar la ayuda a sus pacientes, de curar, de ser humano.

Pero, muy en el fondo de su corazón, estaba aterrado.

Las miradas analíticas rápidamente se posaron en todo su pequeño ser. Quería pasar desapercibido, solo quería hacer su trabajo y aprender lo más que pudiese. Pero, había algo más que llamaba la atención de todos.

Era imposible no figurar. A donde sea que sus pies posaran su presencia, los ojos curiosos buscaban su rostro. Su belleza era indiscutible.

Sus grandes ojos azules parecían nacer del cielo, tan profundos y llenos de una luz inmensurable como dos zafiros brillantes. Matices violáceos se iluminaban entre aquel azul intenso, líneas purpuras que sobresalían con mayor profundidad ante la luz del día. Su cabello profundamente negro resaltaba su piel nívea, donde, en sus mejillas y nariz se repartían pecas como una lluvia de estrellas.

Aunque, había algo que Tahiel siempre había odiado: su baja estatura. Odiaba ver a los alfas desde abajo, que se rieran y burlaran de él por simplemente tratar de sobresalir en sus estudios, pero amaba cuando dejaban de hacerlo y se tragaban la mayoría de sus críticas al ser el mejor en sus calificaciones. Aunque, había algo que odiaba más. Muchísimo más. El constante acoso. Por suerte en la universidad siempre fue protegido por los profesores, por lo que había denunciado a algunos alfas y betas por acoso. Pero… ¿Ahora como sobrellevaría su estancia en el hospital? Eso lo mantenía expectante e inquieto.

Se detuvo un momento para sacar del bolsillo de su bata un frasco con gotas de solución salina para humedecer sus ojos, los sentía escocer, y es que, había dormido poco la noche anterior, apenas había descansado tres horas, aunque estaba acostumbrado a la pocas horas de sueño.

Escuchó voces tras él, pero las ignoró, había demasiada gente a su alrededor. Sin embargo, hubo algo que no pudo dejar pasar. Un fuerte aroma a roble impregnó el ambiente, era demasiado fuerte, demasiado embriagador. Sus manos temblaron ligeramente, las gotas se derramaron en sus mejillas y no pudo controlar sus movimientos. Cerró el frasco y volvió a guardarlo, no podría ponérselas.

—Hola, ¿eres nuevo?—una voz profunda atravesó sus oídos.

Tahiel pudo sentir las presencias imponentes tras él, quienes pronto se posaron frente él. Eran dos chicos, alfas, demasiado altos, pero indiscutiblemente atractivos e idénticos. Rubios, de unos ojos olivo penetrantes que parecían atravesarlo todo a su paso. Lucían demasiado relajados, uno de ellos de sonrisa fácil e imborrable. Y el otro, sonrisa ladina, como si no hubiera emociones reales en ese par de ojos fríos.

Lo que hizo tragar saliva a Tahiel era su aura dominante. Estaba acostumbrado a tratar con un sinfín de alfas, era raro que se sintiera intimidado, aunque atribuía su estado por el nerviosismo que cargaba por ser su primer día de interno.

Uno de los chicos—el de sonrisa fácil—, que tenía el cabello rubio rapado, escudriñó su rostro con una mirada altiva, ceja alzada; un ligero atisbo de asombro pareció salir de esas cuencas, para finalmente posarlos en su bata, en su nombre grabado.

—Tahiel—murmuró en tono jocoso, la palabra pareció ser saboreada por sus gruesos labios—. Mi nombre es Colin, parece que seremos compañeros.

—Andrew—saludó el otro chico, con el cabello rubio más largo y alborotado. Era lo único que parecía distinguirlos. Abandonó la sonrisa ladina y la seriedad se tatuó en su rostro—. Un gusto, colega.

Ambos le extendieron las manos, y Tahiel se quedó paralizado por un instante. Sus feromonas eran tan penetrantes que lo estaban abrumando. Carraspeó e intentó saludarlos. ¿Estarían liberando las feromonas a mayor cantidad a propósito? No podía ser, era ilegal liberar feromonas para doblegar a los omegas. ¿O eran porque tenían el aroma extremadamente similar y se volvía más potente al ser dos?

—Un gusto—respondió, pretendiendo no aspirar el aroma impregnado en el aire, y a la vez, tratando de usar un tono neutro y despreocupado.

Sostuvo la mano de Colin, quien lo apretujó con más fuerza de la necesaria.

Miró disimuladamente los nombres tejidos en sus batas y entrecerró los ojos ante la confusión. Figuraban los nombres: Andrew Everhart Verlaine y Colin Everhart Verlaine, ambos médicos internos. ¿Podían tener algún parentesco con la Dra. Lucia Everhart? La respuesta probablemente era un «sí». Era de conocimiento público que la doctora tenía dos nietos, gemelos, que estudiaban medicina en el extranjero, específicamente en Alemania. Era una enorme coincidencia toparse con ellos, evidentemente desconocía sus edades y que iban a ser sus compañeros.

—Un omega médico, que sorpresa—continuó Colin, sonriendo instintivamente y de medio lado, como si algo le resultara divertido—. Espero que nos llevemos bien.

—Yo también espero…—murmuró Tahiel, aunque, de verdad lo esperaba.

—Vamos, se nos hace tarde, nos asignaran nuestro servicio—pronunció Andrew, moviendo la cabeza en dirección a los elevadores—. Se perfectamente donde queda dirección.

Tahiel tragó saliva. Por supuesto que lo sabía.

Por alguna razón terminó en medio de los gemelos en el diminuto espacio del elevador. Miró su reflejo en el espejo del elevador, se veía pequeño al lado de ellos, apenas les llegaba a los hombros. Y ellos, le sonreían, ambos. Suspiró inquieto, no podía ser que apenas había puesto un pie en el hospital y estaba en medio de esos dos alfas dominantes. Había más personas en el elevador, podía sentir las miradas puestas sobre él, pero también miraban de soslayo a los gemelos, pero con ellos eran más discretos. Era agobiante. Trató de ignorarlo, como siempre lo hacía. Miró sus pies, distrayéndose con el suelo y esperando impaciente que las puertas se abrieran.

Al llegar al último piso los gemelos le permitieron pasar primero, Tahiel lo hizo porque se estaba asfixiando en el pequeño cubículo, además, el aroma de los alfas lo estaba ahogando.

El pasillo le resultó extremadamente largo y solo se movió cuando sintió una mano fría posarse en su espalda. Respingó y se volteó enseguida.

—Perdona—dijo Colin, elevando sus manos al frente a modo de disculpa—, no quería asustarte. No te movías, vamos.

—Está bien, no te escuché—murmuró restándole importancia y posando su mirada nuevamente en el enorme pasillo.

—Evidentemente—soltó Colin con un tono socarrón—. Vamos, cosita.

—¿Disculpa?—se volteó nuevamente, viéndolo de nuevo, pero con el ceño fruncido, y extrañado—. Por favor, no me llames de esa forma.

—Tranquilo, no te pongas así—pronunció Andrew, su tono más grave—. Ignora a mi hermano, eso fue irrespetuoso.

Tahiel no comentó nada más, en su lugar comenzó a caminar para alejarse de ellos.

—Tahiel, colega…

Tahiel no supo cuál de los dos gemelos le hablaba, sus voces eran tan similares.

Tocó la puerta de dirección, donde figuraba el nombre del director, el Dr. Rafael Everhart. Inmediatamente una voz profunda emergió a través de la puerta, permitiéndole la entrada. Tahiel tomó el pomo y abrió.

Dentro, había aproximadamente diez personas más, más alfas, más médicos internos. Estaba en un territorio impregnando de aromas penetrantes que parecían envolver el suyo con prepotencia y autoridad. Tahiel no se doblegó, entró después de dar una pequeña presentación. Sin embargo, esa cantidad de aromas estaba sobresaltándolo, pero evitó que su rostro flaquera y mostrara su verdadera sentir. Después de todo, en la universidad siempre estuvo rodeado de alfas. Incluso en su trabajo también resultaba la misma historia, aunque en su trabajo era peor, mucho peor. Tahiel volvió a atribuir esa inquietud a los nervios, aunque no entendía porque le resultaba ciertamente agobiante el aroma de los gemelos.

Rafael permanecía sentado tras el escritorio, divisando algo en su computador con un rostro endurecido e inexpresivo. Su cabello rubio con canas a los costados, perfectamente peinado hacia atrás, más unos ojos ámbar que no parecían inmutarse por nada del mundo. No volteó a verlos cuando entraron, ni cuando se presentaron. Después de eso transcurrieron algunos minutos. Nadie, absolutamente nadie pronunciaba una palabra. El silencio era absoluto, respirar parecía un delito y la tensión podía tocarse con la punta de los dedos.

Tahiel percibió las miradas hostiles de los alfas, especialmente de dos chicos, alfas que estudiaron con él en la universidad, en el mismo salón. Su presencia no era agradable para ellos, estaban molestos porque Tahiel los había superado como el mejor de su generación.

—Al parecer estamos todos—comentó Rafael, sobresaltando el inesperado silencio y dejando de lado el computador. Sus ojos serios recorrieron con frialdad a cada uno de los presentes, deteniéndose agudamente en Tahiel, pero rápidamente la apartó—. Bienvenidos. No profundizaré en presentaciones, saben para que están aquí y saben lo que deben hacer. Están aquí por una razón. No hay espacio para los errores, no debe haberlos bajo ninguna circunstancia. La perfección en este hospital es absoluta—, recalcó en un tono autoritario mientras se paraba de su asiento mostrando una figura imponente y bestial—. Les asignaré sus servicios.

Un par de alfas retrocedieron ligeramente, tratando de no hacerlo notar, pero fallando en el intento ante la autoridad que se posaba ante ellos, y otros sonrieron complacidos, orgullosos de sí mismos, sabiendo que eran los mejores y, efectivamente, lo merecían.

Tahiel mordió sus labios, expectante y con el corazón desbordado de emoción. El hospital Everhart Mortimer era su sueño, y a pesar del nerviosismo, el entusiasmo estaba ganando un gran espacio.

Uno a uno, fueron nombrados y rápidamente salieron de la oficina. El trabajo iniciaba inmediatamente.

—Tahiel Daher Méndez—Rafael mencionó su nombre con frialdad, como había sido con todos los demás—. Cardiología, torre E.

—Si, gracias—respondió sin poder ocultar su emoción, sus ojos azules brillaron y sonrió pequeñamente—. Daré lo mejor de mí—titubeó por un momento, pero rápidamente pronunció:—Con permiso, señor.

Cardiología no era su fuerte, pero se defendía con seguridad.

Rafael asintió con la cabeza, pero no respondió nada más, sin embargo, sus ojos agudos lo siguieron hasta que salió de la oficina. Enseguida continuaron los gemelos, y Tahiel casi deja de caminar cuando escuchó el servicio al que fueron asignados. Cardiología, igual que él.

Caminó apresurado para llegar al elevador e irse solo, pero los pasos toscos pronto pisaron sus talones. Entró al cubículo presionando la planta baja y el botón de cerrar de inmediato, las puertas fueron cerrándose lentamente.

De repente unos dedos largos alcanzaron las puertas metálicas.

—Qué suerte, colega—dijo Colin, tomando las puertas del elevador para volver a abrirlas—. Estaremos juntos por un tiempo, apoyémonos, ¿sí?—sonaba suave, pero su sonrisa divertida decía otra cosa.

—Ya basta, Colin—Andrew entró detrás de él, su rostro serio, apartándolo y posándose al lado de Tahiel.

Al menos esta vez no estaba en medio de los hermanos.

—¿Qué pasa?—preguntó Colin, escudriñando a su hermano, su sonrisa fue decayendo y ladeó el rostro—. No dije nada malo, ¿o sí?

—Solo bajemos—sentenció Andrew, dando a entender que no quería hablar y terminando con la conversación.

Colin siguió mirándolo con sus ojos entrecerrados, asintió lentamente y después sonrió discretamente.

Tahiel percibía que algo extraño estaba pasando, pero no quería averiguarlo.

***

—¿Padre estará contento de vernos?—preguntó Colin, a su gemelo.

—Estupideces, le dará igual.

¿Padre?

—Oye, cosita—llamó Colin, volviendo a tomar esa actitud despreocupada y jocosa—. En verdad creo que es una suerte que nos haya tocado juntos, ¿no te parece?

Tahiel lo ignoró, de nuevo.

—¿Dónde está la oficina del jefe de servicio?—susurró para sí mismo, divisando los pasillos.

Sentía que se perdería constantemente en ese enorme hospital.

—Ven, por aquí, no es seguro que esté en su oficina—dijo Andrew, con una seguridad que dejó a Tahiel perplejo—. Seguramente está pasando visita.

Colin le sonrió, pero evitó lanzarle otro comentario burlón. Tahiel suspiró y sin más remedio siguió a los gemelos. Caminaron por algunos minutos, en los cuales Tahiel trató de ver todo a su alrededor. Estaba maravillado con las instalaciones, todo le resultaba fascinante. Aunque su inspección terminó más rápido de lo que pensó. Un eco profundo atravesó sus oídos, una voz. Se detuvo incluso antes que los gemelos. Ellos se pararon en una habitación en donde ese prepotente sonido parecía atravesar la puerta.

—¿Qué haría usted? —pronunció aquella voz, el tono profundo y grave, muy grave, como si fuera el resonar de las cuerdas más gruesas de una guitarra, pero con evidente molestia.

Los vellos de su nuca se erizaron, sus manos sudaron frio. Su corazón, por algún motivo comenzó a latir con mayor fuerza. Algo en esa voz lo inquieto. Cerró los ojos por un instante, tenía que tranquilizarse.

—Yo… eh—murmuró otra persona, balbuceando con dudas—. ¿Le haría un electrocardiograma?

—¿Me está preguntando es lo que usted haría?

—Eh… es lo que yo haría…

—¿Qué más?

—Bueno… unos laboratoriales serían esenciales también.

—Doctor Morín, usted no pregunta, usted diagnostica, ya no está para titubeos, debe saber lo que hace. No lo quiero en mi servicio hasta que me de una respuesta certera.

—Pero, doctor Everhart…

¿Everhart? ¿Un Everhart más? El hospital evidentemente le pertenecía al doctor Rafael, generación tras generación el hospital pasaba a manos de la misma familia. Tahiel solo esperaba que toparse con los Everhart no fuera contraproducente.

—Fuera—ordenó elevando el tono de la gruesa voz—. Ahora.

La puerta se abrió de golpe y un chico salió abrumado, sus ojos lucían aguados, conteniendo las lágrimas de impotencia que luchaban por salir. Era enojo contenido. Miró a los tres chicos que estaban del otro lado, deteniéndose en Tahiel, su rostro se convirtió en algo parecido al desconcierto, pero rápidamente los pasó de largo con nerviosismo e ira.

Tahiel no sabía si debía entrar o no, era la habitación de un paciente, quien miraba todo desde su cama con evidente confusión. Los gemelos tocaron la puerta a pesar de que estaba abierta y entraron, parándose en frente del Dr. Everhart.

Tahiel se asomó apenas, dubitativo. Era como si su cuerpo se negara a avanzar.

—Doctor Everhart—saludó uno de los gemelos, refiriéndose al hombre con respeto—. Nos presentamos, somos los nuevos internos. Andrew y Colin Verlaine.

Tahiel frunció el ceño al notar que evitaron mencionar su primer apellido, probablemente para eludir que alguien pensara que estaban allí por conveniencia y no porque se lo habían ganado, aunque era difícil evitarlo porque sus nombres completos estaban impresos en sus batas. Era algo que tarde o temprano se iba a saber, además no era demasiado difícil adivinarlo.

—Me dijeron que serían tres internos—mencionó el hombre, ignorando la presentación—. ¿Dónde está el otro?

Tahiel respingó, pero rápidamente intentó entrar, quedándose atrapado en el marco de la puerta. El imponente hombre estaba frente a él, quien había dejado atrás a los gemelos para salir. Tahiel chocó con su pecho, que más bien le pareció haberse topado con un gran roble duro y descomunal. Se tambaleó y rápidamente intentó controlar su equilibrio.

Un fuerte aroma impregnó sus fosas nasales, instintivamente se acercó más a ese aroma, era fuerte, tosco, varonil; terroso, un olor profundo, pero frio, demasiado frio. Se estremeció sin poder evitarlo. Alzó la vista y se congeló al ver unos ojos ámbar llenos de una seriedad absoluta, el ceño fruncido y las fosas nasales dilatadas, como si buscara oler algo con mayor profundidad.

El hombre era majestoso, su cabello dorado estaba atado en una coleta, un par de mechones se escapaban de su frente, sus rostro anguloso era tan fiero que contrastaba con el hielo de sus ojos color miel. Era tan enorme que Tahiel se sintió diminuto a su lado, quiso dar un paso atrás, pero el hombre lo sostuvo. Tahiel estuvo a punto de caer. Su brazo quedó atrapado en esa enorme mano, y otro estremecimiento invadió su cuerpo. Algo quemaba, allí, en ese toque tosco. Una parte de él quería apartarse, pero la otra se negaba. Ese rostro endurecido lo miraba tan fijamente como si quisiera atravesarlo por completo, tanto, que no pudo sostenerla. Evitó ver sus ojos, descubriendo que sentió algo parecido al miedo.

Miró la bata del hombre, donde figuraba su nombre: Dr. Hazael Everhart Gastrell, jefe de cardiología.

Tahiel agradó los ojos, no solo era el jefe de cardiología, era el mejor cirujano cardiotorácico del país. No podía creer que estaba frente a ese hombre, que él sería su adscrito, de quien debía aprender lo más posible, y al parecer, ganar su aprobación para no ser botado de su servicio.

—¿Qué hace un omega aquí?—espetó con un ceño fruncido imposible de ignorar, haciéndolo lucir más hostil, las líneas varoniles de su rostro se profundizaron y Tahiel sintió que realmente perdería el equilibrio porque ese hombre era temeroso, pero, había algo más en él, algo que hizo a Tahiel retroceder un paso.

Casi olvidó como respirar. Había leído información sobre él. Todas sus cirugías eran exitosas y sus diagnósticos certeros. Jamás se equivocaba. Había escuchado rumores de que era extremadamente atractivo, un alfa dominante, cotizado a pesar de que había estado casado, el problema era con quien había estado casado. Nada menos que con la prestigiosa Dra. Úrsula Verlaine, ginecóloga, una omega dominante que presumía de un cocimiento vasto, si algo se complicaba a ella era a quien se llamaba primero. El respeto se lo ganó a pulso, era la mejor en su rama.

Tahiel había escuchado cosas no muy buenas de ella, no por ser una mala doctora, sino por su pésima actitud, su carácter era el averno mismo. Se decía que después de su divorcio ambos cambiaron para mal, volviéndose más estoicos y estrictos. Al Dr. Hazael poco se le había visto relacionándose sentimentalmente con otros, a pesar de ser un hombre intimidante, era cotizado y buscado, pero raramente aceptaba salir con alguien. Tahiel sabía esa información por chismes que escuchaba de boca de otros, a decir verdad, ni siquiera sabía el aspecto del hombre ni había sentido curiosidad de buscar su foto en internet. Pero, tenerlo enfrente, era de otro mundo.

—Doctor Everthart—pronunció eliminando con cada fibra de su ser todo nerviosismo, o intentándolo—. Me presento, soy el nuevo interno, Tahiel Daher—terminó, ignorando la forma despectiva en la se refirió a él por ser un omega.

Al parecer, ni el jefe de cardiología estaba feliz con su presencia.

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