I - Un Vagonde Recuerdos
Mi despertar continuó con la fluidez digna de un día en el que tienes la certeza de que todo irá en el rumbo adecuado. Cuando recogí las llaves del mostrador de la sala y me encaminé a la calle, un viento embriagador movía las hojas de los árboles. Una joven corría acompañada de su perro, supongo que en una rutina diaria de ejercicios, mientras que un anciano, a la vieja usanza, leía con tranquilidad el periódico y un tabaco descansaba en sus labios.
Respiré profundamente aún parado frente a la puerta de la casa y aquella mañana pintoresca me reconfortó junto al recuerdo de haber hecho lo mismo junto a ti. Mi ropa, falta de color, desentonaba con la explosión de tonos con que la luz baña los objetos, pero, decidido ante lo que hoy tenía en mente me dirigí, con la cabeza llena de recuerdos, hacia mi primer destino.
La floristería acababa de abrir, como también lo debían de hacer las flores y su dueña, una mujer ya entrada en años y con el pelo tan blanco como una mota de algodón, recortaba y montaba ramos con la maestría que trae consigo años de experiencia. Yo la miraba desde el escaparate y ella, bañada por la luz, con un rostro que reflejaba la paz y la felicidad de hacer algo que le gustaba, dibujó una pequeña sonrisa en mis labios. Me decidí a entrar y con el sonido de la campanilla de la puerta, la dueña soltó el ramo de girasoles en el que trabajaba.
- Buenos días, ¿qué se le ofrece a un joven tan guapo? ¿Unas flores para una enamorada? - me dijo con una sonrisa cálida.
- Solo vengo buscando un ramo de lirios blancos. ¿Tienen?
- Claro, enseguida le preparo uno. -Sus ojos reflejaban comprensión ante mi pedido y, sin que yo se lo pidiera, comenzó a hablar-. ¿Sabías que los lirios representan la belleza inmaculada y el amor de forma pura? Pero no solo eso. Debido a que la flor emerge a partir de un bulbo, también representa la renovación de un ciclo, un nuevo comienzo... - y mientras ella cortaba y hablaba, sumergida en sus conocimientos, de flores yo me perdí en los recovecos de mi memoria.
Era la primera vez que visitaba Japón como parte de un viaje para mi curso de japonés y el desasosiego de visitar un país nuevo, me tenía emocionado en especial por las fechas en las que había escogido el viaje, durante las cuales los árboles de sakura bañaban la ciudad con su característico color. Pero justo el día en que había destinado para visitar el Festival de Hanabi, las nubes tiñeron el cielo y pronto lo que parecía un rocío se convirtió en una lluvia tan intensa que no parecía querer parar. Mi humor se había vuelto tan gris como aquella tarde. Estaba refugiado bajo una parada rodeada de arbustos; eran tantas las personas que como yo, se refugiaban allí que nos apretujábamos unos contra otros. Me encontraba en la parte delantera de aquel tumulto y sentía cómo las gotas me bañaban la punta de los pies descubiertos por el estilo de mis sandalias y la parte baja de los pantalones. Un arbusto de lirios se balanceaba con el aire, y sus flores amenazaban con rasgarse ante los goterones.
Sentí que alguien me haló de la manga de la camisa y ahí estabas tú, con una sonrisa que nada pegaba con el sentimiento que provoca un buen chubasco.
- ¿Eres extranjero? ¿Entiendes el japonés? -me preguntaste en tu idioma.
- Oh, sí. Soy capaz de entenderte -respondí lo más formal que pude, nervioso ante la cultura conversadora de ese país.
- No seas tan formal. Soy Shin, solo Shin. ¿Viniste a ver los árboles de sakura, verdad? De aquí se va a un parque que parece mágico. Voy a tomarle fotos -y me enseñaste tu cámara.
- Vine exactamente para eso, pero -miré el cielo, que aún retumbaba- no creo que esta lluvia nos deje. Soy Maikel. -la decepción se notaba en mi voz.
- No estés triste. -Te agachaste frente al arbusto de lirios y, con una seña, me indicaste que te acompañara; y aunque extrañado, te seguí-. Hay una historia que me gusta llamada La Virgen de los Lirios, en la que una joven cuidaba con mucho esmero estas flores y un día, cuando su pueblo se vio consumido por la sequía, ella se arrodilló ante ellas y les pidió disculpas por no poder regarlas y solicitó a los dioses que, por favor, le mandaran una pequeña lluvia que ablandara las tierras; en cuestión de segundos, una suave llovizna cruzó los cielos. Desde ese día, esas flores cumplieron los deseos más sanos de los habitantes del pueblo. Recémosle para que se detenga la lluvia, ¿me acompañas? - Y sin esperar mi respuesta, juntaste las manos y rezaste; yo hice lo mismo por algunos segundos.
Mientras permanecía ensimismado ante tu historia y nuestras oraciones para calmar los cielos, cerré los ojos con fuerza sintiendo el frío de las gotas en la nuca. Cuando volví a abrirlos, las nubes comenzaban a abrirse y el sol asomaba sobre nuestras cabezas como un rayo de esperanza. Al abrir los ojos, solo pude sonreír de oreja a oreja.
- ¿Ves? Funcionó. -Contagiado por mi sonrisa, me la devolviste, y con el simple vamos que prosiguió, comenzaste a formar parte de mi vida.
Te seguí mientras, a tu ritmo, fotografiabas la belleza de la naturaleza y las gotas que, de cerca, acumuladas entre las hojas, parecían trozos de vidrio líquido. El ruido del obturador de tu cámara me acompañó todo el camino, pero al llegar al parque dedicado a aquellos árboles, dejé de percibir cualquier sonido. Había visto muchas fotos en internet, pero ninguna llegaba a captar el realismo mágico que reflejaba el paisaje. Daba la impresión de que los pétalos rosados de las flores, que flotaban en el aire, parecían pequeñas hadas revoloteando felices al compás del viento. Tanto junto al río, entre el verdor del pasto fresco, como bajo la sombra que propiciaban los árboles, las personas adornaban el suelo con manteles y cestas de comida, mientras reían y hablaban animadamente. Ni la fotografía más detallada sería capaz de absorber con precisión lo etéreo de aquel momento y aun así, cuando giré la cabeza buscando tu mirada, me encontré con el lente de tu cámara dirigido hacia mí y con un clic inmortalizaste lo que sería, uno de mis mejores recuerdos.
- Aquí tienes tu ramo de flores. Son 4000 yenes. Perdona la pregunta, pero ¿eres tú el que siempre venía acompañado de Shin-kun?
- Sí, el mismo.
- ¿Dónde está ese muchacho? Siempre me echaba una mano con la florería, e incluso me fotografiaba con la cámara que siempre traía encima.
- Sí, así es él -dije con una pequeña sonrisa-. Ahora no está aquí en la ciudad, se encuentra en un largo viaje.
- Dale saludos de mi parte.
- Lo haré.
Luego de pagar, salí de nuevo a la calle con el perfume de los lirios entre mis manos y me dirigí a la estación central de trenes. Como es costumbre, era un hervidero de gente que correteaba para alcanzar su destino con prontitud, pero llegaba con tiempo y sentado en el banquillo de espera, vi los trenes detenerse y las personas entrar y salir, sin pararse siquiera a mirar a quienes venían a su lado. La vida allí jamás osaba detenerse.
El tren de la línea Tōkaidō hizo parada y crucé sus puertas cuidando que nadie dañara el ramo de flores y como si rompiera el tiempo con su velocidad, el tren arrancó. La salida desde la estación de Tokio dio vista a sus imponentes rascacielos de arquitectura ultramoderna, que contrastaban a medida que el tren se desviaba con los amontonados suburbios, donde daba la impresión de que no había espacio para caminar. A medida que los minutos pasaron y las ruedas me llevaron a las afueras de la ciudad, el paisaje se transformó: desde las áreas industriales hasta la parte más rural, donde los campos de arroz, sumergidos en agua, reflejaban la luz del sol que se elevaba alto en el cielo. En algunos tramos incluso llegué a vislumbrar pequeños rezagos del océano.
Una vez que dejamos atrás la civilización más moderna, el tren se fue vaciando, al igual que la vida. Una pareja de estudiantes se quedó dormida con las cabezas recostadas y las manos entrecruzadas, disfrutando del cliché mortecino del amor; otras personas se quedaron mirando el paisaje pasar a través de las ventanas de los vagones, mientras que los demás estaban sumergidos en sus propias conversaciones. Una vez llegué a la prefectura de Shizuoka, cuando los pueblos pesqueros hicieron su aparición, el olor a mar se coló por la ventanilla e inundó los pulmones de quienes aún quedaban sentados y el Monte Fuji se asomó en el horizonte. Su cono nevado se elevaba sobre el paisaje y el volcán sagrado parecía dominar el mundo con su belleza, ofreciendo una vista que solo se vislumbraba en contadas ocasiones.
Una vez que despegué la vista de la ventana, una señora japonesa me sonrió y me mostró, traducido en su celular:
-"Tienes suerte de verlo, siempre está escondido detrás de las nubes".
Creo firmemente que las pequeñas e amistosas interacciones con desconocidos son importantes para la humanidad; una sonrisa de alguien que no te conoce quizás te haga de tu día algo menos pesado.
La parada final llegó y la ciudad costera de Atami se desplegó ante mi vista junto con el graznido de las gaviotas, surcando el cielo por encima del muelle. En las laderas de las montañas se extendían los distintos establecimientos de aguas termales, creando una neblina de vapor desde sus aguas calientes. Aquel era el lugar perfecto para escapar un rato de la ajetreada vida en la ciudad, la cual parecía siempre ir al doble de velocidad.
La mañana resplandecía, y el fuerte viento regaba el perfume de los lirios mientras me dirigía hacia la playa. Nadie iría en aquellas épocas allí, pues el clima comenzaba a cambiar y el aire frío dejaba las narices rojas. Me permití mirar el horizonte bañado de azul desde la barandilla que daba acceso a la arena y sin pensarlo más, me despojé de los zapatos y dejé que la áspera arena se entremezclara con la piel de mis pies.
Los meses pasaron y sin pensarlo, me encontré volviendo a la ciudad donde te conocí. Ya no solo para visitarla, sino para quedarme a vivir en un intento por perseguirte porque, de alguna forma, eras un imán que me atraía con la fuerza magnética de un amor que no me veía con la capacidad de expresar. Tú eras vida.
Eran las ocho de la noche cuando apareciste en la puerta de la casa donde me hospedaba y tocaste. Tu mirada me atravesó el alma porque te vi triste, porque tus ojos en ese instante eran de ese tono azul que en el cine lo relacionan con los miedos más delicados a la vez que profundos.
- Quiero ver el mar. -Atisbé el anhelo en tu voz y me decidí.
- Déjame recoger algunas cosas y...
- No -me interrumpiste-. No quiero que llevemos nada, solo nosotros y estas cámaras.
Aunque extrañado, me dejé llevar, esperando que me dejaras dormir en esos huecos llenos de miedo que noté en ti. Tomamos el tren de Tōkaidō y mientras el paisaje cambiaba a nuestras espaldas, nosotros solo callábamos, a excepción del audífono compartido que reproducía la música digna de aquel momento. Llegamos, sumergidos en el mundo que nos regalaban las canciones, a las costas de Atami.
El frío de la noche no dejó que fuéramos directo a la playa, pero, como si las estrellas en ese momento se alineasen, logramos alquilar una habitación en un resort con aguas termales, donde las ventanas daban directo al mar. Era tarde cuando llegamos y el sueño se apoderó de nosotros. Bajo las mantas de un futón nos acostamos, acompañados por la luz de la luna que entraba por entre los cristales de la ventana.
-¿Por qué vinimos a este lugar? -me atreví a preguntar.
-El sonido de las olas es de lo mejor. Es muy relajante. -Desviaste por completo la respuesta, y tu espalda se volvió un muro contra mis ojos.
Dejé que la noche me consumiera y me dormí para despertarme angustiado al abrir mis ojos y no encontrarte a mi lado. No sé si, al igual que yo, dejaste que el sueño se apoderara de ti, pero cuando me levanté, apenas el mundo comenzaba a bañarse de luz y tú estabas sentado en la ventana mirando a la nada. El aire se mecía pródigo por entre tus cabellos, alborotándolos y descansabas sobre una de tus rodillas. Quise no emitir sonido y tener la cámara en mano para dejar constancia de ti en aquel efímero instante. Sin remedio me sentiste y sin siquiera dar los buenos días, hablaste.
-¿Maikel, has pensado en la muerte?
-No me gusta pensar en ella, es algo inevitable y saber que en algún momento moriré me aterra. -Respondí, dudando de mi respuesta.
-Yo sí he pensado en ella y aún no puedo morir. -Dijiste casi en un susurro.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Una vez alguien me dijo: "Es mejor que mueras desnudo". -Me miraste directo a los ojos.
-¿Cómo pueden decir eso? Sería vergonzoso.
-No se refería exactamente a morir sin ropa, sino que, si aún te sigue importando lo que los demás piensen de ti, entonces aún no puedes morir, no al menos hasta que desnudes el alma y estés orgulloso de ti mismo. -Sin darme tiempo a reflexionar, continuaste-. ¿Alguna vez te has tirado fotos desnudo?
-No, ¿por qué?
-Deberíamos hacerlo, ahora. Aprenderás más de ti mismo de lo que crees.
-No quiero mirarte, ni que tú me veas. -Respondí, azorado. Con solo imaginarte desprenderte de tu camisa blanca, mis mejillas se arrebolaban.
-Cada cual tendrá su parte de la habitación.
El cuarto que habíamos alquilado era lo suficientemente grande como para poder dividirlo en dos. Con el paraván de madera justo en el medio y dos espejos rectangulares para cada uno, comenzamos a desvestirnos bajo las lámparas apagadas. El único sonido aparente era el romper de las olas contra la arena y el roce de las ropas deslizándose desde nuestras pieles. Tú trajiste dos cámaras con pequeños trípodes que utilizamos para reflejar todo el cuerpo. Y, con el contador de las cámaras sincronizado: 3... 2... 1. Quedamos retratados desnudos.
Aunque había visto mi cuerpo desprovisto de ropa muchas veces, nunca había reparado en él de aquella forma. Parecía patético comparado con otras ocasiones. Era una masa llena de bultos y pelo, pero había algo diferente en observarte con ojo crítico ante una foto y un reflejo tuyo sin nada.
Sentados cada uno, con el espejo y la foto devolviéndonos la mirada, nos desentrañamos de nuestros miedos y nos abrimos en canal. Durante lo que me parecieron horas, tú y yo nos contamos nuestros miedos:
-Tengo miedo a fallar.
-Me asusta más la muerte de lo que creo.
-Quiero gustarle al mundo, y quiero gustarme yo, pero solo veo mis defectos.
-No sé a dónde voy, pero tampoco a dónde quiero ir.
-Me ahogo, aunque no me falte el aire.
-No soy nadie.
-No me siento yo mismo en este cuerpo.
-Soy dolor.
-Me asustan mis cicatrices.
-Quiero vivir, pero no sé cómo.
Me hiciste jurar no volver a hablar de ello otra vez y yo no dejé de pensarte, buscando la forma de acurrucar esos miedos y que dichas dudas pareciesen, al menos un poco menos intimidantes.
La arena tibia y suave, calentada por el tímido sol que se elevaba en lo más alto del cielo, se deslizaba entre mis dedos en cada paso, dejando pequeñas huellas que pronto quedarían borradas por la brisa marina. Mientras más me acercaba a la orilla, el corazón me latía frenético dentro de mi pecho y cuando el agua fría fue capaz de besar la tierra, me detuve. Miré hacia el horizonte donde se fundían el océano y el cielo, respiré hondo y me senté imitando la postura japonesa, con las piernas dobladas a los lados y las manos y el ramo de lirios descansando sobre mis muslos. El mar me bañó las rodillas y juraría que fui capaz de verte con los pantalones arremangados y tu camisa blanca, jugando en el mar, pero la ilusión se desvaneció tan pronto como llegó.
Aquella fantasía era demasiado irreal porque tú ya no estás aquí. Las lágrimas se me desbordaron por los ojos sin parar y antes de que se volviese un llanto descontrolado, dejé que el ramo de lirios navegara junto con el vaivén de las olas y te llegara a ti, a donde quiera que estuvieses. Hoy lloro, como lloré aquel día cuando aquella carta llegó al buzón de mi puerta. Habías desaparecido por semanas y no dabas señales de vida. Cuando leí el remitente en la cara del sobre, lo rasgué con las manos temblorosas y mi vida se hizo añicos. Aún la recuerdo con detalles y la leo cada vez que la memoria juega conmigo.
Para ti, que te conocí gracias a los lirios,
Si estás leyendo esto es porque ya no estoy vivo. Lo siento, nunca tuve el valor de contarte, pero en realidad siempre viví una carrera contra la muerte. Tenía cáncer, pero no quise tratarlo y alargar lo inevitable, hasta que la enfermedad pudo conmigo y siendo cobarde, desaparecí.
Pero no hablemos de cosas tristes, no quiero eso aquí.
Primero que todo, te tengo una sorpresa. Cada mes te llegará una carta, contándote acerca de mi vida y todo lo que no pudiste apreciar de ella. Aunque tuve una vida corta, no fue insignificante. Cada carta viene con una foto. Yo siempre andaba con una cámara ya que, si yo no podía vivir eternamente, las fotografías sí lo harían. Espero que te gusten.
Me gustaría tener una manera sorprendente de agradecerte todo lo que me diste, pero por desgracia esto es lo único que pude hacer.
¿Recuerdas el día en que nos fotografiamos desnudos, cada cual en su lado? Mi plan inicial era confesarte ese día mi enfermedad, pero cuando me despojé de la ropa y vi mis tantas cicatrices, fruto de las operaciones que recibí, me dio miedo. Lloré en silencio y te conté mis miedos, aunque me faltó uno.
Tú me escuchaste sin juzgarme y más que eso, me compartiste los tuyos en un acto más íntimo que el mismo sexo. Ha pasado ya un año desde que te conocí, pero es extraño porque siento que estuve a tu lado mucho más. Supongo que el tiempo a tu lado se sentía infinito por todo lo que fuiste capaz de darme.
El día que te vi con la cara triste en la parada del bus, te hablé, aunque con recelos por si no me entendías. Eras un extraño y vi en ti la oportunidad perfecta para vivir sin que nadie supiera de mi enfermedad, sin que nadie sintiera lástima por mí.
No pensé que fuera a salir tan bien. Te utilicé un poco. Perdón por ser egoísta. De pronto me interesó saber un poco más de ti y la verdad, me alegro de haberte conocido. Me pregunté muchas veces si esto no era un error, si nos llevábamos demasiado bien, si te estabas involucrando demasiado. Terminaría haciéndote daño, pero no pude alejarte, porque tú te convertiste en mi luz.
No estoy seguro de si, de haber vivido un poco más, te lo confesaría, pero ya que estoy muerto, supongo que no pierdo nada. Pensé muchas veces que estaba enamorado de ti, desde el primer día de hecho, cuando tomé la primera fotografía tuya con una cara de sorpresa y los árboles de Sakura de fondo (mientras escribo esto creo que siento cosquillas en el estómago).
Creo que incluso, en mis más locas fantasías, llegaría a intentar besarte. ¿Te molestarías? Espero que no.
Yaaaaaa, no hablemos de eso, me da vergüenza. Ya te llegarán más cartas y más secretos.
Te diré una última cosa, antes de mis palabras finales.
Yo...
Desearía ser como tú.
Si lo fuera, quizás me hubiese hecho responsable de mi vida. No hubiese tenido tanto miedo. No me malinterpretes, estoy feliz con la vida que elegí, pero...
Eres alguien extraordinario, ¿sabes? El día que me dijiste que te venías a vivir a Japón, creí de verdad que estabas loco. Pero lo hiciste y viviste con independencia.
Con el tiempo aprendí de ti que sabías lo que era estar solo, que disfrutabas de vivir sin compañía o, dicho de otra forma, eras capaz de SER alguien sin tener a nadie alrededor. Yo, sin embargo, solo soy un cascarón vacío si me encuentro solo.
Pero tú siempre lo estás, e inconscientemente me elegiste a mí por encima de los demás. Y por primera vez me sentí especial. Único. Elegiste necesitar a alguien, y ese alguien fui yo.
Genuinamente, gracias.
Uy, creo que me he extendido demasiado con esta carta. Ding Dong, se me acaba el tiempo. Aún tengo muchas más que escribir, no solo a ti sino también a mi familia. Todavía quedan más secretos en los recovecos de mi vida. Espéralos como los chismes en los periódicos de los sábados.
Una última cosa, Maikel. Vive. Haz todo lo posible por estar bien. No me olvides y espero de todo corazón que todas mis cartas queden guardadas en un vagón de recuerdos. Viví feliz este último año gracias a ti. Por favor, no me odies por desaparecer. Encuentra a alguien y recuérdame siempre, tú Shin.
Hace ya seis meses que te fuiste de este mundo y el dolor me consume aún ahora. Me ahogo con mis lágrimas mientras me empapo con el mar que tanto te gustaba y grito con desespero a la nada. Grito para desvanecer el dolor. Grito y lloro porque es la última vez que lo haré, porque me niego a recordarte y sentirme triste, porque eso es lo que menos hubieras deseado.
Aquí, frente al mar donde me contaste por primera vez tus miedos, me despido, porque ahora me toca vivir, aunque ya no estés aquí. Te quise tanto en un año que siempre formarás parte de mí. No moriste, porque hasta el día en que yo perezca, vivirás dentro de mí.
Me enjuago la cara con el agua salada y aunque el salitre me quema los ojos, es justo lo que necesito para despejarme. Pero en el momento en que intento pararme, un perro se abalanza hacia mí y rodamos juntos. Me lame la cara y yo, por primera vez en el día, río de verdad. Le acaricio la cara y su cuerpo, ahora mojado y de su parte recibo un ladrido. Él también parece sonreír. Corriendo detrás de él aparece su dueño, sofocado por seguirle el ritmo ante la escapada del animal.
-¿Estás bien? Él casi nunca hace eso, perdón. Me llamo Hikaru -y me brindó ayuda. Haciendo eco a su nombre, un rayo de luz se asomó por detrás de su cabeza, cegándome la vista, y aunque no vi sus manos, me agarró de las mías y me levantó.
-Yo soy Maikel, un gusto.- respondí, mientras el resplandor que lo envolvía me devolvía la sonrisa-. Un gusto.
Fin.




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