Prólogo:
Con el agua helada de la canilla del conventillo intentaba borrarse el cansancio del rostro, pero no había jabón en el mundo capaz de quitarle la desesperación que venía cargando. Esperanza se miró en el espejo gastado del baño compartido. Tenía veintiocho años, las ojeras marcadas como sombras permanentes y las manos gastadas de haber trabajado de todo: limpiando pisos, despachando combustible en estaciones de servicio y atendiendo mostradores en negocios que siempre la dejaban de patitas en la calle a la primera falta por los turnos del hospital.
A pocos metros, en la pequeña habitación que compartía con un padre entregado al vicio del alcohol, su hijo pequeño descansaba, agotado tras otra larga jornada de diálisis. La insuficiencia renal no daba tregua. Las deudas del alquiler se acumulaban en la mesa de luz, los medicamentos subían cada semana y la amenaza del desalojo era un fantasma que golpeaba la puerta todas las mañanas.
Había gastado las zuelas de los zapatos entregando currículos y yendo a entrevistas en oficinas en las que pudiera tener algún empleo con mejor paga, en el que sus tres años cursados de psicología y su conocimiento de inglés avanzado contaran para algo. Pero nada, o no la llamaban o quedaba en la mitad del proceso cuando en la entrevista le preguntaban si tenía hijos, adónde vivía y cuál fue su última experiencia laboral… ¿Cómo diablos querían que tuviera experiencia laboral si nadie le daba siquiera una oportunidad?
Presa de la desesperanza, esa noche, con las manos temblando de vergüenza y el corazón oprimido por las lágrimas tomó su gastado smartphone e ingresó a su cuenta en la plataforma de contenido exclusivo para adultos. Lloró en silencio frente a la pantalla, sintiendo que sacrificaba el último rincón de su orgullo, sabiendo que no lo hacía por elección, sino por el acto más puro de supervivencia materna. Al desabrocharse la remera frente a la lente, la luz del monitor iluminó una marca imborrable en la piel de su pecho: una cicatriz profunda en forma de X.
Dieciocho años atrás, esa misma cicatriz había brotado en sangre sobre el patio de un colegio privado al que asistía becada por sus buenas calificaciones. Aquella tarde, con solo diez años y una valentía desmedida que la caracterizaba, se interpuso entre un grupo de abusadores y un niño asustado de doce años llamado Facundo. No conocía más que su nombre, pero lo había observado desde principio de año por curiosidad o por una extraña simpatía que había aflorado en silencio. Pero se había cansado de ser indiferente a la injusticia que presenciaba a diario. El chico era dos años mayor, pero, por alguna razón que ella no comprendía, no se defendía y permitía que aquel grupo de acosadores lo maltratara.
Estaba acorralado contra la pared trasera del colegio, con la mochila tirada a unos metros y cuatro muchachos bloqueándole cualquier posibilidad de escapar.
—¿Qué pasa, Facu? —se burló uno de ellos—. ¿Ahora vas a llorar?
Facundo apretó los dientes; no quería darles ese gusto. Desde que había conseguido la beca para estudiar en aquel colegio privado, había aprendido que había cosas que el dinero podía comprar y otras que no. Su madre había trabajado demasiado limpiando el establecimiento para conseguir que él estuviera allí. Por eso jamás le había contado que los otros chicos se burlaban de sus zapatos gastados, ni que le escondían los libros o que algunas veces lo esperaban después de clases.
—Déjenme tranquilo —pidió él en voz baja.
La risa de los muchachos retumbó, más fuerte y burlona.
—¿O qué, che?
Uno de ellos levantó un pedazo de vidrio roto. Él retrocedió, pegando la espalda a la pared. Fue entonces cuando se escuchó una voz firme a sus espaldas:
—¡Suéltenlo, pedazos de forros!
Los cuatro se giraron de golpe. Una nena pequeña estaba parada a pocos metros. Tenía apenas diez años. Llevaba el uniforme desgastado y desordenado, el cabello recogido de cualquier manera y sostenía sus libros contra el pecho. No parecía peligrosa; de hecho, parecía demasiado chiquita para estar ahí enfrentándolos.
—¿Y vos qué querés, pendeja? —preguntó uno de los chicos.
Ella dejó los libros en el suelo, despacio.
—Que lo suelten ahora mismo.
Facundo abrió los ojos sorprendidos y ella lo miró apenas un segundo. Le sonrió, como si aquello fuera suficiente para decirle que no tuviera miedo.
Uno de los muchachos se abalanzó hacia ella. Esperanza esquivó el primer golpe con rapidez y le propinó una tremenda patada en la entrepierna que lo dejó de rodillas, doblado y casi sin aire por el dolor.
—¡Corré, Facundo! —le gritó al verlo pasmado por el asombro.
El chico despabiló y echó a correr sin mirar atrás. Pero dos de los matones más rápidos lograron alcanzar a Esperanza, tirándole del cabello hasta retenerla y sujetándola de los brazos. El cabecilla del grupito se repuso del golpe y, con el rostro desfigurado por la rabia, avanzó hacia ella con el mismo vidrio con el que amenazaba a su víctima habitual segundos atrás.
—¿Qué pasó, pendeja? ¿Ahora no sos tan brava ni tan atorranta?
Esperanza forcejeaba para zafarse de los dos que la sujetaban, pero eran mucho más grandes que ella. Sin piedad, el cabecilla le rasgó la tela de la camisa, dejándole el pecho al descubierto.
—Mirá vos, la villera roñosa se gasta buenas gomas... —se pasó la lengua por los labios y continuó con desprecio—: ¿No te gustó dártela de valiente y andar salvando boludos? Ahora te voy a dejar un recordatorio para que nunca te olvides de tu lugar, pobretona.
Deslizó el vidrio haciendo un corte profundo hacia abajo y luego trazó otro cruzando la primera línea hacia el otro extremo, dejando una X sangrante sobre la piel clara que comenzaba a extenderse hasta mancharle el uniforme.
A un par de cuadras de allí, al no escuchar los pasos apresurados de Esperanza, Facundo se dio cuenta de que la habían alcanzado. Una fuerza brotó desde su interior; sintió que el miedo desaparecía y retrocedió sobre sus pasos a toda prisa para rescatarla. No podía dejar que aquellos asquerosos abusivos la dañaran.
—¡Déjenla, la concha de su madr3! —gritó.
Le arrojó un piedrazo a la cabeza al que tenía el vidrio en la mano y se lanzó contra el chico que estaba más cerca, consiguiendo empujarlo. Tomó la mano de Esperanza y corrieron a toda velocidad mientras los demás quedaban atrás entre gritos y amenazas.
Todo sucedió demasiado rápido. A varias cuadras del colegio, se refugiaron en un callejón oscuro. Se hizo un silencio pesado. Esperanza se quedó inmóvil y Facundo bajó la mirada. Una mancha roja cada vez más grande se extendía sobre la camisa de aquella nena.
—Esperanza...
Ella se llevó una mano al pecho. Había una herida profunda.
—¿Estás bien? —preguntó ella, agitada.
Él no podía creer lo que estaba escuchando.
—¡Vos estás sangrando!
Esperanza hizo una mueca de dolor.
—No es para tanto...
—¡Sí que es para tanto!
Ella volvió a sonreír con ternura.
—Entonces dejá de mirarme así y pásame algo para taparme.
El chico se sacó la campera, se acomodó los lentes con torpeza y la cubrió con delicadeza.
—Te va a quedar una cicatriz re fea.
Esperanza bajó la mirada.
—¿Muy fea?
Él negó con la cabeza.
—¿Y cómo sabés?
Facundo pensó unos segundos, con las mejillas coloradas.
—Porque sos re linda.
Esperanza soltó una pequeña carcajada.
—Eso no tiene nada que ver.
—Para mí sí. Además... sos re valiente.
Ella lo observó en silencio durante un momento. Después, extendió el dedo meñique hacia él.
—Entonces prométeme algo.
Facundo entrelazó su meñique con el de ella.
—¿Qué cosa?
—Que nunca vas a dejar que nadie te haga sentir menos por no tener lo mismo que ellos.
Facundo no respondió de inmediato. Miró su propio uniforme, sus zapatos gastados y la mochila rota. Después volvió a mirarla a los ojos.
—Te lo prometo.
Esperanza sonrió.
Ninguno de los dos sabía que aquella sería la última vez que caminarían juntos. Ninguno imaginaba que la vida los separaría durante varios años. Ella terminaría olvidando el rostro de aquel chico. Él, en cambio, jamás olvidaría a aquella niña. Ni su voz, ni su valentía, ni aquella cicatriz en el pecho. Mucho menos el nombre que había quedado grabado a fuego en su memoria: Esperanza González.
En la actualidad, a kilómetros de distancia, en una torre corporativa que dominaba el centro porteño, Facundo Ferretti cerraba su agenda de CEO de Nexo Salud. Perfeccionista, frío y metódico, había construido un imperio de franquicias de clínicas para distanciarse del bullying de su infancia y del sacrificio de su madre. Desde su posición, despreciaba profundamente la superficialidad del mundo moderno y a quienes vendían su intimidad en redes por dinero fácil.
Ninguno de los dos sabía que los hilos del destino ya estaban entrelazados. Mientras Esperanza subía su primera fotografía a la plataforma para salvar la vida de su hijo, en la pantalla del correo corporativo de Facundo aterrizaba un currículum con el nombre de la única persona a la que jamás logró olvidar.








