CAPÍTULO 1: LA TIZA Y EL SECRETO
El Internado Saint Jude no era una simple escuela, era una imponente fortaleza gótica construida en piedra oscura, cuyas torres parecían arañar el cielo británico casi siempre nublado.
Ubicado en el corazón de la campiña inglesa y aislado del mundo por densos bosques de robles, cruzar sus puertas era entrar en un universo regido por el tiempo detenido, el privilegio y el frío.
La fortaleza se alzaba como un titán de piedra tallada en pleno siglo XIX.
Fundado en los albores de la era victoriana, sus muros góticos arrastraban doscientos años de secretos aristocráticos, privilegios heredados y una disciplina implacable que parecía grabada en las gárgolas que custodiaban los tejados.
Los pasillos eran túneles de techos abovedados iluminados por candelabros de hierro, donde los pasos de los alumnos resonaban sobre baldosas de piedra fría, y las aulas conservaban el olor a tiza, madera encerada y siglos de literatura acumulada.
En Saint Jude, la disciplina era una religión y el uniforme su armadura: chaquetas de lana azul marino con botones de oro pulido y el escudo de la escuela —un cuervo con las alas abiertas— bordado en el pecho.
Ese pesado uniforme me apretaba el cuerpo, recordándome a cada segundo la locura que estaba cometiendo.
Pasé los dedos por mi cabello, asegurándome de que el flequillo desordenado ocultara mis facciones femeninas, y apreté los puños dentro de los bolsillos del pantalón para detener el temblor de mis manos.
A partir de hoy, Valerie ya no existía.
Para todo el mundo en este estricto colegio masculino de élite, yo era Leo.
Me deslicé hacia uno de los pupitres del fondo del aula de Literatura Avanzada, buscando pasar completamente desapercibida entre el mar de chaquetas oscuras y la abrumadora energía masculina.
Estaba allí por una sola razón: mi hermano mayor, Julian.
Él era el orgullo de nuestra familia, el chico dorado que estaba a un paso de ingresar en la universidad de Oxford.
Pero la presión asfixiante del Saint Jude lo había arrastrado a un pozo oscuro.
Para soportar el ritmo exigente, Julian empezó a consumir sustancias, pastillas de contrabando que alteraron su mente.
Hace un mes, esa adicción secreta provocó que perdiera el control de su coche, sufriendo un terrible accidente que lo dejó atrapado en una cama de hospital, en un coma profundo del que los médicos no sabían si despertaría.
La policía lo cerró como un trágico accidente, pero en su habitación encontré una nota oculta con una caligrafía temblorosa: “Blackwood lo sabe todo. Me ha atrapado en su red. No me dejes solo aquí”.
La puerta de madera maciza se abrió de golpe, interrumpiendo mis pensamientos.
Un silencio inmediato y reverencial cayó sobre el aula.
El profesor Alistair Blackwood entró con paso firme.
No era el típico maestro anciano que yo esperaba en una institución tan tradicional.
Alistair era insultantemente joven, de una elegancia fría, aristocrática y magnética.
Llevaba una camisa gris perfectamente planchada con las mangas remangadas hasta los antebrazos, revelando unas manos firmes, y unas gafas de montura negra que acentuaban su mirada severa.
Dejó su maletín de cuero sobre la mesa y se apoyó contra el borde del escritorio, cruzándose de brazos mientras nos barría a todos con unos ojos analíticos.
Sentí un vuelco violento en el estómago.
Esos ojos.
Un calor repentino que me encendió las mejillas.
Si este hombre diera clase en una escuela mixta, las alumnas colapsarían los pasillos solo por verle sonreír.
Pero Blackwood no sonreía.
Era el hombre que mi hermano mencionó en su nota antes del accidente.
Mi principal sospechoso.
—Buenos días —su voz era profunda, resonando con fuerza en las paredes de piedra—.
»Soy el profesor Blackwood.
»En esta clase no tolero la mediocridad, la impuntualidad ni las mentiras.
»Quien no esté dispuesto a dar el cien por cien, puede salir por esa puerta ahora mismo.
Nadie se movió.
Su mirada continuó repasando las filas de alumnos hasta que, de repente, se detuvo en mí.
El tiempo pareció congelarse.
Alistair entrecerró los ojos, clavando su vista en la línea de mi mandíbula y en mis hombros, notablemente más estrechos que los de los chicos que me rodeaban.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.
Se despegó del escritorio y caminó lentamente hacia mi pupitre.
Cada uno de sus pasos era elegante, medido.
Cuando se detuvo frente a mí, el olor a café cargado, papel viejo y una colonia costosa de sándalo me inundó los sentidos.
Estiró una mano y, de forma casi inconsciente, rozó apenas la solapa de mi chaqueta para corregir la postura de mi hombro.
El contacto de sus dedos, incluso a través de la tela pesada, me envió una descarga eléctrica directo a la boca del estómago.
Me tensé tanto que apenas pude disimularlo.
—Hombros atrás, mirada al frente —susurró con una voz seductora, casi demasiado íntima para un profesor—.
»No deje que nadie aquí huela su debilidad, señor... Leo, ¿verdad?
»El hermano menor de Julian.
Tragué saliva, forzando mi voz hacia el registro más ronco y bajo que había ensayado frente al espejo de mi casa.
—Sí, profesor.
Sostuvo la mirada un segundo de más, un segundo eterno que se sintió como un desafío antes de darse la vuelta para escribir en la pizarra con una tiza.
Yo ya sabía que estaba atrapada.
No solo tenía que sobrevivir a un internado de chicos para descubrir quién le suministraba las sustancias a mi hermano... ahora tenía que sobrevivir a las clases del hombre que, con una sola mirada, amenazaba con desmontar todo mi mundo.
Necesitaba un plan.
Necesitaba que Alistair Blackwood mirara hacia otro lado para poder investigar su despacho... y la única forma de desviar la atención de un hombre tan peligroso era darle una distracción que no pudiera rechazar.
Una distracción llamada Valerie.








