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El Club de las Doce Campanas

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Summary

Valentina Rivas llega a Asterhall, una universidad de élite escondida entre montañas, con una sola certeza: su hermano Tomás no murió por accidente. La versión oficial habla de una caída desde la torre de la capilla, pero las pertenencias desaparecidas, una habitación sellada y una llave marcada con XIII le dicen otra cosa. En Asterhall nadie habla claro. Los herederos de las familias más poderosas se mueven entre aulas privadas, galerías antiguas y reglas que no aparecen en ningún reglamento. Entre ellos está Gael Devereux, frío, peligroso y demasiado ligado a la noche en que Tomás murió. Mientras Valentina intenta descubrir qué ocurrió realmente, se ve arrastrada a una competencia silenciosa por una silla que nadie admite que existe. Clara, su amiga becada, será su única aliada verdadera; Nina, en cambio, parece saber demasiado y ocultar todavía más. Pero en Asterhall las respuestas tienen precio, y enamorarse del heredero equivocado podría ser la forma más rápida de perderlo todo.

Genre
Romance
Author
Maria
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Prólogo

Valentina

La primera mentira llegó antes que el cuerpo.

El rector de Asterhall llamó a las seis y diecisiete de la mañana y aseguró que Tomás no había sufrido.

Lo dijo con una serenidad que me hizo imaginarlo frente a un escritorio impecable, escogiendo cada palabra mientras mi hermano permanecía roto en algún lugar bajo la torre de una capilla.

—La caída fue inmediata —explicó—. No hubo agonía, señorita Rivas.

Yo todavía no le había preguntado cómo había muerto.

Sostuve el teléfono con ambas manos y miré la puerta cerrada de la habitación de Tomás. Mi madre dormía al final del pasillo. En la cocina, la cafetera comenzaba a hervir porque ella la programaba todas las noches para las seis y veinte, incluso durante las vacaciones.

Todo en la casa seguía obedeciendo su horario.

Excepto mi hermano.

—¿Quién es usted? —pregunté.

Hubo una pausa mínima.

—Alistair Voss, rector de la Universidad de Asterhall.

Conocía el nombre. Tomás lo había mencionado dos veces durante sus tres años en la universidad. Una para decir que Voss podía conseguirle una entrevista en Washington. Otra para advertirme que jamás debía quedarme sola con él.

En aquel momento pensé que exageraba.

Tomás convertía cualquier consejo en una amenaza cinematográfica. No aceptes bebidas que no hayas visto servir. No confíes en quien conozca tu apellido antes de conocerte a ti. Si alguna vez visitas Asterhall, no cuentes las campanadas.

Yo me burlaba de él.

Era más fácil reírse cuando seguía vivo.

—Quiero hablar con mi hermano.

—Señorita Rivas…

—Póngalo al teléfono.

La cafetera emitió un pitido.

Al otro lado de la línea, el rector respiró lentamente.

—Lamento profundamente tener que comunicarle que Tomás falleció esta madrugada.

No recuerdo haber soltado el teléfono.

Sí recuerdo el ruido.

El aparato golpeó el suelo y la voz de Alistair Voss continuó saliendo del altavoz, pequeña y educada, mientras la taza favorita de Tomás permanecía boca abajo junto al fregadero.

Mi madre apareció descalza en la entrada de la cocina.

Llevaba puesta la bata azul que él le había regalado el invierno anterior. Tenía el cabello recogido y una marca de almohada en la mejilla. Me miró a mí, luego al teléfono, y algo en mi cara debió de decírselo antes que las palabras.

—No —susurró.

No preguntó qué había ocurrido.

Solo dijo que no.

Una vez.

Luego otra.

Y otra más, hasta que la palabra dejó de parecer una respuesta y se convirtió en el único sonido posible dentro de la casa.

Vi el cuerpo dos días después.

Asterhall quiso evitarlo.

Un representante de la universidad nos aconsejó conservar una imagen serena de Tomás. El director de la funeraria habló de daños difíciles de disimular. Mi madre firmó los documentos sin leerlos y aceptó que el ataúd permaneciera cerrado.

Yo no.

Necesitaba verlo porque una parte miserable de mí seguía esperando que se hubieran equivocado de hermano.

El hombre de la funeraria me condujo hasta una sala sin ventanas. Olía a desinfectante, flores viejas y café recalentado. Antes de descubrir el cuerpo, me preguntó si estaba segura.

—No —respondí—. Ábralo.

No se parecía al Tomás que recordaba.

Esa fue la segunda mentira del rector.

Sí había sufrido.

Tenía una herida reparada sobre la ceja, un hematoma oscuro en la mandíbula y dos nudillos abiertos en la mano derecha. Había peleado antes de caer. Tal vez contra alguien. Tal vez contra la torre. Tal vez contra la parte de sí mismo que nunca quiso mostrarme.

Me acerqué hasta que mis piernas chocaron con la camilla.

—¿Qué hiciste? —le pregunté.

Era una pregunta cruel para hacerle a un muerto.

También era la correcta.

Durante los últimos meses, Tomás había cambiado. Llamaba menos. Cuando lo hacía, hablaba demasiado rápido o guardaba silencios que parecían ocupados por otra persona. En noviembre me envió dinero sin ninguna explicación. Una cantidad absurda, muy superior a lo que podía ganar como ayudante de investigación.

Lo devolví.

Él volvió a enviarlo.

Nuestra última discusión había sido por eso.

—No necesito que me compres nada —le dije.

—No estoy tratando de comprarte.

—Entonces dime de dónde salió.

—De Asterhall.

—Eso no significa nada.

—Significa que por fin aprendí a jugar.

Yo le pregunté qué estaba jugando.

Tomás colgó.

Ahora yacía frente a mí con la boca cerrada para siempre y una marca rojiza alrededor de la muñeca izquierda. No era un corte. Parecía la presión dejada por una cuerda fina o una cinta demasiado ajustada.

Extendí la mano, pero me detuve antes de tocarlo.

—¿Encontraron su reloj?

El director de la funeraria apartó la mirada.

—Sus pertenencias fueron entregadas a la universidad.

—El reloj era suyo, no de la universidad.

—Tendrá que comunicarse con ellos.

Asterhall tenía su teléfono, su computadora, la ropa que usó aquella noche y el reloj de nuestro padre.

A nosotras nos habían devuelto un cadáver limpio y una versión de tres páginas.

Accidente.

Consumo de alcohol.

Caída desde un área restringida.

Ausencia de indicios criminales.

Las palabras estaban diseñadas para cerrar puertas.

Yo todavía no sabía que Asterhall llevaba casi doscientos años perfeccionando cerraduras.

Enterramos a Tomás bajo la lluvia.

Mi madre eligió el cementerio donde descansaba mi padre. Dijo que así ninguno estaría solo. No tuve fuerzas para explicarle que los muertos no necesitaban compañía. Los vivos sí, y Tomás acababa de dejarnos sin la nuestra.

Asterhall envió flores blancas.

También envió personas.

El rector Voss llegó acompañado por la decana Evelyn Harcourt y cuatro estudiantes vestidos de negro. Parecían demasiado hermosos, demasiado jóvenes y demasiado serenos para un funeral. No se mezclaron con nuestra familia. Permanecieron juntos bajo paraguas oscuros, como si incluso la lluvia supiera a qué grupo pertenecían.

Voss habló durante la ceremonia.

Describió a Tomás como un estudiante excepcional, un joven íntegro y una pérdida irreparable para la comunidad universitaria.

Tres mentiras más.

Tomás podía haber sido brillante, terco, generoso, ambicioso y un dolor de cabeza profesional. Pero jamás íntegro. Al menos no de la manera limpia en que el rector pronunciaba la palabra.

Mi hermano copiaba firmas para sacarme de la escuela, mentía cuando quería proteger a alguien y una vez vendió el reloj de nuestro padre para pagar dos meses de alquiler. Después trabajó todo un verano hasta recuperarlo.

Tomás hacía cosas malas por motivos que parecían buenos.

Eso no lo convertía en una persona íntegra.

Lo convertía en una persona.

—La Universidad de Asterhall siempre recordará su nombre —declaró Voss.

Observé a los cuatro estudiantes.

Una muchacha rubia permanecía junto a la decana. No lloraba. Sus guantes negros no tenían una sola gota de barro.

A su lado, un joven de cabello oscuro miraba el ataúd con una expresión que no conseguí descifrar. No parecía triste. Tampoco indiferente.

Parecía furioso.

Era alto y vestía un abrigo negro sin paraguas. La lluvia le corría por el rostro y desaparecía bajo el cuello de la camisa. Mientras el rector hablaba de accidentes y futuros interrumpidos, él mantenía la mandíbula rígida.

Entonces levantó los ojos.

Me encontró mirándolo.

No bajó la vista.

Había algo profundamente incorrecto en la manera en que me observaba. No era curiosidad ni condolencia. Era reconocimiento.

Como si ya supiera quién era yo.

Como si Tomás le hubiera hablado de mí.

Como si llevara varios días esperando que nuestras miradas se cruzaran.

Sentí un escalofrío que no tuvo nada que ver con la lluvia.

El joven dio un paso hacia adelante.

La rubia le sujetó el brazo.

Él se detuvo.

No intercambiaron una palabra, pero la advertencia fue evidente. Ella no quería que se acercara. Él podía apartarla con facilidad y, aun así, decidió quedarse donde estaba.

Guardé su rostro en mi memoria.

Cuando terminó la ceremonia, el rector estrechó la mano de mi madre. La decana dejó una tarjeta dentro de su bolso. Los estudiantes regresaron a un automóvil negro estacionado lejos de los demás vehículos.

El joven del abrigo fue el último en entrar.

Antes de hacerlo, volvió a mirarme.

No sonrió.

Yo tampoco.

La caja llegó esa misma noche.

No tenía remitente.

Era de madera oscura, poco más grande que un libro, y alguien la había dejado frente a nuestra puerta sin tocar el timbre. La lluvia había mojado los bordes, pero no consiguió borrar mi nombre, escrito con la letra inclinada de Tomás.

VALENTINA RIVAS.

Mi madre se había dormido gracias a dos pastillas y al agotamiento. Llevé la caja hasta mi habitación, cerré la puerta y coloqué una silla debajo del picaporte.

Tomás me había enseñado a hacerlo cuando yo tenía trece años.

Por si alguna vez necesitas tiempo antes de que alguien entre.

La cerradura de la caja tenía una combinación de cuatro números.

Probé su cumpleaños.

El mío.

El año en que murió papá.

Ninguno funcionó.

Me quedé observando el metal hasta recordar el último mensaje que Tomás me había enviado. Llegó cuatro días antes de su muerte y consistía en una fotografía desenfocada de la torre de Asterhall.

Debajo había escrito:

Las doce llaman. La trece decide.

Marqué 1213.

La cerradura cedió.

Dentro encontré una llave antigua, una tarjeta de tren y un cuaderno cubierto de cuero marrón. Habían arrancado varias páginas. Otras estaban llenas de frases sin relación aparente, números escritos en los márgenes y dibujos de campanas.

En la primera hoja, Tomás había escrito:

Si estás leyendo esto, Asterhall ya habrá dicho que fue un accidente.

Pasé el dedo sobre la tinta.

La siguiente línea estaba tachada tantas veces que casi había roto el papel.

Debajo aparecía una sola frase:

No confíes en Gael Devereux.

Volví a ver al joven del cementerio.

La lluvia en su rostro.

La ira contenida.

La forma en que la muchacha rubia impidió que se acercara.

Seguí leyendo.

Él estaba conmigo cuando comenzaron las campanadas.

El aire se volvió escaso dentro de mi habitación.

Tomás había escrito otras tres líneas al final de la página:

Yo gané la silla trece.

Para conservarla, entregué a alguien que me amaba.

Cuando intenté devolver lo que había robado, La Mesa decidió que sabía demasiado.

Cerré el cuaderno.

Necesitaba llorar. Romper algo. Despertar a mi madre y decirle que Tomás no se había caído, que alguien lo había perseguido hasta aquella torre, que su universidad nos estaba mintiendo.

No hice ninguna de esas cosas.

En el fondo de la caja había un sobre color marfil con el sello de Asterhall.

Lo abrí.

La carta estaba fechada tres días antes de la muerte de Tomás.

La universidad se complacía en informarme que mi solicitud de traslado había sido aceptada. Habían revisado mi expediente, reconocido mis méritos académicos y decidido concederme una beca completa para incorporarme al semestre de invierno.

Leí el documento dos veces.

Después una tercera.

Yo nunca había solicitado el traslado.

Junto a la firma del rector Voss aparecía una nota manuscrita:

Tu hermano insistió mucho en que formaras parte de nuestra comunidad. Esperamos comprobar que compartes su extraordinario potencial.

Regresé al cuaderno.

En la cara interior de la cubierta, oculta debajo de una fotografía de nosotros dos, encontré una última frase:

Si Valentina entra en Asterhall, significa que yo no pude sacarla de La Mesa.

La campana de la iglesia del barrio sonó a lo lejos.

Conté sin querer.

Una.

Dos.

Tres.

Cuando llegó a doce, alguien golpeó la ventana de mi habitación.

Me levanté de un salto.

Vivíamos en un segundo piso.

No había nadie al otro lado del cristal.

Solo un sobre negro pegado al vidrio por la lluvia.

En el centro llevaba dibujada una silla vacía.

Y debajo, escrito con tinta plateada, mi nombre.

VALENTINA RIVAS

La primera mentira había llegado antes que el cuerpo.

La invitación llegó después del entierro.

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Strong Dialog

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