Prólogo
La ceniza no olvida
Hay heridas que el tiempo no cicatriza; solo las vuelve más profundas, más frías, más silenciosas.
En las profundidades del Reino de la Penumbra, donde el sol jamás se atreve a tocar la tierra, el aire olía a fuego extinto y a hierro viejo. Azael permanecía de pie frente al enorme ventanal de su salón del trono, observando la bruma eterna que envolvía sus dominios. A sus espaldas, la sombra de su infancia aún sangraba.
Recordaba con una claridad maldita la noche en que la luz destruyó su vida. Recordaba los gritos de su familia, el brillo cruel del acero de las hadas y la mirada implacable del Rey Oberon mientras reducía a cenizas todo lo que Azael amaba. Ese día, entre el humo y los cadáveres de su sangre, el joven demonio entendió una lección que jamás olvidaría: los sentimientos son una debilidad implacable, y la luz es la mentira más hermosa de la creación.
Desde aquella noche, Azael no volvió a llorar. Sepultó su corazón bajo capas de hielo y piedra marchita, dedicando cada segundo de su existencia a trazar la estrategia perfecta. No buscaba una guerra apresurada ni una masacre ciega. Buscaba la destrucción absoluta, lenta y calculadora de Oberon. Quería arrebatarle lo que más amaba, romperlo desde adentro y obligarlo a presenciar cómo su propio legado se desmoronaba.
Y la pieza maestra de su plan ya tenía nombre: Elowen.
La única hija del rey de las hadas. La criatura más pura, risueña y llena de vida que el reino de la luz jamás hubiera concebido. Un ser cuya magia hacía florecer la tierra y cuyas alas brillaban como el amanecer.
Para el reino de la luz, el tratado de alianza que obligaba a Elowen a entregarse al Señor de la Penumbra era un sacrificio doloroso para mantener la paz. Para Elowen, era una oportunidad de llevar esperanza a la oscuridad.
Pero para Azael, ella no era más que el instrumento de su venganza. Un trofeo radiante que usaría, seduciría y rompería hasta que no quedara un solo destello de luz en ella.
Él sabía que la cabeza siempre debía imponerse al corazón. Lo que no sabía —lo que ni su mente más fría y calculadora pudo prever— era que la luz de Elowen encontraría las grietas de su alma marchita, encendiendo un fuego capaz de quemarlos a ambos hasta las cenizas.








