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La Cena

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Summary

El matrimonio Cáceres fue invitado a una cena en la mansión del prestigioso juez Mario Galar, uno de los hombres más admirados de Hilaret por el simple hecho de ser una persona de clase baja que alcanzó el nivel social más alto, logró meter presos a muchos corruptos, y ser la mano derecha del alcalde Carlos Sidet. Pese a que todo apuntaba a una reunión casual, las cosas tomaron un giro... particular al llegar a la vivienda. Eduardo y Bárbara Cáceres, junto con otra familia invitada, acababan de meterse en una boca de lobo silenciosa y expectante.

Genre
Horror
Author
Benknot
Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Un Juez Bajo

Mario Galar era uno de los hombres más respetados del remoto pueblo de Hilaret. Esto no era simple palabrería, era un hecho. Tanto era su admiración que hasta las generaciones más jóvenes lo conocían. Resultó ser un ejemplo a seguir para niños y adolescentes, al punto que terminó por convertirse en una obligación ser como él.

El señor Galar fue el mejor juez que el pueblo tuvo, quien dejó en evidencia a los seudojueces que lo único que hacían era inflar su propio patrimonio al estar a la merced de la familia Hilaret, quienes habían gobernado desde que el primer Hilaret pisó aquella tierra desconocida y decidió establecerse allí por el ganado y el gigantesco lago.

Sin embargo, el mérito no fue solo del señor Galar. De hecho, de no ser por otro personaje que apareció en su vida, las ambiciones políticas —o, mejor dicho, las ganas de exterminar a todos los ensobrados— del señor Galar se habrían quedado en sueños que tenía cada vez que apoyaba la cabeza en la almohada.

El cómo se conocieron se remonta a muchísimo antes de iniciar sus carreras. Como castigo impuesto por sus padres, el joven Carlos Sidet fue trasladado a una «deficiente y asquerosa escuela» para hacerle entender que los Bajos no podían ser mejores que los Altos.

—Qué sorpresa se llevarían al saber que ando con uno de tu clase —le dijo el joven Sidet al señorito Galar.

Y como muchos de su clase, venía de una familia pequeña: solo tenía un hermano y una madre, con uno de ellos fallecido recientemente. Sobre su padre… pues se había «desvanecido» al nacer él. Su hermano y su madre se encargaron de mantener la casa, mientras que al señorito Galar se le permitió seguir con sus estudios, ya que había demostrado ser un alumno competente y más inteligente que muchos de sus compañeros, quienes lo veían como un bicho raro, aunque no por las razones que se acaban de explicar. Por el contrario, Sidet ignoraba esa actitud extraña, ya que estaba más fascinado por la obsesión de su amigo a los libros de Derecho y Ciencias Jurídicas.

—Una prueba más de que tengo razón —rio Sidet con aire de agrandado mientras observaba el boletín de calificaciones de su amigo—. La verdad es que somos los únicos que podrían tener un futuro fuera de esta pocilga. Allá afuera todo está más avanzado, y no solo en tecnología e infraestructura, sino también socialmente. Por algo me quitaron el Internet.

—Sí —asintió Galar, a su vez que se le era devuelto el boletín y lo guardaba en la mochila—. Ya deseo salir de aquí… —Varias veces le dijo a su madre que esa era su mayor aspiración, y ella estuvo de acuerdo casi sin dudarlo. Sin embargo, primero debía terminar sus estudios aquí, por lo que le quedaban unos años más de sufrimiento en este pueblucho repleto de ignorantes. Galar soltó un suspiro—. Me consuela saber que alguien como tú me lo diga.

Ambos se quedaron callados hasta que llegaron a la salida.

—Sabes… —le dijo Sidet antes de que Galar se diera la vuelta para caminar hasta su casa—. Yo no me voy a ir. —Galar lo miró confundido. Sidet solo le sonrió—. Tengo grandes planes aquí. Dime, ¿no has pensado en estudiar Derecho?

Y, dicho esto, se subió a la parte trasera de su limusina.

Luego de eso, Galar no volvió a ver a Sidet. No hubo una despedida de por medio y nunca se explicó el porqué de su partida. Galar pensó, tiempo después, que quizás su padre se había dado cuenta de que meterlo en una secundaria pública solo reforzaba aún más su idea de que los Bajos podían ser mejores que los Altos, y había tomado la decisión de sacarlo. El tono que empleó Sidet esa tarde sonó como si ya supiera que no volverían a verse. Pero aquella última pregunta, y su sonrisa, daban a entender que tal vez, en algún futuro lejano, podrían volver a encontrarse, aunque solo si Galar estudiaba Derecho.

Años después, así lo hizo. Y, como había imaginado, se encontró con Sidet en uno de los pasillos de la universidad pública. Ese mismo día en que se encontraron, salieron a tomar un café, y hablaron por horas sobre temas intrascendentes, hasta que la conversación tocó el tema de las metas personales. Mientras que Galar estudiaba Derecho para algún día ser abogado, Sidet eligió estudiar Economía para incursionar en la política y convertirse en alcalde del pueblo.

—Mi padre me da lo que necesito —dijo Sidet—. El viejo es tan idiota que ni siquiera sabe que estudio en una universidad pública y que el dinero que me da para «pagarla» lo ahorro para la campaña. Además… me inscribí aquí por ti.

Galar interrumpió su sorbo de café. Bajó la taza y lo miró con más atención que antes.

—¿Y cómo sabías que yo…?

—Esta es la universidad pública más conocida, era obvio.

»Pero, volviendo a lo que te quería decir, desde que me enteré de tu gusto por todo lo relacionado con el sistema legal, te metí en la cabeza la idea de que aquello que al principio era un simple pasatiempo se transformara en algo serio. Tu aversión hacia los políticos y la justicia actual me sirvió para motivarte a hacerlo. ¿Te acuerdas de mis grandes planes? Pues quiero que seas parte de ellos.

Lo que queda de su historia, se resume en que Galar terminó muchísimo antes sus estudios, mantuvo contacto con Sidet y le habló sobre su plan de convertirse en juez. Pero primero, tuvo que ejercer por unos años su profesión como abogado, uno de los requisitos que sí o sí debía cumplir. Tiempo después, Sidet obtuvo su título, aprovechó los años que faltaban para las elecciones para planificar su campaña y tejer una red de contactos. Una vez llegadas, se postuló, con Galar como uno de sus abogados. Una vez ganadas las elecciones, incluso tras superar un ligero intento de fraude por parte de los Hilaret, Galar continuó con su carrera, mientras que Sidet realizaba una limpieza de quienes aún seguían en el poder. Unos años después, a la edad de treinta años, fue seleccionado como juez en el Senado por amplia mayoría al ser respaldado por Sidet.

—El poder es tuyo —le susurró el alcalde al ahora juez Galar—. Hazlos mierda.

Y así lo hizo.

El saber que un don nadie de los Bajos se convirtió en el mejor juez de ese diminuto mundo, fue el detonante para que muchos padres de la misma jerarquía social, e incluso algunos de la clase alta también, desearan que sus retoños fueran grandes como el señor Galar, ya sea en la materia que estudió o en cualquier otro oficio. Y con respecto a los hijos… pues estos lo odiaban. Se vieron obligados a implementar «estrategias» para simular las condiciones en las que el juez había crecido: sin internet, rodeados de libros y largas horas de estudio para obtener buenas calificaciones.

El ídolo de los grandes, el bastardo para los chicos.

Y, entre esas estrategias, había una muy particular que, aun así, nadie negaba: el excesivo consumo de carne. Este era uno de los aspectos conocidos más extraños sobre el juez. Comía carne de cualquier tipo y tamaño, desde las tradicionales, como la de vaca o cerdo, hasta las más quisquillosas, como la de sapos y ratas. Mencionó que, de pequeño, cuando su madre no podía pagar por carne tradicional, debía salir con su hermano a «cazar» para poder cenar esa noche.

—Puede parecerles asqueroso —dijo hace años para un diario local—, pero cuando estás en situaciones como las que viví yo, abres la mente y descubres manjares ocultos. Además, leí que la carne de rata era capaz de restaurar energía corporal. Quizás por eso me encontraba tan motivado para estudiar.

Tras esa última declaración, muchas ratas de campo fueron capturadas.

La obsesión del juez por la carne saltó al siguiente nivel una vez empezó a cobrar dinero como un Alto. En sus vacaciones familiares por el mundo, con su esposa e hijo, llegó a consumir carnes exóticas que nunca se atrevió a mencionar.

Ahora nos remontamos a aquella noche de invierno. Galar había llamado a los Sidet para cenar. El alcalde aceptó con la condición de que le permitieran invitar a un viejo conocido y a su esposa. Y estos, con el permiso del señor Galar, invitaron a tres personas más.

Esta información se obtuvo gracias a la revisión de los celulares del juez y del alcalde retenidos, y otros mensajes en el de uno de los cadáveres hallados en la casa.

Para concluir, identificaron otro cadáver en el camino que conducía a la mansión, y no se supo nada más. Queda en duda el paradero del resto de invitados, pero se sospecha que todavía están en el pueblo debido a ciertos avistamientos extraños.

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