La niña que no sabía lo que le faltaba
A los ocho años, Valeria todavía creía que las cosas importantes de la vida duraban para siempre. No sabía que las personas podían convertirse en recuerdos. No entendía que una voz podía desaparecer de una casa, que una risa podía convertirse en algo que uno intenta recordar años después o que una fotografía podía terminar siendo la única manera de volver a mirar a alguien que se ama.
Para ella, esas cosas simplemente no existían. Su madre estaba ahí. Y mientras mamá estuviera ahí, todo estaba bien.
Valeria vivía con sus padres y su hermano mayor, José, en una casa donde el silencio era prácticamente un desconocido. Siempre había algo sucediendo: una televisión encendida, un videojuego sonando desde la sala, el balón de soccer de José golpeando alguna pared del jardín o la voz de Elena llamando a sus hijos desde la cocina.
José tenía diez años y se tomaba muy en serio el hecho de ser el hermano mayor. Le gustaba recordárselo a Valeria cada vez que podía, aunque la diferencia de edad fuera solamente de dos años. Para él, esos dos años eran suficientes para considerarse mucho más sabio. Para Valeria, eran suficientes para saber que su hermano era un fastidio.
José estaba entrando en esa etapa en la que comenzaba a dejar atrás su apariencia de niño pequeño. Jugaba soccer casi todos los días y pasaba tanto tiempo corriendo detrás de un balón que siempre parecía llegar a casa con las rodillas sucias y el cabello despeinado. Ya tenía el cuerpo de un niño que estaba creciendo rápidamente y una sonrisa que, aunque él todavía no lo sabía, algún día haría que más de una de las amigas de Valeria preguntara por él.
Pero para Valeria solamente era José. El niño que le robaba comida. El que escondía sus juguetes. El que se burlaba de ella. El mismo que, cuando alguien la molestaba, se convertía inmediatamente en su defensor.
Aquella mañana, como tantas otras, Valeria estaba sentada en el suelo de su habitación rodeada de muñecas. Para ella, aquellas muñecas no eran juguetes. Eran personas. Tenían nombres, familias, casas y problemas que solamente podían existir dentro de la imaginación de una niña de ocho años. Una de ellas estaba a punto de casarse. Otra tenía tres hijos. Otra estaba enojada con su marido porque había llegado tarde del trabajo.
Valeria había construido toda una vida para ellas. Lo único que le faltaba era alguien que aceptara interpretar a los personajes masculinos. Y ese alguém era José.
—José.
El niño estaba sentado frente al televisor con un control entre las manos. No respondió.
—José.
Nada. Valeria tomó una de las muñecas y caminó hasta la sala.
—Necesito que seas el papá.
José ni siquiera apartó los ojos de la pantalla.
—No.
—Solo un ratito.
—No.
—Cinco minutos.
—No.
Valeria se quedó mirándolo. Sabía perfectamente que José estaba concentrado en el juego, pero también sabía que tenía una debilidad: su curiosidad.
—Está bien —dijo finalmente.
José levantó una ceja.
—¿Está bien qué?
—Nada.
Valeria regresó a la habitación. José la observó durante unos segundos antes de volver al videojuego. Sabía que algo estaba tramando. Y tenía razón.
Un minuto después, Valeria apareció nuevamente con dos muñecas. José cerró los ojos.
—No.
—Todavía no te he dicho nada.
—Ya sé qué quieres.
—Entonces es más fácil.
—Valeria…
Ella puso una muñeca sobre sus piernas.
—Esta es tu esposa.
José miró la muñeca. Después miró a su hermana.
—Yo no tengo esposa.
—En el juego sí.
—No quiero.
—Es parte de la historia.
José suspiró profundamente.
—Cinco minutos.
Valeria sonrió. Y eso fue suficiente.
Al principio José jugaba solamente porque Valeria no dejaba de insistir. Pero después de unos minutos comenzó a inventar voces para las muñecas, a crear situaciones absurdas y a agregar detalles que hacían que Valeria terminara riéndose. Era algo que siempre sucedía. José decía que odiaba jugar con muñecas. Pero cuando empezaba, se involucraba demasiado.
El verdadero problema llegó cuando Alejandro apareció en la puerta.
El padre de Valeria observó la escena durante unos segundos. José estaba sentado en el suelo con una muñeca en cada mano. Valeria estaba frente a él, completamente concentrada en la historia. Alejandro cruzó los brazos.
José levantó lentamente la mirada.
—Papá…
Alejandro intentó mantenerse serio.
—¿Qué estás haciendo?
José miró las muñecas. Después miró a Valeria.
—Ella me obligó.
Valeria abrió la boca, indignada.
—¡Mentira! ¡Ya te estaba gustando!
Alejandro soltó una carcajada. José dejó caer la cabeza.
—Esto nunca pasó.
Desde el pasillo, Elena había escuchado todo. Entró en la habitación sonriendo.
—¿Qué nunca pasó?
Valeria señaló a su hermano.
—José está jugando con mis muñecas.
—No estoy jugando —respondió él rápidamente—. Estoy… ayudándola.
Elena se rio. Alejandro negó con la cabeza.
—Mira nada más al futbolista.
José frunció el ceño.
—Papá.
—¿Qué?
—No empieces.
Valeria comenzó a reír. José la miró con una expresión de amenaza.
—Tú te vas a arrepentir.
—¿Por qué?
—Porque algún día voy a contarle a todo el mundo que me obligabas a jugar contigo.
Valeria se encogió de hombros.
—Puedes contarles. También les voy a decir que te gustaba.
José se quedó callado. Había perdido. Elena salió de la habitación todavía riéndose.
Aquellas pequeñas escenas eran normales en la familia. La casa estaba llena de ellas. Valeria tenía una relación especialmente cercana con su madre. Elena era su persona favorita. No porque José o su padre fueran menos importantes, sino porque había algo especial en la manera en que su madre entendía sus pequeñas preocupaciones.
Elena tenía una belleza que Valeria admiraba profundamente. Su cabello claro caía suavemente sobre sus hombros y sus ojos parecían cambiar de expresión dependiendo de cómo sonriera. Tenía una sonrisa cálida, de esas que hacían que Valeria sintiera que todo estaba bien incluso antes de que su madre dijera una palabra.
A veces Valeria se sentaba en la habitación mientras Elena se arreglaba. Observaba cada movimiento. El cepillo pasando por su cabello. El maquillaje sobre el tocador. Los pequeños frascos que Valeria no sabía para qué servían. El perfume. Los vestidos. Todo le parecía fascinante. No porque Valeria quisiera convertirse inmediatamente en una experta en maquillaje. Simplemente le gustaba observar a su madre. Era como mirar una transformación.
Elena podía estar en casa usando ropa sencilla y, unos minutos después, aparecer frente al espejo completamente arreglada. Valeria intentaba imitarla algunas veces. Se ponía sus zapatos. Se colocaba algún vestido demasiado grande. Se miraba al espejo y caminaba de un lado al otro como si estuviera en una pasarela.
Una tarde, incluso tomó uno de los bolsos de su madre y salió caminando por el pasillo con una seriedad que hizo que Elena tuviera que cubrirse la boca para no reír.
—¿A dónde vas? —preguntó.
Valeria no se detuvo.
—A una fiesta.
—¿Qué fiesta?
—Una importante.
—¿Y quién te invitó?
Valeria lo pensó durante unos segundos.
—Todos.
Elena finalmente se rio.
—Bueno, señorita importante, no llegues tarde.
Valeria continuó caminando con el bolso colgado del brazo.
A los ocho años no entendía demasiado sobre belleza. No sabía que algunas mujeres pasaban horas frente a un espejo. No entendía por qué algunas niñas de su edad hablaban tanto de maquillaje. A ella le gustaba verse bonita, por supuesto, pero no sentía ninguna necesidad de hacerlo todo el tiempo. Prefería salir al jardín. Prefería ensuciarse las manos. Prefería buscar flores, observar insectos y perseguir mariposas.
Tenía una curiosidad enorme por la naturaleza. Podía detenerse en medio de una caminata porque había encontrado una hoja de una forma extraña. Podía pasar veinte minutos observando una hormiga cargar algo que parecía mucho más grande que ella. Y podía olvidarse completamente de que había dejado un videojuego pausado porque había descubierto un nido de pájaros.
José decía que estaba loca. Valeria pensaba que él simplemente no sabía apreciar las cosas interesantes. Eran diferentes, pero siempre terminaban juntos.
Los domingos, por ejemplo, los cuatro solían pasar tiempo en casa jugando videojuegos. Alejandro se sentaba con ellos aunque aseguraba que no estaba interesado en ganar. Mentía. Cada vez que perdía encontraba una explicación. El control había fallado. La televisión tenía retraso. José había hecho trampa. Valeria se había distraído. Elena simplemente se reía.
La casa se llenaba de gritos y risas. Valeria adoraba esos momentos. No necesitaba grandes cosas para sentirse feliz. Su mundo era pequeño, pero estaba lleno. Tenía a su mamá. Tenía a su papá. Tenía a José. Tenía su jardín. Sus muñecas. Sus videojuegos. Sus pequeñas aventuras. Y tenía una imaginación que parecía no tener límites.
A veces, cuando salían al parque, Valeria caminaba varios metros detrás de su familia porque se había quedado observando algo. Una flor. Una mariposa. Una piedra. Una pequeña criatura escondida entre las hojas. Su madre siempre esperaba. Nunca la obligaba a apresurarse.
—¿Qué encontraste? —preguntaba.
Y Valeria siempre tenía una respuesta. Aunque muchas veces ni siquiera ella sabía qué había encontrado. Era simplemente su manera de descubrir el mundo.
Mientras tanto, José comenzaba a llamar la atención. Sus compañeras de soccer hablaban de él. Y algunas amigas de Valeria también habían comenzado a notar que su hermano era bastante guapo. Valeria não entendía el problema. Para ella, José era el niño que se quedaba dormido con la boca abierta, el que le robaba las papas y el que no sabía jugar con muñecas sin quejarse.
Cuando una de sus amigas le preguntó si José tenía novia, Valeria se quedó pensativa.
—No sé.
—Pregúntale.
—¿Para qué?
—Porque está guapo.
Valeria puso los ojos en blanco.
—Es mi hermano.
Para ella, eso era suficiente explicación. No podía imaginar que algún día las cosas relacionadas con los chicos, la belleza y la apariencia ocuparían una parte mucho más grande de su vida. Todavía no. Todavía era demasiado pequeña.
Por las noches, la familia cenaba junta. Algunas veces hablaban mucho. Otras, simplemente disfrutaban de estar juntos. Alejandro preguntaba por el entrenamiento de José. Elena preguntaba qué había hecho Valeria durante el día. Y Valeria podía hablar durante veinte minutos sobre una cosa que había visto en el jardín. José se burlaba. Ella se defendía. Sus padres se reían. Era una rutina sencilla. Pero era su rutina.
Una noche, después de cenar, Valeria se sentó junto a su madre en el sofá. Apoyó la cabeza sobre su hombro. Elena le acarició el cabello. Valeria permaneció allí sin decir nada durante varios minutos. Después levantó la mirada.
—Mamá.
—¿Sí?
—Cuando sea grande, ¿voy a ser como tú?
Elena la miró y sonrió.
—Vas a ser como tú.
Valeria hizo una pequeña mueca. No entendía la respuesta. Ella quería ser bonita como su mamá. Quería tener su cabello. Su sonrisa. Su forma de arreglarse. No sabía que su madre estaba tratando de decirle algo mucho más importante: no necesitas convertirte en otra persona para ser hermosa.
Pero Valeria tenía ocho años. Todavía tenía muchos años antes de entenderlo.
Aquella noche, cuando llegó la hora de dormir, Elena la acompañó hasta su habitación. Valeria se metió debajo de las cobijas con una de sus muñecas entre los brazos. Su madre se sentó a su lado y le acomodó el cabello.
—Buenas noches, mi niña.
Valeria abrió los ojos.
—Mamá.
—¿Sí?
—¿Vas a estar aquí mañana?
Elena sonrió.
—Claro.
Para Valeria, aquella respuesta no era simplemente una respuesta. Era una certeza. Una promesa. Algo tan natural como que el sol volvería a salir al día siguiente.
Elena la besó en la frente, apagó la luz y salió de la habitación. Valeria escuchó sus pasos alejarse por el pasillo. Después escuchó a José hablando con su padre. Escuchó una risa. Después otra. La televisión encendéndose. Los pequeños sonidos de una familia preparándose para dormir.
Valeria cerró los ojos. Abrazó su muñeca. Y se quedó dormida.
No sabía que algún día extrañaría aquellos sonidos. No sabía que llegaría un momento en el que buscaría la voz de su madre en los recuerdos. No sabía que tendría que crecer sin ella. No sabía que muchas de las cosas que otras niñas aprenderían de sus madres, ella tendría que descubrirlas por sí misma. No sabía que algún día se miraría al espejo y no sabría cómo arreglarse. Que se sentiría insegura. Que compararía su apariencia con la de otras mujeres. Que se preguntaría por qué no podía ser tan bonita como ellas.
No sabía que algún día una computadora se convertiría en su refugio. Ni que detrás de una pantalla encontraría el valor que no tenía frente a los demás. Mucho menos podía imaginar que terminaría creando una versión de sí misma que parecía tener todo lo que a ella le faltaba.
Pero esa noche nada de eso existía. Esa noche Valeria era simplemente una niña de ocho años. Una niña distraída, curiosa y feliz. Una niña que obligaba a su hermano a jugar con muñecas. Una niña que corría detrás de mariposas. Una niña que amaba los videojuegos. Una niña que quería parecerse a su madre. Una niña que creía que su familia estaría junta para siempre. Una niña que todavía tenía a su mamá. Y que, sin saberlo, estaba viviendo los días que algún día recordaría como los más felices de su vida.


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