Capítulo I-¿Soy el problema?
Hay gente que deja que su día fluya como las olas, sin saber cómo puede cambiar la marea. Pero ese no era mi caso. Esta mañana estaba tranquila en mi habitación, revisando mis redes sociales para luego prepararme e ir a la playa, tal y como lo hacía todos los días. Cuando me levanté de la cama y apenas puse un pie en el piso, escuché al molesto engendro al que llaman mi "hermano".
—¡¡Jess!!— me gritó desde el piso de abajo. —¡¡Baja de una vez a desayunar!!— dijo con el mismo tono molesto de siempre.
—¡¿Puedes esperar un segundo?!— le respondí, ya algo molesta.
A veces me preguntaba cómo alguien tan feo e insoportable podía ser mi hermano. Quizá sea porque él era el típico niñito malcriado de papi al que le cumplen todos sus caprichos sin reproches. Siendo honesta, siempre sentí algo de envidia hacia él, siempre cumplían sus caprichos, le compraban todo lo que quería y lo llevaban a donde él quisiera, cuando él quisiera.
En cambio, conmigo no era así. El único lugar al que salía era a la playa, y ni siquiera me llevaban nuestros padres; yo debía de ir por mi cuenta. Pero no me molestaba.
La playa era mi lugar seguro, era donde podía olvidarme de todos mis problemas, y no solo eso: me encantaba el surf. No era solo mi hobby, aunque mis padres creyeran que lo era. El surf era mi pasión, mi sueño, la razón por la cual decidí dejar mis estudios.
A mis padres no les gustaba eso. Ellos querían que fuera neurocirujana, tal y como lo eran ellos. Yo odiaba esa idea, desde pequeña me decían que estudiara medicina y fuera exitosa como mis padres, pero nunca me gustó eso de obedecer órdenes, así que solo los ignoraba.
Además, los estudios nunca fueron lo mío, siempre había tenido malas notas y había suspendido tantos exámenes que difícilmente podría entrar a una buena escuela de medicina.
Me vestí lo más rápido posible para que el estúpido de Oliver dejara de quejarse. Una vez vestida con mi traje de baño, unos shorts de jean y la primera blusa que encontré en mi habitación, bajé al comedor y me senté en la mesa.
Como era de esperarse, lo primero que hizo Oliver al verme fue insultarme y decirme que me apresurara, ya que nuestros padres no nos dejaban empezar a comer a menos de que todos estuvieran en la mesa.
—¡Hasta que por fin bajas!— se quejó —¡Ahora, por tu culpa está toda la comida fría!— No podía esperar nada más de él. Todos los días decía lo mismo una y otra vez.
—Cálmate, Oliver. Podemos calentar la comida.— le dijo mi madre a mi hermano.
—¡Agh!— exclamó mi hermano con la expresión más agobiada que ha hecho en su vida.
—No es para tanto, además ni siquiera creo que vaya a comer demasiado. — comenté para que se callara por un segundo —¡A esta hora están las olas más grandes y las quiero aprovechar!— le respondí.
Luego de eso, agarré un par de tostadas y me las comí rápidamente. Tomé mi tabla de surf que estaba justo al lado de la puerta, salí de casa y comencé mi trayecto hacia la costa.
Por suerte, no vivía a más de 5 minutos de Trigg Beach, una de mis playas favoritas aunque me agobiara que casi siempre haya tanta gente en el agua.
¿Quién diría que en Perth, siendo considerada la "ciudad más aislada del mundo" pudiera haber tanta gente haciendo surf?.
Luego, cuando llegué, me quité la ropa y la tiré a un lado de una gran roca, quedándome solo con mi traje de baño. Luego, empecé a correr hacia las grandes olas con mi tabla de surf debajo del brazo.
Me lancé al agua, me subí a la tabla y comencé a arrasar las olas. Sinceramente me sentí algo decepcionada, imaginaba que las olas serían mucho más grandes ese día, especialmente con el viento que hacía, pero al menos no había tantos surfistas. Al contrario, estaba bastante vacía, mucho más que de costumbre, aunque, honestamente, preferiría que siempre fuera así. Me gustaba surfear mientras sentía que estaba en "mis" olas. Sentir que estaba en mi lugar haciendo lo que amaba.
Seguí surfeando durante casi una hora más hasta que comencé a sentirme realmente hambrienta, lo cual era de esperarse ya que solo había desayunado dos o tres tostadas para luego hacer deporte durante horas. Incluso, aún me sorprende no haberme desmayado.
Al principio, pensé en ir a algún supermercado, pero eso no era una opción. Estaba completamente empapada de los pies a la cabeza, ningún local me dejaría entrar estando así.
Pensé que tendría que volver a casa a buscar comida, pero tampoco me agradaba esa idea. No tenía una buena relación con mi familia, por eso me pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa. Por suerte, vi a lo lejos un food truck que estaba de paso. Por un momento, pensé que sería mi salvación, hasta que recordé que no había traído dinero.
—¡Mierda!— me dije a mí misma— ¡No puedo ser tan idiota!— murmuré, empezando a revisar los bolsillos de mi short con la poca esperanza de encontrar al menos un mísero centavo.
—¡¡Sí, vamos!!— grité con emoción.
Una pareja de ancianos que estaba de paso me miró con mala cara; y no los culpo, estaba hablando sola, agachada a un lado de una roca.
¿Qué digo? ¿Hablando? ¡¡Estaba gritando!!
Había encontrado cinco dólares en uno de los bolsillos de mi short y me sentí realmente afortunada así que salí corriendo hacia el food truck.
Como la playa estaba bastante vacía, solo había dos o tres personas en la fila. Esperé mi turno y cuando por fin fue mi turno de comprar, saqué mis tristes cinco dólares, lista para comprar algo con lo que tenía.
—Buenos días— le dije al vendedor—¿Qué puedo comprarme con esto?— dije, enseñándole mi presupuesto.
Luego de eso, él me miró con una expresión de desagrado, no sé si fue por mi aspecto o por el del billete, manchado con alguna extraña sustancia, arrugado y algo roto por las esquinas. No tenía ni idea de cuánto tiempo podía haber estado ese billete en el fondo de ese bolsillo.
—...Puedes comprarte una paleta de helado...— me respondió con la misma expresión.
—¿Cuánto cuesta entonces?— le pregunté para así estar preparada para la próxima vez.
—Cuatro dólares con cuarenta centavos...— respondió.
—¡¿Qué?! ¡¿Desde cuándo subieron los precios?!— exclamé algo ofendida.
Luego de eso, él me dio el helado, pero yo seguí discutiendo sola sobre los precios del food truck. Debo admitirlo, soné como una vieja diciendo eso.
¡Pero era verdad!
En mis tiempos, una paleta de helado podía costar unos tres dólares, y eso que solo tenía diecinueve años.
Volví a mi rincón, al lado de la gran roca, me devoré mi helado y seguí surfeando hasta que eran casi las cuatro de la tarde.
Luego, regresé a casa, dejé la tabla y fui a secarme y cambiarme de ropa. Esta vez me arreglé un poco más y con más tranquilidad ya que por suerte, Oliver a esta hora estaba en clases particulares que papá le obligaba a tomar, incluso aunque fuera sábado. De hecho, tampoco estaban mis padres, estaban demasiado ocupados con su trabajo como para al menos dejarle comida hecha a su hija, solo hacían tiempo para llevar a mi hermano de un lado a otro.
Sin otro remedio, agarré un poco de jamón que quedaba en la nevera, lo puse entre dos rebanadas de pan blanco, y me lo comí. Cuando terminé, salí a la calle, agarré la bicicleta de papá, que rara vez usaba y me dispuse a ir al centro de la ciudad.
Mi plan era encontrarme con Harper, mi mejor amiga desde que teníamos cinco años. Ella vio todas las etapas de mi vida, tanto las buenas como las malas, y siempre estuvo ahí para mí como yo para ella.
Cuando llegué, dejé la bicicleta en frente de la cafetería donde habíamos quedado y entré al local. Ahí estaba, al fondo del lugar, vistiendo una falda de jean, una blusa celeste y una trenza que hacía resaltar aún más su larga cabellera rubia.
Siempre que estaba con ella, sentía que contrastábamos mucho. Ella siempre estaba arreglada y aseada. En cambio, yo, nunca me había preocupado mucho por mi aspecto. De hecho, si no fuera por mi genética definitivamente sería un cuatro de diez, ya que siempre me ponía cualquier cosa y solía salir algo despeinada.
—¡¡Jessica!!— exclamó entusiasmada— ¡¡Hace mucho tiempo que no te veía!!— me dijo.
—Primero que nada, sabes perfectamente que no me gusta que me llamen por mi nombre completo, y segundo, yo también me alegro de verte le respondí, algo seca pero feliz de verla.
—¡¡Ash!! ¡¡Lo siento!!— dijo con un tono burlón —Ven, vamos a pedir algo.
Harper me agarró del brazo, me llevó hacia el mostrador y miramos por un rato la selección de bebidas que había. Ella pidió un "matcha latte" y yo un milkshake de chocolate con crema batida extra. Honestamente, me arrepiento un poco de mi orden, debí de echarle más crema batida.
Cuando nos dieron nuestro pedido, se quedó mirando mi gran vaso que desbordaba de crema batida y tenía una gran galleta encima.
—¿Pasa algo?— le pregunté algo desconcertada.
—No... Solo es que no sabía que vendían ese tipo de bebidas aquí— respondió
Luego de eso, hubo un pequeño silencio incómodo. Pensé que, por primera vez en mi vida, Harper iba a juzgarme, pero no fue así.
—...Debí haberlo pedido...— murmuró.
Ambas empezamos a reírnos sin importar las miradas de los demás. Cuando nos calmamos, nos sentamos en nuestra mesa y comenzamos a tomar las bebidas.
Harper me preguntó qué había hecho en el día y pues bueno... Digamos que mi día fue algo...caótico. Mientras le contaba lo que había hecho, ella me miraba algo desconcertada.
—¿Es en serio?— preguntó.
—¡Sí!— le respondí inocentemente —Ese tipo me miró tan mal que hasta pensé que tenía algo en la cara.
—No hablo de eso Jess. Estás todo el día en la playa, y es lo único que haces con tu vida.
—Ajá, ¿Y?
—Sé que es tu sueño, pero no es sano. Deberías probar otras cosas. Cada día te alejas más de la sociedad.
En ese momento no quise escucharla, pero tenía razón. Cada mañana lo único en lo que pensaba era en el surf, no pensaba ni en una sola persona. Cada día socializaba menos, lo cual era muy diferente a mi yo de hacía un par de años. A mis quince años tenía muchos amigos, parloteaba a más no poder y salía todos los fines de semana.
Al pensar en esos momentos, me dio mucha nostalgia. Esos años fueron mis mejores años, aún no descubría el surf y vivía mi vida al máximo. Después de obsesionarme con el surf y la playa, perdí a muchos de los que alguna vez fueron mis amigos; y no los culpo. Si una de mis amigas se obsesionara totalmente con algo y dejara de lado su vida social, yo también me distanciaría. La única que se quedó fue Harper, siempre me fue leal y, por más que muchas veces no le prestara atención; siempre se quedó a mi lado y quería lo mejor para mí.
—¡¿Y a ti qué carajo te importa cómo gasto MI tiempo?!— le respondí, extrañamente bastante furiosa.
Las veces que me enojaba con Harper eran muy pocas, pero pasaban. Esta vez, me enojé bastante con ella, tanto como para dejar mi delicioso batido a medias e irme del lugar, olvidándome por completo de la bicicleta de mi padre.
Obviamente, no fui a casa, al contrario, y por más obvio que parezca, me fui a la misma playa que esta mañana. Estaba furiosa pero a la vez triste. Pensaba que quizá, Harper tenía mucha razón, pero no quería aceptarlo. Pensaba que el mar sería algo así como mi terapia, pero no ayudaba ni un poco con la soledad que sentía en ese momento. Sentía que me derrumbaba, que poco a poco perdía a la gente que quería.
En ese momento, recordé un pequeñísimo detalle... Había olvidado la bicicleta, y ni siquiera MI bicicleta. ¡Era la bicicleta de mi padre!. Si se enteraba de que había olvidado su bicicleta en frente de una cafetería que no sé ni cómo se llama ¡Me mataría!.
Comencé a angustiarme ya que eran las ocho de la noche, mi celular se había apagado y me esperaba una terrible regañina en casa.
¿Qué estoy diciendo? Tengo diecinueve años, ya soy mayor de edad, no tienen derecho a regañarme por una tontería como esa. ¿O quizás sí? Honestamente, si yo fuera mi padre estaría estallando de la rabia. Además, no era una bicicleta común, era una de las caras, creo que incluso algo... profesional. ¿Qué iba a hacer? Apenas y puedo encontrar cinco dólares en un bolsillo y fácilmente mi padre podría obligarme a pagar el precio de la bicicleta. Claramente, buscar empleo no estaba en mis planes. Quizá hasta podría echarme de la casa ¿Yo como una vagabunda? ¡¡ESO ES IMPENSABLE!!
Luego de dos horas pensando en cómo sería mi futuro no muy lejano, tirada por alguna calle mendigando dinero a extraños, decidí que lo mejor sería aceptar mi destino. Cuando llegué a casa, efectivamente, estaban mis padres, pero ni siquiera notaron mi presencia. Estaban tan ocupados ayudando a Oliver con su tarea que ni siquiera me voltearon a ver. Lo que más me enojó fue que mi hermano sí me notara, y para peor, me mirara con esa sonrisa burlona como intentando decir "Espero que ya te hayas dado cuenta que papá y mamá me prefieren a mí mientras que se olvidan por completo de tí".
En ese momento llegué a mi punto máximo, salí corriendo hacia mi cuarto, me tiré en la cama y colapsé, me puse a llorar como nunca lo había hecho antes. Ya estaba harta, sentía como si fuese invisible, como si nadie me quisiese. Y tal vez tenía razón, quizás nadie me quería de verdad, ni siquiera Harper.
Me sentía demasiado culpable, pensé que quizá era mi culpa que todos me ignorasen ¿Habrá sido por mi personalidad? ¿O tal vez por mi temperamento?
No lo sabía, pero sabía que era yo el problema, de lo contrario ¿Quién más lo sería?
Claramente yo y nadie más que yo. Estaba devastada, pensaba que ya no tenía a nadie más hasta que me llegó un mensaje desde mi ordenador.
Era de Harper, HARPER, la misma a la que había mandado a paseo un par de horas antes.
—¡Hey! Jess, espero que no estés enojada conmigo. Sí dije algo que te molestó, lo siento, en verdad lo siento.— dijo sonando casi tan dulce como en la vida real. —A propósito, dejaste tu bicicleta fuera del café, así que la he traído a casa. Mañana ven a por ella antes de las dos de la tarde.
No quise responder, al menos no con este estado de ánimo, pero me alegraba saber que no estaba completamente sola. El problema es que ahora me sentía muy culpable por la forma en la que le hablé durante el día y por haber dudado de ella.
Al día siguiente, tal y como ella me dijo, fui a su casa a eso de las once de la mañana a buscar la bicicleta de papá. Harper me recibió con los brazos abiertos y sin el más mínimo rencor
—¿No estás enojada conmigo?— le pregunté algo abrumada.
—¿Qué? ¿Por qué lo estaría?—respondió, visiblemente muy confundida con mi pregunta.
—Por la manera en la que te hablé ayer, me arrepiento muchísimo de eso.
—JAJAJAJA, ¿En serio piensas que me enojaría con eso? Al contrario, pensé que tú lo estabas.
—Bueno... en ese momento sí lo estuve, pero lo recuerdo y me siento culpable por hablarte así.
—Jess, no me enojaría jamás por una tontería, y menos contigo. Quiero que lo sepas.
Me sentí muy aliviada de momento. Al menos mi única amistad todavía estaba ahí conmigo. De repente, escuché un ruido de la casa de al lado. Me extrañé un poco ya que esa casa la alquilaban pero no la hacían hacía demasiado tiempo.
—¿Alquilaron de vuelta la casa?— pregunté a Harper.
—Sí, eso creo, recuerdo haber visto a un chico guapo salir de ahí hace un par de días.
Pensé que solo exageraba. Chico que Harper veía, chico que Harper decía que era guapo, así que solo pensé que era un chico más del montón. Además, con cómo estaba yendo el rumbo de mi vida, lo último que me importaba eran los chicos.








