Nunca Planeé Quererte by Melani Rodas at Inkitt
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Nunca planeé Quererte

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Summary

Hay amores que nacen en el momento equivocado. Fati y Piero crecieron en el mismo mundo, entre familias que se conocen desde siempre, veranos compartidos y miradas que empezaron a significar demasiado. Ella lo descubrió primero. Él lo entendió demasiado tarde. Entre todo lo que los rodea y todo lo que los separa, ambos intentan seguir adelante como si lo que sienten pudiera olvidarse tan fácil. Pero cuando dos personas se conocen de verdad… nunca vuelven a ser solo desconocidos. Y esta vez, ninguno de los dos está preparado para lo que significa volver a verse.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Cuenta Regresiva

                                            Fati

Los sábados por la mañana deberían ser intocables. Hay algo demasiado reconfortante en despertar sin prisas, cuando el mundo todavía parece ir a un ritmo más lento y lo único que alcanzo a sentir es el calor atrapado entre las sábanas, la suavidad de la almohada bajo mi mejilla y ese peso agradable del sueño que todavía se resiste a abandonarme. No hay alarmas, ni ninguna razón lo suficientemente importante como para obligarme a salir de aquí. Solo yo, mi cama y la deliciosa certeza de que no tengo que hacer nada. Me acomodo un poco más entre las sábanas, escondiendo la cara en la almohada mientras dejo escapar un suspiro satisfecho. Cinco minutos más. Estoy convencida de que cinco minutos más no le hacen daño a nadie. Bueno... quizá diez.

AAAAAAAAAAAA!!!!!

Un grito ensordecedor impacta contra mi sueño, bajo de la cama tan deprisa que mis pies descalzos chocan contra el piso frío, demasiado frío para ser una mañana de verano. En serio, ¿quién decidió que los pisos tenían que sentirse así incluso en verano? Aún medio dormida, salgo a toda prisa de mi habitación y, al abrir la puerta, veo a mi hermana mayor salir disparada de la suya.

Recorre el pasillo dando brincos mientras grita a todo pulmón, como si acabaran de anunciar el regreso de One Direction. Pensándolo bien... creo que ni eso justificaría semejante escándalo.

—¡Regresan mañana! —grita Hadley.

La noticia me cae como un balde de agua fría.

Siento el frío recorrerme de golpe, desde la nunca hasta la punta de los dedos. Toda la expresión de sueño que había en mi cara desaparece en cuestión de segundos. Me quedo quieta, mirándola, intentando procesar lo que acaba de decir.

Hadley sigue brincando por el pasillo como si acabara de recibir la mejor noticia de su vida, pero continúa sin ser capaz de explicarnos nada de manera coherente. Cruzo miradas con mis padres y después con Lara. Por nuestras caras, diría que Lara y yo entendemos más o menos un setenta por ciento de lo que está pasando. Mis padres, en cambio, parecen haber entendido mucho más que nosotras.

Se miran entre ellos durante apenas un segundo. Mi papá levanta ligeramente las cejas y mi mamá sonríe, como si acabaran de confirmar algo que ambos ya sabían. No necesitan decir una sola palabra. Simplemente comparten esa mirada que tienen las parejas que llevan tantos años juntas y, sin más, se dan media vuelta para regresar a su habitación, dejándonos a Lara y a mí con el caos de Hadley.

Solo quedamos Lara y yo. Y esta vez ambas sabemos lo mismo, en Italia es mediodía.

Supongo que esta es la famosa conexión entre gemelas de la que todos hablan. Esa extraña habilidad de saber exactamente lo que la otra está pensando sin necesidad de decir nada.

—¿Te puedes callar? —suelta Lara, cruzándose de brazos mientras le lanza una mirada retadora a Hadley.

Con la cara que trae, me sorprende que el gorro de satén siga en su cabeza y no haya salido volando.

—¡Son las seis de la mañana! —grita—. ¡Respeta el sueño de los demás! Hay personas que sí apreciamos dormir.

—Lari, no seas amargada. Si tú sigues con esa cara, este día tan bonito dejará de serlo. Además, tú solo consumes mi energía —dice Hadley acercándose a ella para moverle los hombros de un lado a otro, intentando sacarle una sonrisa.

—Si tanto te preocupa tu energía, podrías dejar de gastarla molestándome a las seis de la mañana —se queja Lara mientras aparta las manos Hadley de sus hombros.

Hadley hace un puchero exagerado, como si Lara acabara de decirle la peor ofensa del mundo.

—Qué cruel eres conmigo. Yo solo quería compartir mi felicidad.

—Tu felicidad tiene demasiado volumen —responde Lara.

No puedo evitar sonreír al verlas. Hadley tenía esa capacidad de convertir cualquier momento tranquilo en un caos, mientras que Lara parecía haber nacido con una paciencia limitada para soportarla.Pero, aunque se quejara, sabía que le encantaba verla así de feliz.

Siempre me había parecido tierno verla emocionarse tanto por Lorenzo. Esta forma suya de vivir cada momento como si fuera el más importante del mundo era una de las cosas más quería de ella. Aunque hoy me costaba apreciarlo. Su felicidad se sentía más como un atentado contra mi sueño. Era sábado y lo único que quería era volver a abrazar mi almohada.

Quizá los gritos de Hadley son exagerados... pero eso no es lo que me preocupa.

Me preocupa ese "regresan mañana".

Y eso me agobia porque si eso es lo que creo que es... el aire de la casa acaba de cambiar con acento Italiano.

                                         ****

Unos minutos después, Lara y yo estamos tumbadas en mi cama, boca arriba, mirando el techo con los ojos cerrados. La casa ha recuperado por fin algo parecido al silencio. Después de los gritos de Hadley, hasta el zumbido lejano del aire acondicionado parece demasiado tranquilo.

Durante un rato ninguna dice nada.

Hasta que Lara rompe el silencio.

—Fati...

—¿Mmm?

—Esto va a ser raro.

Abro los ojos, pero ella sigue mirando el techo.

—¿Qué cosa?

—Todo.

Llevamos meses sin ver a los Ricci. Este verano no estuvimos juntos en Italia. Después de tantos años pasando parte de las vacaciones allá, supongo que se siente extraño que vayan a volver.

Frunzo un poco el ceño.

—¿Extraño? ¿Por qué?

Los Ricci llevan seis años viviendo en Canadá, igual que nosotros desde que regresamos de Italia. Italia sigue siendo su casa de alguna manera; allí está gran parte de su familia y, además, uno de sus hijos estudia allá. No tiene nada de raro que quieran pasar unos meses con ellos. De hecho, lo raro sería que no lo hicieran.

—No me refiero a eso —aclara Lara acomodándose un poco sobre la almohada —. Claro que es normal que hayan querido ir. Solo digo que llevamos un tiempo sin verlos y que ahora van a estar otra vez por aquí. Eso es todo.

Asiento despacio.

—Sí. Pero no veo qué tiene de raro.

Lara guarda silencio durante un segundo. Sus dedos juegan con el borde del gorro de satén antes de que finalmente gire la cabeza hacia mí.

—Pero creo que para ti va a ser un poco más raro que para el resto.

Mi cuerpo se tensa apenas.

Porque tiene un punto.

Y, para empeorar las cosas, llevo hablando demasiado rápido desde que empezamos esta conversación. Lara lo sabe. Siempre lo sabe.

¿Por qué?

Lara me observa. No dice nada de inmediato. Me mira con esa expresión que conozco demasiado bien, como si estuviera esperando a que yo misma me delate.

—Fati...

El escuchar mi nombre en ese tono hace que algo se me cierre en el estómago.

No sé disimular. En serio, soy pésima en esto.

—Estás hablando rápido —añade.

Parpadeo.

—No estoy hablando rápido.

—Sí, lo estás haciendo.

Aparto ma mirada hacia el techo.

Genial

¿Cuánto puede costar controlar este tonto sentimiento?

Aunque ni siquiera sé si quiero llamarlo sentimiento. Prefiero llamarlo confusión. Porque si son sentimientos, entonces significa algo.

Y no tiene que significar nada.

Me obligo a respirar despacio antes de volver a mirarla.

—Llevas más tiempo sin ver a Piero que a cualquiera de ellos —dice Lara.

No respondo.

Porque tiene razón.

Y odio que la tenga.

Lara vuelve la mirada al techo y deja que el silencio se acomode entre las dos. No parece estar esperando una confesión ni una explicación. Está dejando la idea ahí, como quién coloca una pieza sobre la mesa y espera a ver qué hago con ella.

—No sé —murmura después—. Siento que sera complicado para ti volver a verlo.

Trago saliva.

—No tiene por qué.

—Claro que no.

La rapidez de mi respuesta hace que vuelva a mirarme. Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada.

—Lara.

—Te conozco, Fati...

Suelto un suspiro y vuelvo a mirar el techo.

—No hay absolutamente nada por lo que esto tenga que tornarse raro. No somos nada. No fuimos nada.

Lara abre la boca para responder, pero antes de que pueda hacerlo, la voz de mi papá llega desde algún punto del pasillo.

—¡Bajen a desayunar!

Cierro los ojos un segundo

Agradezco a todos los ángeles que existen que el grito de mi papá acaba de salvarme de una interrogación que, por alguna razón, estaba empezando a sentirse demasiado profunda para las siete de la mañana.

Sobre todo porque Lara tiene esa manera suya de mirar las cosas desde una perspectiva casi romántica, como si cualquier incomodidad tuviera que esconder una historia de amor detrás.

Lara se incorpora de inmediato, busca sus pantuflas con los pies y, cuando por fin las encuentra debajo de la cama, se las pone antes de voltearse hacia mí.

—Entonces no hay nada más que discutir —me suelta.

La miro desde la cama. Se perfectamente que no piensa dejar el tema ahí.

—¿Discutir qué? —pregunto.

Lara sostiene la mirada y remata:

—¿Sobre tu tonto nerviosismo ante Ricci Land?

Ella se queda quieta por un instante observándome como si intentará analizar mi reacción o, peor aún, capturar el momento exacto de mi humillación.

—¿Ricci Land? —pregunto algo confundida.

—Sí. Tú lo nombraste así —dice con tranquilidad —. ¿Ya se te olvidó?

Lara se encoge de hombros con una sonrisa.

—Tengo prioridades ¿Para qué recordar Ricci Land? —la respuesta sale de mi boca antes de que pueda pensarlo demasiado.

No puedo evitar reír

—Qué conveniente —comenta.

Me siento en la cama y aparto los rizos que se me han quedado atrapados debajo de la espalda. Después de haberme dormido, mi cabello debe de ser un desastre. Paso los dedos entre los mechones cobrizos, intentando devolverles algo de forma, aunque sé perfectamente que es una batalla perdida. Algunos rizos caen sobre mi cara y otros se levantan en direcciones que parecen tener voluntad propia.

Lara, en cambio se toma unos segundos para acomodar los mechones que se le han escapado del gorro de satén. Los recoge con cuidado y los vuelve a meter debajo de la tela aunque un par de rizos vuelven a asomarse por los lados casi de inmediato.

Es curioso lo fácil que resulta confundirnos cuando estamos así. Dos cabezas pelirrojas, el mismo cabello rizado y prácticamente la misma cara de sueño. De pequeñas bastaba con vernos de espaldas para que cualquiera dudara de cuál de las dos era. Ahora las diferencias son más fáciles de encontrar, aunque somos idénticas, para mí siempre han estado ahí.

Lara termina de acomodarse el gorro y se dirige hacia la puerta.

—Fátima, deberías de dejar de repetir ese "no fuimos nada".

La frase me hace detenerme. Me quedo quieta sobre la cama y levanto la mirada hacia ella, que ahora está apoyada en el marco de la puerta. Por un momento no se que responder.

—¿Por qué?

Lara se acomoda ligeramente contra el marco, cruzándose de brazos mientras me observa. Su expresión cambia apenas, como si estuviera esperando que yo misma entendiera la respuesta.

—Porque no fue nada del otro mundo y tú lo sabes.

La observo durante unos segundos. La forma tan tranquila en la que lo dice me deja sin una respuesta inmediata. Como si para ella fuera sencillo ponerlo en palabras, mientras yo llevo meses evitando siquiera pensarlo demasiado.

No se que responder a eso

Porque quizá ese sea precisamente el problema.

No fue nada del otro mundo.

No hubo promesas. No hubo nada que pudiera señalar y decir: esto significó algo.

Solo fue un momento. Uno de esos que debería quedarse atrás sin hacer demasiado ruido.

Y, sin embargo, aquí estoy. Todavía pensando en ello. Todavía intentando encontrar una explicación para algo que, según Lara, no debería tener ninguna.

Tal vez por eso me cuesta tanto admitirlo.

Porque si realmente no fue nada del otro mundo, entonces no debería seguir importándome.

Así que bajo de la cama en busca de mis pantuflas, algún día tengo que dejarlas en un solo lugar. Encuentro una debajo de la cama y la otra cerca del sillón. Me las pongo a toda prisa y alcanzo a Lara justo cuando está a punto de salir.

—No sé de qué estás hablando.

Ella se detiene apenas un segundo. La comisura de sus labios se levanta en una pequeña sonrisa, pero no responde.

Solo se da la vuelta y empieza a caminar por el pasillo sin decir más.

—Lara...

La sigo, cerrando la puerta de mi habitación detrás de mí. Ella continúa caminando como si no hubiera escuchado nada.

Voy detrás de ella, todavía intentando convencerme de que la conversación terminó ahí.

Por supuesto que no termino ahí.

Lara llega a las escaleras y empieza a bajar. Yo voy justo detrás de ella, todavía pensando en lo que acabamos de hablar que su voz vuelve a sacarme de mis pensamientos.

—Por cierto —dice Lara a mi lado mientras bajamos las escaleras.

La miro, apoyando una mano en el pasamanos.

—¿Qué?

Ella gira ligeramente la cabeza hacia mi y me dedica una sonrisa demasiado inocente para ser sincera.

—Sigues pensando en él.

Pongo los ojos en blanco y sigo bajando fingiendo que no me importa.

—No.

Lara baja un escalón más y me mira de reojo.

—Sí.

—No.

—Fati...

—Lara.

—Eso no fue negación.

—Porque no te debo ninguna explicación.

Ella suelta una risa y sigue bajando, satisfecha con lo que sea que acaba de conseguir.

Yo resoplo detrás de ella.

Y aunque no pienso admitirlo, mi silencio probablemente acaba de darle la razón.

Cuando llegamos al comedor, mis padres ya están sentados a la mesa. Mamá sostiene una taza de café mientras revisa algo en su celular. Papá tiene unos documentos junto al plato, aunque por la forma en que los aparta al vernos, parece que ya ha decidido que el desayuno merece más atención.

Hadley ocupa uno de los extremos de la mesa y sigue con la misma energía de quién parece no entender que son apenas las 7 de la mañana.

Nosotras seguimos en pijama.

Lara con el gorro de satén todavía cubriéndole parte del cabello y algunos rizos escapándose por los lados; yo con el mío completamente suelto y convertido en una maraña de rizos cobrizos después se haber pasado media noche sobre la almohada.

—Buenos días —saluda mamá al vernos.

—Buenos días —respondemos casi al mismo tiempo.

Tomo asiento junto a Lara y miro la mesa.

Hay fruta cortada, café, jugo y una fuente de tostadas francesas todavía calientes, con mantequilla y miel a un lado.

Después de la mañana que llevo, creo que me he ganado una.

Toma la tostada y le doy un mordisco mientras miro alrededor de la mesa.

Mamá sigue en pijama, aunque, siendo ella, incluso un conjunto para dormir parece demasiado arreglado para ser tan temprano. Lleva su cabello lacio recogido en un moño que, sorprendentemente, sigue intacto, dejando ver algunos reflejos rojizos entre los mechones. Sostiene su taza de café entre las manos, disfrutando de esos primeros minutos del día antes de que la casa termine de despertarse por completo.

Papá tampoco parece haber tenido intención alguna de cambiarse todavía. Lleva una camiseta oscura y unos pantalones cómodos, y su cabello rubio está un tanto despeinado, con algunos rizos tomando su propio camino. Los documentos que tenía junto al plato parecen ser lo único que lo separa de volver a la cama.

Y Hadley...

Hadley parece haber olvidado por completo que existe algo llamado sueño.

Sigue en pijama, con una camiseta demasiado grande y unos shorts, el cabello cobrizo revuelto alrededor de los hombros y una expresión de felicidad que resulta casi ofensiva a estas horas. El gorro de satén que llevaba puesto hace unos minutos ya no está en su cabeza, probablemente termino abandonado en algún lugar del pasillo durante su espectáculo de esta mañana.

La miro unos segundos.

No entiendo cómo puede tener tanta energía.

—¿Qué? —pregunta al notar mi mirada.

—Nada.

—Me estás mirando raro.

—Estoy intentando descubrir de dónde sacas tanta energía.

Hadley sonríe.

—Lorenzo

Lara deja escapar una risa por lo bajo.

—Qué sorpresa.

—¿Qué? Es una excelente razón para estar feliz.

Papá niega con la cabeza, divertido, y vuelve a tomar café.

—Al menos alguien está disfrutando la mañana.

—Yo estaría disfrutando la mañana si cierta persona no hubier gritado como si se estuviera incendiando la casa —respondo.

Hadley se lleva una mano al pecho.

—Era una emergencia emocional.

—Eso no existe.

—Para mi si.

Mamá deja escapar una pequeña risa mientras niega con la cabeza.

—Bueno, emergencia emocional o no, tenemos cosas que hacer hoy.

Ahí está.

La frase que consigue matar cualquier posibilidad de que mi sábado continúe siendo tranquilo.

—¿Qué cosas? —pregunto con cautela.

Mamá me mira por encima de su taza.

—Las de la cena de está noche.

Dejo la tostada a medio camino

Ah, cierto. La cena de esta noche, los socios de papá. Había conseguido olvidarme de todo eso durante unos minutos.

—Papá ¿cuántas personas vienen? —pregunto, dejando escapar un pequeño suspiro.

Papá levanta la mirada de los documentos que tiene frente a él.

—Unas cuantas —responde él, como si esa respuesta fuera suficiente.

Frunzo el ceño.

Mamá lo mira por encima de su taza de café y, sin darle demasiada importancia responde:

—Ocho.

Papá hace una pausa. Baja la mirada hacia los documentos y parece respasarlos mentalmente antes de corregirse.

—Ocho...aproximadamente.

Mamá deja la taza sobre la mesa.

—Nueve —corrige.

Levanto más cejas.

—¿Nueve?

—La esposa de uno de ellos confirmó anoche.

La miro, intentando procesar la información.

—¿Y me estas diciendo que eso es una cena pequeña?

Papá sonríe, como si mi reacción le resultará exagerada.

—Para nosotros, si.

Suelto una pequeña risa incrédula y me recuesto un poco en la silla.

—Claro.

Lara se inclina un poco hacia mí, aprovechando que nuestros padres siguen hablando.

—Te dije que tu sábado estaba muerto.

La miro de reojo.

—Gracias por recordarmelo.

Hadley, que había estado distraída con su celular, vuelve a levantar la mirada y lo deja sobre la mesa.

—Yo puedo ayudarte.

La miro con incredulidad.

—¿Tú?

Hadley asiente con toda la tranquilidad del mundo.

—Sí.

Entrecierra los ojos, sin terminar de creerle.

—¿Desde cuándo ayudas?

—Desde que me interesa que todo salga bien.

—Desde que Lorenzo llega mañana —corrige Lara.

Hadley le lanza una mirada.

—También.

Mamá sonríe mientras termina su café.

—Entonces está decidido. Después del desayuno. Fati y Lara me ayudan con algunas cosas, Hadley, tú puedes encargarte de lo que quieras mientras no conviertas la casa en un campo de batalla.

—No prometo nada.

La miro de reojo.

Hadley es demasiado responsable para hacer algo así. Jamás permitirá que la casa se conviertiera en zona de guerra.

Papá suelta una risa.

Y, por primera vez desde que desperté, la mesa vuelve a sentirse como siempre.

Ruidosa.

Desordenada.

Familiar.

Me termino la tostada mientras escucho a mis padres hablar de la cena y a Hadley interrumpir cada dos minutos con algún comentario. Me dejo llevar por la conversación, por las voces a mi alrededor y por esa sensación conocida de estar juntos.

Por un momento, casi consigo olvidarme de lo que significa que los Ricci regresen mañana.

Casi.

Porque en algún momento la conversación, mi mente vuelve inevitablemente a la misma persona.

Aprieto los labios y tomo un sorbo de jugo.

No.

No voy a empezar otra vez

Hoy tengo suficiente que hacer.

Y, por suerte, Tess viene después del almuerzo.

Ella puede distraerme.

O eso espero.

Por que Lara tiene razón y sigo pensando demasiado en él...

Quizá tener a Piero de vuelta en Canadá sea un problema mucho más grande de lo que estoy dispuesta a admitir.

Aunque, técnicamente, no hay ningún problema.

No somos nada.

Nunca fuimos nada.

Y, sobre todo, nadie sabe nada.

Eso debería ser suficiente.

¿Verdad?

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