¿Quién eres?
En una ciudad iluminada por el sol y el calor del verano, donde se percibían las actividades diarias de los humanos y los ruidos constantes de sus creaciones.
Una joven estaba sentada en el autobús. Escuchaba el incesante parloteo del niño a su lado, la discusión de una joven pareja y el ruido constante que hacía el autobús. Un ruido llamó su atención: era su celular, que vibraba de manera constante.
“Niña insensata, ¿qué te he dicho de no avisarme que ya saliste de la escuela?”, una voz familiar y cariñosa que sin duda alguna siempre reconocería.
“Abuela, ¿qué te he dicho de compartirte mi ubicación sin mi permiso?”
“Bueno, Gwyn, si contestaras a tiempo no tendría por qué tomar estas medidas.”
“Abuela...”
“Gwyneth...”
Gwyn movió la cabeza juguetonamente mientras aparecía una sonrisa cariñosa.
“Está bien, abuela, ya salí. Voy en el autobús directo a casa.”
“Más te vale, niña. Cuídate.”
El teléfono mostraba la llamada finalizada mientras se apagaba. En ella se reflejaba la cara de Gwyn; si mirabas con atención, te darías cuenta de sus ojos grises, pero desenfocados, como si mirara todo, pero a la vez nada.
Se volvió a meter el teléfono en su bolsillo mientras se paraba para bajar en la próxima estación. De su mano extendió un bastón blanco para palpar el piso. El locutor anunció la parada.
Cuando se preparaba para irse de la estación, se detuvo en seco. Un escalofrío le recorrió el cuerpo mientras giraba lentamente la cabeza hacia el cielo. Ahí lo percibía. Alguien, algo aterrador, los veía. Gwyn escuchó como si algo se rasgara.
Era el cielo. Se rasgaba como papel. Aparecieron grietas, primero una, después otra. Pasaron cinco segundos con un silencio abrumador. Luego empezó el caos.
Las personas a su alrededor se sumergieron en gritos y empujones. Todos corrían hacia cualquier dirección, porque ¿a dónde correrías si el cielo se estaba partiendo en pedazos?
Gwyn tropezó con la gente que corría, pero sus manos no paraban de temblar mientras intentaba recuperar el equilibrio. Esa sensación, que parecía como si una bestia aterradoramente grande estuviera enfrente de ella, no paraba; más bien aumentaba conforme avanzaba el caos.
De pronto, una sensación de ingravidez la envolvió y, con ella, un silencio absoluto.
Gwyn nunca creyó que una salida normal se convertiría en la revelación más grande que el mundo pudo haberle dado.
Se escuchaba el murmullo de las hojas de los árboles mecerse, el agua del arroyo caer y los sonidos de los pájaros cantando en las copas de los árboles.
Una sensación de entumecimiento le recorrió el cuerpo mientras intentaba incorporarse. Gwyn levantó la mano para tantear el piso y buscar su bastón. Mientras lo hacía, escuchaba lo que la rodeaba para intentar identificar dónde se encontraba. Sabía que estaba en una zona boscosa.
Se paró bruscamente con la ayuda del bastón mientras intentaba orientarse con su oído. Un escalofrío penetrante le recorrió el cuerpo. Escuchó zumbidos que no parecían venir de ningún lado y, de pronto, un silencio absoluto. El mecer de las hojas, el trinar de los pájaros y el viento que acariciaba su cara desapareció.
Gwyn giraba la cabeza a todos lados mientras intentaba buscar la fuente de esa sensación tan extraña. Mientras hacía eso, en el cielo despejado aparecían unas grietas tan diminutas, indistinguibles al ojo humano. Como si Gwyn presintiera algo, movió bruscamente la cabeza hacia arriba, y fue ahí donde una voz extremadamente calmada, que parecía venir de todos lados, empezó a hablar.
“Queridos humanos.”
Hubo una pausa momentánea, tan pequeña que pareciera que no pasó, pero ahí, en esa pequeña pausa, Gwyn detectó un atisbo de anticipación que no entendía del todo.
“Bienvenidos a esta gran prueba para la vida humana, donde tendrán que luchar por su futuro y adaptarse a un nuevo mundo.”
La voz no parecía tener género ni sentimientos; era tan rígida como podía ser, pero Gwyn detectó un cambio en esa voz que no pudo identificar en lo último que dijo.
“Ustedes, humanos, tienen suerte de estar aquí… Espero con ansias su actuación.”
Después de eso hubo, por un momento, un silencio absoluto, como si hubieran oprimido el botón de pausa, pero solo duró tan poco que pareciera su imaginación.
Desorientada, se apoyó en el tronco de un árbol mientras intentaba pensar en qué hacer.
Ella, una ciega, tenía que sobrevivir en un bosque. ¿Era alguna clase de broma? Le parecía tan incongruente la palabra suerte. Si tuviera suerte, seguiría en el autobús de camino a casa y no en un lugar desolado.
“Respira profundo, Gwyn. ¿Qué es lo peor que podría pasar? Que apareciera un oso y me comiera. Si ese es mi destino, bueno, lo acepto.”
Masculló entre dientes mientras reía nerviosa de lo que estaba diciendo. Se estaba volviendo loca y no había pasado ni siquiera una hora.
“¿Luchar? ¿Cómo se supone que luche...? ¿Con mi bastón?”
Divagaba mientras intentaba guiarse para ir a donde fuera que le indicaran sus instintos.
Mientras caminaba, se topaba con obstáculos muy grandes para ser llamadas raíces. A veces tenía que rodearlas y otras veces subirse un poco en ellas para pasar, pero lo más aterrador era su tronco. Con su mano intentaba trazar el contorno de un árbol, pero una acción que pareciera fácil se tornó complicada porque tenía que abrazarlo y, aun así, sus manos no se encontraban.
Mientras más caminaba, más sudor frío aparecía en su espalda, empapando su camisa. Era extraño, ella no sudaba mucho, pero algo le decía que no era por el calor. Era algo más.
Su bastón se topó con algo, un objeto inerte en el piso. Cuando lo tanteó, su bastón se hundía cual algodón. Se acercó lentamente mientras se agachaba para poder tocarlo. Era una sensación resbaladiza y suave; la textura de un líquido viscoso se fundió en sus dedos.
Un viento rápido rozó su cara y, con ello, trajo el olor de aquel líquido.
Era sangre.
Un cuerpo humano.
Muerto.
Asustada, se levantó rápidamente para darse vuelta y echarse a correr, pero, claro, un camino que no conocía no podía ser tan fácil. En su arrebato, se tropezó con algo y cayó al suelo pesadamente.
Gwyn levantó la cara con un dolor punzante en su mejilla. Mientras intentaba incorporarse, se llevó la mano a la mejilla para detener la sangre que salía de ella.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Un escalofrío punzante le advertía, pero no sabía de qué. Solo seguía esa sensación de ansiedad creciente.
Se incorporó lentamente del piso sin hacer ruido. Contuvo la respiración suavemente mientras agudizaba su oído.
Era el sonido de unas pisadas. Eran ligeras, pero rápidas, y parecía que venían en su dirección.
Lentamente, se dirigió a un árbol que podía ocultar a cinco de ellas para intentar esconderse.
Una respiración agitada se escuchaba cada vez más cerca y, entre más cerca estaba, a Gwyn le aparecía un sudor helado en la espalda y una tensión empezó a crecer dentro de ella.
Una voz demasiado pequeña para que alguien normal la escuchara. Era un pequeño susurro.
“¿Hay.......alguien?”








