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Ainhoa, Yo y mi otro Yo

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Summary

Mireya llegó a España con una maleta llena de sueños y la necesidad de empezar de nuevo. Lo que encontró al otro lado del océano la llevó a cruzar una puerta que jamás había imaginado abrir. Cinco números. Cinco posibilidades. Un camino hacia un mundo de deseos, secretos y contradicciones que cambiaría para siempre su manera de entender a los demás… y a sí misma. Porque algunas mujeres esconden mucho más de lo que el mundo puede imaginar. Y algunas identidades nacen precisamente para poder descubrirlo. Esta es la historia de Mireya. De Catalina. De Ainhoa. Y de aquello que ocurre cuando una mujer se atreve a conocer a su otro yo.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Los cinco números

Y aquí estoy, con una maleta repleta de sueños y grandes expectativas.

Dejaba atrás toda una vida. Mi vida. O, al menos, la vida que yo creía que era la mía.

Contaba las horas para salir de aquel aeropuerto.

Yo era Mireya, una mujer de treinta y tres años, educada en una familia humilde y de profundas raíces conservadoras.

Pero ahora estaba allí.

A punto de cruzar hacia otro continente.

Me preguntaba cómo sería aquel otro mundo. Qué encontraría al otro lado. Qué me esperaba.

Lo que todavía no sabía era que aquel viaje no solamente me llevaría a otro lugar.

Me llevaría a conocer una parte del ser humano que jamás había imaginado.

Un mundo de comportamientos, deseos, secretos y realidades que hasta entonces habían permanecido completamente fuera de mi vida.

Y llegó el gran día.

Subí a aquel avión llena de expectativas y miedo.

No sabía lo que estaba a punto de conocer. No sabía todo lo que me esperaba al otro lado del océano.

Tampoco sabía que Mireya se quedaba en mi país.

Se quedaba en mi casa, en mi barrio, entre las personas que me conocían, en aquella vida que hasta entonces había sido la mía.

Mireya salió de aquel país aquel día.

Pero Mireya no volvería.

Llegué a España.

Un mundo nuevo.

Todo era nuevo para mí. Me impresionó la belleza y lo majestuoso de aquel gran país.

Como tantos emigrantes, llegaba cargada de sueños e ilusiones. Veníamos buscando un trabajo, una oportunidad, una vida mejor.

Lo normal.

Pero yo no conocía el mundo que existía aquí.

No conocía aquel otro mundo.

Ese mundo en el que, algún día, conocería a Catalina.

Pasaron quince días.

Las promesas que me habían hecho para venir a este país nunca se cumplieron.

Nunca.

Y no lo tomé como una derrota. Tampoco quise convertirme en una víctima de las circunstancias.

Lo tomé como una oportunidad.

Lo que mi familia no sabía era lo que yo ya estaba viviendo desde el mismo momento en que bajé de aquel avión.

Tenía que buscar trabajo.

Pero jamás imaginé que llegaría a conocer otro tipo de trabajo.

Un trabajo que en la cultura de mi país estaba señalado como lo más bajo, lo más vulgar.

Un trabajo rodeado de tabúes, de prejuicios y de señalamientos.

Un trabajo considerado impropio.

Prohibido.

Un trabajo que yo jamás habría pensado que pudiera llegar siquiera a contemplar.

Sí.

Eso que tú, amigo lector, probablemente estás imaginando.

La prostitución.

Ser puta, como vulgarmente se decía en mi país.

Una palabra cargada de desprecio, de tabú y de condena social.

Hasta ese momento, yo también pensaba que aquel trabajo no era digno.

Pero la necesidad tiene una manera muy particular de llamar a nuestra puerta.

Contacté con una amiga.

Le expliqué la situación por la que estaba pasando.

Y entonces llegaron aquellos números.

Cinco números.

Cinco direcciones.

Un mismo camino.

Los llevaba anotados en una hoja de papel, en un folio arrancado de un libro, escritos con un bolígrafo azul.

Los miré.

Pensé.

Volví a pensar.

No podía hacerlo.

Yo no podía.

Seguí mirando aquellos cinco números.

—Vaya… —pensaba Mireya.

En mi cabeza intentaba quitarle importancia a lo que tenía delante.

«Si voy a ser prostituta, será sexo. El típico sexo. Una, dos posiciones y listo. ¿Qué más puede pasar? ¿Qué más pueden pedir?»

Hasta llegué a sonreír.

Pero era una sonrisa triste.

Me reía de aquello porque todavía necesitaba creer que podía controlar la situación, que todo sería tan sencillo como yo lo imaginaba.

Lo que no sabía era que, mucho antes de aquel momento, Mireya ya escondía algo.

Algo que nunca había querido mirar demasiado de cerca.

En algunas ocasiones, cuando salía con alguna amiga de la infancia, había llegado a sentir una atracción que no sabía cómo explicar.

Una sensación que aparecía y que rápidamente intentaba apartar de mi mente.

¿Será que Mireya también tenía algo oculto?

¿Algo que la sociedad no podía aceptar?

¿Algo que ella misma no se permitía aceptar?

Mireya había crecido creyendo que existían unas reglas muy claras sobre lo que una mujer debía sentir, desear y hacer.

Y, sin embargo, dentro de ella existía una curiosidad que jamás había confesado.

Pero no sabía todavía qué significaba.

Finalmente escogí el primer número.

No sabía exactamente qué iba a encontrar al otro lado de aquella llamada.

Solo sabía que tenía que hacerlo.

Aquella primera dirección me llevó hasta una mujer que, desde el primer momento, pareció comprender que yo no pertenecía a aquel mundo.

Me miró.

Me observó durante unos segundos.

Y entonces me dijo:

—Tú nunca has sido prostituta. Tú nunca has ejercido. Tú no eres puta.

Aquellas palabras me golpearon.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—No. No sé ni qué hago aquí.

Y era verdad.

No lo sabía.

Nunca había imaginado estar sentada allí, delante de aquella mujer, a punto de entrar en un mundo que durante toda mi vida había considerado completamente ajeno a mí.

El primer día me explicó cómo funcionaba todo.

—El cliente viene por ti y tú entras con él.

Así de sencillo.

O así de sencillo parecía desde fuera.

Porque cuando llegó el momento, nada me parecía sencillo.

Entré en aquella habitación.

No sabía cómo debía comportarme.

Hasta entonces solo conocía el sexo que había vivido dentro de mi matrimonio.

Aquello era diferente.

Las palabras eran diferentes.

Las costumbres eran diferentes.

Las peticiones eran diferentes.

Todo me resultaba extraño.

En un momento determinado, aquel hombre me preguntó:

—¿Es tu primera vez?

Le dije que sí.

Y lo era.

No porque fuera la primera vez que tenía relaciones sexuales, sino porque era la primera vez que hacía aquello.

La primera vez que estaba allí.

La primera vez que alguien estaba pagando por estar conmigo.

Cumplí aquella media hora.

Después salí de la habitación.

No sabía qué pensar.

No sabía qué sentir.

Solo sabía que tenía que decidir qué hacer con mi vida.

La habitación tenía unas cortinas rojas, una luz de neón, un sofá rojo y un espejo grande.

Aquel espejo iba a convertirse, sin que yo lo supiera todavía, en algo importante para mí.

Me quedé mirándolo.

Estaba desnuda.

Mi mente estaba completamente en blanco.

No sabía quién era aquella mujer que veía reflejada delante de mí.

Me duché.

Después salí.

La mujer que llevaba aquel lugar me preguntó cómo me sentía.

—No lo sé.

Y realmente no lo sabía.

Ella me explicó que muchas habían pasado por aquel momento.

Que yo todavía no conocía aquel mundo.

Que nadie podía decidir por mí.

La decisión era mía.

Y entonces vi el dinero.

Lo miré.

Empecé a hacer cuentas.

Pensé que, si trabajaba así durante un tiempo, quizá podría ahorrar lo suficiente para volver a casa.

Era una idea casi ingenua.

No sabía que todavía me quedaba un camino muy largo por recorrer.

Me quedé allí tres días.

Durante aquellos tres días comencé a observar a los hombres.

No solo a los que entraban por aquella puerta, sino también a las vidas que imaginaba que dejaban al otro lado.

Me preguntaba:

¿Por qué estaba allí?

¿Qué buscaba?

¿Qué encontraba en mí que no encontraba en su propia casa?

¿Era su esposa menos guapa?

¿Era menos deseable?

¿O simplemente buscaba algo que no se atrevía a pedir dentro de su propia vida?

Aquellas preguntas comenzaron a cambiar mi manera de mirar a los hombres.

Y también comenzaron a cambiar mi manera de mirarme a mí misma.

Durante aquellos tres días, mientras atendía clientes y comenzaba a ganar dinero, conocí a tres mujeres.

Una de ellas era Adelaida.

Una joven latina, guapa, con un cuerpo escultural y una presencia que llamaba la atención.

Entre nosotras surgió una conexión sencilla, sin necesidad de demasiadas palabras.

Hablábamos de por qué habíamos llegado hasta allí, de nuestras circunstancias, de aquello que nos había llevado a cruzar una puerta que, probablemente, ninguna de las dos había imaginado cruzar algún día.

Pero no llegaría a decir que nos hicimos amigas.

Era algo diferente.

Después de cada servicio nos buscábamos con la mirada y nos preguntábamos:

—¿Qué tal estás?

A veces bastaban esas pocas palabras.

No necesitábamos contar demasiado.

Yo comenzaba a adaptarme.

Mi cuerpo empezaba a entender aquella nueva realidad antes que mi cabeza.

Y mi mente empezaba a aprender algo que hasta entonces me parecía imposible: separar dos vidas.

La vida que estaba conociendo allí dentro…

y la vida que seguía existiendo fuera.

Dos mundos.

Dos versiones de una misma mujer.

Qué recuerdos los de Adelaida.

Ella también estaba allí por dinero.

No había llegado a aquel trabajo buscando placer.

Pero Adelaida tenía una particularidad que a mí me sorprendía.

A veces, sin buscarlo, sin esperarlo, su cuerpo respondía.

Había momentos puntuales en los que podía disfrutar de una situación, de una caricia, de una sensación.

No porque ese fuera el motivo por el que estaba allí, sino porque el cuerpo, a veces, tiene sus propias respuestas.

Recuerdo aquella ocasión en la que estuvo varias horas con un cliente.

Cuando salió del servicio, la busqué.

—Adelaida, ¿pero qué hiciste durante tantas horas?

Ella sonrió.

—Disfrutar.

Me quedé mirándola, sorprendida.

Y entonces entendí que no estaba diciendo que trabajara para disfrutar.

Trabajaba por dinero.

Simplemente, algunas veces, el placer aparecía en medio de aquello, sin haberlo buscado.

Aquel día me reí muchísimo.

Pero también me quedé pensando.

Porque yo ya llevaba tres días allí y mi experiencia era completamente diferente.

Yo había aprendido a mecanizarlo todo.

El cliente llegaba.

Yo hacía lo que él pedía y por lo que estaba pagando.

Después terminaba el servicio y volvía a ser Mireya.

No me preguntaba qué sentía mi cuerpo.

No quería saberlo.

Quizá porque todavía no estaba preparada para descubrirlo.

Adelaida me había mostrado, sin pretender enseñarme nada, que el cuerpo y la mente podían reaccionar de maneras que no siempre controlábamos.

Y yo apenas estaba empezando a comprenderlo.

Y recuerdo aquel día.

Después de aquella frase que me había dicho Adelaida, estábamos tomándonos un café.

Era invierno.

Un café acompañado de un dulce cruasán.

Qué recuerdos.

Mientras estábamos allí, mi mente no paraba de pensar.

¿En qué momento reaccionará mi cuerpo de una manera que me haga sentir placer con el sexo que estoy vendiendo?

¿Cómo será?

¿Cuándo será?

Yo misma me decía:

«Eso nunca pasará».

«Soy una señora».

«Esto lo hago de manera mecánica».

Y seguía pensando.

No podía imaginar que mi propio cuerpo pudiera sorprenderme.

Y, de pronto, Adelaida movió sus dulces labios húmedos y dijo:

—¿Crees que prefieren pasar por aquí después del trabajo y llegar a casa relajados?

No supe qué decir, pero mis pensamientos se apoderaron de mí.

Recordé el engaño de mi anterior matrimonio y, al mismo tiempo, el morbo de pensar si el cliente, después de estar en mis brazos y llegar a su casa, pensaría en nuestro encuentro y en el placer de mis caricias.

Pasaron unos tres cuartos de hora.

La madame me miró y me dijo:

—Mira, allá viene un cliente a por ti.

—Vale.

Me preparé.

Le esperé en la habitación como un cazador esperando a su presa.

Llevaba aquella lencería roja de encaje, aquellas bragas minúsculas que entallaban mi cuerpo, unos tacones y aquella loción que me recordaba la elegancia y la sensualidad de una mujer de su ciudad.

Mi cabello caía sobre mi fina piel.

Recuerdo que esperé a aquel cliente de una manera muy distinta.

Era como si pensara:

«Tengo el control».

«Mírame».

«Soy la diosa».

Fue un momento en el que pensé:

«Guau».

Cuando el cliente abrió la puerta y me miró, sus ojos brillaron.

Su mirada se encendió.

Se presentó dándome dos besos en la mejilla, mientras su respiración se agitaba ante aquella sensación que su cuerpo parecía no comprender al verme.

Allí estaba Mireya.

Aquella diosa que podía tener durante una hora.

Eso era lo que él podía pagar aquel día.

No sabía si era por problemas económicos, por falta de tiempo o simplemente porque una hora era suficiente para saciar sus deseos.

Pero él miró a Mireya de una manera que parecía decir:

«Puedo tener esta diosa».

«Puedo tenerla».

Lo que él no sabía era que, después de aquella hora, no podía tenerme.

Porque después del servicio, cuando me quedé sola y con mi cuerpo desnudo frente a aquel mismo espejo, ya no era como la primera vez.

Me miré.

Me miré fijamente.

Pasé mis suaves manos sobre mi cuerpo.

Me acaricié.

Me deseé.

Sentí la suavidad de mi piel y el calor que había dejado aquel encuentro.

Y entonces le dije a Mireya:

—Mireya, ¿qué escondes tú?

—¿Qué haces para que un hombre venga y tenga la necesidad de pagarlo por ti?

—¿Qué esconde tu cuerpo?

—¿Y qué esconden tus deseos?

Aquel segundo número escogido al azar no era solamente un número.

Era la llave de una puerta.

La puerta de lo inimaginable, de lo desconocido, de lo escondido, de aquello que todos llevamos dentro, pero que no siempre nos atrevemos a reconocer.

Los cinco números habían sido mi particular ruleta rusa.

Había probado uno.

Ahora tenía otro en mis manos.

Y todavía no sabía que aquel número estaba a punto de cambiarlo todo.

Salí de aquella habitación, me duché y descansé.

Después me senté sobre la cama.

Volví a mirar el papel.

Cuatro números.

Cuatro posibilidades.

Cerré los ojos y escogí uno.

Ese.

Lo miré durante unos segundos.

Todavía no podía imaginar lo que había detrás de aquel número.

Solo sabía que tenía que llamar.

Respiré profundamente.

Marqué.

Esperé.

Y entonces escuché una voz al otro lado…

Chapters
1. Los cinco números
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