sesenta días contigo una diferente 🇪🇸🇹🇭
Capítulo 1 — Sesenta días
Escritura
SESENTA DÍAS CONTIGO
Capítulo 1 — Sesenta días
Adrián había aprendido a contar el tiempo de una manera extraña.
No lo hacía en meses.
Lo hacía en fechas.
En vuelos.
En entregas.
En días que faltaban.
Por eso, mientras observaba desde la ventanilla del avión cómo las luces de Bangkok aparecían poco a poco debajo de las nubes, no pensó en cuánto tiempo iba a estar en Tailandia.
Pensó en una cifra.
Sesenta.
Sesenta días.
Ese era el tiempo que tenía.
Sesenta días para completar su investigación, recopilar toda la información que necesitaba, redactar su informe y regresar a España para continuar con sus estudios.
No podía permitirse retrasarse.
No podía permitirse distraerse.
Y, sobre todo, no podía permitirse olvidar por qué había viajado hasta el otro lado del mundo.
Adrián respiró profundamente.
Era su primer viaje solo fuera de Europa.
Y aunque jamás lo habría admitido en voz alta, estaba nervioso.
No por Tailandia.
Por él mismo.
Desde pequeño había aprendido a observar antes de hablar.
A pensar dos veces antes de responder.
A revisar mentalmente cada palabra antes de decirla.
Había pasado demasiados años escuchando comentarios sobre su manera de ser. Que era demasiado callado. Demasiado serio. Demasiado reservado.
Con el tiempo había aprendido a protegerse.
Su ropa se convirtió en una de esas formas de protección.
Siempre impecable.
Camisas bien planchadas. Zapatos limpios. El cabello cuidadosamente arreglado. Nada elegido al azar.
No porque quisiera llamar la atención.
Sino porque le gustaba sentir que, al menos, había algo que podía controlar.
Su apariencia.
Lo que los demás no podían ver era que detrás de aquella imagen cuidada seguía existiendo el mismo muchacho que alguna vez había dudado antes de entrar a un salón de clases por miedo a escuchar una nueva burla.
El avión comenzó a descender.
Adrián miró nuevamente por la ventanilla.
Bangkok.
Finalmente.
—Sesenta días —murmuró para sí.
No sabía que aquella cifra estaba a punto de adquirir un significado completamente diferente.
El aeropuerto estaba lleno.
Personas caminando en todas direcciones, anuncios que Adrián apenas podía leer, maletas, voces, teléfonos sonando y carteles con nombres escritos en diferentes idiomas.
Durante unos minutos se quedó quieto, intentando comprender hacia dónde debía dirigirse.
Sacó su teléfono.
Tenía varios mensajes.
Su supervisor en España.
El coordinador del proyecto.
Su madre no.
Adrián bajó ligeramente la mirada.
No esperaba ningún mensaje de ella.
Nunca lo hacía.
Guardó el teléfono.
Después abrió el documento que llevaba varios días revisando.
En la parte superior aparecía el nombre de su proyecto.
Debajo, una lista de objetivos.
Y al final, una nota:
Asistencia cultural local: recomendada durante toda la investigación de campo.
Adrián ya sabía que necesitaría ayuda.
No conocía suficientemente Tailandia.
No hablaba tailandés.
Y aunque dominaba el inglés, sabía que eso no era suficiente para comprender realmente la vida cotidiana de un país.
Por eso había aceptado contratar a un guía local.
La agencia le había ofrecido varias opciones.
Pero había escogido la modalidad más económica: una persona joven que pudiera acompañarlo durante su estancia, ayudarlo con los desplazamientos, traducir cuando fuera necesario y mostrarle lugares que un turista normalmente no conocería.
El nombre de su guía aparecía en el correo de confirmación.
Jaui.
Adrián había leído el nombre varias veces.
No sabía absolutamente nada de él.
Solo que tenía veinticuatro años.
Que hablaba inglés con fluidez.
Que conocía Bangkok y otras zonas del país.
Y que había aceptado trabajar con él durante los sesenta días.
A varios kilómetros de allí, Jaui también estaba contando.
Pero él no contaba los días.
Contaba el dinero.
Sentado en una pequeña cafetería, revisó nuevamente el mensaje que había recibido aquella mañana.
El pago estaba confirmado.
Sesenta días.
Una cantidad fija.
Y un horario bastante exigente.
Jaui soltó una pequeña sonrisa.
Era exactamente la oportunidad que necesitaba.
Durante los últimos meses había estado intentando ahorrar para continuar con su formación profesional y conseguir un trabajo más estable. Pero entre sus propios gastos y las responsabilidades que tenía en casa, ahorrar resultaba mucho más difícil de lo que había imaginado.
Aquel trabajo podía cambiar las cosas.
No para siempre.
Pero sí lo suficiente.
Por eso, cuando le habían preguntado si estaba dispuesto a dedicar los próximos dos meses casi exclusivamente a un estudiante extranjero, no había dudado demasiado.
—Sesenta días —dijo mientras guardaba el teléfono.
Se levantó.
Antes de salir, se miró rápidamente en el reflejo de la ventana.
Sonrió.
Jaui tenía una facilidad que Adrián no tenía.
Podía hablar con desconocidos sin pensarlo demasiado.
Podía entrar en un lugar nuevo y sentirse cómodo en cuestión de minutos.
Podía bromear con alguien que acababa de conocer.
Y, sobre todo, no tenía miedo de ser él mismo.
No sabía que en unas horas conocería a alguien completamente diferente.
Alguien que iba a poner a prueba esa seguridad.
Adrián llegó finalmente al hotel.
Dejó la maleta en la habitación y permaneció unos segundos frente a la ventana.
Bangkok estaba viva.
Luces.
Tráfico.
Edificios.
Personas.
Sonidos que no reconocía.
Era completamente diferente a España.
Sacó su libreta.
En la primera página escribió:
Día 1 de 60.
Debajo comenzó a anotar sus primeras impresiones.
Después revisó el teléfono.
Tenía un mensaje nuevo.
Jaui: “Hola. Soy Jaui, tu guía. ¿Ya llegaste?”
Adrián lo leyó.
Escribió:
“Sí. Acabo de llegar al hotel.”
Borró el mensaje.
Lo volvió a escribir.
“Sí, ya llegué. Gracias.”
Lo envió.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Perfecto. Nos vemos mañana.”
Adrián dejó el teléfono sobre la mesa.
No sabía por qué, pero aquel mensaje le produjo una sensación extraña.
Quizá porque ahora todo era real.
Ya estaba allí.
Ya había comenzado.
Sesenta días.
Se levantó y comenzó a preparar la ropa que utilizaría al día siguiente.
Una camisa.
Un pantalón.
Zapatos.
Todo perfectamente elegido.
No podía saber que aquella mañana iba a ser diferente a cualquier otra.
Al día siguiente, Adrián salió temprano.
Habían acordado encontrarse en un pequeño café cercano a una zona concurrida de Bangkok.
Llegó unos minutos antes.
Como siempre.
Se sentó en una mesa apartada y revisó sus documentos.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Adrián miró su teléfono.
Nada.
Intentó convencerse de que no importaba.
Quizá el tráfico.
Quizá había entendido mal el lugar.
Quizá...
—¿Adrián?
La voz hizo que levantara la cabeza.
Y entonces lo vio.
Un joven estaba parado frente a su mesa.
Sonrisa tranquila.
Mirada segura.
Ropa sencilla, pero cuidadosamente elegida.
Parecía completamente cómodo en aquel lugar.
Como si Bangkok le perteneciera.
Adrián tardó un segundo en responder.
—Sí.
El joven sonrió.
—Soy Jaui.
Adrián se quedó mirándolo.
Y por primera vez desde que había llegado a Tailandia, olvidó durante unos segundos la cifra que había repetido tantas veces.
Sesenta.
Porque no tenía idea de que aquel desconocido iba a convertirse en la persona más importante de sus próximos sesenta días.








