Chapter 1
Capítulo 1: La mamá que creí la más mala del mundo
Mi mamá era hermosa. Tenía un rostro delicado, una piel suave y un cabello que siempre conservaba un aroma agradable. Pero había algo en ella que llamaba la atención antes que todo lo demás: su mirada, siempre cargada de una tristeza profunda. Era de carácter firme, casi nunca mostraba ternura ni entregaba afecto en palabras o en gestos. Y por eso, durante toda mi infancia y adolescencia, sentí que entre las dos nunca existió esa conexión que se supone une a una madre y a su hija. Casi no compartimos tiempo, ni confidencias, ni abrazos. Y esa ausencia, aunque no siempre la nombrara, se instaló en mi pecho y se quedó ahí.
Al entrar en la adolescencia, esa sensación de distancia se hizo más fuerte. Parecía como si todo fuera más importante para ella que yo, que mis hermanos, que lo que vivíamos o sentíamos. Yo anhelaba que estuviera presente en cada paso que daba: en las ceremonias escolares, los concursos, los bailes, los torneos deportivos donde lograba destacar. Siempre regresaba a casa con un reconocimiento, una medalla, un logro… y esperaba ver reflejado en sus ojos el orgullo que yo sentía. Pero nunca llegó. Siempre estaba trabajando, siempre ocupada, siempre ausente. Y poco a poco, empecé a creer que nada de lo que hacía era suficiente para llegar a ella.
Hubo un tiempo en que vivimos en casa de mi abuela, junto a primos y hermanos. Sin embargo, ni entre tantas personas logré sentirme acompañada. Mi verdadero refugio era la escuela: ahí formé parte de la escolta, de la rondalla, jugué básquetbol y me esforcé por ser la mejor en todo. Ahí sí sentía que existía. Pero al volver a casa, todo volvía a tornarse gris, como si la alegría se quedara en las aulas y yo regresara a un lugar donde no tenía lugar.
Después volvimos a vivir con mi mamá, pero la rutina no cambió. La casa era amplia, espaciosa… y vacía. Aunque mis hermanos estuvieran ahí, el ambiente se sentía pesado, lleno de obligaciones y silencios, no de calor de hogar. Cuando ellos no estaban, el vacío era aún más grande. Hoy no la culpo —sé que ella fue el pilar que sostuvo todo el hogar—, pero en ese momento de mi vida, no lo entendía. Solo sentía que el mundo de ella era uno, y yo vivía en otro, en el que nunca lograba entrar.
La situación se volvió tan compleja que terminamos yendo a un internado. Nadie podía cuidarnos durante el día, y esa fue la decisión que tomó mi mamá. Me sentí abandonada. Aunque en algún rincón de mi mente traté de comprenderlo —pensé que tal vez así no seríamos una carga para ella—, el corazón se me rompía. Fue un proceso duro, lleno de preguntas sin respuesta. Cuando regresamos a casa de mis abuelos, las cosas se complicaron aún más: frente a nosotros hablaban mal de mi mamá, una y otra vez. Yo era la mayor, y cada palabra dolía como si me la dieran a mí. Llegué a guardar rencor, no contra ella, sino contra todo lo que nos separaba. Solo quería algo sencillo, algo que veía en otras niñas: una familia normal, una mamá que me dijera que me amaba y que me abrazara sin que yo tuviera que pedirlo.
En segundo año de secundaria decidí esforzarme como nunca. Quería ser la mejor alumna, quería destacar en todo: en el coro, en la escolta, en la cancha de básquetbol. Y lo logré. Un día, mi entrenador me avisó que debía asistir a un entrenamiento especial: vendrían a ofrecernos una beca completa para preparatoria y universidad, por nuestro talento en el deporte. Yo lo había esperado tanto… y ese día, mi mamá estaba enojada. No supe por qué. Simplemente dijo que no. Un año entero de esfuerzo, de levantarme temprano, de darlo todo… y con una sola frase, me lo negó. Me dolió en lo más profundo. Casi nunca la veía, y cuando lo hacía, era para poner un límite a mis sueños.
Tiempo después, el coro de la escuela fue invitado a un concurso en Cuauhtémoc. Necesitaba su firma para el permiso de viaje. Ella firmó la de mi hermano sin dudar. Pero la mía… nunca la firmó. Fue entonces cuando empecé a creer que mis sueños no importaban, que mi esfuerzo no importaba, que yo no importaba.
Ella siempre trabajando, siempre cansada, siempre lejos. Yo nunca me detuve a pensar qué la agotaba tanto, qué peso llevaba sobre sus hombros, por qué hacía lo que hacía. Solo veía su ausencia. No me gustaba llegar a esa casa. Era grande, a veces llena de ruidos y voces, pero nunca de calidez. Caminaba por sus pasillos sintiendo que no tenía un lugar donde quedarme. Y así, día tras día, esperé. Esperé una palabra de aliento, un gesto de cariño, una frase que me dijera «estoy orgullosa de ti», «te quiero». Algo. Pero esa frase, durante esos años, nunca llegó.
Con el tiempo, empecé a buscar fuera de casa lo que no encontraba en ella. Conocí a una amiga y a su familia, y por primera vez sentí que alguien me miraba y me aceptaba tal como era. Empecé a faltar a clases, a dejar de esforzarme, a sentir que nada valía la pena. Y sin embargo, incluso entonces… incluso cuando todo parecía perdido, en el fondo de mi alma, nunca dejé de esperar. Nunca dejé de desear que un día, por fin, ella me viera. Y me viera de verdad.
Solo queda esperar en silencio el momento de entendernos
Y por eso era la mamá que creí la más mala del mundo.
Reflexión:
Hoy lo pienso y me doy cuenta de que durante años medí el amor de mi mamá por lo que no hacía, por lo que no decía, por lo que no me daba. Esperé abrazos que no llegaron, palabras que no se dijeron, miradas que siempre estaban puestas en otro lado. Y en esa espera, me olvidé de mirarla a ella, de ver lo que sí hacía, de ver cuánto cargaba en sus hombros sin que nadie se lo agradeciera.
La juzgué por su ausencia sin saber que su ausencia era, en parte, el precio que pagaba para que nosotros tuviéramos algo. Creí que no le importaban mis sueños, sin saber que tal vez ella vivía tan perdida como yo. Nadie nace sabiendo ser madre, y mucho menos cuando eres joven y la vida te golpea sin avisar. Yo pedí que fuera perfecta, cuando ella apenas estaba aprendiendo a sobrevivir.
Y aunque el dolor de aquellos años sigue latiendo en algún rincón de mi memoria, y aunque hubo silencios que dolieron más que los gritos, hoy entiendo algo que entonces no podía ver: no todo lo que calló fue indiferencia. Mucho de lo que no dijo, lo estaba gastando en sostenernos de pie, día tras día. Quizás no supo cómo amarme de la forma que yo necesitaba… pero eso no significa que no me amara a su manera, tan rota y tan humana como era ella.








