CAPÍTULO 1 LA CHICA QUE DECIDÍO MACHASE
Hay personas que se van porque quieren empezar una nueva vida.
Y hay personas que se van porque quedarse duele demasiado.
Yo pertenecía al segundo grupo.
Mi nombre es Amelia Valdés y, durante mucho tiempo, pensé que conocía perfectamente mi propia historia.
Pensaba que mi vida podía dividirse en dos partes.
Antes.
Y después.
Antes de aquella noche.
Después de aquella noche.
Durante años intenté convencerme de que lo que había sucedido no me definía. Me repetía que las cosas malas que nos ocurren no tienen por qué decidir quiénes seremos.
Pero hay recuerdos que no necesitan aparecer todos los días para seguir viviendo dentro de nosotros.
A veces basta con una canción.
Un olor.
Una fotografía.
Una fecha.
Y de repente vuelves a tener diecisiete años.
Vuelves a estar allí.
Vuelves a sentir exactamente lo mismo.
Yo tenía veinte años cuando decidí marcharme.
No se lo conté a nadie hasta que fue demasiado tarde para que pudieran detenerme.
La decisión no ocurrió de un día para otro.
Había estado pensando en ella durante meses.
Quizá durante años.
Pero aquella mañana, mientras estaba sentada en el borde de mi cama, mirando las paredes de la habitación en la que había crecido, comprendí que si no me iba en ese momento, probablemente nunca lo haría.
Mi habitación estaba llena de recuerdos.
Demasiados.
Sobre mi escritorio había una fotografía de mi madre.
La única que conservaba.
En ella aparecía sentada en un banco de madera, con el cabello moviéndose por el viento y una sonrisa que yo apenas podía recordar.
Mi madre había muerto cuando yo tenía diez años.
Yo solía pensar que, después de tantos años, el dolor desaparecería.
No lo hizo.
Simplemente aprendí a vivir con él.
Debajo de la fotografía había una pequeña caja de madera.
Era antigua.
Oscura.
Tenía una pequeña cerradura que nunca había conseguido abrir.
Mi madre me la había dejado.
O, al menos, eso me habían dicho.
Durante años pregunté qué había dentro.
Nadie me dio una respuesta.
Mi padre siempre cambiaba de tema.
Mi abuela decía que no debía preocuparme por cosas del pasado.
Y yo, durante mucho tiempo, obedecí.
Hasta que dejé de hacerlo.
Porque esa era la verdadera razón por la que me marchaba.
No era solo porque quisiera estudiar en otra ciudad.
No era porque necesitara independencia.
No era porque quisiera conocer gente nueva.
Me iba porque había descubierto algo.
Algo que mi familia había intentado ocultarme durante toda mi vida.
Y desde el momento en que lo descubrí, ya no pude volver a mirar mi pasado de la misma manera.
Todo comenzó con una fotografía.
Una fotografía que encontré por casualidad.
Recuerdo perfectamente aquel día.
Era una tarde de lluvia.
Había ido a visitar a mi abuela después de mucho tiempo sin verla. Ella estaba ordenando unas cajas antiguas en el sótano de su casa y me pidió que la ayudara.
No me gustaba aquel lugar.
Era oscuro, frío y olía a humedad.
Pero acepté.
Entre libros viejos, ropa que nadie usaba y fotografías familiares, encontré un pequeño álbum.
Lo abrí pensando que encontraría las mismas fotografías que había visto cientos de veces.
Mi madre.
Mi padre.
Mis abuelos.
La familia.
Pero entonces encontré una fotografía que no reconocía.
Era una imagen antigua.
En ella aparecía un grupo de jóvenes frente a un edificio.
Un hotel.
En la parte superior podía leerse un nombre.
Hotel Bellavista.
No sabía por qué, pero algo en aquella fotografía me llamó la atención.
Quizá fue el edificio.
Quizá fueron las personas.
O quizá fue el chico que aparecía al fondo.
Él estaba mirando directamente hacia la cámara.
No sonreía.
Parecía estar esperando algo.
Me quedé observándolo durante varios segundos.
—¿Quién es él?
Mi abuela estaba detrás de mí.
Cuando levantó la mirada y vio la fotografía, su expresión cambió.
Nunca había visto miedo en sus ojos.
Hasta aquel momento.
—¿Dónde encontraste eso?
—Estaba en el álbum.
Mi abuela me quitó la fotografía de las manos.
—No deberías haberla visto.
Aquella frase fue suficiente para que supiera que había algo que no me estaban contando.
—¿Por qué?
—Amelia, olvídalo.
—¿Quién es él?
—No lo sé.
Mentía.
Lo supe inmediatamente.
—Abuela...
—He dicho que lo olvides.
Nunca me había hablado así.
Aquella noche, cuando regresé a casa, busqué el nombre del hotel.
Hotel Bellavista.
No encontré demasiada información.
El edificio había sido construido muchos años atrás.
Había cerrado durante un tiempo.
Después volvió a abrir sus puertas.
Nada especial.
Nada que explicara la reacción de mi abuela.
Hasta que encontré una fotografía.
La misma fotografía.
Pero más antigua.
Y entonces vi algo que hizo que mi corazón se detuviera.
El chico de la fotografía aparecía nuevamente.
La misma cara.
La misma mirada.
El mismo rostro.
Pero esta vez la fotografía era de muchos años antes.
Demasiados.
Pensé que era un error.
Una coincidencia.
Una fotografía mal fechada.
Pero seguí buscando.
Y encontré otra.
Y otra.
El mismo chico.
Siempre él.
Siempre joven.
Siempre mirando hacia la cámara.
Fue entonces cuando comprendí que mi familia sabía algo.
Algo que yo no sabía.
Y necesitaba descubrir qué era.
Por eso, dos meses después, hice las maletas.
Mi padre pensó que me marchaba para estudiar.
Mi abuela pensó que estaba huyendo.
Quizá ambos tenían razón.
Pero ninguno sabía toda la verdad.
Porque antes de irme, encontré una última cosa.
La pequeña caja de madera de mi madre.
Aquella que había permanecido cerrada durante diez años.
La encontré dentro de un armario.
No sé cómo llegó allí.
No sé quién la había movido.
Pero aquella vez, cuando la tomé entre mis manos, descubrí algo que nunca había visto antes.
Una llave.
Pequeña.
Dorada.
Y atada a ella había una etiqueta.
Solo tenía tres números.
307.
No sabía qué significaban.
Todavía no.
Pero sabía una cosa.
Tenía que marcharme.
Así que aquella mañana salí de mi casa con una maleta, una fotografía, una caja de madera y una llave que no entendía.
No sabía que estaba viajando hacia el lugar donde todas mis preguntas tendrían respuesta.
No sabía que el Hotel Bellavista existía.
No sabía que allí encontraría una habitación que no aparecía en ningún plano.
Y, sobre todo, no sabía que el chico de las fotografías estaba esperando mi llegada.
Porque cuando bajé del autobús aquella tarde, lo primero que vi fue el edificio del hotel.
Y lo segundo...
Fue a él.
Ethan Blake.
Estaba de pie frente a la entrada.
Mirándome.
Como si hubiera sabido desde el principio que yo iba a llegar.