Heredero
—Su majestad, la ceremonia está por comenzar.
—Entendido, Salazar. Dame unos minutos.
—Como usted guste.
Salazar, su mayordomo, se retira. Héctor desabrocha su camisa y se mira al espejo.
«¿Por qué fui yo?»
Una vorágine de sentimientos lo invade. Avanza por el enorme salón real, ahora carente de vida. Las marcas en su piel han cicatrizado, pero el dolor interno es lo que lo carcome vivo. Abre el ropero de César, su hermano mayor, y toma sus prendas. Sostiene el atuendo entre sus brazos y recuerda la jovialidad que poseía. Las lágrimas recorren sus mejillas.
«Estabas destinado para esto…»
Sin secarse el llanto, Héctor se viste con el atuendo real. Aturdido, piensa en su infancia: los juegos de pequeño peleando con espadas de madera, discutiendo por qué él no podía ser el heredero. Un recuerdo inocente que ahora lo inunda de amargura.
—No debía ser así… —murmura—. No tenía que terminar así.
Golpean la puerta. Las palabras de su hermano acuden a su mente: El pueblo necesita un rey fuerte. Tú me das la fortaleza que necesito. Héctor se seca las lágrimas y abre las puertas del dormitorio.
—¿Listo? —pregunta Salazar.
Héctor asiente y asciende por las escaleras.
En lo alto del castillo, observa al pueblo de Oradar. Avanza por el balcón silente. Los ánimos de la gente son un reflejo de los de su nuevo rey. El arzobispo lo espera a un lado del balcón, de cara a la multitud. Entre sus manos, sobre un cojín, descansa la corona de plata negra. El prelado comienza el discurso, pero Héctor apenas contempla a las diminutas figuras que murmuran abajo.
—¿Está su majestad dispuesto a prestar el juramento? —pregunta el Arzobispo.
El pueblo contiene el aliento.
«Fue un milagro. Eso cuentan; lo que no dicen es que tú diste tu vida por mí… Yo la daré por tu sueño».
—Estoy dispuesto.
Héctor hinca la rodilla y el arzobispo le coloca la corona sobre la cabeza.
—Di tus palabras —le susurra al oído.
El rey se levanta y se dirige a su gente.
—Todo esto que prometí antes, lo cumpliré y mantendré. Que Dios me ayude a reinar por y para el pueblo. Años de grandeza y abundancia serán mi legado, para todos ustedes.
Los vítores envuelven el castillo.
«Espero que los escuches… donde quiera que estés, hermano».








