Nosgeria
En el océano Índigo se libraba una batalla campal. Nosgeria, la diosa de la Penumbra, había declarado ante los mares que ella era la única y legítima heredera de aquel inmenso mar.
Su desafío provocó que los demás reyes y reinas de los océanos se vieran forzados a una asamblea urgente en el mar Atlántico, buscando desesperadamente llegar a un acuerdo que los beneficiara a todos. Nosgeria los observó durante horas, riéndose de su poca imaginación, de su falta de madurez e incluso de su estupidez.
Todo cambió cuando, desde la gran roca situada al noroeste del mar, hizo su aparición el ser más grande, poderoso y, por demás está decirlo, hermoso que habitaba las aguas de aquel mundo de fantasía. El rostro de los presentes se iluminó con alivio y asombro. El de Nosgeria, sin embargo, se paralizó: jamás había visto semejante criatura, nunca se había fijado en ningún ser... hasta ese momento.
El recién llegado rompió el tenso silencio con su sola y abrumadora presencia.
Ella lo observaba y con palabras directas le dijo:
—Entregaré el mar Índigo a cambio de tu entrega total.
Todos miraron al Dios del Hemisferio Central, reconociéndolo como lo que era: el Rey de Reyes. Él sonrió y la rodeó, envolviéndola con su majestuosa belleza.
—¿Crees que estás a mi altura? ¿Acaso piensas que yo, el ser más importante que habita estos mares, caeré rendido ante ti?
Ella se giró para verlo fijamente y con firmeza le respondió:
—Sí.
Sus cuerpos chocaron en una batalla frenética. Fue un duelo de poder y deseo, de lujuria y pasión. Pelearon durante horas, y luego días. Ninguno de los dos se rindió.
Al quinto día, el Rey de Reyes le pidió tregua. Nosgeria sonrió, sintiéndose triunfadora. Levantó con orgullo su majestuosa figura antes de dictar su condición:
—Devuelvo el mar si tú me entregas tu lealtad, tu pasión, tu entrega, tu amor... y tu sumisión.
—Acepto —dijo el Rey de Reyes.
Todos los presentes, agotados por los días de contienda, se enderezaron de golpe. No podían creer que ella había ganado. Nosgeria sonreía. El Rey de Reyes, sin embargo, la miraba con una expresión que ella no supo descifrar, e ignorante del destino que le había tejido.
Se acercó a ella con sigilo y la envolvió, haciendo que la diosa, embriagada por la victoria, dejara caer el peso de su majestuoso cuerpo sobre la belleza del suyo. Cuando la tuvo completamente entre sus redes, la absorbió por completo, borrando su esencia y sumándola a la suya, lo que lo hizo aún más poderoso de lo que ya era.
Todos lo miraron, no solo con asombro, sino con miedo.
—¿Qué clase de ser tiene ese poder? —preguntó uno de los reyes presentes.
—El que me ha conferido el universo —respondió él.
Desapareció al sumergirse en las aguas del mar Atlántico, llevándose dentro de sus entrañas a Nosgeria y dando por terminada la batalla.
La paz volvió al océano. La calma del mar fue visible, y la soledad prevaleció en medio de las aguas. Nosgeria era una mujer, al fin y al cabo, una mujer llena de pasión que, por caer en las garras del deseo, perdió no solo la vida, sino su inmortalidad y su título de diosa.
El Rey de Reyes ganó de la manera más sencilla: envolviendo a su contrincante en su propia lujuria. El mar nunca más vivió batallas, aunque cuenta la leyenda que, en el fondo, solo se escuchan lamentos provenientes de ella.
DMVM








