Academia Therian by Sebastián at Inkitt
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Academia Therian

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Summary

Val lleva dos días perdida en un bosque después de ser abandonada por su novio. Hambrienta, asustada y sin saber cómo regresar, su suerte parece cambiar cuando aparece Mike, un peculiar youtuber que investiga fenómenos sobrenaturales. Pero Mike no ha llegado al bosque por casualidad. Está convencido de que una extraña criatura merodea por la zona y pretende conseguir pruebas de su existencia durante la próxima luna llena. Obligados a permanecer juntos, Val y Mike deberán sobrevivir a una noche en la que la desconfianza, el miedo y una amenaza cada vez más real pondrán a prueba su incipiente relación. Lo que comienza como el encuentro fortuito entre dos desconocidos se transforma en un thriller sobrenatural que abre las puertas a un mundo oculto tras el cotidiano y da inicio a la relación que constituye el corazón de Academia Therian.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Prólogo

Un bosque aislado. Una chica, vestida solo con un mono negro ajustado y una chaqueta de mezclilla sin mangas, ha estado atrapada durante dos días después de que su novio la abandonara. Está asustada, hambrienta y sedienta. Acaba de ser despertada por un sonido y está en un estado de pánico y desesperación.


I

Pesadilla en el Bosque

—¿Quién eres? ¡Aléjate!

Val estaba acostada bajo un árbol hasta que aparentemente la despertó.

—¿Hola?


El sonido de una rama quebrándose la hizo sobresaltar. Su corazón comenzó a latir con fuerza contra sus costillas, un tamborileo sordo y rápido que resonaba en sus oídos. Los ojos, secos por la falta de sueño y la deshidratación, se abrieron de par en par, escaneando la penumbra verde del bosque. No era su ex. Era un extraño. El miedo, un sabor metálico en la parte posterior de su garganta, se mezcló de inmediato con un destello de esperanza tan intenso que le dolía el pecho.

Se incorporó torpemente, apoyándose en el tronco del árbol. El mono de algodón negro, empapado de sudor y rocío, se pegaba a su piel, delineando cada curva de su torso. La tela fina no dejaba nada a la imaginación, acentuando la redondez de sus pechos y el estrecho contorno de su cintura. No llevaba nada debajo; una distracción constante, un recordatorio de su vulnerabilidad.

—Por favor —su voz salió como un susurro ronco, rasposo por la sed—. No me hagas daño. Tengo… tengo hambre. Y sed.


Tragó saliva, una acción casi dolorosa. Sus labios estaban agrietados.

—He estado aquí… Más de dos días, parece una eternidad. Mi novio… se fue. Me dejó.

Miró al desconocido con una intensidad desesperada. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, pero no para huir, sino para suplicar. Sus manos, sucias de tierra, se retorcieron en su regazo. Sabía cómo se veía: el cabello enmarañado, la ropa pegada al cuerpo, la mirada de animal acorralado. En cualquier otra circunstancia, habría sentido vergüenza. Ahora, esa apariencia era su única moneda de cambio.

—“Haré lo que sea” —dijo, las palabras saliendo en un torrente. —Lo que tú quieras. En serio. Solo… solo ayúdame a salir de aquí. O dame algo de agua. Por favor.


Se inclinó ligeramente hacia adelante, una ofrenda inconsciente. La chaqueta de mezclilla abierta no ocultaba nada. Su respiración era superficial, rápida. En sus ojos no había lágrimas, solo una súplica cruda y absoluta, la mirada de alguien que ha tocado fondo y ha encontrado que el fondo cede aún más.

—¿Por qué acabaste así?

La pregunta la hizo reaccionar. Un rubor de vergüenza, caliente y repentino, subió por su cuello y se extendió por sus mejillas. No era la vergüenza de una mujer atrapada en ropa reveladora, sino la de alguien cuya estupidez había sido expuesta. Bajó la mirada, sus dedos jugueteando nerviosamente con el borde áspero de su chaqueta de mezclilla. El material olía a humedad y a su propio sudor.


—Fue una estupidez —murmuró, su voz aún ronca. —Una estupidez enorme. Él… dijo que quería hacer un viaje por carretera, acampar. Algo espontáneo. Yo solo quería… que estuviera contento. Que no me dejara.

Hizo una pausa, tragando con dificultad.

—Así que vine. Solo con esto puesto.

Hizo un gesto vago hacia su cuerpo.

—Me dijo que fuera a recoger agua, que él preparaba las cosas. Se suponía que más adelante habría un arroyo o algo. No lo encontré, así que me devolví. Pero sorpresa, él se había ido. El auto también. No dejó ni mi mochila. Nada…

Se encogió de hombros, un movimiento pequeño y patético que hizo que la tela del mono se estirara aún más sobre sus pechos. No intentó cubrirse. ¿De qué servía? Su situación era su explicación más elocuente.

—Pensé… pensé que volvería. Que era otra de sus estúpidas bromas. Esperé y esperé… Luego intenté encontrar el camino de regreso, pero todo se veía igual. Me perdí.

Alzó la vista de nuevo, sus ojos verdes buscando los del desconocido con una intensidad febril.

—No soy de aquí. No conozco estos bosques. Dos días… solo bayas, un poco de agua de un arroyo sucio.

Su estómago gruñó en ese momento, un sonido bajo y vacío que parecía eco en la quietud del bosque.

—Por eso… por eso haré cualquier cosa. Lo que sea. No tengo nada más. Solo… esto.

Su mirada no se desvió, ofreciendo todo lo que le quedaba: su cuerpo sumiso, su voluntad rota, su desesperación absoluta.

—No digas eso, cualquiera se podría aprovechar de ti así. Toma, bebe. —Dijo Mike, ofreciendo su cantimplora.


Sus ojos, antes llenos de una súplica desesperada, parpadearon rápidamente. Las palabras del desconocido resonaron en su cabeza, confundiendo sus pensamientos. «Cualquiera se podría aprovechar». Era cierto. Lo sabía. Pero en su estado, el miedo a morir de sed había borrado cualquier otro cálculo. Ver la botella extendida hacia ella desencadenó algo primitivo. Un temblor incontrolable recorrió sus brazos.

—Gracias —susurró, su voz aún más ronca por la emoción.

Sus dedos, fríos y torpes, se cerraron alrededor de la botella. El plástico fresco contra su piel era un shock delicioso. No esperó. Llevó la abertura a sus labios agrietados y bebió con avidez, tragando grandes sorbos que le enfriaron la garganta ardiente y le llenaron el estómago vacío con un peso líquido y frío. Un poco de agua se escapó por su barbilla, corriendo por su cuello y desapareciendo bajo la tela negra de su mono. No le importó.

—Lo sé —dijo finalmente, bajando la botella con un suspiro tembloroso.

Un brillo diferente apareció en sus ojos, menos de pánico animal, más de una claridad frágil y agradecida.

—Sé que cualquiera podría… Pero tú no lo hiciste. Me diste agua.

Se limpió la boca con el dorso de la mano, un gesto infantil. Su cuerpo parecía relajarse un poco, los hombros bajando de su posición tensa. La sensación del líquido en su sistema era casi eufórica, un alivio tangible que calmaba el fuego en su garganta y aplacaba el retorcijón más urgente en su vientre.

—Eres diferente, —continuó, su mirada fija en el rostro del desconocido con una intensidad renovada, pero ahora mezclada con una curiosidad cautelosa.

—No tienes que ayudarme. Pero lo hiciste.

Se mordió el labio inferior, todavía húmedo.

—Así que… lo que dije antes sigue en pie. Pero… pero quizás no de la manera en que pensaba. Haré lo que sea para pagarte esto. Para no ser solo una carga. Puedo… puedo ayudarte con las cosas, llevar algo, o…

Su voz se desvaneció, buscando desesperadamente algo, cualquier cosa, que ofrecer que no fuera solo su cuerpo sumiso. La simple bondad la había desequilibrado, dejándola más vulnerable pero también, extrañamente, más esperanzada.

—Tranquila, no tienes que hacer nada, te sacaré de aquí. Por cierto, soy Mike, y estoy acampando cerca, sígueme y te daré algo para comer. Aunque son solo los restos del almuerzo… pero es mejor que nada ¿no?


—¿Mike? —repitió, como si probara el nombre.

Sonaba sólido. Seguro.

—Gracias, Mike. Haré lo que digas.

Mientras caminaban, sus ojos no se apartaban de él. Observaba sus movimientos, la manera en que revisaba su mochila, evaluaba el claro.

—Puedo ayudar, —dijo— a buscar leña seca. Conozco… conozco qué tipo de ramas no están húmedas por dentro.

Se puso de pie, un poco inestable al principio, apoyando una mano en el tronco del árbol. Las piernas le dolían, pero la promesa de una cena caliente y un lugar seguro para dormir era un combustible más potente que cualquier descanso.

—Dime qué necesitas. Quiero… necesito ser útil.

Su voz era firme, decidida. La sumisión ya no era desesperada, sino activa, entregada. Mike le había dado una dirección, y ella se aferraría a ella con todo lo que le quedaba.

—Claro, no hay problema. Por cierto, ¿cuál es tu nombre?

Un nombre. La pregunta la tomó por sorpresa, como si hubiera olvidado que tenía uno.

—Soy Val, por Valeria —dijo, y el sonido de su propio nombre en sus labios secos le pareció extraño, como si perteneciera a otra persona.

—Val… —Repitió Mike en voz alta, grabando su nombre.

Tras caminar cinco minutos por entre el bosque, ambos llegaron a un claro donde había una fogata, una tienda de campaña y algunos utensilios desparramados.


—Estaremos un poco estrechos hoy, no esperaba tener visitas, así que me traje una carpa pequeña, lo siento.

—No importa, —dijo Val de inmediato. Su voz era un susurro cansado pero firme.

Se dejó caer lentamente sobre un tronco cerca de la carpa, observando cómo Mike encendía la leña. Cada músculo de su cuerpo gritaba, un coro sordo de dolor que emanaba de sus pies hasta la base de su cráneo. El mono negro, ahora frío y húmedo con el sudor secándose, se pegaba a su piel como una segunda capa desagradable. Se frotó los brazos, sintiendo la piel de gallina bajo la tela delgada. No era por el frío de la noche, no exactamente.

El olor a algo que se cocinaba, algo caliente y salado, comenzaba a llenar el aire, un aroma que le hacía contraer el estómago de anticipación.

—Después de estar sola tanto tiempo —continuó, mirando las llamas anaranjadas de la fogata —Cualquier compañía es… buena. Y tú no eres cualquier compañía.

Tragó saliva, su garganta ya no ardía, pero la sequedad persistía.

—Una carpa, aunque pequeña, es un lujo, Mike. En serio.

El burbujeo de la comida en la olla era el sonido más maravilloso que había escuchado en días. Cada chisporroteo le prometía calor, sustancia, vida. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. La chaqueta de mezclilla se abrió un poco más con el movimiento, pero ya no le importaba. La vulnerabilidad había mutado en algo diferente, en una entrega consciente. Él la había visto en su peor momento, hambrienta, sucia, desesperada. Un poco de piel expuesta más no cambiaba nada.


—Me da igual la carpa —murmuró más para sí misma que para él—, con que tenga un techo… y no estar sola…

Sus ojos se posaron en la silueta de la lona, un poco torcida pero firme. La idea de dormir cerca de alguien, de sentir el calor de otro cuerpo después del frío aislamiento, no le producía nerviosismo. Le producía un anhelo profundo y agotador. Esperaba que él no notara lo rápido que latía su corazón ahora, no por miedo, sino por algo que no podía nombrar.

—No es que me incumba, pero… ¿Por qué te abandonó tu novio? —preguntó Mike mientras probaba el estofado para asegurar su sazón.

El aroma del estofado, rico y espeso, llenó el espacio entre ellos. Val observó cómo Mike probaba un bocado, el vapor subiendo hacia su rostro. La pregunta flotó en el aire caliente, directa y sin adornos. No era que le incumbiera, había dicho. Pero había preguntado.


Val se encogió de hombros, un movimiento lento que hizo que la tela del mono se estirara sobre sus hombros.

—Porque era… aburrida quizás… —dijo con una voz plana, casi triste.

—O eso dijo. Que yo solo quería quedarme en casa, ver películas, que no tenía… espíritu de aventuras.

Un destello de algo áspero y caliente le cruzó el pecho, pero se extinguió rápidamente, ahogado por la fatiga.

—Supongo que esta era su “aventura”. Dejarme aquí… vaya espíritu ¿no?

Miró el fuego, las llamas danzando bajo la olla. El calor le llegaba a las piernas, un contraste agradable con el aire fresco de la tarde que empezaba a acabar. Recordó la sensación de encontrarse sola en el bosque. No había habido gritos, ni una discusión final, solo el vacío.

—Creo que solo estaba buscando una excusa —continuó, hablando más hacia las llamas que hacia Mike—. Algo que sonara bien. “Falta de espíritu de aventura” suena mejor que “estoy cansado de ti”.

Se frotó la cara con las manos, sintiendo la suciedad y la sequedad de su piel.

—Así que me trajo aquí, donde no conocía a nadie, donde no había señal. Y se fue. Una acción rastrera hasta para él. Ni equipaje que cargar de vuelta…

Suspiró, un sonido largo y vacío.

—Y aquí estoy… —dijo intentando esbozar una sonrisa— La prueba viviente de lo aburrida que era. Hambrienta, sucia, y solo con este mono sudado.

Al decir esto, un atisbo de ironía seca apareció en su tono. No era alegría, sino el reconocimiento absurdo de su propia situación.

El estofado olía cada vez mejor, un anzuelo tangible en el presente que tiraba de ella lejos de esos recuerdos. Eso era lo único que importaba ahora.

—Dices que desapareció ¿sin más? ¿Y si le ocurrió algo?

Val frunció el ceño, el aroma del estofado mezclándose con el del recuerdo.

—Sí, puede ser, pero eso no quita el hecho de que me abandonó, y eso no se lo puedo perdonar.

Se encogió de hombros, un gesto de impotencia.

—Lo llamé, grité su nombre hasta que me dolió la garganta.

Se pasó una mano por el cabello, notando lo grasiento que estaba.

—Si le hubiera pasado algo, un animal, un accidente… ¿se habría llevado las cosas? No. Si hubiese sido una emergencia me habría avisado. No había señales de lucha, ni de prisa, solo ausencia.

Hizo una pausa.

—Lo busqué, luego se hizo de noche. El primer día no pude dormir, estaba aterrada. No sé por qué eligió este lugar. Tal vez solo era lo suficientemente lejos.

Miró a Mike, las llamas de la fogata se reflejaban en sus ojos. Un sonido seco, casi una risa, se le escapó de la garganta.

—Ni siquiera una botella de agua. Diablos, ¡mi celular! Nada Mike, ¡nada!

Se frotó los brazos, sintiendo el tejido del mono bajo sus palmas. El recuerdo era vívido. La desorientación absoluta.

—Pensé en quedarme junto al camino, si es que había uno. Pero no vi ninguno. Solo más bosque. Así que empecé a caminar, buscando algo, alguien… y terminé aquí, bajo ese árbol después de dos días. Cuando tú me encontraste.

Suspiró, y esta vez el sonido estaba cargado de un cansancio que iba más allá de lo físico.


—Fue una forma muy eficiente de desaparecer de la vida de alguien. Sin testigos, sin rastro.

Val quedó quieta por un momento, el vapor del estofado seguía subiendo entre ellos como una cortina tenue.

Miró directamente a Mike.

—Prefiero pensar que fue un cabrón que planeó esto, a que le pasó algo malo. Es más fácil de digerir. La maldad es más simple que el accidente.

Se encogió de hombros, un gesto final.

—Así que no, no creo que le pasara nada. Creo que simplemente se fue. Y punto.

—Ya veo… Y sin celular, tampoco podías pedir ayuda… Qué estúpido. Si quería terminar debió haber sido lo suficiente hombre y decirlo a la cara.

Val tomó el cuenco de metal que Mike le ofrecía. El calor se filtró a través del fino metal hasta sus palmas, una sensación sólida y reconfortante. El vapor, cargado del aroma a carne y verduras, le empañó la vista por un segundo.


—Aunque hubiese contestado ¿qué le diría? ¿Para rogarle que volviera? ¿Qué me explicara por qué lo hizo? Ya tenía todas las explicaciones que necesitaba. Estaba sola en medio de la nada. El mensaje era bastante claro.

Dejó el tazón sobre sus rodillas, envolviendo sus manos alrededor para absorber el calor.

—Tienes razón— continuó, mirando el contenido de su tazón. —Debió haber sido lo suficientemente hombre. Cara a cara. “Val esto no funciona, adiós”. Eso habría sido… limpio. Doloroso, pero limpio. Esto en cambio…

Hizo un gesto vago con la mano, abarcando el claro oscuro, la carpa y su propio estado.

—Esto es sucio. Es cobarde. Es hacerse el héroe de su propia película triste donde él es el que escapa, y yo soy el paisaje que abandona.

Tomó otro bocado, masticando lentamente. La comida caliente en su estómago vacío era un ancla que la mantenía en el presente, lejos del borde del pánico en el que había estado.

—Pero al final, el resultado es el mismo. Estoy aquí. Él no.

Alzó la vista hacia Mike. Había una fatiga enorme en sus ojos, pero también una claridad fría.

Mike posó una mano sobre el hombro de Val para consolarla.

—Espero que tengas razón, tienes derecho a llorar y cabrearte, a sentirte vulnerable si quieres. Al menos hoy estaré aquí para acompañarte. Y es mejor así, ¿sabes?, permanecer juntos, porque vine a este bosque a hacer un reportaje para mi canal. Hay un rumor circulando sobre este lugar…

—No quiero llorar —murmuró.

Su voz apenas un susurro contra el crepitar de los árboles.

—Ya gasté todas las lágrimas caminando sin rumbo. Solo queda esto…

Hizo un gesto vago con la mano que sostenía el tazón. Agotamiento. Resignación, un vacío extrañamente tranquilo.

Luego abrió los ojos y le miró. Sus palabras resonaban en su cabeza “derecho a sentirse vulnerable”. Nadie le había dicho eso antes. Siempre era un “hazlo bien boba”.

—Gracias —dijo.

La palabra sonó pequeña pero genuina.

—Por estar aquí. Por… no pensar que soy una loca… o una carga.

Luego sus últimas palabras penetraron. Val se quedó quieta. El rumor, un reportaje. No era un excursionista casual, ni un ángel de la guarda. Entendió que Mike tenía un motivo para estar ahí. Un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima, le recorrió la espina dorsal. Dejó el tazón en el suelo cuidadosamente, una parte de ella no quería preguntar.

—¿Un rumor dices?

Su tono ahora cauteloso, alerta. El cansancio retrocedió un paso, dejando espacio a una curiosidad nítida y ligeramente temerosa. Su mirada escudriñó la oscuridad más allá del círculo de luz de fuego. Los árboles parecían acercarse un poco más.

—¿Qué clase de rumor? ¿Algo… malo?

Se volvió un poco más hacia él, su hombro presionando contra su costado. El contacto ya no era solo consuelo; era una necesidad de información, de seguridad.

—¿Por qué viniste aquí solo? ¿Para hacer un reportaje de los bosques más alejados de la civilización?

Mike rió. Se apartó de ella y comenzó a guardar las cosas de comida.

—Verás, tengo un canal en YouTube que se dedica a mostrar cosas de misterio. Leyendas, mitos, cosas paranormales, etc. Hace poco un suscriptor, me mandó unas imágenes y un pequeño video de algo que había sido visto en este bosque… Es difícil de creer en ese tipo de cosas, sobre todo porque nunca sabes a ciencia cierta si están hechos con IA o no. Así que decidí comprobarlo por mí mismo… Pero en vez de encontrar una aterradora criatura, solo encontré a una chica asustada…

Un canal de YouTube. Imágenes. Un video. La explicación era tan mundana, que, por un momento, le restó todo el misterio al bosque oscuro. Val soltó un sonido, una exhalación entrecortada que no era risa.

—Así que no eres mi ángel de la guarda —dijo con su voz baja—Eras un… ¿youtuber?

Las palabras sonaban extrañas en su boca. Como si se refiriera a una especie de bicho raro. Miró la fogata que había encendido Mike. Se sintió aliviada.

—“Solo una chica” —repitió. Y esta vez hubo algo de ironía en su tono.

—Tengo menos rating que un fantasma, supongo…

Se frotó la cara con la mano libre. El cansancio regresaba en oleadas, pero ahora mezclado con algo más: una curiosidad punzante.

—Bueno, ¿qué era lo que vio tu suscriptor? —preguntó sin mirarlo. Su vista a cambio escaneaba los árboles en la penumbra. Cada crujido de una rama, cada susurro del viento, adquirían un nuevo significado ahora.

—¿Puede haber algo que justifique dejarme aquí y huir?

Se volvió hacia él, su movimiento era nervioso, tal vez “algo” acechaba en la oscuridad creciente.

—¿Crees que… que lo que sea que haya aquí, tuvo algo que ver con que él me dejara sola en este lugar?

La pregunta salió en un susurro. No era una creencia, solo una posibilidad horrible y fascinante que su mente exhausta calculaba.

—¿O solo fue una coincidencia muy conveniente para un cobarde?


—No sé si tu novio estaría al tanto o no… Pero si ya llevabas vagando por aquí un par de días y no has visto nada, entonces probablemente solo sea la imaginación de la gente. Además, ¿quién cree en hombres lobo hoy en día? Aunque… Espera, parece que hoy si habrá luna llena…

Val se quedó completamente inmóvil, la palabra “hombres lobo” cayó entre ellos como una piedra en un estanque silencioso. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, erizando el vello de sus brazos bajo la chaqueta de mezclilla.

—¿Hombres lobo?

Su voz sonó extraña, demasiado alta en la quietud de la incipiente noche. Los ojos se le fueron instintivamente hacia el dosel de árboles sobre ellos. Entre las ramas, retazos de cielo oscuro ¿había una luna? No aparecía aún. Pero la idea ya estaba allí. Plantada. Echando raíces de hielo en su estómago.

Su mente nublada por el cansancio empezó a conectar puntos con una velocidad aterradora. Bosque remoto, criatura, luna llena…

—Hoy sí habrá luna llena…

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