Capítulo unico
Estaba con mis padres alistando mis cosas en mi bolso.
—Hija, ¿a dónde vas? —preguntó mi madre. —Ya te lo dije, mamá: me voy a acampar con mis amigas… y unos chicos —le respondí.
Al terminar de alistar mis cosas, me despedí de mis padres. —Adiós, hija. ¿Llevas el gas pimienta, el táser y, lo más importante…? No quiero un nieto —dijo mi padre. —¡Papá, por favor! Ya hablamos de esto. Solo son amigos —le respondí, enojada. —Lo lamento… No quiero que te pase nada. Adiós, te quiero. —Te quiero, papá. Te quiero, mamá —dije, saliendo de casa.
Caminé hacia la calle, dirigiéndome al parque. Me senté en una banca mientras esperaba a mis amigas. Saqué el celular, revisando algunos mensajes y viendo unos videos.
De pronto, alguien me agarró de los hombros, haciéndome saltar del susto. Levanté la mirada: era mi amigo Miguel, acompañado de su novia. La saludé con una sonrisa. Nos quedamos conversando hasta que llegaron mis otras amigas. —¿Bueno, nos vamos? —preguntó Miguel. —Aún faltan los demás —les respondí. Pero nadie me hizo caso, así que me resigné a esperar a los que faltaban.
Después de unos minutos, aparecieron Luis y Carlos. —¿Dónde estaban? —les pregunté, molesta. Ellos comenzaron a darme excusas que no tenían sentido, hasta que me cansé de escucharlos. Sin perder más tiempo, nos fuimos al campo lo antes posible.
Cuando estábamos cerca del campo, pasamos por un puente. Luis se detuvo un momento y lo observó con una expresión curiosa, casi ausente, como si su mente hubiera viajado muy lejos.
—¿Estás bien? —le pregunté, al notar su mirada perdida.
—No, nada… solo un recuerdo. Como un sueño… o, mejor dicho, una pesadilla —respondió con voz baja.
No le di demasiada importancia en ese momento. Vi al grupo ya cerca del camino y tomé a Luis del brazo para alejarlo del puente.
—No nos esperaste. ¿Qué te pasa? —me reclamó, con tono indignado.
—El que se quedó, se quedó —le respondí, sin ganas de discutir. Decidí ignorarlo.
Después de debatir un poco sobre la dirección que tomaríamos, seguimos un camino de piedra que ascendía hacia una colina. El calor y la humedad eran insoportables, y los mosquitos parecían hambrientos; nos picaban sin descanso. Saqué mi repelente y rocié mis brazos y cuello mientras continuábamos.
Al rato, llegamos a una bifurcación: el camino de la derecha subía hacia una loma; el de la izquierda se internaba en un bosque oscuro y espeso.
—Vamos a la derecha, hacia la loma —propuso Miguel, y todos estuvimos de acuerdo.
Seguimos avanzando. A través del rabillo del ojo, distinguí un árbol extraño a un lado del camino: estaba manchado de rojo y tenía una gran “X” marcada en el tronco. Parecía una señal de advertencia, tal vez hecha por leñadores, o algo más antiguo.
Preferí no decir nada.
Continuamos hasta llegar a la cima de la loma. El viento soplaba con más fuerza allí arriba, y algo en el ambiente se sentía… inquietante.
Desempacamos nuestras cosas mientras Luis, Miguel y Carlos se encargaban de montar las tiendas. Decidí dar un paseo, observando el paisaje tranquilo del campo. Sin embargo, en un descuido, tropecé y caí al suelo. Me incorporé rápidamente, pero al mirar lo que me había hecho caer, me llevé una desagradable sorpresa: eran huesos. Un escalofrío me recorrió la espalda. Inquieta, decidí regresar con los demás.
No pasó mucho tiempo antes de que anocheciera. Hicimos una fogata usando papel, leña y ramas secas.
Como no me gusta sentarme en el suelo, saqué una silla portátil y me acomodé. Los demás se sentaron directamente en la tierra. —¿Por qué no te sientas en el suelo? ¿Le tienes asco o qué? —burló Miguel. No me hizo gracia, así que cambié de tema. —Luis, ¿estás bien? Te vi mirando el río de una forma… extraña —comenté.
Luis alzó la mirada, algo sombría. —Lo siento… Es por el crimen de ese joven —respondió. —¿Qué crimen? —pregunté, intrigada.
—Hace tres años, aquí mismo, tres hombres fueron asesinados por un chico... con sus propias manos —explicó Luis, con un tono serio. —¿Y qué pasó con él? Cuéntame más —le pedí, cada vez más interesada.
—La policía lo encontró en ese puente —dijo, señalando a lo lejos—. Le dispararon, y su cuerpo cayó al río. Nunca lo encontraron. Cuando interrogaron a su familia, su hermana les dijo que él era diferente desde niño, que era… especial. De hecho, ella estudió Psicología, y más tarde reconoció que su hermano probablemente tenía autismo o tal vez Asperger. Sus padres hoy se lamentan por no haber comprendido su mundo… ni sus emociones.
—Vamos, ese tipo era un bruto. Se merecía lo que le pasó —interrumpió Miguel con una risa burlona.
—Yo no me reiría —intervino Carlos, bajando la voz—. Dicen que el espíritu de ese joven aún vaga por estos campos. Que deja marcas con una ‘X’ en árboles y piedras… que escribe su nombre con sangre de animales o de viajeros que se atreven a pasar por aquí… y que, entre las hojas y raíces, a veces aparecen huesos humanos mezclados con los de animales.
Mientras los escuchaba, no podía dejar de pensar en aquella marca que vi en el árbol. Un sonido repentino de rocas cayendo me sacó de mi trance. Todos volteamos rápidamente hacia donde se había producido el ruido.
—Voy a ver —dijo Luis, tomando un palo y adentrándose en la oscuridad, al otro lado de la loma.
Miré el fuego titilante, nerviosa. De pronto, un grito desgarrador rompió el silencio: era Luis. De las sombras emergió una figura… no logré distinguir qué era. Sin pensarlo, salimos corriendo cuesta abajo.
Tropecé con unas piedras y rodé varios metros hasta una zona oscura. Me arrastré entre la hierba y me escondí detrás de una roca, conteniendo el aliento.
Los gritos y los sonidos de forcejeo se escuchaban no muy lejos. Me hice una bola, cubriéndome el rostro con los brazos. De repente, todo quedó en un silencio absoluto.
No me atreví a moverme. Sentí una mano posarse en mi hombro. Estuve a punto de gritar, pero esa mano me sujetó con firmeza.
—Soy yo, tranquila —susurró Miguel, arrodillándose junto a mí. Sacó una pistola de su mochila.
—Escucha… iré por ayuda. Quédate aquí —me dijo antes de internarse en la oscuridad.
Escuché sus pasos alejarse. Luego, el eco de unos disparos… y un grito. Me quedé paralizada.
Entonces, se oyeron pasos, lentos y pesados, acercándose. Me tapé la boca con las manos. Una sombra se cernió sobre mí, inmóvil. Escuché cómo olfateaba el aire.
Con rapidez, tomé una piedra y la lancé lejos. El ser pareció seguir el sonido y se alejó.
Aprovechando el momento, me arrastré con cautela, vigilando a mi alrededor. Me puse de pie, pero justo cuando iba a correr, sentí un golpe fuerte en la cabeza.
Todo se volvió negro.
Desperté adolorida, con la vista borrosa. Poco a poco, todo fue tomando forma. Estaba en lo que parecía ser un comedor abandonado. Intenté levantarme, pero no pude: estaba amarrada a una silla. El miedo me invadió.
Miré a mi alrededor, desesperada. Logré sacar un quejido ahogado. De pronto, escuché voces… susurros apagados, y luego, pasos que se acercaban lentamente.
Cerré los ojos, temblando.
—Ssssss… —susurró alguien cerca.
Los abrí de golpe. Frente a la ventana, bañado por la luz de la luna, se alzaba una figura.
Cuando giró su cabeza hacia mí, el miedo me paralizó.
Era un hombre, o al menos lo parecía. Llevaba un saco negro con blanco, dividido a la mitad. Su rostro estaba cubierto por una máscara grotesca con dientes de perro. Unos lentes azules brillaban bajo la luna. Sus pantalones eran negros, sus zapatos blancos, pero toda su ropa estaba sucia, desgastada, rota.
Dio unos pasos hacia mí.
—No… no, aléjate… ¡No me hagas daño! —le grité, temblando.
Se detuvo frente a mí. Me observó en silencio, luego levantó una mano temblorosa y acarició mi rostro con una suavidad perturbadora.
—Linda… —murmuró con voz baja.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Mi mente se llenó de terror. ¿Estaba frente a un psicópata… o a algo peor?
Traté de morder su mano, pero él la retiró justo a tiempo. Observó sus dedos con curiosidad, luego volvió su mirada hacia mí. Inclinó la cabeza como lo haría un animal, con movimientos espasmódicos y una calma inquietante. Entonces se estiró lentamente, como si disfrutara el momento.
Parpadeé varias veces; mis ojos ya se habían adaptado a la oscuridad. Ahora podía ver mejor el lugar: estaba en una enorme mesa cubierta de platos viejos y velas apagadas, como si se preparara una cena olvidada hace años.
Intenté deshacerme de las cuerdas. Me moví con cautela, pero el crujir de la silla lo alertó. Se acercó.
En sus manos traía un plato roto con un trozo de carne sangrante. Lo dejó frente a mí, sin decir una palabra, y se sentó muy cerca. Sentí su respiración lenta y pesada.
—¿Qué quieres? —pregunté con la voz rota por el miedo.
No respondió. Solo me miró fijamente mientras sacaba un cuchillo oxidado de su cinturón. Comencé a gritar, desesperada, pero él ni se inmutó. Simplemente cortó la carne con el cuchillo y, con una paciencia perturbadora, acercó el trozo a mi boca. Me resistí. Lo escupí con asco.
Se levantó en silencio, sin cambiar su expresión. Caminó hacia las sombras, pero dejó el cuchillo sobre la mesa, cerca de mí. Esperé a que se alejara, y entonces, con esfuerzo, me incliné lo suficiente para empujar el cuchillo con el pie, haciéndolo caer al suelo, cerca de mis pies. Lo oculté rápidamente.
Escuché su voz, lejana, hablando con alguien. ¿Había otra persona? ¿O hablaba solo?
Volvió minutos después. Yo temblaba. No sabía si supo lo que hice.
—Por favor… ¿qué quieres? —le pregunté otra vez, casi suplicando.
Se me acercó, y con una ternura siniestra, volvió a acariciar mi cara.
—…Eres… digna —susurró.
Me quedé paralizada.
—¿Eres… Helías? ¿Cadejo?
Al escuchar su nombre, se detuvo. Lentamente, se llevó las manos al rostro y retiró su máscara. Primero vi su boca, luego sus lentes. Finalmente, me mostró su rostro.
Tenía los ojos claros, de un tono café que parecía arrastrar años de tristeza. En la parte derecha de su rostro, unas cicatrices profundas cruzaban su mejilla, como si alguna vez alguien le hubiera golpeado con furia y brutalidad.
Y por primera vez, sentí algo más que miedo.
Sentí lástima.
—¿No me vas a hacer daño? —pregunté con un hilo de voz.
Él negó con la cabeza lentamente, sin quitarme la vista de encima.
—¿Por qué…? —insistí.
—Amor… —respondió con suavidad, como si esa sola palabra lo justificara todo.
—¿Qué te gusta? —preguntó de pronto, con un brillo infantil en los ojos.
Tragué saliva, tratando de mantener la calma.
—Bailar… por favor… quiero bailar —dije, improvisando, buscando distraerlo.
Él giró la cabeza hacia la mesa, buscando el cuchillo que había dejado. No lo encontró.
—Te lo llevaste —mentí, tratando de sonar inocente.
Pareció creérmelo. Sin decir nada, sacó otro cuchillo de su cinturón, uno más pequeño, y cortó las cuerdas que me ataban. Luego me tomó de la mano para ayudarme a ponerme de pie.
—Hermosa… —susurró, con una mezcla de ternura y obsesión.
—¿Qué música te gusta? —preguntó con una sonrisa torcida.
—Necesito mi celular —le dije.
Asintió, se alejó unos pasos y, antes de desaparecer entre las sombras, dijo:
—Quédate aquí.
Lo vi marcharse. Apenas se perdió de vista, me agaché rápidamente y recogí el cuchillo que había escondido antes. Me lo guardé en la parte trasera del pantalón, oculta por la camisa.
Poco después, volvió cargando todos los bolsos de mis amigos.
—¿Cuál es el tuyo? —preguntó.
Le señalé el mío. Él lo tomó, lo abrió, y me pasó el celular. Lo encendí y puse una canción de la galería, algo lento, suave… algo que pudiera mantenerlo calmado.
Cuando la música empezó a sonar, él extendió su mano hacia mí con una reverencia teatral.
—¿Me darías esta pieza… ángel?
Le di mi mano, y al ritmo de la música sentí como si cayera en un vacío de oscuridad. Era como si nuestros movimientos fueran el reflejo de una danza entre la luz y la sombra, él y yo sincronizados bajo la única luz de la luna que nos iluminaba. En un momento, sin aviso, él lamió mi mejilla.
Ese gesto me sacudió.
Sin pensarlo, saqué el cuchillo que escondía, pero él reaccionó al instante. Me sujetó la muñeca con fuerza.
—Sabía que lo tenías… —susurró con una sonrisa torcida.
Me torció el brazo hasta que el cuchillo cayó de mi mano con un golpe metálico. Luego me lanzó con violencia contra una pared. Caí al suelo aturdida, el cuerpo dolorido, la respiración entrecortada.
Vi que se acercaba, agarrando un bastón oxidado del rincón.
La desesperación me hizo reaccionar: saqué el gas pimienta de mi bolsillo y lo rocié directo en sus ojos. Gritó, tambaleándose, y en ese momento aproveché para sacar el táser. Lo electrocuté sin piedad. Su cuerpo cayó al suelo, temblando.
No lo pensé dos veces. Salí corriendo de la casa. En la carrera tropecé con un bote de gasolina. Lo levanté con manos temblorosas, lo destapé y rocié el interior de la casa, dejando que el líquido empapara la madera vieja.
Él se arrastraba entre el humo, sus ojos rojos y llenos de rabia.
—Muere… —susurré con los dientes apretados, golpeando dos piedras hasta que surgió una chispa.
El fuego prendió de inmediato. Las llamas comenzaron a devorar la casa. El cadejo me miraba desde dentro, inmóvil, su silueta fundiéndose con las sombras.
Salí corriendo sin mirar atrás. El bosque parecía no terminar nunca. Tropezaba con raíces, ramas, piedras, pero no me detenía. Seguí hasta ver a lo lejos un camino de piedras… y más allá, las luces del pueblo.
No sé cuánto tiempo corrí, pero cuando llegué al viejo puente, mis piernas cedieron. Caí de rodillas al suelo, jadeando, con el cuerpo temblando.
Intenté levantarme.
—No hay retorno… —escuché detrás de mí.
Me giré, y allí estaba él: el cadejo. Su ropa estaba calcinada, la máscara quebrada, pero sus ojos seguían inexpresivos, como si la humanidad se hubiera perdido para siempre. Comenzó a caminar hacia mí, arrastrando los pies. En sus manos aún llevaba aquel bastón ennegrecido.
—Por favor... no... —le imploré, entre lágrimas.
No respondió. Solo siguió avanzando.
Entonces, una voz rompió el silencio:
—¡Helías!
Él se detuvo. Giró la cabeza.
Desde la oscuridad apareció un automóvil. Las luces se encendieron, y de él bajó una mujer, acompañada de una pareja. La mujer corrió hacia él.
—¡Hermanito loquito! —gritó, con lágrimas en los ojos.
Helías dejó caer el bastón. Sus hombros se relajaron. Corrió hacia ella y la abrazó con fuerza, como un niño perdido que por fin encuentra el camino a casa.
Varias patrullas llegaron poco después, con luces rojas y azules destellando entre los árboles.
No entendía nada. Me recogieron del suelo justo antes de que mi visión se nublara. Lo último que vi fue la silueta de Helías arrodillado, abrazado a su hermana bajo la luz de la luna.
Cerré los ojos.
Habían pasado varios días desde aquella noche.
Permanecí en casa, rodeada de mis padres. La policía encontró los cuerpos de mis amigos en el bosque. La noticia estremeció al pueblo. Los padres exigían justicia… o venganza. Querían la muerte de Helías.
Pero no se pudo.
El diagnóstico fue claro: Helías fue declarado inimputable. Lo enviaron a un asilo psiquiátrico de alta seguridad, donde permanecerá los próximos 23 años. Tras hablar con sus padres y con su hermana, entendí algo que me marcó: Helías no era simplemente un monstruo. Era alguien que solo quería ser amado… comprendido… alguien que nunca recibió ayuda a tiempo.
Ahora, al menos, está en un lugar donde no podrá hacerle daño a nadie.
En su celda acolchada, Helías permanecía sentado, con la mirada perdida en las paredes blancas. Se giró lentamente.
Frente a él, en la penumbra, estaba la mujer cadejo.
—Fallé… —susurró.
—No importa. Siempre estaré aquí contigo —respondió ella con una sonrisa extraña.
Helías la abrazó, hundiéndose en su pecho como un niño. Desde la sala de vigilancia, los guardias miraban las cámaras con el ceño fruncido.
—¿Está… hablando solo? —preguntó uno, confundido.
Pero en la pantalla, nadie más aparecía.
Solo Helías… abrazando a la nada.
Fin.








