Capítulo 1: Septiembre, por si mañana no estoy.
Sentía la cabeza como si un grupo de percusión estuviera ensayando dentro de mi cráneo.
Abrí un ojo con esfuerzo, pero la luz que filtraba la persiana me atravesó las pupilas como dos agujas incandescentes. Maldije en voz baja. La boca me sabía a cenicero quemado y a arrepentimiento, una mezcla clásica tras la noche anterior. Volví a cerrar los ojos buscando aire, pero lo único que inhalé fue el tufo a marihuana que impregnaba las sábanas, mi pelo y básicamente cada rincón de la habitación.
Miré de reojo el escritorio: montones de apuntes subrayados con fosforito, folios arrugados y los libros de texto del último curso de la ESO abiertos de par en par. Llevaba encerrada todo el puto verano tragando materia para los exámenes de recuperación de septiembre. Si aprobaba todo esta semana, por fin me graduaba. Casi dieciocho años a cuestas —a solo dos días de cumplirlos oficialmente— y seguía atrapada en este instituto de mierda mientras el resto del mundo avanzaba.
Me di un descanso el finde para salir de fiesta y liarla; al fin y al cabo, algo muy dentro de mí me decía que iba a aprobar todo. Mireia y Laia, mis mejores amigas, no necesitaron mucho para convencerme. Una cerveza en el parque para «despejar la mente antes del examen» se convirtió en varios porros, risas descontroladas y perder la noción del tiempo hasta las tantas.
Un portazo en la planta baja me hizo dar un brinco en la cama, y el dolor de cabeza se multiplicó por diez.
—¡Sienna! ¡Son las siete y media! ¡Como te vuelvas a quedar dormida el día del examen te juro que no respondo! —el grito de mi madre retumbó desde la cocina, acompañado del tintineo desquiciante de las tazas de café.
Me tapé la cara con la almohada y solté un gemido de pura agonía.
Me incorporé despacio, sintiendo un mareo fatal, y busqué a ciegas en la mesita de noche hasta dar con el móvil. La pantalla media rota mostraba varios audios de Mireia que no me atrevía a escuchar todavía y un mensaje en blanco de un número no guardado.
Giré la cabeza hacia el espejo frente a la cama y me enfrenté a la cruda realidad: máscara de pestañas corrida, pelo enredado y la camiseta del revés.
—Aprobamos o morimos en el intento —murmuré para mí misma con todo el sarcasmo del que fui capaz.
Me levanté lo mas rapido que mi cuerpo me dejaba, pero si fuera por mi me hubiese quedado en la cama, llevaba una resaca del carajo pero estaba ista para ponerme lo primero que pillara, vaciarme medio bote de perfume encima para camuflar el olor y poner mi mejor cara de «hija responsable» ante mis padres antes de salir hacia el examen.
Puse un pie fuera de la cama y el mundo me dio un giro de trescientos sesenta grados. Con paciencia y mucho esfuerzo, me arrastré hasta el armario, cogí una sudadera ancha, unos vaqueros y me los puse como pude. Me eché casi medio bote de colonia en el cuello para disimular la peste a humo, me pase un peine rápido por las marañas del pelo y bajé las escaleras intentando no hacer ruido.
Al llegar abajo, el olor a tostadas y café recién hecho inundó la cocina. Mi madre estaba de pie junto a la encimera, de espaldas, ordenando los platos del desayuno.
—Hasta que te dignas a bajar —dijo sin volverse, sirviendo una taza humeante—. Tu padre ya ha salido a llevar a tu hermana al colegio, así que menos mal que no ha visto la cara asquerosa que me llevas.
Solté un suspiro de alivio en silencio. Una bronca matutina de mi padre a estas horas me habría derretido el cerebro del todo.
—Estaba repasando mentalmente, mamá —mentí con la cara más seria que pude poner, dejándome caer sobre la silla con cuidado para que no se me saliera la cabeza por las orejas.
Mi madre se giró, me clavó una mirada analítica que me heló la sangre y dejó la taza sobre la mesa. Se inclinó un poco hacia mí, arrugando la nariz.
—Tienes una cara terrible, Sienna. Y huele... raro. ¿A qué hueles?
—A perfume, mamá. Me he echado un poco —respondí esquivando su mirada mientras cogía una tostada para tener la boca ocupada.
—Pues parece que te has bañado en él —murmuró suspirando, mientras cruzaba los brazos sobre el pecho—. En fin, no quiero discutir hoy. Sabes perfectamente lo que hay en juego en ese examen. Llevas todo el verano encerrada en esa habitación y como no apruebes no sé qué vamos a hacer contigo. Tienes diecisiete años, a punto de cumplir los dieciocho, y ya va siendo hora de que espabiles y te tomes las cosas en serio.
Escuchar el sermón con la resaca retumbándome en las sienes era una tortura medieval, pero solo asentí rápidamente, tragándome el pedazo de pan tostado casi sin masticar.
—Que sí, mamá, de verdad. Lo tengo bajo control —dije levantándome de golpe, lo que me provocó otro leve mareo. Cogi la mochila que estaba tirada junto a la puerta—. Me voy ya o voy a llegar tarde.
—¡Sienna! —me llamó antes de que abriera la puerta de la calle—. Suerte, te amo. Demuéstrame que este verano ha servido de algo.
—Tranquila, que apruebo seguro —le solté con una sonrisa rápida antes de cerrar de un portazo y salir a la calle, respirando por fin el aire fresco de la mañana.
Saqué el móvil mientras caminaba a paso ligero. Era jueves. Si hoy clavaba el examen de recuperación, el fin de semana sería una celebración redonda: me quitaba de encima la ESO de una vez y el sábado cumplía los dieciocho. Además, las chicas y yo llevábamos semanas planeando la fiesta. Pero para disfrutarla, necesitaba salir hoy con un aprobado.
Puse el primer audio de Mireia:
—Sienna, tía, cuando te despiertes llámame —decía la voz acelerada de mi amiga entre el ruido de la noche anterior—. Apareció Andreu de la nada con su grupito de pijos .. esos tres gilipollas racistas que no paraban de soltar comentarios. Te diste tres caladas al porro, dijiste "ahora vuelvo" y te fuiste con él. Te perdimos el rastro hasta que te fuiste a casa.
Tragué saliva. Andreu. Apenas iba a cumplir los dieciocho y él rozaba los veintisiete. Cortamos hacía tres meses porque paso “ algo “ que jodió la relacion. Además, aguantar a sus amigos era insoportable. Tengo rasgos latinos, porque mis madre es latinoamericana,algo que a sus amigos les encantaba usar para soltar pullas.
La verdad es que me daba exactamente igual haber cortado con Andreu, había olvidado por completo el guantazo que me dio aquella primera vez mientras sonaba de fondo mi rap favorito de Los Aldeanos. Aún me acuerdo de ese momento exacto: sonaba Por si mañana no estoy y yo tarareaba la letra mientras me evadía en mi mente, imaginando que estaba con Aldo, escapando a un lugar bonito, bailando por Cuba y planeando una ruta por toda Latinoamérica. En ese instante, la voz de Aldo hizo que dejara de sentir miedo por un segundo. El golpe físico ni me dolió, pero ¿cómo coño le explicaba a lo que se rompía dentro de mi corazón que dejara de doler? Lo que me tenía desquiciada, la única razón por la que anoche acabé con él y por la que aún le seguía el juego, no era ni el arrepentimiento ni la nostalgia. Era puro pánico.
Andreu guardaba en su teléfono más de veinte vídeos íntimos explícitos míos. Grabaciones cuando estábamos juntos, en todas las posiciones imaginables. Si esos vídeos salían a la luz, mi vida se acababa antes de cumplir los dieciocho. Me daba igual su grupo de amigos, la diferencia de edad y la rabia que me daba volver a verle la cara: nada en este mundo era más importante que conseguir su móvil y borrar hasta el último de esos archivos para siempre.
—Sienna, la profesora ya está abriendo el aula —me avisó Laia, dándome un toque en el hombro.
—Luego os cuento —murmuré, guardándome el móvil en el bolsillo mientras sentía una presión en el pecho que no tenía nada que ver con los nervios del examen.
Entramos en clase, me senté en mi mesa y esperé a que repartieran los folios. Tenía por delante hora y media para jugarme el aprobado de la ESO, con la mente puesta en el examen y en la cuenta atrás para recuperar mi libertad.
Entregué el examen una hora y media después con las manos temblándome. Sabía que no iba a aprobar. Había contestado a todo de una forma confusa; el huevón de Andreu me había robado en un segundo todo lo que pasé el verano estudiando.
Al salir, Mireia y Laia me agarraron del brazo y me llevaron hasta los bancos del patio.
—Sienna, estás pálida. ¿Qué coño pasó anoche? —insistió Laia.
Tomé aire y, sin poder contenerlo más, se lo conté todo en un susurro desesperado:
—Tiene más de veinte vídeos íntimos míos. Grabaciones explícitas de cuando estábamos juntos. Si no consigo su móvil para borrarlos, mi vida se acaba antes de cumplir los dieciocho.
Mireia y Laia se miraron, pasando de la sorpresa a la rabia contenida en un segundo.
—Ese hijo de puta no va a arruinarte —dijo Mireia apretando los puños—. El sábado es tu cumpleaños y la fiesta se hace en tu casa. Él va a venir porque cree que tiene poder sobre ti.
—Ahí es donde lo acorralamos —añadió Laia con determinación—. Entre las dos lo distraemos y tú le quitas el teléfono. Le borras hasta la última copia de seguridad.
Asentí, sintiendo un escalofrío por la espalda. El sábado por la noche no solo celebraría mis dieciocho años; me jugaba mi libertad y mi tranquilidad.








