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Mi profesora se ha enamorado del conserje

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Summary

Valeria Olivares tiene diecinueve años, cinco años de experiencia como profesora y una vida perfectamente ordenada. O eso cree. Todo empieza a complicarse cuando Ramiro llega como nuevo conserje al prestigioso Colegio de Élite Episteme. Es amable, educado, responsable, exageradamente fuerte y posee una curiosa habilidad para interpretar cualquier expresión de la forma más literal posible. Valeria, por supuesto, no tiene ninguna razón para fijarse más de la cuenta en él. Ninguna. Mientras intenta educar a un grupo de alumnos tan entrañable como excéntrico, sobrevivir a un comedor donde el chef asegura que no sirve almuerzos, sino que regala cultura, y mantener la calma ante un director convencido de que cualquier contratiempo puede acabar con su salud, Valeria descubrirá que algunas cosas son mucho más difíciles de organizar que un salón de clases. Especialmente los sentimientos. Porque en el Colegio de Élite Episteme lo imposible ocurre todos los días y nadie parece encontrarlo demasiado extraño. Que una profesora termine enamorándose del conserje quizá sea, después de todo, lo más normal que podría pasar.

Status
3h ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

En una mañana soleada, Valeria cruza la puerta principal del Colegio de Élite Episteme con su inseparable bolso al hombro y varios libros entre los brazos. Saluda alegremente al vigilante, alzando una mano y regalándole una sonrisa. Los rayos del sol se reflejan por un instante en sus lentes de marco color cereza mientras avanza por el sendero empedrado que atraviesa el largo jardín.

A sus diecinueve años, tiene la vida prácticamente resuelta: es profesora de un prestigioso colegio y acumula cinco años de experiencia como maestra. Sin embargo, Valeria es extremadamente pobre: llega todos los días al colegio en autobús. Sí, leyeron bien: ¡en autobús!

Además, carga con el estigma de seguir utilizando un iPhone 12 en pleno año 2026.

Contra todo pronóstico, Valeria no parece afectada por semejantes carencias. Camina alegre y despreocupada cuando una mariposa revolotea sobre su cabeza.

—Buenos días, señora mariposa —le dice sin dejar de caminar—. Qué ligera y colorida luce usted hoy.

Mientras observa a la mariposa alejarse en dirección contraria, llega al vestíbulo. Allí la espera el director Ignacio Balmaceda.

—¿Qué pasó, Valeria? Faltan diez minutos para las ocho de la mañana —dice mientras observa su reloj con nerviosismo—. ¿Qué dijimos sobre llegar temprano?

Si Laura Rodríguez, la profesora que estuvo antes que Valeria, se encontrara en su lugar, repetiría la misma excusa de siempre. Llegaba tarde constantemente: a veces con dos horas de retraso; otras, a las nueve de la noche, cuando el vigilante se estaba preparando para la siesta. Había ocasiones en que llegaba a las siete y cincuenta de la mañana, pero con dos días de retraso. Su excusa siempre era la misma: «El tráfico es espantoso. Una hace todo lo posible por llegar temprano, pero no… no se puede».

Esa excusa tan bien formulada siempre dejaba sin palabras al director Balmaceda.

No obstante, Valeria dice algo completamente diferente.

—Discúlpeme, señor director. Le prometo que no volverá a ocurrir. Sé que debemos llegar temprano y con el mejor de los ánimos para dar unas buenas cla…

—ses… —completa Balmaceda después de unos segundos de silencio—. Valerita, por favor, apresúrese. Los alumnos llegarán en cualquier momento.

La profesora se adentra en el edificio y camina a paso rápido por el pasillo principal hasta llegar al área donde se encuentran las aulas. Se detiene frente al aula 106, abre la puerta y entra.

El aula está equipada con pupitres amplios para alumnos de último año, aunque todo lo demás parece pertenecer a una escuela primaria. Las paredes están decoradas con carteles de colores, letras de cartulina y mensajes como «Todos podemos aprender» y «Hoy será un excelente día».

Valeria también ha colocado un calendario con figuras adhesivas, un panel para exhibir los mejores trabajos de la semana y una cartulina con estrellas donde registra la buena conducta. Ninguno de sus alumnos ha protestado por la decoración. A su edad, ya son lo bastante maduros para comprender que recibir una estrella dorada sigue siendo un honor.

Sobre el escritorio de Valeria, junto a las carpetas y materiales de clase, descansa una pequeña maceta con un frondoso helecho.

—Buenos días, señor Helecho —dice Valeria mientras se acerca a su escritorio y deja los libros sobre él—. ¿Cómo está el día de hoy?

Después de colgar su bolso en el perchero, la joven profesora vuelve rápidamente la cabeza en dirección a la maceta y se queda observándola fijamente. Su rostro palidece un poco.

El momento es interrumpido por un creciente bullicio. Son los alumnos que, en medio de risas y charlas, entran al salón y se acomodan en sus respectivos pupitres.

Cuando todos están sentados, el semblante de la profesora cambia.

—Buenos días a todos mis alumnos y alumnas. Estamos aquí para aprender, ser felices y tener un grandioso…

—…día —contestan todos a unísono.

—¡Excelente!

Valeria regresa a su escritorio y toma una carpeta de pasta dura: la lista de alumnos. Tras abrirla, empieza a tomar asistencia.

—Ariza.

Chip Ariza se levanta y sale de su pupitre por el lado izquierdo. A los pocos segundos se da cuenta de su error y se vuelve a sentar. Luego vuelve a ponerse de pie y sale por el lado derecho.

—¡Presente, querida profesora! Hoy usted luce mejor que ayer, pero no tan bien como lucirá mañana.

Chip y sus infaltables gorras. Tiene una colección de ochenta y seis... u ochenta y siete. Es difícil llevar la cuenta cuando alguien cambia de gorra varias veces al día.

Valeria le devuelve una sonrisa cordial y Chip toma asiento.

—De los Valles.

Samantha de los Valles está absorta revisando su cuenta de Instagram en su flamante iPhone 17 Pro Max. Es una influencer de gran éxito y cuenta con ciento cincuenta y cuatro mil quinientos ochenta y seis seguidores. No los conté, pero creo firmemente que la cifra es correcta.

Al escuchar la voz de Valeria, Samantha deja el teléfono sobre el pupitre y se levanta al instante, acomodándose su largo cabello rubio detrás de la oreja.

—¡Presente!

—Bien, Sammy, toma asiento.

La muchacha le devuelve una sonrisa y se sienta. Toma su teléfono y sigue en lo suyo.

—Ferrari.

Un silencio se apodera del aula.

Al poco tiempo, todos los alumnos empiezan a mirarse unos a otros y a preguntarse entre sí: «¿Quién es Ferrari? ¿Hay alguien con ese apellido en el salón?».

Una joven pelirroja, de cabello casi color naranja, que hasta hace un momento dibujaba en un cuaderno, levanta tímidamente la mano.

—Pre… pre… presente, profesora…

Nicoletta Ferrari es, con toda seguridad, la alumna más llamativa del colegio. Creo que me estoy quedando corto: es la más llamativa de todos los colegios y probablemente de todo el país. Pero, por alguna razón, nadie en el aula recuerda que existe.

Ahora que lo pienso, yo tampoco la recordaba.

—Muy bien, Nicoletta, puedes bajar la mano.

Valeria vuelve a revisar la lista.

—Fuentes.

Detrás del pupitre de Samantha se encuentra Abril Fuentes. Ella también es influencer… o al menos lo intenta. En este momento solo cuenta con treinta y cuatro seguidores en su cuenta de Instagram. Sí, esta vez sí los conté.

—Buenos días, mis chiquilines —dice mientras sostiene su teléfono frente a ella y se acomoda ligeramente el cabello negro—. Este reel se titulará: un nuevo día de clases.

—Abril… por favor, no me grabes —comenta Samantha sin siquiera voltear.

—Tan solo se ven cinco centímetros de tu cabello —responde Abril.

—Esos cinco centímetros son marca registrada. Mis seguidores los reconocerían y te podrían funar.

—Fuentes —repite Valeria.

Abril detiene la grabación, se levanta del pupitre y, un poco avergonzada, dice:

—Presente, profesora.

—Toma asiento, Abril, y, por favor, no estés grabando videos en clase.

—Es que los videos grabados en el aula tienen un enorme potencial viral…

Al observar a Valeria de pie y con una actitud seria, Abril cede.

—Está bien, profesora, no volverá a ocurrir —dice mientras toma asiento.

—Jurado.

Daniel Jurado se levanta rápidamente del asiento y, utilizando su mano derecha a modo de micrófono, comienza a improvisar.

—Yo, yo, yo, yo… buenos días, profesora Valeria, quien llena este salón de mucha alégria. Con su sonrisa alegra a la gente y también usa mucho detergente.

DJ sube constantemente sus improvisaciones a YouTube. Sus videos generalmente reciben numerosos comentarios negativos, probablemente escritos por gente incapaz de reconocer el verdadero talento, porque a mí me encantan sus rimas.

—Muy bien, DJ, pero la… la… rima no era necesaria.

—Es que estaba inspirado, profesora, y me salió del corazón.

—Está bien, toma asiento —concluye Valeria antes de continuar con la lista—. Salvatierra.

Lucía Salvatierra se levanta de inmediato, siempre pulcra y con una sonrisa amplia decorada por unos brackets que muestra con orgullo.

—¡Presente, profesora Valeria!

Lucía sueña con ser escritora y tiene gran talento para ello. Constantemente repite que las redes sociales son una pérdida de tiempo; sin embargo, publica alegremente sus historias en Inkitt.

—¡Esa es la energía que me gusta! —exclama Valeria—. Puedes sentarte, Lucía.

—Profesora, profesora —alcanza a decir Lucía antes de tomar una bocanada de aire y continuar—. He conseguido la edición de bolsillo de En busca del tiempo perdido.

—De… de… ¿bolsillo? —Valeria mueve la cabeza, confundida—. Después hablamos de eso.

Hace una pausa, tratando de asimilar lo dicho por Lucía, luego continúa.

—Sotelo.

—No ha podido venir hoy —dice Samantha—. Tiene caries abdominal. El médico le prohibió asistir a clases.

—Uy, pobrecito —comenta Valeria—. Espero que se recupere pronto.

Vuelve a la lista y señala el último apellido con el dedo índice.

—Von Strauss.

En uno de los últimos pupitres se encuentra sentado de manera despreocupada un joven de cabello negro y largo. Viste de manera sumamente intimidante, con púas por todas partes. Tiene puestos unos audífonos de diadema y mueve las manos como si estuviera tocando una batería imaginaria. Cualquiera imaginaría que ignorará por completo a la profesora y seguirá moviendo las manos hasta que alguien tenga que intervenir. Klaus hace exactamente lo contrario.

Al oír su apellido, se quita rápidamente los audífonos y se pone de pie, completamente erguido, con ambos brazos pegados a los costados.

—Presente, profesora Valeria. Espero que haya tenido un fin de semana excelso.

Tengo que mencionar que, si alguien se acerca lo suficiente a Klaus, puede notar que todas las púas de su chaqueta y accesorios tienen protectores de silicona.

—Gracias, Klaus… eh… puedes tomar asiento.

Una vez que termina de pasar lista, Valeria vuelve a fijar la vista en el señor Helecho. Toma una jarra de vidrio vacía de su escritorio y dice lo siguiente:

—Muy bien, ya estamos listos para iniciar la clase de hoy. Por favor, abran sus mochilas y saquen sus cua…

—…dernos —responden todos al unísono.

—¡Excelente! Mientras abren sus cuadernos con delicadeza, yo voy a salir por unos minutos. No demoro.

Valeria abandona el salón y se encamina directamente a la sala de profesores lo más rápido que puede. No obstante, al pasar por el patio, se percata del altercado que tiene lugar en aquel momento.

—¡Es usted un sátiro, Manuel! —grita Balmaceda—. ¿Cómo se le ocurre faltarle el respeto a Lupita de esa manera?

Manuel Arrieta trabaja como conserje del colegio. Es un hombre extraño que generalmente camina encorvado. El problema de su espalda se soluciona solo cuando aparece Lupe. Instantáneamente adquiere una postura erguida que muchos galanes de telenovela envidiarían.

—Yo no le falté el respeto, director —responde Manuel—. Tan solo le dije que me gustaba y la invité a salir, eso fue todo.

—¡Precisamente por eso le digo que es un sátiro! Lupe solo tiene veinte años. ¿Cómo se atreve a decirle eso a una mujer que bien podría ser su hija?

—Tengo veintiocho, señor director —dice Lupe mientras juguetea con un lapicero.

—¿Eso quiere decir que tengo una posibilidad? —pregunta Manuel con una sonrisa.

—Ay, no —se apresura a decir Lupe.

—La única posibilidad que tendrá es el despido, Manuel —dice el director—. Su función es mantener el colegio en buen estado y usted pasa más tiempo coqueteando con la secretaria del director que cumpliendo con su trabajo.

—Pero no le voy a cobrar por eso. El coqueteo es cortesía de la casa.

—¡Queda despedido, Manuel! —exclama Balmaceda—. Recoja sus cosas y abandone el plantel educativo.

—¡Esto no se va a quedar así, Balmaceda! ¡Volveré para vengarme de usted! —grita Manuel—. Y tú, Lupe, mi querida Lupita, no me daré por vencido hasta que te cases conmigo.

El conserje se da la vuelta y se va en dirección al cuarto de limpieza. Cuando está cerca de Valeria, se detiene y le dice:

—Ah, y no me olvidé de regar ese helecho, simplemente no me dio la gana.

Valeria lo observa con tristeza hasta que desaparece. Mientras reanuda su camino, se topa con el director.

—¡Ay, Valeria, me va a dar algo, me va a dar algo! —repite—. Nos quedamos sin conserje, debo conseguir uno para mañana antes de que el señor rector se dé cuenta.

Al ver la jarra que Valeria lleva entre las manos, pregunta:

—¿Y esa jarra? ¿A dónde la lleva?

—Quiero llenarla con agua fresca para darle de beber al señor Helecho. Por más que le rogaba a Manuel que lo hiciera los fines de semana, nunca lo hacía. Pensé que se le olvidaba, pero… pero hoy me dijo que no lo hacía porque no le daba la gana.

—Por suerte, ese tipo ya no trabaja aquí —dice Balmaceda—. Así que tranquila. Vaya y llene esa jarra con agua y regrese al salón, por favor, Valerita. No tiene idea de lo que son capaces de hacer sus alumnos si la profesora no está. ¿Qué tal si les da por jugar a dejar de respirar? Si alguno se asfixia, podrían demandarnos.

Minutos después, Valeria regresa al aula sosteniendo con cuidado una jarra llena de agua fresca. Entra procurando no derramar ni una sola gota y camina directamente hacia el señor Helecho para darle de beber.

Manuel Arrieta, el ahora exconserje, recoge sus cosas y abandona el colegio a paso lento y completamente encorvado. Cuando la reja principal se cierra tras él, permanece largo rato sosteniendo los barrotes como si se tratara de un presidiario.

Fuera del incidente del conserje, el resto del día y las clases transcurren con normalidad.

Al día siguiente, Valeria llega más temprano que de costumbre y se enfila directo al aula 106. Mientras camina, se acomoda los mechones un tanto rebeldes de su cabello castaño y endereza sus gafas de marco color cereza.

Cuando la joven cruza el patio, observa una escena que la hace detenerse por un momento.

De pie se encuentra un hombre alto, de unos veinticuatro años y aproximadamente un metro ochenta y cinco de estatura. Viste una camisa celeste ligeramente ajustada. El pantalón de corte clásico y los zapatos negros impecablemente lustrados terminan de darle un aspecto elegante. Su cabello negro cae ordenadamente hasta los hombros y una barba perfectamente cuidada enmarca un rostro que bien podría haber servido para ilustrar un calendario o la portada de una novela romántica.

Balmaceda se acerca a él y, después de observarlo de pies a cabeza, le dice:

—Bien, muchacho… dígame, ¿cuál es su gracia?

—De nada.

—¿«De nada»? ¿Así se llama usted?

—No, señor. Me llamo Ramiro. Creí que usted me había preguntado cuál era mi «gracias», por eso respondí «de nada».

—Ay, esta juventud de hoy no puede entender una simple expresión coloquial —dijo Balmaceda, llevándose las manos al rostro—. ¿Apellido?

—Mmm… no lo sé.

—Nolosé… es un apellido un tanto extraño, pero ya lo había escuchado antes. Bueno, ¿tiene experiencia como conserje?

—Ninguna, señor. Pero puedo aprender.

—¿Al menos sabe agarrar bien una escoba?

Recostada contra una pared cercana, hay una. Ramiro la toma con las cerdas apuntando hacia arriba y regresa al lugar donde estaba.

—Eso es muy fácil, señor director. Así se agarra.

—Está al revés, Ramiro. ¿Cómo pretende usted barrer con la escoba en esa posición?

Ramiro observa la escoba por unos instantes y, sin inmutarse, responde:

—Es que a mí me gusta barrer primero el techo y después el piso.

—Estamos en el patio. ¿Qué techo piensa barrer? —dice Balmaceda con un suspiro.

El joven mira hacia arriba por unos segundos.

—¡Ay, me va a dar algo, me va a dar algo!

Balmaceda parece al borde del colapso. No obstante, se tranquiliza y dice:

—¿Viene de parte de alguien?

—Sí, señor. De parte mía.

El director se lleva la mano a la frente.

—Está bien, Ramiro. Le daré una semana de prueba. Vaya a colocarse el uniforme de conserje que está dentro del cuarto de limpieza. Cuando se haya cambiado, vaya al otro patio. Allí lo esperaré para indicarle lo que tiene que hacer.

Sin decir nada más, Balmaceda se retira del lugar. Ramiro se queda parado tratando de identificar el cuarto de limpieza. Después de varios intentos fallidos, el joven empieza a rascarse la sien, desconcertado.

Valeria se le acerca lentamente. La diferencia entre su metro sesenta de estatura y la altura de aquel hombre parece abismal.

—Ese es el cuarto de limpieza, señor…

—Ramiro. Ese es mi nombre —contesta el joven—. ¿Cuál es el suyo, señorita?

—Valeria, encantada de conocerlo —dice ella, estirando la mano.

Ramiro corresponde el saludo con delicadeza.

—El señor director me dijo que mi uniforme estaba en el cuarto de limpieza, pero… no me dio la llave.

—La puerta debe estar abierta. El anterior conserje acostumbraba dejar la llave adentro.

—Muchas gracias, señorita Valeria. Nos veremos pronto —dice Ramiro mientras se aleja en dirección al cuarto de limpieza.

Valeria continúa su recorrido e ingresa al salón 106 para esperar la llegada de sus alumnos.

Minutos después, Ramiro aparece en el segundo patio vistiendo el uniforme de conserje. La camisa azul le queda sorprendentemente ajustada, sobre todo en los brazos. Las mangas abrazan sus bíceps con una valentía digna de reconocimiento y los botones parecen sostener una batalla silenciosa contra las leyes de la física. Basta con que Ramiro salude con demasiado entusiasmo para que aquella camisa pase a mejor vida.

El director Balmaceda lo espera de pie, sosteniendo una escoba. Cuando Ramiro está frente a él, se la entrega tal y como se le entrega un rifle a un soldado.

—Le hago entrega oficial de esta escoba, Ramiro, para que con ella usted mantenga el colegio lo más limpio posible, con la dedicación, pericia y presteza necesarias. ¿Algún comentario de su parte?

Ramiro observa la escoba por un momento.

—Gracias, señor director, pero también necesitaré otros implementos de limpieza. Con la escoba puedo barrer, pero no trapear ni desinfectar los pisos.

Balmaceda se lleva ambas manos a la cabeza.

—¡Ay, Ramiro, me va a dar algo, me va a dar algo!

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