Capítulo 1: El heredero de la deshonra
El Gran Salón de los Espejos del Palacio de Astrea nunca había brillado con tanta intensidad, o al menos eso era lo que la Reina Leonor había intentado asegurar.
Miles de velas de cera de abeja goteaban sobre candelabros de oro puro, bañando a la crema y nata de la nobleza en una luz cálida y engañosa.
El aire estaba saturado con una mezcla embriagadora de perfumes caros, incienso de sándalo y el sutil aroma del vino de reserva que fluía sin descanso.
Era una escena de perfección absoluta, un cuadro pintado con la precisión de un maestro, excepto por un detalle que arruinaba la simetría: una silla vacía.
Alistair Cavill, el flamante heredero al trono, mantenía la espalda tan recta que parecía tallada en el mismo mármol que las columnas del salón.
Su uniforme militar, negro con bordados en plata, no tenía ni una sola arruga. Sus ojos recorrieron la mesa larga, deteniéndose apenas un segundo en el espacio vacío a su lado.
La mandíbula se le tensó, un pequeño gesto de irritación que solo alguien que lo conociera bien podría notar.
—Aún no llega —susurró el Rey Cedric desde el trono principal; su voz era un trueno contenido que solo alcanzó los oídos de su familia—. Es la noche de tu ascenso, Alistair. Tu hermano ha cruzado la línea esta vez.
—Killian siempre sabe cómo hacer una entrada, padre —respondió Alistair con una calma forzada, aunque sus dedos apretaron el tallo de su copa de cristal hasta que sus nudillos se tornaron blancos—. Solo espero que, por una vez, tenga la decencia de no traer el lodo de los establos al salón.
Leonor suspiró, abanicándose con elegancia mientras intercambiaba saludos falsos con una duquesa a lo lejos.
—Sabes que a Killian no le importa ni el protocolo, ni nada que no sea su propio deseo —murmuró ella con un deje de tristeza—. Pero hoy… hoy es diferente. Hoy el reino entero está mirando.
De repente, el gran portón de roble y bronce al final del salón se abrió de par en par. El golpe seco de la madera contra las paredes de piedra hizo que el murmullo de los invitados se apagara instantáneamente, como si alguien hubiera cortado el suministro de oxígeno.
Killian Cavill no entró; él simplemente reclamó el espacio.
Traía el cabello platinado revuelto por el viento, varios mechones cayendo sobre sus ojos con un desorden calculado que resultaba insultante para la rigidez del evento.
No llevaba la casaca de gala cerrada; los tres primeros botones habían desaparecido, dejando al descubierto el inicio de su pecho, donde la piel aún brillaba con un fino rastro de sudor debido a la cabalgata frenética.
Sus botas, efectivamente, estaban manchadas de tierra fresca, marcando la alfombra de seda azul con cada paso arrogante que daba.
En su mano derecha, sostenía una sola rosa carmesí, cuyos pétalos estaban ligeramente marchitos en los bordes.
—Llego tarde —anunció Killian, y su voz profunda, con ese matiz aterciopelado que recordaba al buen licor, resonó en el silencio absoluto—. Pero dadas las caras de funeral que tienen todos, parece que llegué justo a tiempo para salvar la fiesta.
Killian avanzó por el pasillo central ignorando los jadeos de indignación de los ancianos del consejo y las miradas encendidas de las damas de la corte. Sus botas de cuero, aún tibias por el flanco del caballo, dejaban una estela de tierra sobre la seda impecable, un sacrilegio que el Rey Cedric observaba con las venas del cuello a punto de estallar.
Al llegar a la mesa real, Killian se detuvo frente a su hermano. Alistair no se movió, pero el aire a su alrededor parecía haber bajado varios grados. A su lado, Isolde Cavill, la esposa de Alistair y futura reina consorte, dejó caer su tenedor de plata con un tintineo sordo.
Isolde, siempre conocida por su compostura de porcelana, sintió cómo el calor le subía por el cuello hasta teñir sus mejillas de un rosa traicionero. Sus ojos recorrieron involuntariamente la clavícula de Killian, expuesta por la camisa desabrochada, y el rastro de sudor que brillaba bajo la luz de las velas. El magnetismo de su cuñado era una fuerza de la naturaleza que ella, atrapada en un matrimonio de deberes y silencios, no sabía cómo procesar.
—Felicidades, hermano —dijo Killian, su voz cargada de un sarcasmo que cortaba más que cualquier espada—. Un reino entero para ti solo. Espero que la corona no te despeine demasiado.
Con un movimiento fluido, Killian dejó la rosa marchita sobre el plato de porcelana de Alistair. Los pétalos carmesí, maltratados por el viento de la noche, se desparramaron sobre el faisán asado como gotas de sangre.
—Un regalo de las afueras —añadió con una sonrisa ladeada, ese gesto que mezclaba la inocencia e insolencia—. Me pareció que le faltaba algo de vida a esta cena de… estatuas.
—¡Suficiente! —El rugido del Rey Cedric hizo vibrar las copas de cristal. El monarca se puso de pie, su sombra proyectándose gigante sobre los tapices—. Te presentas en la noche más importante de esta casa como un mendigo ebrio, deshonras la mesa de tu hermano y te atreves a burlarte de nuestra estirpe.
Killian soltó una carcajada seca, inclinando la cabeza.
—No estoy ebrio, padre. Solo estoy… despierto. A diferencia de todos los presentes, que parecen estar en un profundo sueño de etiqueta.
—Te comportarás como un príncipe o te trataré como al animal en el que te has convertido —sentenció Cedric, con una mirada furiosa—. Si vuelves a ausentarte de tus deberes, si vuelves a cruzar los límites del palacio para revolcarte en el lodo, te casaré antes de que termine el verano.
Hay una docena de familias de clase decente rogando por un lazo con los Cavill, y te aseguro que cualquiera de sus hijas sabrá cómo ponerte una correa.
La mención de la “correa” hizo que la mandíbula de Killian se tensara por primera vez. El silencio en el salón era tan espeso que se podía escuchar el chisporroteo de las velas.
Fue entonces cuando una voz femenina, aguda y cargada de una confianza imprudente, rompió la tensión desde una de las mesas laterales.
—¡Oh, vamos, Majestad! —exclamó la Condesa de Vane, una mujer joven cuyos ojos brillaban con un deseo poco disimulado—. No sea tan duro con él. Después de todo, Killian estuvo increíble anoche… Sería un desperdicio encerrar tanto talento bajo un contrato matrimonial.
El comentario cayó como una bomba. Isolde bajó la mirada, abochornada, mientras Alistair cerraba el puño con tanta fuerza que su anillo de sello se hundió en su propia piel.
—Retírate —ordenó el Rey, su voz ahora era un susurro gélido, mucho más peligroso que su grito anterior—. Fuera de mi vista, Killian. Ahora. Antes de que decida que la torre es un mejor lugar para que pases tu juventud.
Killian sostuvo la mirada de su padre un segundo más de lo que dictaba la prudencia. Una chispa de ese fuego indomable, tan propio de su naturaleza, bailó en sus ojos platinados.
—Puedes intentar encadenarme a un contrato matrimonial, padre —soltó con una frialdad que heló el ambiente—, pero recuerda que un halcón enjaulado sigue teniendo garras. Ninguna mujer, por “decente” que sea, podrá cambiar lo que corre por mis venas.
Sin esperar el permiso para retirarse, giró sobre sus talones. El rey Cedric apretó los dientes, murmurando entre dientes un “este maldito mocoso” que se perdió entre el ruido de los invitados volviendo a susurrar. Killian salió del salón con la frente en alto, aunque por dentro, el nudo de la indiferencia familiar apretaba más que cualquier soga.
Al llegar a sus aposentos, cerró la pesada puerta de roble con un golpe seco que resonó en el pasillo vacío. El silencio de su habitación era un alivio y, al mismo tiempo, una condena.
Se despojó de la casaca azul con un movimiento brusco, lanzándola sin cuidado sobre un diván de terciopelo. Luego, sus dedos desabrocharon el resto de los botones de su camisa de lino hasta que esta resbaló por sus hombros, revelando la estructura de un hombre que pasaba más tiempo entrenando con la espada y cabalgando que asistiendo a banquetes. La luz de las velas proyectaba sombras sobre sus músculos definidos y la línea marcada de su espalda, una estampa de fuerza que contrastaba con la fatiga emocional que nublaba su rostro.
Caminó descalzo hacia el balcón, sintiendo el mármol frío bajo sus pies. Al abrir los ventanales, el aire de la noche golpeó su torso desnudo, calmando el ardor de su piel. Se apoyó en la barandilla de piedra, observando la luna de plata que reinaba sobre el horizonte de Astrea.
Suspiró, un sonido pesado que cargaba años de ser “el segundo”, “el problema”, “la sombra”. No envidiaba la corona de Alistair; no quería ese peso sobre sus sienes. Lo que dolía era la hipocresía: lo hacían a un lado en los momentos de gloria, pero lo arrastraban al centro del escenario en cuanto necesitaban un chivo expiatorio para su moralidad barata.
—Nobleza obliga… —susurró para sí mismo, apretando el frío metal de la barandilla mientras la imagen de la rosa marchita volvía a su mente—. Pero mi corazón no le pertenece a este reino.
Se quedó allí, solo con la luna como testigo, preguntándose cuánto tiempo más podría jugar a ser el Don Juan antes de que las paredes del palacio terminaran por asfixiarlo por completo.
Se pasó una mano por el cabello, frustrado. No era la primera vez que la palabra “matrimonio” se lanzaba sobre él como una red de caza, pero esta noche se sentía diferente. Se sentía real.
—Casarme… —Murmuró para sí mismo, y su voz sonó ronca en la amplitud de la alcoba—.
Preferiría que me cortaran la lengua antes de tener que recitar votos falsos frente a una extraña.
Caminó hacia el rincón de la habitación donde descansaba su soporte de armas. Su mano, firme y callosa, envolvió la empuñadura de su espada favorita, una hoja de acero forjado que no conocía de protocolos ni de mentiras. Al sentir el peso del arma, Killian cerró los ojos y, por un momento, no estuvo en el palacio. Estuvo de vuelta en los campos de entrenamiento hace cinco años, cuando todavía intentaba que su padre lo mirara con el mismo orgullo que a Alistair.
Había aprendido pronto que, en Astrea, el heredero era el sol y el segundo hijo no era más que una mota de polvo bailando en su luz. Alistair era el estratega, el político, el hombre de papel y tinta. Killian, en cambio, había nacido con el fuego en la sangre. Mientras su hermano estudiaba leyes, él se escapaba para entrenar con los caballeros veteranos, buscando en el filo de la espada una identidad que los títulos no podían darle.
Había desarrollado habilidades que rozaban lo inhumano; su velocidad era la envidia de los capitanes y su precisión, letal. Pero al final del día, cuando regresaba cubierto de sudor y gloria, solo encontraba la mirada desaprobadora de Cedric. “Un príncipe no se ensucia como un mercenario, Killian”, solía decirle su padre.
—¿Y qué se supone que haga un príncipe que no tiene un trono que cuidar? —le gritó una vez a las paredes vacías de su cuarto.
A partir de ese día, algo en él se rompió… o quizás, se liberó. Si no podía ser el hijo perfecto, sería el desastre más espectacular que el reino hubiera visto jamás. Se enfocó en sus habilidades, no para proteger la corona, sino para ser capaz de huir de ella. Se apartó de las cenas, de las reuniones de consejo y de las hipocresías de la corte. El castillo, con sus techos altos y sus sirvientes silenciosos, se convirtió en su prisión, y su fama de don Juan en su único método de escape.
—Si quieren un villano en la familia, les daré el mejor —murmuró Killian, dejando la espada de nuevo en su sitio.
Se giró hacia el espejo de cuerpo entero, observando las marcas en sus hombros, recuerdos de caídas de caballos y duelos clandestinos. Para el mundo, era un libertino sin remedio. Para él, era un hombre tratando de no ahogarse en una marea de seda azul.
—Mañana será otro día de “comportarse” —dijo con una sonrisa amarga, mientras apagaba la última vela con un soplido—. Pero no esperen que el halcón deje de intentar volar.








