Capitulo 1
Eco de vidas enteras
༄˖°.🍂.ೃ࿔*:・
No recordaba cómo llegó hasta allí y tampoco le importaba. El lugar era hermoso. El jardín nocturno se extendía ante ella con pequeñas luces incandescentes que flotaban entre las ramas y los senderos de piedra, trazando constelaciones íntimas que palpitaban con un ritmo casi vegetal. Era magnífico.
Una sensación de paz la envolvía, tan densa que casi podía sentirla sobre la piel, y al mismo tiempo tan ligera que la hacía flotar. Era abrumadora y reconfortante a partes iguales. Como si ya hubiera estado allí antes. No necesitaba recorrer el jardín para saber cómo terminaba cada camino, para adivinar el perfume exacto de las flores que aún no había visto.
Quiso explorar un poco más aquel lugar de ensueño, pero una voz captó su atención. Un murmullo roto, apenas un temblor en el aire. Decidió seguirlo. La hierba fría y húmeda se adhería a las plantas desnudas de sus pies.
La voz provenía de un chico, más o menos de su edad, sentado en el borde de una fuente. El agua, quieta y oscura como un espejo cansado, reflejaba fragmentos de luz sobre sus manos.
Es él.
Ella frunció el ceño, sin comprender del todo.
¿Quién es él?
¿Por qué su inconsciente lo reconocía con tanta fuerza, mientras su mente se quedaba en blanco?
De pronto, una sensación de profunda tristeza mezclada con culpa la invadió. No era suya. La recibió como un golpe seco en el pecho, dejándola casi sin aire. Supo, de alguna manera, que pertenecía a ese chico.
—Quisiera una flor en forma de corazón —dijo él, con un tono quebrado.
Ella no supo por qué, pero sus pies se movieron antes que su razón. Empezó a buscar la flor.
Recorrió cada rincón del jardín, desde los claros iluminados hasta las profundidades más oscuras, donde la luz no se atrevía a llegar. Apartó ramas, se arrodilló sobre la tierra fría, revisó bajo los arbustos. Nada.
Empezó a molestarse consigo misma, un malestar le subió por la garganta y le tensó las manos. Sus movimientos se volvieron más rápidos, casi violentos. Arrancó algunas flores inocentes en su desesperación, pétalos que caían como pequeñas disculpas silenciosas.
Y entonces la encontró.
Estaba casi escondida, al pie de un árbol añoso. Era hermosa. Una mezcla exacta entre blanco puro y un morado profundo que se oscurecía hacia el centro. Sus pétalos dibujaban una forma de corazón perfecta. La tomó con extremo cuidado en sus manos, ahuecando las palmas como si sostuviera un pájaro dormido. Temió que su propia respiración pudiera romperla.
Caminó hasta él, que seguía ajeno a su presencia, la mirada perdida en el agua quieta de la fuente. Alargó el brazo sin decir una sola palabra. La flor, apenas temblorosa sobre su mano abierta, era toda la ofrenda que necesitaba.
Él alzó la vista hacia ella.
Era él...
No podía distinguir sus ojos ni la forma exacta de su boca, pero sentía su mirada como una mano que le tocara el alma. Conocía a ese chico mejor que a ella misma. De algún lugar que no tenía nombre, un lugar más profundo que la memoria.
— ¿Me escuchaste? —preguntó él. La sorpresa le arrancó la voz apenas un susurro, y sonó a algo frágil, a algo que no se atrevía a creer.
Ella no respondió. No había nada que decirle. O quizás había tanto que las palabras no alcanzaban.
Él desvió la vista hacia la flor en su mano, y la tomó con un cuidado que temblaba. Sus dedos rozaron apenas la palma de ella, y en ese roce diminuto, ella sintió cómo una creciente culpa y un remordimiento emanaban de él. Pero no dijo nada. No tocó el tema.
Ella pasó a su lado sin prestarle más atención. Siguió su camino, adentrándose en el jardín que su cuerpo ya conocía. Sin saber bien cómo explicarlo, sintió que él depositaba con cautela la flor sobre el borde de la fuente, cómo se ponía de pie, cómo se acercaba a ella por detrás. En cierto modo, sabía que esto pasaría.
Él siempre iría a ella...
Caminó unos pasos más, hasta que unos brazos la rodearon y la detuvieron. La estrechaba con una fuerza que casi la lastimaba, pero que al mismo tiempo era extrañamente familiar, como el eco de un abrazo repetido a lo largo de vidas enteras. La frente de él se apoyó en su hombro, en el hueco exacto entre el cuello y la clavícula, y ahí se quedó, temblando.
Ella seguía sin decir nada. Solo sentía. Las emociones de él llegaban como olas enormes que rompían contra su pecho. Era un afecto tan vasto, tan absoluto, que llamarlo amor se quedaba corto. Hablaba de devoción. De algo que ardía sin consumirse.
Intentó procesar cada sentimiento que llegaba, pero eran tantos, tan densos y profundos, que terminaron por abrumarla. Cerró los ojos.
—Lo siento...
Ella frunció el ceño por la repentina disculpa. Notó entonces una creciente humedad en su hombro. Él estaba llorando. Las lágrimas traspasaban la tela y tocaban su piel.
—Lo siento —repitió él, con la voz rota en astillas—. Lo siento mucho.
No entendía el motivo de sus disculpas, y mucho menos de su llanto. Él no hizo nada malo que mereciera una disculpa. Y tampoco ese sentimiento de culpa terrible que él cargaba dentro, como un lastre oscuro que le pesaba en cada respiración.
Intentó sacar una mano para acariciarle el pelo, pero él la aprisionó más contra sí.
—No te vayas —pidió entre sollozos—. Por favor, no me dejes...
Como pudo, logró darse la vuelta, aunque no consiguió separarse del todo de él. Los brazos del chico seguían rodeándola, pero ahora sus cuerpos se enfrentaban, y ella pudo al fin tocar su mejilla con cautela. Su piel, húmeda por las lágrimas, ardía. Le partía el corazón verlo así.
Acercó su frente a la de él. Al tocarla, escuchó un suspiro tembloroso, como si el solo contacto le devolviera el aire que perdió.
—Tranquilo —susurró ella. Su voz era apenas un soplo contra los labios de él—. No me voy a ir.
— ¿Lo prometes? —dijo él, en un hilillo de voz. Sus manos subieron desde la cintura de ella hasta sus hombros, aferrándose con la urgencia de quien se sujeta al borde del mundo—. No puedo seguir si no estás aquí.
Ella sonrió. Una sonrisa triste y dulce al mismo tiempo. Lo abrazó. Pasó los dedos por su pelo, despacio, dibujó surcos suaves entre los mechones. Él se aferró a ella como un niño pequeño que se ha perdido y al que el mundo de afuera le causara un miedo extremo.
—Aquí estoy —murmuró contra su oído—. Tranquilo.
El jardín guardó silencio. Las luces incandescentes se atenuaron apenas, como si contuvieran la respiración.








