Brillo de otro sol
El Gran Comedor estaba inusualmente bullicioso, pero Harry Potter no prestaba atención al murmullo de sus compañeros. Sus ojos estaban fijos en la mesa de Hufflepuff, específicamente en Cedric Diggory.
Habían pasado dos meses desde que formalizaron su relación, un secreto compartido que florecía en los rincones prohibidos del castillo y en las cartas furtivas dejadas en la biblioteca. Cedric le lanzó una mirada rápida, cargada de una calidez que hacía que el pecho de Harry se sintiera ligero, casi ingrávido. Harry irritante, una sonrisa genuina que rara vez mostraba a los demás.
Desde la mesa de Slytherin, Draco Malfoy observaba la escena con una frialdad calculada, aunque sus nudillos eran blancos de tanto apretar el tenedor.
Para Draco, el mundo se había reducido a ese simple intercambio. Había pasado años ocultando su obsesión bajo capas de desdén y burlas ponzoñosas, convencido de que, si no podía tenerlo, al menos lo mantendría cerca a través del conflicto. Pero ver a Potter entregarse tan fácilmente a un Hufflepuff... eso era una tortura nueva.
-Se te van a salir los ojos, Draco -susurró Pansy, con un déje de sospecha en la voz.
Draco dejó caer el tenedor, el sonido metálico resonó en la mesa. -No sé de qué hablas -espetó, levantándose de golpe-. Tengo cosas que hacer.
Salió del Gran Comedor a paso rápido, sin mirar atrás. Necesitaba aire, pero sobre todo, necesitaba desesperadamente borrar la imagen de la mano de Harry rozando la de Cedric bajo la mesa. En la oscuridad de los pasillos, Draco permitió que su máscara cayera, dejando que el dolor y la envidia se reflejaran en sus ojos grises. Nunca se lo diría. Jamás se humillaría de esa manera. Pero, en lo profundo de su ser, una parte de él deseaba que ese "para siempre" entre Harry y Cedric fuera mucho más corto de lo que todos esperaban








