Capitulo 1 parte 1
[Junio de 2026, seis meses antes]
No era sorpresa para nadie que Dam no tuviera amigos. La verdadera sorpresa sería que alguien se animara a llamarle de ese modo.
Introvertido, callado, con su mirada siempre gacha y lúgubre. Parecía que al solo hablarle la atmósfera general se ensombrecía al instante. En esencia lo que uno llamaría un “aguafiestas”. Guardaba un silencio obediente como si algo le estuviera presionando a hacerlo. Una sombra que nadie más podía ver.
Pero lo que no sabían es que aquello no era algo nuevo, había sido así desde sus diez años. Al igual que no sabían que, aquella sombra, era en realidad una muy real que se manifestaba cada noche desde entonces. Una pesadilla que provocaba incontables noches en vela y unas ojeras que resaltaban en su pálido rostro.
En la pesadilla él no lloraba ni gritaba. De hecho, tampoco hacía algo en especial.
Solo estaba ahí parado, en silencio y observando.
El aire de la sala de estar era espeso y silencioso. Todo estaba en el mismo lugar que durante aquel rojizo atardecer de sus recuerdos, pero al mismo tiempo no encajaba.
Dam sabía que había algo fuera de lugar. Aún si fuera solo un mantel corrido, un charco rojizo, un olor extraño o una comida diferente sobre la mesa siempre había algo que cambiaba. Todo formaba parte de los borrosos recuerdos de una infancia que se desdibujaba por el rompimiento repentino.
Pero lo único constante cada vez era aquel peso de una mirada fija y paciente que incluso rozaba lo comprensivo a su espalda.
Dam sabía muy bien que provenía de la puerta del armario entreabierta. Eran apenas unos centímetros pero eso ya era más que suficiente para delatar que allí algo respiraba.
¿Los monstruos respiran?
No podía afirmarlo con certeza, pero si había algo de lo que estaba seguro es que su monstruo lo hacía como si fuese un ser vivo.
Cada vez que el pequeño Dam daba un paso en su dirección las tablas de madera crujían y un líquido chapoteaba bajo sus pies con el mismo sonido que el del barro luego de la lluvia.
Su mente gritaba que se detuviera o que corriera, que despertara de una vez sabiendo que era lo que le esperaba. Pero su cuerpo se movía en automático obediente a una fuerza que no era la suya.
Sabía lo que iba a pasar en cuanto llegara a aquella puerta. Y aun así, siempre abría la puerta. Porque si los ponía en una balanza, su curiosidad siempre había sido más pesada que el miedo.
Entonces ocurría.
Algo saltaba de aquel armario con una velocidad que dejaría sin palabras a cualquiera. Entonces es cuando su garganta se cerraba y todo se volvía negro antes de volver a una realidad la cual no era mucho peor.
—¡Che vos! ¡El tarado de las ojeras!
Dam sintió algo golpeando su frente. Fué más la sorpresa del volver en sí que el imperceptible impacto del objeto lo que le desconcertó. Se había quedado dormido en clase, otra vez.
Enfocando su atención en aquella pequeña bola de papel arrugada sobre su escritorio, la tomó y desenvolvió con curiosidad. Lo que se reveló dentro fue un maltrecho garabato de lo que parecía ser un pilar con dos círculos en su base acompañado del mensaje “komoteguztan”.
En silencio, miró a Brayan delante suyo como esperando respuestas. Pero, antes de poder abrir su boca para preguntar, todos comenzaron a reírse como si algo gracioso hubiese ocurrido.
Confundido, Dam miró alrededor. ¿Quizás eso era parte de un chiste que se había perdido por dormir en clase?
Si bien no tenía el contexto, incluso él reconocía que era común reírse cuando todos lo estaban haciendo. Así que, al final, con el mayor de los esfuerzos curvó las comisuras de su boca en lo que juraba que era una sonrisa, no una mueca sarcástica.
—Jaa... ja... jaa.
Pero para su sorpresa, pronto el salón cayó en un frío silencio del que era más probable encontrar un matorral rodante que una sonrisa.
—¿¡De qué mierda te estás riendo!? —exclamó Brayan.
El rubio murmuró de inmediato una disculpa y volvió a centrarse en la tarea. Acción que sí había hecho reír a todos.
—¿Eso fue una risa? —dijo uno de sus compañeros no tan bajo como Dam hubiese querido. —Sonó más a que estaba provocando al Brayan. Miralo vos lo calladito que se veía y que le para de frente.
—¿Sabes? No me sorprende. El nuevo hace cosas así todo el tiempo. El otro día ya habían pasado como veinte minutos después de clases... ¡y el flaco seguía acá!
—¿Posta? ¿Y qué carajos hacía a esa hora?
—Ordenando, dice. Que ver las mesas todas corridas no lo dejaba concentrarse en clase.
—¿De verdad existe alguien con tanto tiempo al pedo? Ahora que recuerdo, también le vi haciendo los deberes, ¡en el recreo!
—¿Se cree que esto es Harvard o que pedo? Seguro es de esos chetos agrandados que basan su personalidad en cuanta guita tienen.
—No hables tan alto, mirá si luego te lo encontrás en un banco. Nadie quiere más líos con lo jodidos que ya son los trámites.
—Seguro se piensa que está por encima de todos.
Mientras ambos seguían murmurando y riendo, Dam no pudo evitar fruncir el ceño con desconcierto.
¿Si él era un “agrandado” entonces que eran todos ellos?
Las conversaciones entre los estudiantes nunca eran sobre lo dado en clase. De hecho, no guardaban relación alguna con el tipo de lugar en el que se encontraban. ¿Que le importaba si Priscila se hizo otro piercing? ¿Por qué sería fascinante que Camila e Iván estuviesen saliendo? ¿Por qué tanta obsesión en “Instagram”?
Además, ninguno de ellos prestaba atención en clase, hacían trampa en todas las pruebas o incluso desaparecían por semanas sin que a los profesores les importase. Como si cada una de las palabras que había oído sobre ese lugar fueran ciertas.
Pero, ¿con qué cara podría mirar a su padre si volvía luego de haber estado tanto tiempo insistiendo para estudiar ahí?
David le había dicho una y otra vez que no era buena idea y durante dos meses Dam solo buscó formas de convencerlo de que al menos le dejara intentarlo. Para su sorpresa, incluso Ismael quién desaprobaba todas sus ideas había estado de acuerdo con él.
Dam frunció el ceño al recordarlo.
Bueno, en parte, sus palabras habían sido “dejalo cometer errores para que aprenda”. Y eso pareció suficiente para que Dam terminara donde justo donde estaba:
A casi dos horas de su casa por el mal planificado sistema urbano de la capital. En medio de la Villa del Cerro, uno de los barrios más peligrosos. En un edificio que se caía a pedazos por donde se mirara. Sentado en una silla que con suerte se sostenía en pie y alrededor de gente que no parecía capaz de sostener una conversación que no estuviese plagada de vocabulario poco rico en gramática.
Pero daba igual, se dijo, no estaba ahí para encajar, estaba ahí porque aquello era lo único que le quedaba de su madre.
Había pensado que, quizás si recordara más sobre Stefanie entonces lo bueno opacaría a lo malo y la pesadilla dejaría de atormentarlo. Que conociéndola mejor sentiría que no la habían apartado de su lado antes de tiempo. Después de todo, su padre ya había limpiado la casa de todo rastro de ella pero no podía limpiar un espacio público de la misma forma.
Aunque trás semanas de preguntar en los alrededores y buscar su nombre en las paredes rayadas solo se había encontrado con la más absoluta nada.
Como si su presencia no hubiese dejado huella ni en el barrio que ella más había dicho atesorar.
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—¿¡Quién te pensás que soy!? —exclamó una voz que luego fue acompañada de un golpe directo al estómago.
Sus manos temblaron y se removieron atadas a su espalda. Brayan se le acercó con altivez para luego sujetar con fuerza de su cuero cabelludo. Dam cerró los ojos con fuerza como si eso bastara para cambiar su realidad.
—Ni podés mirarme a los ojos y te haces el agrandado en clase. ¿Qué pasa? ¿Ahora que no hay profesores te cagás todo?
Al no recibir respuesta, Brayan le empujó contra la pared haciéndole perder el equilibrio y cayendo al suelo en un golpe seco. Hizo lo que pudo para evitar que sus manos hicieran contacto con la suciedad de aquel lugar pero al estar atadas fue imposible.
Un escalofrío le recorrió al sentir algo pegajoso junto a una mezcla de pelos y mugres que le dieron vuelta el estómago. Ni siquiera entraba al baño por necesidad para evitar ver esas cosas, menos había pensado en tener que tocarlo.
—Mírate... tan snob y limpio te hacías, pero ni siquiera podés defenderte de una mierda como yo.
Al sentir un dolor en su mandíbula Dam tosió un puñado de sangre sobre la baldosa. Por un instante, el destelló de una mancha de igual forma cruzó por su mente. Dam parpadeó con ansiedad y la escena desapareció como si nunca hubiese sucedido pero el recuerdo había quedado ahí.
La imagen de algo que no podía olvidar pero tampoco recordar con claridad. La habitación comenzó a girar en círculos mientras se alejaba de esa mancha hasta chocar contra la pared cubierta de gérmenes.
La necesidad de querer estar en cualquier otro lugar menos con esa mancha familiar le generó una sensación de vértigo casi asfixiante.
Interpretando erróneamente su reacción, Brayan sonrió.
—¿Sabés qué es lo que más me rompe las pelotas de vos?
Sin aviso, el chico de cabello teñido y en punta le sujetó por el cuello de la planchada camisa sin ningún tipo de respeto ante el cuidado de esa fina tela.
—Qué te pensás que sos mejor que todos. Qué podés venir acá con tu ropa de chetito, mirar a todos desde arriba y hacer como si este lugar te quedara chico. Pero te voy a dejar algo bien claro: acá todos nadamos en la misma mugre y eso te incluye.
Su cuerpo entero entró en tensión intentando resistirse al saber que era lo que se le había ocurrido a Brayan. Pero al final lo único que pudo hacer cuando el chico jaló de la cadena fue sentir como el agua del inodoro se precipitaba por su boca a la fuerza en un grito ahogado. El agua fluyó hasta raspar su garganta y bajó cortándole la respiración.
Con un tirón, Brayan le jaló hacia afuera y lo volvió a sumergir una segunda vez, esta vez una risa salió de entre sus dientes al ver como Dam no había tenido tiempo ni de aguantar la respiración. Sus manos se fueron clavando cada vez más fuerte alrededor del cuello de Dam como si se encontrara fuera de sí. Entonces sintió como su piel se erizaba de repente al entenderlo.
Si Brayan seguía podría matarlo.
Y ese solo pensamiento, hizo que Dam casi imperceptiblemente aflojara su cuerpo. Despacio, disimuladamente .


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