Capitulo 1 - Dejando el nido
Hoy es un día muy especial para mí; después de muchos años estudiando, al final espero que los frutos de mi esfuerzo valgan la pena. Me encontraba en el campo de entrenamiento de magia de Rolf, el silencio era tal que podía escuchar incluso los latidos de mi corazón. Las miradas de los elfos estaban clavadas en mí, un paso en falso y sería la burla de ellos.
En ese momento era la imagen de la perfección élfica. Los rayos del sol y la brisa matutina hacían que mi figura y atributos destacaran. No tenía ningún defecto, parecía una elfa normal como cualquier otra.
Inhalé profundo para concentrarme en ejecutar un hechizo de nivel intermedio; no tenía otra oportunidad para demostrar mi poder.
«Concéntrate, Rury, si no lo haces serás vetada y no podrás graduarte. No te pongas nerviosa, esta es tu primera y única práctica con magia intermedia», me dije a mí misma poniendo ambas manos en mi pecho. Observé a todos los presentes.
—¡Vórtice de fuego, elevación continua! —grité con todas mis fuerzas; en mi interior sentía cómo el maná recorría mi cuerpo.
La llamarada estuvo controlada: fue una columna de fuego intenso teñida de un color violeta por la pureza de mi maná. Ascendió al cielo, girando con fuerza para que al final explotara como fuegos artificiales.
Las llamas se disiparon, sin embargo... «Maldición, no puedo respirar, quiero vomitar». En mis pensamientos recorría ese miedo que sentía al usar magia frente a otros, estaba demasiado agitada.
—Maravilloso, quién diría que esa elfa maldita tuviera un poder tan perfecto —habló el decano elfo, anotó algunas cosas en su pergamino y continuó—: De acuerdo con el análisis de tu hechizo, cumples con los requisitos para recibir el título de maga. No olvides tu graduación, te estaremos esperando.
El decano elfo esbozó una sonrisa demasiado grande.
Los aplausos estallaron, pero eran aplausos demasiado flojos. Sonreí mirando a todos los de las gradas, pero mientras me dirigía a la salida, sentí un cosquilleo familiar. Era algo que no podía tolerar, era mi peor enemigo: la maldición de maná.
—Por favor, espera un poco más —susurré para mí misma, sin embargo, mi cuerpo reaccionaba por sí solo.
Una hora después, ya en mi habitación, la confianza y el triunfo que sentía se esfumaron de golpe al notar que mi cuerpo empezó a cambiar.
—Mamá... Esto está... —Con mucha dificultad para hablar por el esfuerzo de ponerme una túnica, mi voz se tornó un poco difícil de describir—. ¿Podrías ayudarme a... cerrar esto, por favor? —Solté el cierre trasero de mi túnica y agaché los hombros.
Estaba frente a un espejo de cuerpo entero, pero aquella elfa que estaba en el campo de entrenamiento hace una hora había desaparecido. En su lugar, la figura que me devolvía la mirada era un poco más robusta, con los brazos y el abdomen hinchados, reteniendo residuos de maná como si fuera grasa bajo la piel. Mi rostro fue lo más notable: antes estaba más afilado, ahora me veía más redonda y suave.
La túnica de graduación, que había sido confeccionada a medida para una elfa normal, se negaba a cerrar en mi espalda. Y eso que un día antes me la había probado y me quedaba perfecta.
—Lo siento mucho, hija... —suspiró mi madre, Elih. Su voz, cargada de mucha culpa, hizo que mi corazón se encogiera—. Debimos prever este incidente. Pero ese maldito decano, ¡cómo se atreve a ponerte una prueba de magia el mismo día de tu graduación! Bien le dije que no hiciera eso. Tendré que hablar con los altos mandos de la universidad de magia para que le metan una sanción.
Mi madre se mordió el labio, mirando mi reflejo con unos ojos tristes. Mi apariencia no le afectaba, sino el trato que me daban solo por ser diferente al resto.
Forcé una sonrisa para hacer que mi madre no se preocupara, aparté la mirada del espejo y me puse derecha irguiendo la espalda, tratando de mantener mi confianza.
—No te sientas mal, mamá. Soy consciente de lo que hacen y, a pesar de todo, estoy muy bien; me siento feliz aquí, estando con ustedes —mentí. La sensación que mi piel sufría era similar a cuando hace frío y te echas agua encima—. Es solo algo habitual, la hinchazón pasará en cuestión de horas. Ya sabes, el precio de ser una prodigio —dije poniendo ambas manos en mis caderas, o lo que quedaba de ellas.
—Y-yo... —Mi madre no pudo hablar más; fue interrumpida por el sonido de la puerta de mi habitación abriéndose.
Mi padre, Paul, entró con una energía que incluso para mí era demasiado abrumadora; cada paso que daba hacía vibrar las tablas del suelo. Su rostro estaba marcado por cicatrices de batallas y guerras de antes de que yo naciera. Pero había algo peculiar: tenía una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.
—¿Dónde está mi pequeñita Rury? —Ignorando la tensión que había entre mi madre y yo, él pasó como si nada, me tomó de los brazos y empezó a lanzarme al aire a modo de celebración—. ¡Al fin mi pequeña se va a graduar de esa pocilga de ratas! ¡Y un año antes que todos esos debiluchos!
Las carcajadas de alegría de mi padre eran tales que mis tímpanos estaban a punto de reventar.
—Padre, por favor, bájame, me dan miedo las alturas —dije sacudiendo las manos y pies en el aire.
Mi padre me puso de nuevo en el suelo.
—Estoy muy orgulloso de ti, hija. Eres una verdadera guerrera mágica. Si no estuvieras limitada por tu maldición, estoy seguro de que serías una de las más fuertes del continente demoníaco, solo por debajo de los diez guardianes del rey demonio, pero pues esos tipos tienen un poder regalado —exclamó, minimizando el poder de los guardianes.
Por un momento bajé la mirada. Ver a mi padre con esa energía hacía que mi motivación y espíritu volvieran una vez más.
—Gracias, papá —susurré.
—¿Mmm? —Mi padre miró a mi madre—. ¿Por qué esas caras largas? Vamos, no estén tristes, ¡hoy es un día de fiesta! Terminen de vestirse, las estaré esperando afuera. Estoy ansioso por ver la cara de aquellos que se burlaban de ti.
Mi madre y yo intercambiamos miradas.
«El pueblo entero... Espero que solo vean parte de mi poder», pensé, pero me sentía inquieta por algo.
***
—Bienvenidos a los hermosos y perfectos habitantes del pueblo de Rolf, nos complace...
La ceremonia era una tortura; estaba sentada con la espalda recta en mi silla.
«Carajo, este discurso pareciera que no tiene fin. Ya van varios decanos que dicen lo mismo desde hace cuatro horas, donde siempre hacen énfasis en la pureza élfica, la armonía con la naturaleza y la belleza del espíritu. Puras patrañas». Mientras pensaba eso, hice una mueca de incomodidad; sentía cómo las costuras de mi túnica se clavaban en mi piel con cada respiración.
—Maga de rango espíritu mayor: Rury Galanodel —anunció el maestro de ceremonias para que pudiera pasar por mis papeles.
Al ponerme de pie, el sonido de la multitud cambió. Los aplausos educados que habían recibido los otros estudiantes se transformaron en un silencio incómodo, seguido casi de forma inmediata por un zumbido de murmullos.
Caminé hacia el podio. Durante el camino, que parecía interminable, noté que a los costados había elfos susurrando entre sí, sin disimular en lo absoluto.
—¿Esa es la prodigio? Se supone que es poderosa, pero no es más que una cerda, mírala.
—Mira su tamaño.
—¿Cómo permitieron que alguien como ella fuera una maga?
—Dicen que su magia la deforma, es asqueroso.
—Pobres de sus padres, a mí me daría pena tener una hija como ella.
A pesar de todo, seguí caminando de forma elegante hacia el podio; cada paso que daba me hacía sentir con menos confianza.
En la sociedad de Rolf, donde la delgadez y la gracia etérea eran sinónimos de virtud, una figura robusta y redonda como yo no era vista como una condición médica, sino como un fracaso moral, una mancha gigantesca en una pintura perfecta.
Apreté los puños, clavándome las uñas en las palmas de las manos.
«No los escuches, por favor. Soy mejor que ellos, tengo más poder, soy fuerte, podría acabar con cualquiera en un instante si quisiera».
Levanté la barbilla, negándome a mirar al suelo, y subí los escalones con firmeza.
Frente a mí se encontraba el director de la academia, un elfo alto con una túnica de seda blanca inmaculada; su cabello blanco brillaba con la luz del sol. Él sostenía el diploma con la punta de sus uñas, como si temiera ensuciarse.
Me paré frente a él y extendí mi mano para recibir el diploma.
—Felicidades... —El tono del director era demasiado distante—. Es una pena dejar que alguien como tú nos represente como maga, pero bueno, reglas son reglas.
La mirada del director estaba inmersa en otro sitio, ni siquiera era capaz de mirarme; me entregó el pergamino y retiró su mano de golpe, como si le fuera a pegar una enfermedad.
«Maldito. Todos los días... no hubo un solo día en el que no me trataran así. Qué bueno que todo esto ya acabó». Tragué saliva con rabia y tomé el diploma. Me giré hacia la audiencia para dar mi discurso, me acerqué al atril y respiré hondo, reuniendo el poco orgullo que aún me quedaba.
—Compañeros, maestros, hoy es el día en el que me... —Mis palabras se vieron interrumpidas; tres estudiantes desde la primera fila se pusieron de pie.
«No puede ser, estos tipos otra vez». Los reconocí en un instante: formaban parte de los chicos populares del lugar, su grupo se hacía llamar los «Élites», y siempre se burlaban de mis notas.
Comenzaron a recitar un cántico rápido y coordinado; necesitaban estar los tres juntos para poder crear un hechizo de tierra básico.
—¡Terra Limun, Viscera Porci! —Los tres extendieron sus brazos hacia mí. Al acortar el cántico, no me dieron tiempo para crear una barrera.
Una esfera de magia estalló justo encima de mi cabeza. Era lodo, una cascada de barro espeso, maloliente y pegajoso que cayó sobre mí. Mi cabello quedó hecho un desastre, mi diploma terminó empapado y mi túnica de graduación se manchó por completo. Mis ojos a duras penas podían ver.
El olor apestoso a agua estancada recorrió el lugar. El silencio en el auditorio duró unos segundos, roto pronto por la voz chillona de uno de los elfos que había lanzado el hechizo:
—¡Miren! ¡Al fin se ve como lo que es! ¡Como una vil cerda revolcándose en su chiquero!
Las risas no tardaron en llegar. No solo eran los estudiantes, sino también sus padres y los maestros; todos ellos se reían de forma frenética por mi humillación.
Me quedé inmóvil, mientras el lodo goteaba de mi nariz y orejas. Mis pensamientos pasaban demasiado rápido.
«¿Por qué? No puedo entender cómo pueden ser tan crueles». Cuando estuve a punto de llorar, mis pensamientos se vieron interrumpidos por el grito de alguien familiar al fondo del auditorio.
—¡Ustedes, par de imbéciles! ¿Cómo se atreven a lastimar a mi hija? ¡¡¡Los mataré!!! —Mi padre, furioso, se levantó y a toda velocidad sacó su espada. Cuando llegó a la mitad del auditorio, varios elfos se apartaron despavoridos de su camino.
Los tres chicos no sabían a dónde ir, sus caras estaban completamente pálidas; sin embargo, mi padre fue rodeado de inmediato por varios magos de élite de este pueblo. Eran alrededor de ochenta magos.
—Por favor, espero que nos perdones, Paul. ¡Teletransportación! Sería malo si mataras a alguien —se escuchó la voz del director. En un abrir y cerrar de ojos, mi padre había desaparecido.
—Muchas gracias, director —uno de los chicos habló con más calma.
—Je, es normal, todo está bajo control... —Sus palabras se vieron interrumpidas.
El ambiente se tornó frío de golpe; al observar al fondo, mi madre estaba emanando mucha escarcha y maná de su cuerpo.
—Soy demasiado paciente con ustedes, pero esto es demasiado. —Los ojos afilados de mi madre miraban fijamente al director.
—Jajaja, por favor. La bruja de hielo no podrá con más de ciento cincuenta magos presentes. Necesitas actualizarte, mujer, ya no sir... —De pronto, el director quedó en silencio. Cuando volteé, su cuerpo estaba congelado en un bloque de hielo.
—Magia de nivel avanzado: Penitencia de hielo, ventisca de dragón de hielo. —Una nube se formó y la energía en su interior se visualizó como una luz blanca.
—¡Ataquen!
—¡No, mejor defiendan!
—¡Hay que huir!
Los elfos no se organizaron y, al final, ninguno hizo nada. La magia de mi madre congeló el lugar entero, junto a todos los presentes allí, excepto a mí.
«Tuve que dejar que mis padres me defendieran para hacerme respetar, en verdad soy de lo peor». Con lágrimas, bajé del podio y salí del lugar.
—Rury, espe... —Mi madre me llamó, pero la ignoré; lo único que quería era alejarme de ese lugar lo antes posible.
***
Irrumpí en mi casa, azotando las puertas que se me atravesaban en el camino. Corrí hacia el baño para quitarme esta suciedad, abrí el grifo al máximo y comencé a frotarme con fuerza.
—¡Malditos sean! ¡Malditos sean todos los elfos y sus perfectas caras de hipócritas! —gritaba dentro del baño. Mi voz se quebraba con cada maldición y los sollozos eran demasiados; la rabia acumulada al fin terminó explotando.
Puse mis manos en la pared de madera del baño y, mientras el agua caía sobre mi cabeza, me puse a pensar en algo que llevaba en mi mente desde hace dos años.
«¿Y si salgo de aquí? No, eso no está bien planteado, debo de conseguir una cura para esta maldición. Aquí nadie me ayuda, pero el mundo exterior... me da miedo».
Estuve sentada en mi sofá abrazando mis rodillas en la oscuridad, esperando a que llegaran mis padres. La hinchazón ya había pasado un poco y mi cuerpo había vuelto casi a la normalidad.
Se abrió la puerta principal; después de cinco horas, al fin llegaron.
—Hola, mi pequeña Rury. Lamento llegar tarde, hija, pero ya me encargué de esos malditos que te hicieron daño —dijo mi padre, sonando algo relajado.
—Paul, te dije que no los colgaras desnudos en las copas de los árboles, pero déjame decirte que su humillación se quedará durante tres días —comentó mi madre, quien por su parte se estaba riendo de lo que habían hecho.
—Jejeje, ustedes son tal para cual, los amo demasiado. —Abrí mis brazos y enseguida ellos vinieron a abrazarme.
—Lamento todo lo que pasó, hija. De haber sabido que esto ocurriría, lo pudimos haber evitado —dijo mamá con culpa. Sus ojos estaban llenos de dolor.
En esas horas que no estuvieron, me lamenté de todo. Pensé en todas las cosas malas sobre mí y maldije tanto que ahorita no me dan ganas siquiera de alegar más.
—Mamá, papá, hay algo que quiero decirles.
Ambos intercambiaron miradas y luego me miraron a mí con duda.
—Me voy de este lugar, quiero conseguir una cura lo antes posible —dije mirándolos con determinación, poniendo una mano en mi pecho.
—Me niego. —Mi madre, en un tono serio, me tomó de los hombros, sacudiéndome de un lado a otro de forma lenta—. No conoces nada del exterior, será peligroso.
—Mamá, sé bien lo que me espera allá afuera, pero... Solo por esta vez me gustaría que confiaras en mí —dije, agachando mi cabeza y mirando en dirección al piso.
Mi madre siguió hablando acerca de lo peligroso que es allá afuera: los monstruos, criminales y otros desastres que podrían considerarse naturales. Pero al volver a alzar la mirada, mi padre, quien estaba con ambos brazos cruzados, tal vez analizando la situación, me estaba observando.
—Elih, ya basta, por favor —habló mi padre; sin embargo, mi madre volteó a mirarlo con una ira que no podía explicar. Tal parece que no le gusta que la interrumpan cuando está dando un sermón.
—Pero nuestra hija... —Mi madre fue interrumpida de nuevo; mi padre puso un dedo sobre sus labios y continuó.
—Sé lo que dirás, pero mira a Rury. Nuestra hija ha aguantado muchas cosas en este pueblo, y para bien o para mal, la única solución que encontró es salir de aquí. —Mi padre señaló en mi dirección—. Escucha, hija, la vida se trata de tomar decisiones; no importa si son buenas o malas, lo que importa es no arrepentirse de lo que elijas. Así que, si tienes planeado irte, tendrás que emprender este viaje tú sola.
Mi padre me dio un abrazo fuerte.
—Me aterra que algo malo te pase, pero no podemos mantenerte en una jaula de oro para siempre; debes ser libre.
—¡Paul! ¿Qué rayos estás diciendo? ¡Deja que vaya con ella! —exclamó mi mamá—. ¿En serio dejarás que se vaya al peligro y, lo peor, sola?
Mi padre me seguía mirando a los ojos. A pesar de lo serio que estaba, sus ojos brillaban demasiado.
—Eres mi más grande orgullo. No dejaré que los debiluchos de este pueblo te destruyan.
Mi padre me soltó y salió de la habitación. Mi madre lo siguió, golpeándolo en el brazo y dejándome sola en la sala.
«¿Qué acaba de pasar? El mundo exterior... Qué emoción».
***
Mientras empacaba mis cosas en una mochila, me tomó horas buscar lo importante que podría llevar. Ya era de madrugada, la hinchazón había pasado por completo y mi cara había vuelto a la normalidad. Al verme en un espejo, pensé:
«Qué ironía, mi rostro y cuerpo volvieron a la normalidad justo cuando ya me disponía a irme de aquí».
Mi padre entró a mi habitación con una energía sin igual. En sus manos traía unos guantes de cuero oscuro, reforzados con placas de un color negro mate.
—Ten, Rury —mi padre extendió sus manos y me entregó los guantes—. Son mis viejos compañeros, los utilizaba para suprimir mi flujo de maná cuando tenía que ir a cazar.
Tomé los guantes y, al ponérmelos, sentí cómo la energía de mi cuerpo se almacenaba dentro de ellos; el maná se disipaba. Era como si le hubieran puesto una tapa a una olla hirviendo.
—Esto atenuará tu maná —explicó mi padre, cruzándose de brazos—. Tu poder es como un faro en la oscuridad, y las bestias son como los insectos que siguen a ese faro. Procura no quitártelos, a menos que sea necesario.
—Muchas gracias, papá —dije mientras observaba mis manos con los guantes puestos—. Oye, papá, ¿me podrías prestar una de tus espadas? Cuando regrese te la devolveré.
—Es cierto, ocupas una espada. —Mi padre se desabrochó el cinturón de la espada que llevaba en la cintura—. Procura mantenerla contigo a toda costa, es mi más grande compañera. —Me guiñó el ojo y se retiró de mi cuarto.
Mi madre entró después de que mi padre saliera. Ella traía un objeto largo envuelto en una tela de seda. Con movimientos delicados retiró la tela, revelando un báculo hermoso de mitril gris pulido, con una piedra en forma de luna engarzada en la punta.
—Es impresionante, mamá. ¿Dónde lo tenías? —Mi boca estaba abierta por la impresión.
—Esto te ayudará un poco a controlar tu maná. —Mi madre acarició el báculo con mucha delicadeza y continuó—: Es mi compañera desde que era una aventurera, me gustaba proteger a los seres vivos junto a ella. Pero, desde que el rey demonio protegió esta zona de forma exclusiva para los elfos, yo he perdido por completo mi papel como protectora. —Mi madre tomó el báculo y lo extendió hacia mí—. Toma, se llama Susurro Lunar, en honor a nuestro apellido.
Tomé el báculo y, al acariciarlo, sentí cómo mi poder fluía a través de él, como si me invitara a usarlo.
—Te ayudará a canalizar mejor tu maná, incluso tal vez te pueda ayudar a controlar tu condición mientras encuentras la cura —dijo mi madre, mirándome mientras caminaba hacia atrás en dirección a la puerta de mi cuarto—. Oh, lo olvidaba, toma. —Mi madre sacó un medallón en forma de cuervo y me lo dio—. Si llegas a ir a la capital real... ten cuidado. La última vez que fui se había convertido en un nido de víboras donde humanos y demonios conviven en una paz demasiado tensa. —Mi madre puso sus manos en el pecho, como si estuviera tratando de calmarse—. Si te llegas a encontrar en problemas, ve a los barrios bajos y pregunta por alguien que llaman «el Cuervo». Muéstrale eso, me debe un favor de los viejos tiempos.
—Gracias, mamá. —Mis palabras se entrecortaban; sentía cómo mis ojos me ardían y las lágrimas empezaban a brotar—. Los voy a extrañar demasiado.
Mi padre irrumpió de nuevo en mi habitación.
—Nada de lágrimas, ahora más que nunca quiero que te mantengas firme, hija —exclamó, tomando mi mochila y saliendo del lugar—. Vámonos, te acompañaré hasta la frontera del pueblo.
Salimos de la casa. La aldea estaba demasiado desértica; al ser de madrugada, los elfos a esta hora aún no se despiertan. Pasamos por la plaza y ahí, en la copa de un árbol, se encontraban los chicos que me hicieron esa broma frente a todos; estaban desnudos, colgados de las ramas. Qué satisfacción ver esa escena.
La luz tenue del amanecer se asomaba por los árboles. Llegamos a la salida del pueblo, donde, al fondo, el bosque lucía demasiado oscuro y denso.
«Supongo que es hora de salir».








