Prólogo
Habían pasado seis meses desde la última vez que lo había visto. Seis meses que, en el papel, suenan a poco tiempo, pero que en el cuerpo se sienten como una vida entera aprendiendo a respirar sin alguien.
Ese día no tenía nada de especial. Era, en apariencia, un día como cualquier otro: tenía una entrevista de trabajo en una plaza comercial al norte de Santa Clara de los Arcos, y como siempre hago, llegué temprano. Esta vez, demasiado temprano —una hora antes—, algo que ni siquiera para mí, que siempre llego antes a todos lados, era normal. Ahora pienso que tal vez el cuerpo sabe cosas que la mente todavía no alcanza a entender.
Caminé por la plaza sin ningún propósito. Subí, bajé, volví a subir. Miré vitrinas que no me interesaban, hice tiempo con la paciencia de quien no tiene nada más que hacer que esperar. Llegó un momento en que ni siquiera sabía si quería subir al siguiente piso o quedarme abajo, como si mi cuerpo estuviera tomando decisiones que mi cabeza no lograba justificar.
Fue entonces, parado frente a las escaleras, decidiendo hacia dónde ir, que lo vi.
Entró por la puerta de cristal del lado derecho. Fue apenas un instante, una fracción de segundo en la que el mundo se detuvo por completo y luego, cruelmente, siguió andando sin esperarme. Me quedé pasmado —no sé cuántos segundos, pero los suficientes para perderlo de vista entre la gente—. Cuando por fin reaccioné, cuando mi cuerpo entendió lo que mis ojos ya sabían, lo seguí.
Iba justo delante de mí. Tan cerca que hubiera podido decir su nombre y que él volteara. Tan cerca que hubiera podido estirar la mano. Pero al bajar las escaleras, desapareció. Como si la plaza se lo hubiera tragado, como si el universo hubiera decidido que ese no era el momento —o tal vez que nunca lo sería—.
Me quedé parado junto a un barandal, sujetándome de él como quien se sujeta de algo real en medio de un momento que se sentía completamente irreal. Y ahí, sin previo aviso, los ojos se me llenaron de lágrimas.
No lloraba porque lo hubiera perdido de vista. Lloraba por todo lo que ese instante removió de golpe: seis meses de silencio convertidos en un segundo de reconocerlo caminando, vivo, real, a unos metros de mí, y luego nada. Lloraba por la nostalgia repentina de algo que ya no era mío. Por las ganas —tan simples y tan imposibles— de abrazarlo, de sentir otra vez ese cuerpo que conocí durante catorce años como conozco el mío propio.
Pensé en acercarme. Lo pensé de verdad. Pero enseguida vino la duda, esa que paraliza más que cualquier certeza: ¿cómo reaccionaría él? Tal vez me hubiera saludado con esa naturalidad que a veces tienen las personas que ya cerraron una puerta. O tal vez me hubiera ignorado, como si los catorce años, como si todo lo que fuimos, no hubieran dejado ni una marca. No supe cuál de las dos opciones me daba más miedo.
Al final no hice nada. No lo llamé, no me acerqué, no interrumpí lo que fuera que él estuviera viviendo en ese momento, sin mí. Creo que fue lo correcto. Pero hay noches —y esa fue una de ellas— en las que me arrepiento profundamente de mi propio silencio. Porque lo que sea que hubiera pasado, cualquier reacción suya, habría sido mejor que quedarme con la duda. Habría dado cualquier cosa por escuchar su voz una vez más, aunque solo fuera para decirme "hola" con la indiferencia de un extraño. Por ver de cerca esos ojos que, aún ahora, aparecen en mis recuerdos con una nitidez que el tiempo no ha logrado borrar.
Salí de la plaza sin acordarme siquiera de la entrevista que me esperaba en unos minutos. Me senté en una banca afuera, uno de esos lugares de paso donde nadie se detiene realmente. El aire me daba de frente, fresco, casi indiferente a lo que estaba pasando dentro de mí. Y ahí, sin que pudiera evitarlo, las lágrimas empezaron a salir solas. No eran lágrimas dramáticas ni ruidosas. Eran de esas que simplemente se derraman, como si el cuerpo hubiera decidido, sin pedirme permiso, que ya era momento de soltar algo que llevaba guardando desde hacía meses.
Ese sentimiento —el de ya no tenerlo a mi lado— me ha perseguido desde entonces. No con la intensidad de los primeros días, pero sí con esa persistencia silenciosa de las cosas que uno no termina de superar del todo. Han pasado ya cuatro meses desde ese encuentro fugaz, cuatro meses en los que no sé absolutamente nada de él. No sé dónde está, no sé qué hace, no sé si piensa en mí tanto como yo pienso en él. Solo sé, o al menos quiero creer, que está bien, dondequiera que esté.
Y aunque no hablamos, aunque no hubo abrazo ni palabras ni un último "adiós" con todas las letras, siento que ese día, sin saberlo, nos despedimos. Fue nuestra despedida silenciosa, la que ninguno de los dos planeó, la que la vida decidió por nosotros en un pasillo de una plaza comercial cualquiera, un martes cualquiera, en una ciudad que fue testigo de todo lo que fuimos.
Desde entonces no he dejado de preguntarme una cosa. Una pregunta que no me suelta, que aparece en las noches en que no puedo dormir, en las canciones que todavía me recuerdan a él, en cada esquina de esta ciudad que compartimos durante catorce años.
¿Qué hubiera pasado si, en lugar de dejarlo desaparecer entre la gente, hubiera corrido tras él?
¿Qué hubiera pasado si, en vez de quedarme parado junto a ese barandal, hubiera dicho su nombre en voz alta, sin miedo a la respuesta?
¿Qué hubiera pasado si esa tarde, en lugar de ser nuestra despedida, hubiera sido el principio de todo lo que nunca nos atrevimos a intentar?
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