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Corona de Duelo

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Summary

Tras la inesperada muerte de su hermana, la vida de Leigh se derrumba por completo. En cuestión de meses perdió a su padre, a su única hermana y a la libertad de elegir quién quiere ser. Ahora, con apenas veintiún años, deberá convertirse en la próxima reina de una monarquía que amenaza con desmoronarse. Pero el trono no llega solo. Se ve obligada a comprometerse con un hombre al que creía conocer para asegurar el futuro de la corona. Leigh tendrá que abandonar la única vida que alguna vez deseó... y también al único chico que creyó amar. Mientras el duelo, la presión y los secretos de palacio comienzan a consumirla, nuevas verdades saldrán a la luz, poniendo en duda todo lo que creía saber sobre su familia, su reino e incluso sobre sí misma. Entre promesas rotas, amores imposibles y una corona demasiado pesada para alguien que jamás quiso llevarla, Leigh deberá decidir qué está dispuesta a sacrificar: su corazón... o su destino. O tal vez entenderá, que nunca hubo algo que sacrificar.

Genre
Drama
Author
sunkissed
Status
5h ago
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prefacio

Una sucesión de situaciones desafortunadas.

Eso venía siendo mi vida desde hacía unos años hasta ahora.

Primero vino la muerte de mis abuelos, una detrás de la otra. Luego, mi padre.

Y ahora, mi hermana.

Mi única hermana.

Habían pasado un par de semanas. No lo tenía claro, ya que durante ese período solo me había rodeado de oscuridad y del estremecedor silencio en el que se había envuelto mi mente, por lo que mi percepción del tiempo se había vuelto poco fiable.

Esos días me habían convertido nuevamente en aquella niña que solía ser y me enfrenté a la realidad que llevaba bastante tiempo evadiendo.

Esa realidad me gritaba que no estaba tan vacía como pensaba.

Mi pecho volvió a doler, mis ojos volvieron a derramar lágrimas, mi corazón volvió a latir con fuerza.

Me hubiese gustado que aquellas emociones escaparan de mí por felicidad y no por la muerte de mi hermana.

Era muy pequeña cuando me hice a la idea de que los «para siempre» son más breves que la propia palabra.

Nunca pude vivir de fantasías ni de ilusiones, porque todo lo que añoraba, todo con lo que soñaba, desaparecía, moría.

Y me dejaba aquí, sola.

Una vez más.

El mundo era cruel conmigo, como si tuviera alguna deuda pendiente con el mundo.

Las voces a mi alrededor me obligaron a distanciarme de mis pensamientos.

Recordé que ya no estaba en mi habitación.

Llevaba más de una hora sentada en el centro de una gran mesa de roble macizo.

La habitación no desprendía más que frialdad.

Me encontraba rodeada de personas que me triplicaban la edad, mientras luchaba conmigo misma por mantener dentro de mí la poca cordura que sentía que me quedaba.

Tenía enfrente a mi madre, al Consejero Real y al Primer Ministro, discutiendo mi futuro como si yo no estuviese presente.

Mis ojos recorrían la habitación en busca de un poco de humanidad, la cual evidentemente no encontré, porque la realidad era que esas personas llevaban días esperando a que quisiera salir de mi cuarto, luego de la sepultura de Margaret; esperando a que el eventual dolor que estaba sintiendo «pasara», ya que, al parecer, solo yo sentía que mi mundo se había acabado.

Para todos aquí parecía haber pasado como si nada.

Incluso para mi madre.

Sin Margaret y sin mi padre para guiarme, entendí que debería lidiar con todo esto por mi cuenta, crear una coraza, o algo que me protegiera de todo lo que estaba por venir.

Sinceramente, no tenía idea de absolutamente nada de lo que serían mis obligaciones.

No tenía idea de lo que era gobernar, ya que la monarquía nunca fue lo mío.

Eso era de mi hermana.

Eran sus sueños, era aquello para lo que se preparó toda su vida.

Tuvo años de formación, idiomas, discurso, política, incluso entrenamiento militar.

¿Qué sabía hacer yo en comparación con todo eso?.

¿Cómo podría liderar en un mundo de hombres?.

—Leigh no está lista, canciller. No tuvo la preparación de Margaret. No está preparada para afrontar tal responsabilidad —las palabras de mi madre me volvieron a despertar de mi trance.

Para mi sorpresa, ella parecía estar imponiéndose por mí.

—No tenemos otra opción —respondió el Primer Ministro, dirigiendo sus ojos hacia mí—Entiendo su dolor —agregó al verme—, el de ambas, y me duele tanto como a ustedes haber perdido a una joven tan brillante como lo era Margaret. Pero no tenemos mucho tiempo para actuar. Y les recuerdo que, si no lo hacemos, podría significar incluso el fin de la monarquía como la conocemos.

«El fin de la monarquía» resonó en mi cabeza.

De pronto, siglos de una larga historia familiar me atacaron.

¿Podría ser yo quien acabara con aquello?

El rostro de mi padre vino a mis pensamientos.

Con la muerte de Margaret y su autopsia declarando su fallecimiento como «muerte natural», el Estado solo nos otorgaba unos meses de luto mientras se preparaba al siguiente heredero.

La siguiente en línea era yo.

Ni siquiera nos habían dado tiempo de procesar lo que le había sucedido a mi hermana.

Me estremecía pensar en cómo me había despertado con la noticia, en cómo Margaret, una chica saludable, joven, sin vicios ni enfermedades, había muerto.

Su corazón simplemente dejó de latir.

¿Muerte natural?.

Todos aquí sabíamos que no había sido así.

Según los médicos, aún no existen en esta tierra los medios para descubrir la verdad, así que lo mejor, sería resguardarnos y no hablar más de aquello.

—Quizás tengamos más opciones —habló mi madre.

El Consejero Real negó.

—¿Se le ocurre alguna? —intervino tajantemente—Usted cedió el trono a su hija Margaret. Cambiar esto sería como reescribir nuestra Constitución. ¿Sabe todo lo que eso conllevaría? Además, cuando usted fallezca... Leigh seguirá siendo la siguiente en línea. Ella debe gobernar. Y debe hacerlo ahora.

Mi madre dirigió sus ojos hacia mí y, por primera vez en muchísimo tiempo, pude sentir preocupación de su parte detrás de la frialdad de su mirada.

—Ella no está lista —repitió, aunque esta vez sonó más como si se lo dijera a sí misma—. Podríamos pedir un tiempo más, para que se prepare, para vivir este duelo en paz.

—Tres meses. Eso es lo que se le dará —sentenció el Primer Ministro—. Es lo que está estipulado y es lo que se le dará.

—Margaret tuvo años de preparación —insistió mi madre— Años de clases. Ella añoraba el trono; estaba comprometida con un noble, estaba lista. Leigh aún es una niña.

No sabía por qué, pero sus palabras sí me dolían, ya que me confirmaban lo que yo ya pensaba: que aquel trono era demasiado grande para mí.

Que no sería capaz de lograrlo.

El Consejero Real le regaló a mi madre una mirada casi tan agotada como la mía.

—Lamento esto tanto como usted. Pero no tenemos otra opción, somos una de las últimas monarquías que aún no son derrocadas, si el mundo se entera de esto, acabarán con nosotros.

Toda la habitación se sumió en un silencio sepulcral, todos sabíamos lo que estaba sucediendo en el mundo.

La gente ya no creía en la realeza, ya no temblaba al momento de tomarse el poder por sus manos.

—Entonces, ¿tenemos tres meses? —preguntó mi madre con resignación.

El silencio luego de la pregunta de mi madre fue ensordecedor. El Consejero me observó con lástima para luego intercambiar miradas con el Primer Ministro.

—La princesa Leigh deberá comprometerse y ascender al trono dentro de los próximos tres meses, a partir de mañana. Ni un día más.

De pronto, todas las miradas se dirigieron hacia mí.

Con el ruidoso palpitar de mi corazón y el calor extendiéndose por mis extremidades, simplemente me desvanecí.

Un par de horas después...

Entreabrí los ojos cuando la tenue luz de mi habitación me despertó.

Mis ojos se dirigieron hacia la puerta y di un salto en mi lugar al encontrarme con una silueta masculina frente a mí.

Gracias a la luz de la luna pude ver su sonrisa cargada de tristeza. Sin permiso de mis pensamientos, mis piernas me guiaron hacia él y sus brazos me envolvieron con fuerza.

—¿Cómo entraste? —pregunté.

—Lidia me ayudó —respondió, y sentí un poco de calidez en el pecho por primera vez en semanas.

—No debiste —susurré.

Su cuerpo apretaba el mío, dándome el soporte que necesitaba para mantenerme de pie.

Él era lo único que me sostenía.

—Lo sé —susurró en respuesta—. Pero no me importa, Leigh. Necesitaba verte, necesitaba hablar contigo.

Él se sentó a mi lado y simplemente lo miré.

Sentía hasta un poco de vergüenza y culpa por ni siquiera haber intentado comunicarme con él estos días.

No había podido; estaba vigilada las veinticuatro horas del día.

—No podré irme —hablé en voz baja luego de un rato de silencio.

Él suspiró.

—Eso también lo sé.

—Perdón por no hablarte estos días. Han sido... difíciles. Qué digo, han sido horribles —salió de mí.

—Lo sé, Leigh. No te disculpes. Yo... entiendo. Has pasado por mucho y ahora esto, que debas reinar.

Mi estómago se retorció.

—Estos días me he sentido fuera de mí misma, como si fuese una espectadora de todo lo que está sucediendo.

Sus ojos marrones analizaron mi rostro durante unos segundos.

—Siempre supimos que esto podía pasar, Leigh.

—La verdad es que no. No pensé que podría pasar —confesé—. Quiero huir de aquí.

—Eres la chica más valiente que conozco —susurró mientras acomodaba un mechón de mi cabello—. Y la más hermosa.

No sabría describir el tipo de corazonada que recibí cuando noté aquel cambio en su mirada.

Nunca había considerado la idea de perder a Caleb.

Él siempre estaba ahí, trepándose por mi ventana, enviándome cartas, sonriéndome desde el jardín.

Siempre había estado y estaba segura de que él siempre estaría.

Al menos hasta este momento.

¿Por qué sentía esto en el pecho? ¿Por qué sentía que era la última vez que nos íbamos a abrazar así?.

—¿Por qué viniste, Caleb? —escapó de mis labios.

—Leigh...

Su mirada ya no brillaba como de costumbre; como la última vez que lo vi antes de hoy, estaba apagada, al igual que cada uno de sus movimientos.

—No soy un príncipe.

—¿Qué significa eso?

Él me miró con dolor, con angustia; tanta, que podía notar cómo saboreaba amargamente cada cosa que probablemente pasaba por su mente en ese instante.

—Debemos terminar, Leigh.

Intenté mantener mi postura, aun cuando sus palabras habían partido mi corazón en cientos de pedazos apenas las oí. Era un dolor distinto, distinto a todos los que había sentido antes. Era aplastante, abrumador, como si acabaran de destruir todo lo que quedaba dentro de mí.

En un inútil intento de mantener mis emociones en línea, me alejé. Me ardía el pecho de solo pensar en no volver a verlo, en no volver a hablar con él.

En que simplemente se desvaneciera, como todos.

—Leigh.

¿Se iba a ir?.

¿Me iba a dejar?.

—No.

—Leigh, yo...

Él intentó acercarse a mí, pero no se lo permití.

—¿Quieres terminar?.

—Yo no soy el hombre para ti, Leigh, y ellos jamás te permitirán quererme.

—¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo no eres el hombre para mí, Caleb? Porque hace una semana lo eras —exclamé con el corazón en la boca y las lágrimas amenazando con salir—¿Esto es porque no te escribí?.

Caleb negó con la cabeza mientras parecía batallar con su propia lengua.

Sus manos se movían con nerviosismo, como si intentasen expresar lo que sus palabras no podían.

—Ellos jamás te permitirían quererme —repitió—Mira lo que le sucedió a tu hermana, Leigh.

—No metas a Margaret en esto.

Su mirada repleta de lágrimas simplemente negó, con dolor.

—No puedo permitir que te hagan lo mismo.

Todo se sentía tan dolorosamente real.

Él estaba diciéndome todo lo que mi mente llevaba semanas ignorando.

—Nadie va a hacerme nada, Caleb.

Él tomó mi rostro entre sus manos.

—Leigh, no voy a hacerte esto. No me perdonaría jamás, jamás —su voz era débil y su tacto firme, como si temiese que me fuera a desvanecer entre sus dedos.

—No digas que haces esto por mí.

—Es lo mejor.

—¿Lo mejor para quién?

Él me miró con la boca entreabierta mientras su respiración hacía que su pecho se elevara notoriamente.

—Conocí a alguien más.

Fue un balde de agua fría, una estaca clavada directamente en mi pecho.

¿Me estaba diciendo la verdad?.

—Estás mintiendo.

—No, Leigh. No te estoy mintiendo.

Lo miré frente a mí, esa mirada que creía conocer más que a mí misma.

¿Cómo había podido conocer a alguien más?.

¿Y si era así?.

Sería alguna chica normal, una chica libre, una chica sin problemas, una chica que podría ver a diario y salir sin fijarse en horarios ni en que los pudieran ver.

No sabía qué era lo que me dolía más: saber que había alguien más o saber que esa persona era todo lo que yo no era y jamás sería.

—¿Lo dices para herirme? —pregunté.

Al no obtener respuesta, mis manos golpearon su pecho, alejándolo de mí.

—Leigh, no llores, por favor.

—¿Y tienes la cara de venir aquí? ¿De venir a poner a Margaret como una excusa? —pregunté sin desviar mi herida mirada de él—¿Qué quieres, Caleb?, ¿que te felicite por conocer a otra en menos de una semana?, ¿o qué pretendías?.

Por alguna razón, mis pensamientos intrusivos se encargaban de llenar mi cabeza con imágenes innecesariamente dolorosas.

Dejar ir a Caleb era como dejar ir esa parte de mí repleta de sueños, la que ansiaba una vida distinta, una vida normal.

Una vida con él.

—Leigh...

Sus manos intentaron tocar las mías, pero las quité con agresividad.

Sus ojos estaban rojos, probablemente luchando por contener las lágrimas, cosa que no entendía.

Me permití mirarlo: su piel oliva, su cabello castaño con esos mechones desordenados cayendo sobre su frente y esos lindos ojos que me habían dado paz durante tanto tiempo.

¿Cómo todo había cambiado tan rápido?.

—Eres un traidor, Caleb —susurré.

—Yo no te he traicionado, Leigh.

—Me hiciste creer que ibas a estar aquí para siempre.

—Quiero una vida normal, Leigh.

Una más.

Mi pecho estaba por estallar porque lo quería.

Había soñado una vida con él.

Lo quería y él a mí ya no.

¿Qué se hace en esos casos?.

¿Cuándo te sacarías el corazón para dárselo a alguien que simplemente decidió no quererlo más?.

Él quería una vida normal y yo no se la podía dar.

—Vete.

—Leigh, no quiero irme así. No quiero que estés mal por mi culpa.

—Quiero que te vayas.

Su mirada era un espejo para mí.

Era dolor.

Sin que lo viera venir, avanzó hacia mí, tomó mis manos entre las suyas y las beso, durante segundos que se sintieron como horas.

—Adiós, Leigh.

Entonces lo vi marcharse, dejándome con todo el amor en las manos.

Deseé gritarle que no se fuera, pero no pude.

Caí sobre mis rodillas, sintiendo cómo mi mundo se terminaba de derrumbar.

No sabría cómo describirlo: que te rompan el corazón.

Un fuerte dolor en el pecho, dolor que se expande por cada parte de tu cuerpo, haciendo que te duela hasta respirar, al mismo tiempo en que recuerdas todas las veces que fuiste feliz con esa persona que ahora no está y que no volverá a estar.

¿Qué debí hacer para que fuese diferente?.

Lo peor, en este caso, era que jamás podría ir tras de él, porque tenía razón.

Yo no era la persona para él.

Él quería una vida normal, una vida que yo no le podía prometer.

Al menos, desde hoy en adelante.

No dormí en toda la noche. Di vueltas en mi cama una y otra vez, intentando culpar a la incomodidad de las sábanas, al sonido del viento, a todo, menos a que me dolía el corazón, la mente.

La vida seguía dándome golpes en lugares que hasta creía que no dolerían.

—¡Princesa Leigh! Me alegra que esté de pie —la voz del Consejero Real me aturdió.

Lidia se acercó a mí para tocar mi frente con suavidad.

—Me alegra que recuperaras tu calor corporal, cielo —susurró Lidia.

Le sonreí.

—¿Aún me necesitan? —pregunté, intentando disimular cómo la tristeza me consumía. Asumía que mis ojos seguían hinchados.

Él asintió.

—Hay un asunto aguardando por usted allá abajo —dijo con una gran sonrisa que solo me alertó de problemas—Lidia, si pudiese prepararla rápidamente.

—Claro, enseguida —respondió ella, haciendo que el Consejero saliera de la habitación.

Me metí a la ducha mientras oía cómo Lidia rebuscaba entre mi clóset.

Luego de salir, con el cuerpo envuelto en una toalla, tomé asiento frente a mi tocador.

—¿Qué hay abajo? —pregunté.

—No lo sé, cielo —respondió ella—. ¿Qué sucedió con Caleb anoche? —preguntó mientras cepillaba mi cabello.

Mi pecho se apretó apenas oí su nombre.

—No quiero que me hables más de él, Lidia, por favor. Al menos por un tiempo.

Podía ver el perplejo rostro de Lidia a través del espejo.

—Está bien, cielo, pero sabes que puedes contarme lo que sea.

Asentí.

—No estoy bien aún para hablar. De nada.

Vi su reflejo a través del espejo. Me miraba con tristeza, la tristeza con la que una madre mira a su hija cuando sabe que le rompieron el corazón.

Me veía miserable y la realidad era que aquello era un fiel reflejo de cómo me sentía por dentro.

Lo acababa de perder todo en cuestión de semanas.

Me puse de pie y me observé rápidamente en el espejo. Me volteé hacia Lidia y ella me sonrió con tristeza.

—Sé que odias que te lo diga, pero te ves preciosa —susurró—Aún con esos luceros tristes.

—Gracias, Lidia.

El camino hacia donde sea que me llevaban fue silencioso, lo que me permitió perderme una vez más en mis pensamientos.

Mi mirada vacilaba por cada rincón de los pasillos, observando a la servidumbre inclinarse ante mi paso.

Bajé las escaleras intentando pretender que no sentía todas las miradas sobre mí.

Parecía que el recorrido había terminado. Ya estaba exactamente donde debía y, por alguna razón, una sensación me había acompañado desde que entré en la sala.

Una sensación de familiaridad.

Mi divague mental me distrajo de los rostros que estaban frente a mí.

Una mano envolvió la mía, dándole un suave apretón, inclinándose frente a mí.

Cuando elevé la vista, no pude evitar sonreír.

—¿Señor Vandeleur? —escapó de mis labios.

Él se acercó a mí con una enorme sonrisa y me abrazó, rompiendo el protocolo.

En otra situación me habría espantado; en esta, mis ojos se cerraron por voluntad propia y recibieron con calidez aquel abrazo.

—Me alegra que no me hayas olvidado —dijo, volviendo a tomar distancia y permitiéndome observar todas las nuevas arrugas que habían aparecido en su rostro y las canas que poco a poco parecían ganar terreno.

Eso me hizo pensar en cuánto me hubiese gustado ver a mi padre así, envejecer.

—Estás preciosa.

El señor Vandeleur había sido una parte muy importante de mi niñez; había sido lo más cercano a un tío y lo necesité por mucho tiempo luego de la muerte de mi padre. Él lo intentó, estar cerca, pero con la enorme familia que tenía y la desagradable terquedad de mi madre, entendí por qué, con el tiempo, se alejó.

—Muchas gracias. Me alegra mucho verlo aquí nuevamente —dije con sinceridad. Era lindo sentir familiaridad después de tantas pérdidas.

Mis ojos curiosos se posaron sobre la mujer a su lado. Le sonreí con amabilidad cuando ella tendió mi mano. Sabía que se había vuelto a casar hacía un par de años con una mujer mucho más joven que él.

—A mí me maravilla estar de vuelta —me respondió el señor Vandeleur—. Te presento a mi esposa, Amanda, Leigh —me presentó—. Y bueno, a James, ya lo conoces.

Aquel saludo me había hecho olvidar por unos segundos quién estaba allí. Mis ojos fueron hacia él sin esperar que, cuando lo hiciera, su mirada ya estuviese fija en mí.

Habían pasado un par de años desde la última vez que lo vi.

James Vandeleur.

El muchacho con el que solía soñar despierta cuando tenía diez años —y él unos cuantos más— había crecido.

Y si en mi niñez lo consideraba el chico más atractivo del mundo, los años no parecían haber jugado en su contra.

Nada más que el chico por el que estuve enloquecida la mitad de mi vida.

Sus facciones se habían endurecido, su pelo rubio se había oscurecido, su piel parecía recién tostada por el incipiente verano y el cálido color de sus ojos seguía igual de llamativo que siempre.

Un verdadero dolor de cabeza.

Todo mi cuerpo se estremeció bajo su mirada. Me volví a sentir como esa niña pequeña. Retrocedí a la época en la que maldecía que fuese cuatro años mayor que yo; cuando rezaba para que me volteara a ver. Paseándome por los jardines, deseando que al menos me dirigiera una palabra, una sonrisa, lo que fuese, una y otra vez, sin éxito.

—James —dije sin más, sin ni siquiera intentar tomar su mano, ocultando a la perfección mis ruidosos pensamientos.

—Leigh —respondió, sin despegar su mirada de la mía.

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