Capítulo 1
Mi primer “¿enamorarse? ¿yo?”
Dicen que los chicos de 14 o 15 años no se enamoran. Que a esa edad uno apenas está empezando a conocer su realidad, a descubrir quién es y qué quiere de la vida.
Eso mismo decía yo.
Para mí, enamorarse a esa edad era una locura.
Hasta que lo vi.
Y ahí estaba yo, como Doña Florinda mirando al profesor Jirafales. Suena chistoso, pero me pasó. JAJA.
Él era un chico bastante reservado con las personas que no conocía y, curiosamente, yo tampoco era precisamente la persona más sociable del mundo. Nuestros círculos sociales ni siquiera se cruzaban mucho.
Él era el chico que pasaba en la cancha de fútbol y yo era la chica que caminaba con sus amigos y amigas hablando de absolutamente todo.
Entonces, todavía me pregunto: ¿Cómo terminamos llevándonos?
Al principio todo era bastante normal. Hablábamos en el curso, no mucho pero sii, nos preguntábamos cosas, y conversábamos como cualquier compañero. No era que desde el primer día estuviéramos pegados ni nada de eso, yo era nueva en aquel curso.
Pero poco a poco empezamos a hablar más.
Y ahí fue cuando todo cambió.
Lo más raro fue que, al principio, yo ni siquiera quería aceptar que podía gustarme.
Recuerdo que un día empezaron a decirme:
—Oye, le gustas.
Y yo hacía como si no escuchara, por mi paz sentimental JAJAJ.
No, imposible.
Mi frase seguía siendo la misma:
“Los chicos no se enamoran, o talvez si pero yo noo.”
JAJA. Qué equivocada estaba.
No sé exactamente qué fue lo que hizo que me fijara en él. Quizás su manera de ser, esa forma tranquila y diferente que tenía. O simplemente fue pasando, sin que yo me diera cuenta.
Hasta que un día ya no pude seguir fingiendo que no sentía nada.
Dostin.
Ese era el nombre que, sin querer, empezó a quedarse en mi cabeza.
Y cuando parecía que todo iba bien… empezaron los problemas.
Él se molestó conmigo porque no le gustaba que estuviera tanto con otros chicos. Pero yo acababa de llegar a ese salón y, como no conocía a muchas personas, era normal que me llevara más con ellos.
Nunca entendí completamente por qué le molestaba tanto.
Después dejó de hablarme.
Y lo peor era verlo todos los días en el mismo curso y sentir que se comportaba como si yo fuera una persona más.
Antes hablábamos normalmente, nos contábamos cosas y nos tratábamos increíble. Pero de repente todo empezó a sentirse diferente.
Y yo tampoco sabía qué hacer.
Porque una cosa es que alguien deje de hablarte y otra muy diferente es tener que verlo todos los días, compartir clases y hacer como si nada hubiera pasado.
Y para hacerlo todavía más incómodo, yo era la presidenta del curso, lo peor de la vida( un poquititito).
Eso significaba que tenía que estar pendiente de todos.
Incluso de él.
Recuerdo una vez que tuvimos una hora libre. Él le preguntó a la licenciada si podía ir a pedir permiso para poder salir a jugar y ella le respondió:
—Vaya con la señorita Gutiérrez.
Y él contestó:
—Licen, es que ella no… a ella no.
Yo quería desaparecer.
No porque hubiera hecho algo malo, sino porque me daba muchísima vergüenza ir.
yo en mi mente decía, Diosito soy tu hija por favor , no me quiero ir, imaginen ir con el, uy no, solo con pensarlo me da cositas jaja
En ese momento sentí horrible.
Pero a la final no fui, o no me acuerdo sinceramente jaja
Terminó el año y prácticamente no volvimos a hablar.
Hasta Halloween.
Ese día me escribió y me dijo algo como:
—¿dulce o volver a hablar?
Y yo, por la vergüenza de decirle que quería un dulce, elegí volver a hablar. JAJAJA.
Sí, así de fácil.
Después de todo lo que había pasado, volvimos a hablar.
Aunque, siendo sincera, yo no sabía muy bien qué estaba haciendo. Me daba vergüenza hablarle después de tanto tiempo y tampoco sabía si las cosas podían volver a ser como antes.
Él intentaba acercarse y yo era la que terminaba huyendo. JAJA. Capaz él nunca entendió por qué lo hacía.
Con el tiempo, nuestras conversaciones cambiaron.
Antes podíamos hablar durante horas de cualquier cosa.
Ahora era algo así:
—Hola.
—¿Qué haces?
—¿Comiste?
—¿Te fue bien?
—Chao.
Todos los días.
Y casi siempre era él quien intentaba sacar conversación. Yo casi nunca lo hacía.
Hasta que un día me escribió:
y no le respondí
No porque lo odiara.
No porque ya no me importara.
Simplemente estaba cansada de sentir que siempre íbamos a tener la misma conversación.
Pensé que me volvería a escribir.
Qué equivocada estaba.
Ahí terminó todo.
O al menos eso creí.
Porque aunque yo decía que ya no me importaba, en realidad sí me dolía.
Mucho.
Tal vez porque una parte de mí todavía esperaba que las cosas volvieran a ser como antes.
Ahora solo lo veo.
A veces siento que me evita. Antes me miraba y se reía; ahora pasa serio, como si quisiera hacer de cuenta que no existo.
Y es feo.
Es muy feo cuando una persona que alguna vez fue importante para ti comienza a tratarte como si nunca hubieran sido importantes el uno para el otro.
No sé si algún día volveremos a hablar.
Tal vez sí.
Tal vez no.
Quizás algún día podamos volver a tener una conversación que no empiece con un simple “hola” y termine con un “chao”.
O quizás nuestra historia simplemente quedó ahí.
No sé.
Pero si algo aprendí fue que enamorarse a los 14 o 15 años no es tan imposible como yo pensaba.
Porque yo decía que los chicos no se enamoraban.
Hasta que un día me encontré a mí misma mirando a un chico en la cancha como Doña Florinda mirando al profesor Jirafales.
yo me moriaa, osea yoo mirando así aun chicoo nooooo jaja
Y ahí entendí que, a veces, la vida se ríe de nuestras propias palabras.
por eso siempre piensen hasta para hablar.








