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Entre La Corona y La Espada

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Summary

En el reino de Valdoria, una princesa y un caballero de origen humilde se enamoran a pesar de pertenecer a mundos completamente diferentes. Mientras luchan contra las reglas de la corona, una guerra y una peligrosa conspiración amenazan con separarlos para siempre. Entre cartas secretas, sacrificios, pérdidas y promesas, Vanesa y Didier descubrirán que algunos amores están destinados a desafiar incluso a la corona.

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Capitulo 1 - El Reino De Valdoria


Durante generaciones, los habitantes de Valdoria habían aprendido una verdad que nadie se atrevía a cuestionar.

En aquel reino, cada persona nacía con un lugar ya establecido.

Los campesinos pertenecían a los campos.

Los comerciantes, a los mercados.

Los artesanos, a sus talleres.

Los soldados, a las murallas.

Los nobles, a los salones del castillo.

Y la familia real…

La familia real pertenecía a todos.

Pero no a sí misma.

Valdoria era un reino antiguo, extendido desde las montañas del norte hasta las tierras verdes del sur. Al este comenzaba el enorme bosque de Arven, tan profundo que existían aldeas enteras que jamás habían visto su final. Al oeste, el territorio descendía hasta encontrarse con el mar, aunque las costas más lejanas apenas eran visitadas por los habitantes del interior.

Las tierras del reino eran fértiles.

Los inviernos eran duros.

Los veranos podían ser insoportablemente calurosos.

Y, durante los últimos diecisiete años, Valdoria había permanecido bajo el gobierno del rey Alejandro III.

Alejandro no era un hombre cruel.

Pero tampoco era un hombre sencillo.

Había heredado el trono siendo todavía joven, después de que su padre muriera durante una enfermedad que ningún médico consiguió detener. Desde entonces había aprendido a gobernar de una manera que muchos consideraban fría.

Nunca tomaba una decisión rápidamente.

Nunca confiaba completamente en una persona.

Y jamás permitía que sus sentimientos interfirieran en asuntos de Estado.

Los nobles lo respetaban.

Los soldados lo admiraban.

Los enemigos lo temían.

El pueblo, aunque no siempre estaba de acuerdo con él, reconocía que bajo su reinado Valdoria había vivido años de estabilidad.

Junto a él estaba la reina Isabel.

Ella era diferente.

Donde Alejandro veía números, Isabel veía personas.

Donde él veía amenazas, ella buscaba razones.

Y donde él hablaba de obligaciones, ella hablaba de sacrificios.

El matrimonio entre ambos había comenzado como una alianza política, pero con los años se había convertido en algo mucho más profundo.

Tenían tres hijos.

Dos varones y una mujer.

La única hija era la princesa Vanesa.

Y para muchos, Vanesa era la parte más difícil de gobernar dentro de todo el reino.

No porque fuera rebelde.

No porque fuera irresponsable.

Sino porque hacía demasiadas preguntas.

Aquella mañana, el castillo despertó antes que el sol.

Los sirvientes cruzaban los corredores cargando bandejas.

Los guardias cambiaban sus posiciones en las torres.

Los cocineros preparaban el desayuno de la familia real.

Y en una de las habitaciones más grandes del ala oriental, una joven permanecía sentada frente a un espejo.

Vanesa tenía diecinueve años.

Su cabello caía sobre sus hombros mientras una doncella intentaba acomodarlo.

—Quédate quieta, alteza.

Vanesa suspiró.

—Llevo diez minutos quieta.

—Llevas diez minutos moviendo la cabeza.

—Porque me duele el cuello.

La doncella sonrió.

—Ya casi termino.

Vanesa volvió a mirar su reflejo.

Llevaba un vestido azul oscuro con detalles dorados.

Era hermoso.

También era incómodo.

Y pesado.

Y completamente innecesario, en su opinión.

—¿Tengo que usar esto?

—Es lo que ordenó la reina.

—¿Por qué?

—Porque hoy hay ceremonia.

Vanesa recordó.

Claro.

La ceremonia.

—Los nuevos caballeros.

—Exactamente.

Vanesa miró hacia la ventana.

—¿Cuánto falta?

—Menos de una hora.

La doncella terminó de arreglar su cabello y salió.

Vanesa permaneció unos segundos mirando su reflejo.

Después se levantó.

Caminó hasta la ventana.

Desde allí podía contemplar una parte del patio principal.

Abajo, decenas de soldados se preparaban.

Algunos caballos eran conducidos hacia los establos.

Otros soldados limpiaban sus armaduras.

Vanesa observó todo aquello con curiosidad.

La ceremonia de nombramiento de caballeros era una de las tradiciones más antiguas de Valdoria.

A diferencia de otros reinos, Alejandro había decidido durante su reinado que el título de caballero no debía pertenecer exclusivamente a las familias nobles.

Cualquier hombre que demostrara habilidad, disciplina y lealtad podía aspirar a recibirlo.

Aunque, en la práctica, aquello no significaba que todos tuvieran las mismas oportunidades.

Vanesa lo sabía.

—Otra vez mirando por la ventana.

Vanesa se giró.

Elena estaba apoyada contra la puerta.

Era su amiga desde que ambas eran niñas.

Aunque oficialmente Elena era una de las damas que servían a la princesa, Vanesa jamás había permitido que aquella diferencia determinara su relación.

—No estoy mirando nada.

Elena caminó hasta ella.

—Estabas mirando a los soldados.

—Quizá.

—¿Esperas ver a alguien?

Vanesa frunció el ceño.

—¿A quién?

—No sé.

—Entonces no preguntes.

Elena sonrió.

—Estás rara.

—Siempre dices eso.

—Porque siempre estás rara.

Vanesa se rio.

—Hoy simplemente quiero ver la ceremonia.

—¿Te gustan las ceremonias?

—No.

—Entonces definitivamente estás esperando algo.

Vanesa le lanzó una mirada.

—Eres insoportable.

—Y tú me necesitas.

—Eso es verdad.

Elena sonrió.

—Vamos. Tu madre debe estar esperándote.

La sala del trono estaba llena.

Nobles de distintas regiones habían viajado hasta el castillo.

Algunos hablaban en voz baja.

Otros observaban a los soldados.

Los miembros de la guardia real estaban alineados a ambos lados del salón.

Al fondo se encontraba el trono.

Alejandro estaba sentado en él.

Isabel ocupaba el lugar a su lado.

Vanesa tomó asiento junto a su madre.

El rey se inclinó ligeramente hacia ella.

—Llegas tarde.

—Solo unos minutos.

—Una princesa no llega tarde.

Vanesa sonrió.

—Una princesa puede esperar.

Isabel reprimió una sonrisa.

Alejandro la miró.

—No la alientes.

—No dije nada.

—Precisamente.

Vanesa observó el salón.

Uno a uno, los aspirantes a caballeros comenzaron a entrar.

Algunos eran hijos de nobles.

Otros pertenecían a familias militares.

Uno de ellos era hijo de un comerciante.

Y al final de la fila caminaba un joven que no pertenecía a ninguna de aquellas familias.

Vestía una armadura sencilla.

No llevaba adornos.

No llevaba un escudo con un apellido importante.

Solo una espada.

Y una expresión seria.

Vanesa lo observó.

No sabía su nombre.

Todavía.

El capitán Roderic se adelantó.

Era un hombre de unos cuarenta años, de cabello oscuro con algunas canas y una cicatriz que cruzaba parte de su mejilla.

—Majestad.

Alejandro asintió.

Roderic comenzó a mencionar los nombres.

Uno por uno.

Hasta que llegó al último.

—Didier, hijo de Mateo, herrero de la ciudad.

El joven avanzó.

Vanesa levantó ligeramente la cabeza.

Didier se arrodilló.

Alejandro lo observó.

—¿Sabes por qué estás aquí?

Didier respondió:

—Porque he demostrado estar preparado para servir a Valdoria.

—¿Y a quién servirás?

Didier levantó la mirada.

—Al reino.

Alejandro continuó:

—¿Y si el rey te ordena hacer algo que consideras injusto?

La pregunta sorprendió a todos.

Roderic miró al rey.

Didier permaneció quieto.

Después respondió:

—Obedeceré las órdenes justas y cuestionaré las injustas.

Un murmullo recorrió la sala.

Alejandro no mostró ninguna emoción.

—¿Incluso si quien da la orden es el rey?

Didier sostuvo su mirada.

—Incluso entonces.

El silencio fue absoluto.

Vanesa no pudo apartar los ojos de él.

Alejandro finalmente sonrió.

No era una sonrisa de diversión.

Era una sonrisa de interés.

—Levántate, Didier.

El joven se incorporó.

El rey tomó la espada ceremonial.

La apoyó sobre un hombro.

Después sobre el otro.

—Desde este día, sirves a Valdoria como caballero.

Didier inclinó la cabeza.

—Gracias, Majestad.

La ceremonia continuó.

Pero Vanesa dejó de prestar atención.

No sabía por qué.

Simplemente seguía mirando al joven que acababa de desafiar al propio rey con una sola respuesta.

Después de la ceremonia, el patio se llenó de personas.

Los nobles felicitaban a los nuevos caballeros.

Los soldados conversaban.

Los familiares buscaban a los recién nombrados.

Vanesa permaneció junto a Elena.

—¿Viste al último?

Elena siguió su mirada.

—¿Al hijo del herrero?

—Sí.

—¿Qué pasa con él?

—Nada.

—Vanesa.

—¿Qué?

—Lo estás mirando.

Vanesa apartó la mirada.

—Solo tengo curiosidad.

—Claro.

—Es cierto.

—Por supuesto.

Vanesa iba a responder cuando escuchó una voz.

—Princesa.

Se giró.

Era Roderic.

—Capitán.

—Su padre quiere verla.

—¿Mi padre?

—Sí.

Vanesa suspiró.

—¿Ahora?

—Ahora.

—¿Qué hice?

Roderic sonrió.

—Todavía nada.

Vanesa comenzó a caminar.

Pero antes de entrar al castillo, miró una última vez hacia el patio.

Didier estaba hablando con otro soldado.

Y justo en ese momento levantó la cabeza.

Sus ojos se encontraron.

Solo durante un instante.

Vanesa se detuvo.

Didier también.

Ninguno sonrió.

Ninguno dijo nada.

Pero ambos recordaron aquel momento.

Esa noche, Didier regresó a casa.

La herrería estaba detrás de una pequeña vivienda de piedra.

Su padre todavía trabajaba.

Mateo levantó la cabeza cuando escuchó abrirse la puerta.

—Llegaste.

—Sí.

—¿Cómo fue?

Didier dejó la espada sobre una mesa.

—Bien.

Mateo observó la espada.

—Así que es oficial.

Didier asintió.

—Soy caballero.

Su padre sonrió.

—Tu madre estaría orgullosa.

Didier bajó la mirada.

—Sí.

El silencio apareció entre ambos.

La madre de Didier había muerto cuando él tenía ocho años.

No hablaban demasiado de ella.

Pero estaba presente en casi todo.

En la forma en que Mateo lo había criado.

En la manera en que Didier trataba a los demás.

En las pocas fotografías que conservaban.

Mateo se acercó.

—¿Te dijeron dónde servirás?

—Con la guardia del castillo.

Mateo asintió.

—Entonces tendrás que aprender rápido.

—Ya aprendí bastante.

—No.

Didier lo miró.

—Nunca se aprende suficiente.

El joven sonrió.

—Eso suena a algo que diría el capitán Roderic.

—Porque probablemente se lo robé.

Ambos rieron.

Después Mateo volvió a trabajar.

Didier permaneció unos segundos observándolo.

—Papá.

—¿Sí?

—¿Crees que alguien puede cambiar su destino?

Mateo dejó el martillo.

—¿Por qué preguntas eso?

Didier pensó en la princesa.

En aquella mirada.

En el castillo.

En la enorme diferencia entre sus vidas.

—Por nada.

Mateo lo observó.

—Entonces espero que ese “nada” no termine convirtiéndose en algo que te haga sufrir.

Didier no respondió.

Porque, sin saberlo, aquella frase terminaría persiguiéndolo durante años.

En el castillo, Vanesa estaba frente a su ventana.

Elena se encontraba sentada en una silla.

—¿Sigues pensando en él?

Vanesa no respondió.

—Eso significa que sí.

—Solo me pareció interesante.

—¿Qué?

—Su respuesta al rey.

Elena se levantó.

—¿Qué dijo exactamente?

Vanesa sonrió.

—Que obedecería las órdenes justas.

—Eso fue bastante valiente.

—Sí.

Vanesa volvió a mirar hacia el patio vacío.

—¿Sabes qué creo?

—¿Qué?

—Creo que no le importa quién soy.

Elena frunció el ceño.

—¿Y eso es bueno?

Vanesa tardó en responder.

—Creo que sí.

—¿Por qué?

Vanesa acarició distraídamente el borde de la ventana.

—Porque durante toda mi vida las personas me han mirado antes de hablar conmigo.

Elena entendió.

—Por ser princesa.

—Exactamente.

Vanesa se quedó en silencio.

—Pero él me miró como si yo fuera simplemente… yo.

Elena sonrió.

—Vanesa.

—¿Qué?

—Ten cuidado.

Vanesa la miró.

—¿Con qué?

—Con las cosas que empiezan pareciendo pequeñas.

Vanesa volvió a mirar hacia la oscuridad.

No sabía qué iba a ocurrir.

No sabía que aquel encuentro cambiaría su vida.

No sabía que algún día tendría que elegir entre la corona que había heredado y el hombre que había aprendido a amar.

Solo sabía una cosa.

Por primera vez en mucho tiempo, tenía curiosidad por el día siguiente.

Y en algún lugar de la ciudad, mientras apagaba las luces de la herrería, Didier también pensaba en la princesa.

No sabía por qué.

No sabía qué significaba.

Y mucho menos sabía que aquel breve cruce de miradas había sido el comienzo de una historia que pondría a prueba a un reino entero.

Porque algunas historias de amor nacen con una bendición.

Otras nacen con una promesa.

La de ellos nació con una mirada.

Y con una diferencia que parecía imposible de superar.

Una corona los separaba.

Una espada los uniría.

Y ninguno de los dos estaba preparado para lo que vendría después.

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