El Archivo Cero
EL ARCHIVO CERO Capítulo 1 — La desaparición
Eran las 11:47 de la noche.
Adrián Valdés estaba sentado frente a su computadora, intentando terminar una tarea que debía entregar al día siguiente. Había pasado los últimos veinte minutos mirando la misma página sin escribir prácticamente nada.
No tenía sueño.
Algo le preocupaba.
Su padre había prometido regresar antes de las diez.
Marcos Valdés nunca incumplía una promesa.
Adrián miró nuevamente el reloj de la pared.
11:47 p. m.
—Seguro se quedó trabajando —murmuró.
Intentó concentrarse.
Entonces escuchó tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Adrián levantó la cabeza.
Los golpes habían venido de la puerta principal.
Se quedó escuchando.
Nada.
Se quitó los audífonos y esperó.
—¿Papá?
No hubo respuesta.
Adrián salió de su habitación.
La casa estaba casi completamente a oscuras. Solo permanecía encendida la luz de la cocina.
Su madre, Elena, estaba allí preparando una taza de té.
—Mamá —dijo Adrián—. Creo que papá llegó.
Elena miró el reloj.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Llegó?
—Escuché tres golpes.
Elena dejó la taza sobre la mesa.
—Ve a mirar.
Adrián caminó lentamente hacia la puerta.
Miró por la ventana.
La calle estaba vacía.
No había nadie.
—No hay nadie.
Elena se acercó.
—¿Estás seguro?
—Sí.
En ese momento, ambos escucharon el sonido de un automóvil alejándose rápidamente.
Elena corrió hasta la ventana.
Un vehículo oscuro dobló la esquina y desapareció.
—¿Era el automóvil de papá? —preguntó Adrián.
Elena negó con la cabeza.
—No.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces el teléfono de Marcos comenzó a sonar.
Los dos miraron hacia la mesa de la sala.
El teléfono estaba allí.
Marcos nunca salía de casa sin llevarlo.
Elena caminó lentamente hasta el aparato.
En la pantalla aparecía:
NÚMERO DESCONOCIDO.
—No contestes —dijo Adrián.
Elena dudó.
Finalmente respondió.
—¿Hola?
No hubo respuesta.
Solo se escuchaba una especie de interferencia.
—¿Quién habla?
La estática aumentó.
Entonces una voz masculina habló.
—¿Está Elena Valdés?
Elena se quedó inmóvil.
—¿Quién pregunta?
—Escúcheme con atención. No busque a su esposo.
Adrián se acercó.
—¿Dónde está Marcos?
La voz permaneció en silencio durante unos segundos.
Después respondió:
—Eso depende de cuánto tiempo tarde usted en encontrar lo que dejó atrás.
La llamada terminó.
Elena miró el teléfono.
—¿Qué quiso decir?
Adrián no respondió.
Había algo que no encajaba.
—Mamá… ¿papá tenía enemigos?
—No.
La respuesta fue demasiado rápida.
Adrián la observó.
—¿Estás segura?
Elena bajó la mirada.
—Sí.
Pero Adrián supo inmediatamente que estaba mintiendo.
A las 12:31 de la madrugada llegó la policía.
Dos agentes entraron en la casa y comenzaron a hacer preguntas.
El detective Richard Cole era un hombre de unos cincuenta años, de voz tranquila y mirada seria.
—¿Cuándo fue la última vez que vio a su esposo? —preguntó.
—A las seis y veinte de la tarde —respondió Elena.
—¿Dijo adónde iba?
—Dijo que tenía que reunirse con una persona.
—¿Quién?
Elena guardó silencio.
—No lo sé.
Cole anotó algo.
—¿Su esposo tenía problemas económicos?
—No.
—¿Problemas familiares?
—No.
—¿Alguna amenaza reciente?
Elena volvió a quedarse callada.
Adrián intervino.
—Recibimos una llamada.
Elena lo miró.
—Adrián…
—Una persona llamó al teléfono de papá.
Cole levantó la mirada.
—¿Qué dijo?
Adrián repitió la conversación.
El detective dejó de escribir.
—¿Dijo que no buscaran a su esposo?
—Sí.
Cole pensó durante unos segundos.
—¿Reconoció la voz?
—No.
—¿Y usted?
Elena negó con la cabeza.
—Tampoco.
Cole cerró su libreta.
—Vamos a investigar.
Antes de marcharse, miró a Adrián.
—Si recuerdas cualquier cosa, por pequeña que sea, debes decírmelo.
Adrián asintió.
Cuando los policías se fueron, la casa volvió a quedar en silencio.
Elena llevó a Sofía, la hermana menor de Adrián, a su habitación.
Adrián permaneció en la sala.
Miró el teléfono de su padre.
Había algo extraño.
El dispositivo tenía una pequeña grieta en la pantalla.
Pero él estaba seguro de que esa grieta no estaba allí aquella mañana.
Lo tomó.
Abrió la galería.
No había fotografías nuevas.
Después revisó los mensajes.
Nada.
Finalmente decidió revisar el historial de llamadas.
La llamada desconocida había sido registrada a las 11:49 p. m.
Adrián frunció el ceño.
Los golpes habían ocurrido a las 11:47.
El automóvil había desaparecido poco después.
Y la llamada había llegado dos minutos más tarde.
Algo había ocurrido justo frente a su casa.
A las 2:13 de la madrugada, Adrián seguía despierto.
No podía dormir.
Salió de su habitación y caminó hasta el despacho de su padre.
Marcos mantenía aquella habitación cerrada casi siempre.
Adrián nunca había entendido por qué.
Probó la manija.
Estaba abierta.
Entró.
La habitación olía a madera y café.
Había estantes llenos de libros, varias herramientas y cajas con aparatos electrónicos.
Adrián encendió la lámpara.
Sobre el escritorio encontró un reloj.
Era un reloj antiguo que Marcos había usado durante años.
Adrián lo tomó.
Algo estaba mal.
Pesaba demasiado.
Lo giró.
En la parte posterior había una pequeña ranura que nunca había visto.
Presionó con la uña.
Click.
La tapa se abrió.
Adentro había un pequeño dispositivo negro.
No parecía un teléfono.
Tampoco parecía una memoria USB.
Tenía una sola pantalla diminuta y un botón.
Adrián miró hacia la puerta.
Después presionó el botón.
La pantalla se iluminó.
Durante unos segundos apareció solamente una línea:
INICIANDO…
Luego apareció una palabra.
ARCHIVO CERO
Adrián sintió un escalofrío.
La pantalla cambió.
INTRODUZCA IDENTIFICACIÓN.
No sabía qué hacer.
Entonces recordó algo.
Su padre siempre había utilizado cuatro números como contraseña.
La fecha de nacimiento de Adrián.
Los introdujo.
La pantalla permaneció negra.
Por un instante pensó que había fallado.
Entonces apareció un mensaje.
IDENTIFICACIÓN ACEPTADA.
Adrián se quedó inmóvil.
Apareció una lista.
MARCOS VALDÉS
ELENA VALDÉS
SOFÍA VALDÉS
ADRIÁN VALDÉS
Adrián sintió que el corazón le latía con fuerza.
—¿Qué es esto?
Abrió el primer archivo.
Apareció una fotografía de su padre.
Pero Marcos parecía mucho más joven.
Debajo de la fotografía había varias palabras:
AGENTE: MV-17
ESTADO: DESAPARECIDO
Adrián abrió otro archivo.
Apareció una fotografía de un hombre desconocido.
Después otra.
Y otra.
Personas en aeropuertos.
Reuniones secretas.
Vehículos.
Edificios.
Mapas.
Todo parecía estar relacionado.
Entonces encontró una carpeta llamada:
NEXUS.
Intentó abrirla.
ACCESO DENEGADO.
Debajo apareció una última advertencia:
SI ESTÁ LEYENDO ESTO, YA LO ENCONTRARON.
Adrián dejó caer el dispositivo sobre el escritorio.
De repente escuchó un ruido.
Clac.
La puerta de la casa.
Alguien había entrado.
Adrián apagó la lámpara.
Se quedó completamente quieto.
Escuchó pasos.
Uno.
Dos.
Tres.
Alguien estaba caminando por el pasillo.
Adrián agarró el dispositivo y se escondió detrás de la puerta del despacho.
Los pasos se acercaron.
La manija comenzó a moverse.
Adrián contuvo la respiración.
La puerta se abrió lentamente.
Una silueta apareció en la oscuridad.
El desconocido encendió la luz.
Miró el escritorio.
Luego abrió los cajones.
No buscaba dinero.
No buscaba objetos de valor.
Buscaba algo específico.
El dispositivo.
Adrián permaneció escondido.
El hombre revisó el escritorio durante unos segundos.
Después recibió una llamada.
—No está aquí —dijo.
Escuchó durante unos segundos.
—Sí. Estoy seguro.
Pausa.
—Entonces todavía lo tiene el chico.
Adrián abrió los ojos.
El hombre salió del despacho.
Los pasos se alejaron.
Adrián esperó.
Cuando finalmente estuvo seguro de que se había marchado, salió de su escondite.
Miró el dispositivo que tenía en la mano.
La pantalla había vuelto a encenderse sola.
Ahora mostraba un nuevo mensaje:
PRIMERA FASE COMPLETADA.
Y debajo:
PROTEGER A LA FAMILIA.
Adrián miró hacia el pasillo.
Por primera vez comprendió que la desaparición de su padre no era un accidente.
Alguien estaba detrás de ellos.
Y, de alguna manera, su familia llevaba años formando parte de un secreto que él ni siquiera sabía que existía.
FIN.








