Día de lluvia

Llovía intermitentemente desde la mañana, lo justo para que el centro de la ciudad brillara bajo las farolas y las gotas plateadas se acumularan en las ventanas de los cafés. Más allá de los edificios, la niebla difuminaba los árboles a lo lejos, hasta que el bosque y el cielo parecían haberse fundido en una sola imagen.
Y, al parecer, los estudiantes de todas las facultades habían decidido que aquel era el clima perfecto para ir a la cafetería cercana y saturar el lugar.
Cuando su pedido por fin llegó a sus manos, se dedicó a observar a su alrededor y se dio cuenta de lo inevitable: todas las mesas estaban ocupadas por estudiantes universitarios, parejas que se refugiaban de la llovizna, amigos que compartían pasteles y personas que simplemente buscaban resguardarse de la lluvia.
—Maldita sea... —murmuró mientras tomaba un sorbo de café.
No lo escupió solo por cordialidad. Realmente parecía que se habían esforzado para conseguir que incluso el café supiera horrible y arruinar así un día que todavía tenía pequeñas posibilidades de mejorar.
—Ey.
Logró escuchar la voz cerca de ella. Al girar la cabeza, encontró una mesa para dos ocupada completamente por una sola persona: un chico que parecía haber montado allí un centro de estudio temporal.
Su portátil estaba abierto junto a un grueso libro de texto, un cuaderno repleto de anotaciones pulcras, varias hojas sueltas y un vaso de café genérico de la misma cafetería. Un auricular seguía en su oreja; el otro colgaba olvidado contra su camisa.
—Puedes sentarte aquí, si quieres.
Ella con su mirada recorrió todo lo que cubría la mayor parte de la mesa antes de que una sonrisa divertida asomara en sus labios al volver a fijar la mirada en él.
—Solo estoy usando aproximadamente... el ochenta por ciento.
Observó cómo acercaba ligeramente su libro de texto.
—Setenta...
Por alguna razón, ella soltó una pequeña risa antes de poder contenerla. Era la primera vez en toda la mañana que algo conseguía arrancarle una.
—Gracias —dijo con un suspiro de alivio mientras se acomodaba en la silla, dejando su bolso con cuidado a un lado—. Parece que media universidad hizo un pacto para invadir todo el local al mismo tiempo.
—O conspirar contra nosotros —Respondió él.
—¿Nosotros? —Ella levantó ligeramente una ceja.
El chico se quedó en silencio sin responder, como si estuviera buscando las palabras correctas dentro de su mente.— No me prestes atención por favor
—¿De acuerdo?...
Una vez sentada, sacó su propia libreta y un libro. Intentaba concentrarse a pesar de que el ambiente no era precisamente el mejor.
De verdad lo intentó.
Pero era difícil ignorar la presencia del desconocido sentado frente a ella.
Quizá era porque había algo particularmente tranquilo en su manera de estudiar. Incluso rodeado de apuntes, libros y hojas, parecía estar completamente acostumbrado al caos. O quizá era simplemente la curiosidad que él mismo había despertado al ofrecerle un lugar.
De vez en cuando, sus ojos se desviaban hacia sus cosas, solo unos segundos. Desde su lugar, incluso podía leer parte del contenido de unas notas sueltas que habían quedado a su alcance.
Y antes de pensarlo demasiado, habló.— ¿Medicina general o ya te estás especializando?
La pregunta se le escapó de los labios antes de poder filtrarla.
La mirada de ambos se alzó al mismo tiempo y sus ojos se encontraron. Inmediatamente, ella sintió cómo el calor le subía a las mejillas al caer en cuenta que en menos de cinco minutos de casi nula conversación había hecho el ridículo.
—Lo siento —añadió rápidamente, desviando la mirada—. Supongo que lo que menos querías era que alguien te interrumpiera cuando la temporada de exámenes está cerca.
Se mordió ligeramente la lengua.
—Fue una pregunta bastante indiscreta.
Desvió la mirada casi al instante después de disculparse, esperando que el desconocido dejara pasar algo tan infantil y banal como lo que acababa de hacer.
Él se quitó los lentes con tranquilidad y los dejó sobre la mesa. Después soltó un suspiro, casi idéntico al que ella había soltado al encontrar asiento.
Ella interpretó aquello como una señal inequívoca.
Perfecto.
Ya había conseguido molestar al pobre hombre.
Empezó a recoger discretamente sus cosas.
—Puedo buscar otro lugar...
Una risa bastante suave la detuvo, cuando alzo la mirada lo vio sonriendo, no parecía a primera vista que estuviese molesto.
—Definitivamente parece una conspiración.
Coincidió con las palabras que ella había dicho minutos antes, con una sonrisa sincera asomando en la comisura de sus labios. Pero lo distante que le parecían las palabras la había sacado de onda.
—¿Qué?
—Lo de la cafetería.
Señaló vagamente las mesas abarrotadas. Ella dejó escapar el aire que ni siquiera se había dado cuenta de que estaba conteniendo.
—Eso tendría bastante sentido.
En lugar de volver a su pantalla para continuar sumergido en sus estudios, se recostó ligeramente en la silla, relajando los hombros.
Su postura perdió parte de aquella rigidez que había cargado encima desde que ella se había acercado, sonriendo un poco más.
Y ella descubrió que a sus ojos tenía una sonrisa demasiado agradable.
—No te disculpes —dijo con voz suave pero cálida, claramente intentando tranquilizarla.— La curiosidad es mejor que el silencio. ¿Y, sinceramente? Es un buen descanso de hablar con mi libro de texto.
Señaló vagamente el grueso volumen frente a él.
— No se me da muy bien conversar.
Ella dejó escapar una pequeña risa.
—No parece.
—¿No?
—No.
Él inclinó ligeramente la cabeza encontrando algo de curiosidad ahora.— ¿Eso es un cumplido?
Ella dudó pero de igual forma se encogió de hombros.— Supongo.
—Entonces lo aceptaré.
La sonrisa que apareció en su rostro fue pequeña, pero suficiente para hacer que ella tuviera que contener otra risa.
Había algo en su manera de responder, una especie de seguridad tranquila que no parecía arrogante.
—Por ahora, medicina general —continuó él—. Estoy en esa fase de intentar sobrevivir al inicio del ciclo clínico.
Ella miró los libros nuevamente.
—Parece que vas ganando.
—Eso depende de a quién le preguntes. —Señaló el café.— Mi cuerpo dice que estoy perdiendo.
Ella rio suavemente.
—¿Y qué quieres hacer después?
La pregunta hizo que él la observara durante un instante.
—Medicina de urgencias.
Ella ladeó la cabeza, interesada.
—¿Por qué?
—Me gusta el ritmo. —Se encogió ligeramente de hombros y Hubo una pequeña pausa.— Aunque probablemente eso diga más sobre mí de lo que debería.
Ella sonrió.
—Probablemente.
Él levantó una ceja.
—¿Eso también fue un cumplido?
—No estoy segura.
Hizo una pausa, observándola durante un momento. No de forma invasiva, sino con genuino interés. Parecía inofensiva, inteligente y claramente agradecida por haber encontrado un lugar donde sentarse.
—¿Y tú? —preguntó, inclinando ligeramente la cabeza—. Si has venido a estudiar, debo pedirte entonces una verdadera disculpa por... bueno, esto.
Señaló su desastre personal sobre la mesa.
—Se podría decir que un poco de ambas —respondió ella con una media sonrisa mientras alzaba tanto la libreta como el libro.
—¿Te gustan los niños? —preguntó él, casi de la misma manera que ella lo había hecho cuando la pregunta se le había escapado.
—¿Esa es tu forma de averiguar qué estudio?
—Funcionó contigo.
Ella abrió la boca, sorprendida. Volviéndola a cerrar asintiendo para darle la razón.— Touche —Seguido, negó la cabeza divertida. —Sí... me gustan los niños
Una risita escapó de ambos casi al mismo tiempo, haciendo que la tensión que todavía quedaba entre ellos se disipara un poco.
Quiso volver a prestar atención a su propia libreta, pero al notar que los ojos de él se desviaban con aquella misma chispa de diversión hacia sus apuntes, ella entrecerró los ojos.— ¿Qué?
—Nada.
—Estabas mirando mis apuntes.
—Estaba mirando.
—Eso es exactamente lo que hacen los chismosos.
Una sonrisa apareció lentamente en el rostro de él.— ¿Me estás llamando chismoso?
Ella intentó mantener una expresión seria no lo consiguió del todo. Sus pecas se acentuaron cuando una sonrisa terminó por escapársele.
—Oye, que yo haya sido chismosa no significa que tú debas hacer lo mismo.
Él soltó una risa baja y volvió a acomodarse en su silla.
—Soy John —Se presentó él.
—Y yo Nathalia.








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