La primera noche
Adrián no había elegido aquel apartamento porque le gustara.
Lo había elegido porque estaba disponible, podía pagarlo y, sobre todo, porque quedaba lo suficientemente lejos de la vida que acababa de abandonar.
A sus treinta y dos años, después de casi siete viviendo con la misma persona, descubrir que todas sus pertenencias cabían en una camioneta resultaba bastante deprimente.
Dos maletas. Seis cajas. Una cafetera que había insistido en llevarse. Un televisor. Y una cama que esa noche tendría que armar solo.
Eso era todo lo que quedaba de su antigua vida.
El apartamento 312 debía ser temporal. Un lugar donde dormir mientras decidía qué demonios hacer consigo mismo.
No sabía todavía que la decisión más peligrosa que tomaría allí no tendría que ver con su ex ni con empezar de nuevo.
Vivía justo al otro lado de la pared.
—El ascensor funciona cuando le da la gana —le había advertido la mujer de recepción mientras le entregaba las llaves—. Si se queda parado, no se asuste. Presione el botón otra vez.
—Eso inspira mucha confianza.
La mujer sonrió.
—Bienvenido al edificio.
Adrián tomó las llaves y miró alrededor.
El lugar no estaba mal. Era uno de esos edificios antiguos que habían intentado modernizar sin conseguir borrar completamente su edad. Mármol nuevo en el lobby, lámparas modernas y cámaras en cada esquina, pero los ascensores todavía hacían ruidos que parecían pertenecer a otra época.
El apartamento, en cambio, le había gustado más de lo que esperaba.
Una habitación. Cocina abierta. Ventanales grandes. Un pequeño balcón desde el que podía ver las luces de la ciudad.
Y silencio.
Eso era precisamente lo que necesitaba.
Silencio.
Durante las siguientes tres horas subió cajas, muebles y bolsas. Cerca de las ocho de la noche ya estaba sudado, cansado y arrepentido de no haber pagado a alguien para hacer la mudanza.
Arrastraba la última caja por el pasillo cuando escuchó una puerta abrirse.
Levantó la mirada.
La puerta estaba apenas entreabierta.
Adrián siguió caminando.
Entonces apareció una mano sujetando el borde.
Después un brazo.
Y finalmente un hombre salió al pasillo.
Adrián disminuyó el paso sin querer.
El desconocido era alto, de hombros anchos, y llevaba unos pantalones deportivos grises y una camiseta negra que parecía haber sido escogida sin demasiado interés.
Pero no fue la ropa lo que hizo que Adrián lo mirara.
Fue su cara.
Había hombres atractivos que sabían perfectamente que lo eran.
Aquel parecía uno de ellos.
Cabello oscuro. Barba corta. Una expresión tranquila que rozaba la indiferencia.
El hombre cerró la puerta del 314 y levantó la vista.
Sus ojos se encontraron.
Adrián apartó los suyos primero.
Continuó hasta el 312, introdujo la llave y empujó la caja con el pie.
—¿Te acabas de mudar?
La voz llegó desde detrás.
Adrián se volvió.
El hombre seguía junto a su puerta.
—¿Tan evidente es?
Miró la caja.
—Bastante.
Adrián sonrió.
—Entonces sí.
El desconocido hizo un pequeño gesto con la cabeza.
—Bienvenido.
—Gracias.
Y eso fue todo.
No dijo su nombre.
No preguntó el de Adrián.
Simplemente caminó hacia el ascensor.
Adrián entró en su apartamento.
Antes de cerrar, miró una vez más hacia el pasillo.
Las puertas del ascensor se cerraban frente al desconocido.
Por alguna razón, él también estaba mirando hacia el 312.
Adrián cerró.
No pensó más en aquello.
O al menos eso intentó.
A las diez y media todavía había cajas por todas partes.
Adrián abandonó oficialmente la mudanza.
Se duchó, se puso unos shorts y abrió una cerveza.
No tenía sofá todavía, así que se sentó en el suelo del salón, apoyado contra la pared, y llamó a Marcos.
—¿Sobreviviste? —preguntó su amigo.
—Por poco.
—¿Y qué tal el palacio del divorciado?
Adrián soltó una carcajada.
—No estamos divorciados. Nunca estuvimos casados.
—Después de siete años es lo mismo, pero sin abogados.
—Gracias por recordármelo.
—Para eso están los amigos.
Hablaron unos minutos.
Marcos quiso saber si había hablado con Daniel.
No.
Si Daniel había escrito.
Sí.
Si Adrián pensaba responder.
No sabía.
Esa era la respuesta que últimamente daba para casi todo.
No sabía si quería volver.
No sabía si la separación era definitiva.
No sabía si estaba enfadado, triste o simplemente agotado.
Lo único que sabía era que necesitaba estar solo.
—Duerme —le dijo Marcos antes de colgar—. Mañana todo se verá menos dramático.
—Eso dicen siempre.
—Porque funciona.
Adrián dejó el teléfono en el suelo.
Entonces lo escuchó.
Un golpe.
Del otro lado de la pared.
Giró la cabeza.
El 314.
Otro golpe.
Después algo parecido a un mueble arrastrándose.
Adrián sonrió.
Su maravilloso silencio había durado aproximadamente tres horas.
Se levantó para buscar otra cerveza.
Entonces escuchó una voz.
No pudo distinguir qué decía.
Era grave.
Probablemente la del vecino.
Después otra.
Adrián se detuvo.
Esa segunda voz era diferente.
Más baja.
Hubo una risa.
Luego silencio.
Adrián abrió el refrigerador.
—No es asunto tuyo.
Sacó la cerveza.
Y entonces escuchó algo que hizo que permaneciera con la puerta del refrigerador abierta.
Un gemido.
Muy breve.
Adrián cerró lentamente.
Esperó.
Nada.
Se rio de sí mismo.
Perfecto.
Su primera noche viviendo solo y estaba pegando la oreja a la vida sexual del vecino.
Regresó al dormitorio.
Cinco minutos después volvió a escucharlo.
Esta vez no había duda.
Un gemido ahogado.
Después otro.
Adrián miró el techo.
—Joder.
Intentó concentrarse en el teléfono.
No funcionó.
Las paredes eran suficientemente gruesas para ocultar una conversación, pero aparentemente no ciertas cosas.
Escuchó un golpe contra la pared.
Luego otro.
Rítmico.
Adrián tragó saliva.
Habían pasado meses desde la última vez que sentía verdadero deseo por alguien. Incluso antes de separarse, el sexo con Daniel se había convertido en algo que ocurría más por costumbre que por hambre.
Pero aquello era distinto.
No podía ver nada.
Y precisamente por eso su imaginación estaba haciendo el resto.
Pensó en el hombre que había visto salir del 314.
En los pantalones grises.
En sus hombros.
En la manera en que lo había mirado justo antes de cerrarse el ascensor.
Otro sonido atravesó la pared.
Adrián se levantó.
Necesitaba agua.
O aire.
O dejar de comportarse como un adolescente.
Fue hasta la cocina.
Entonces todo quedó en silencio.
De golpe.
Adrián permaneció allí unos segundos.
Se sintió ridículo.
Abrió el grifo.
Y alguien llamó a su puerta.
Tres golpes.
Adrián miró hacia la entrada.
No esperaba a nadie.
Miró el reloj.
11:48 p. m.
Volvieron a llamar.
Se acercó.
Miró por la mirilla.
Era él.
El vecino del 314.
Pero esta vez no llevaba camiseta.
Adrián abrió la puerta más rápido de lo que habría querido admitir.
—Hola.
El hombre tenía el cabello ligeramente húmedo y una toalla pequeña alrededor del cuello. Su pecho todavía conservaba algunas gotas de agua.
—Perdona la hora.
—No pasa nada.
Adrián hizo un esfuerzo bastante consciente por mantener la mirada a la altura de sus ojos.
—Soy Gael —dijo el hombre.
—Adrián.
Gael extendió la mano.
Adrián se la estrechó.
El contacto duró apenas un segundo.
Suficiente.
—Creo que esto es tuyo.
Gael levantó un pequeño sobre.
Adrián lo reconoció. Contenía unas piezas que había comprado para montar la cama.
—Debió caerse de una caja.
—Estaba frente a mi puerta.
—Gracias. Me acabas de salvar de dormir en el suelo.
Gael sonrió.
Era la primera vez que Adrián lo veía hacerlo.
Le cambiaba completamente la cara.
—Aunque quizá el suelo no sea tan malo.
—Después de cargar cajas durante cinco horas, te aseguro que sí.
Gael soltó una risa corta.
Hubo un silencio.
No incómodo.
Peor.
Uno de esos silencios en los que ambos saben que podrían terminar la conversación, pero ninguno lo hace.
Adrián señaló con la barbilla hacia el 314.
—Espero no haber hecho demasiado ruido con la mudanza.
La sonrisa de Gael desapareció apenas.
—No escuché nada.
—Yo sí.
Las palabras salieron antes de que Adrián pudiera detenerlas.
Gael lo miró.
—¿Sí?
Adrián sintió calor en la cara.
Podía inventar cualquier cosa.
Las cajas.
Los golpes.
La televisión.
Pero algo en la expresión de Gael le hizo decidir lo contrario.
—Las paredes —dijo—. Son más finas de lo que pensaba.
Los ojos de Gael permanecieron sobre él.
Un segundo.
Dos.
Luego apareció lentamente una sonrisa en la esquina de su boca.
—Tendré que recordarlo.
Adrián sintió algo en el estómago.
Gael retrocedió.
—Buenas noches, Adrián.
—Buenas noches.
Caminó hasta el 314.
Adrián debería haber cerrado la puerta.
No lo hizo.
Observó cómo Gael introducía la llave.
Antes de entrar, Gael se volvió.
Lo descubrió mirándolo.
Ninguno apartó la vista esta vez.
Gael entró.
La puerta se cerró.
Adrián permaneció inmóvil.
Después miró el sobre que tenía en la mano.
Y entonces se dio cuenta de algo.
Desde que Gael había llamado a su puerta, no había escuchado a nadie salir del 314.
Ni pasos.
Ni otra puerta.
Ni el ascensor.
Nada.
Sin embargo, cuando había escuchado los sonidos detrás de la pared unos minutos antes, estaba completamente seguro de una cosa.
Gael no estaba solo.
Adrián miró hacia la pared que separaba ambos apartamentos.
Y por primera vez desde que había llegado, tuvo una pregunta que no tenía absolutamente nada que ver con Daniel.
¿Quién seguía dentro del apartamento de al lado?








