PARASITE
Las manos de Jeno estaban bañadas en sangre. Mientras intentaba presionar la herida. La victima lo veía con los ojos dilatados, con el sudor escurriendo por su frente, le vio escupir sangre.
Jeno temblaba, las lágrimas escurrían por sus mejillas una a una. La penumbra de la noche caía sobre ellos, el apartamento se encontraba con una sola luz encendida. El mayor de los dos supo que todo era real, cuando el sonido de las sirenas le aturdieron.
La policía había llegado.
No podía escapar, no podía escapar de su propio destino.
Había disparado, lo había herido. Y ahora debía esperar su sentencia.
●・○・●・○・●
5 años antes.
Jeno no esperaba que su vida tranquila, común y cotidiana, se viera amenazada, cuando conoció a Na Jaemin en la universidad. Jaemin era alguien encantador, te provocaba una sonrisa con tan solo verlo, era el chico popular que todos querían, el alumno brillante, el alumno del que nunca sospecharías nada malo.
Jeno estaba estudiando en la biblioteca, la primera vez que se encontró a Jaemin. El chico resplandeciente, se le acercó a preguntarle si sabía donde estaban los libros de sociología. En ese momento, el mayor sintió vergüenza. Jeno se consideraba alguien invisible, casi no tenía amigos, solo iba a estudiar a la universidad, y después regresaba a su casa a seguir estudiando. La vida llena de alcohol, drogas y fiestas sin control en la universidad era algo que no llamaba su atención.
En ese instante creyó que esa charla quedaría ahí, Jaemin seguiría con su camino y él con el suyo. Volviendo a ser el chico invisible que casi no hablaba.
Para su sorpresa, al parecer Jaemin y él tenían los mismos horarios, se encontraban varias veces en la semana, y Jaemin comenzaba a saludarle como si fueran amigos de toda la vida.
Cuando menos lo esperó, ya compartían mesa de estudio en la biblioteca, Jaemin le traía el almuerzo, le puso un apodo tierno “Nono” y él tenía el permiso de decirle “Nana” su vida común se vio atormentada cuando todos en la universidad cuchicheaban a sus espaldas, completamente intrigados por saber quién era Jeno. El chico común de finanzas que había llamado la atención de Na Jaemin.
Jeno no estaba seguro de cuando fue el momento en que se enamoró de Jaemin. La idea le atormentaba, ya que toda su vida perjuró que le gustaban las mujeres. Pero Jaemin había llamado su atención, cuando se besaron en esa fiesta a la que fue obligado a ir por la insistencia del rubio, no sabía que se había convertido en el portador.
Jaemin presumía con orgullo que era su novio. Todos en la universidad los envidiaban, tanto chichas como chicos, deseaban tener algo como lo que tenían. Un amor puro, un amor de película, lleno de flores, chocolates, cartas y palabras bonitas.
Su amor era tan envidiable, que se convirtieron en los reyes del baile de invierno. Dando paso a ser la primera pareja gay en lograrlo. Jaemin posaba con emoción a cada foto, se llamaba princesa presumiendo su corona y besaba con tanto amor a Jeno en el centro de la pista.
Nunca podías sospechar de Jaemin. Él era demasiado bueno como para transmitirte maldad.
“— Mañana quiero que me lleves flores a la universidad. Te estas marchitando, Nono. Debemos dar una buena impresión a los demás. — Jaemin se ponía un poco de brillo labial frente al espejo del cuarto de Jeno.
Solo tenía una camiseta larga puesta y se paseaba con las piernas desnudas sin ningún tipo de vergüenza. Jeno lo miró un momento desde la cama, intentando ocultar su desnudez con la sabana.
—No tengo dinero, Jaemin… Ya te lo dije. Mis padres solo me depositan lo necesario para la universidad. — El rubio rodó los ojos con cansancio y le miró con suplica.
—Pero Nono… soy tu novio ¿No merezco cosas lindas? Quiero que todos vean lo lindo que me tratas… ¿Acaso no me amas? ¿No me lo merezco?
Los ojos maquillados de Jaemin, se llenaron de lágrimas, haciendo un puchero notable, que brillaba por el bálsamo recién puesto. Jeno le miró atentamente, desviando la mirada cuando perdió la batalla.
—Tal vez… Si no compro el almuerzo de hoy y mañana pueda… comprarte un ramo de flores. — Murmuró y eso hizo sonreír a Jaemin. Las lágrimas rápidamente desaparecieron y recibió un beso ruidoso en la mejilla.
—Ese es mi Nono… Me daré una ducha, prepárate para la fiesta. Quiero verme increíble y muero por bailar.
Jeno solo asintió, quedando solo en la habitación minutos después. Él no quería ir a esa fiesta, él quería quedarse en casa a estudiar. Pero las cosas usualmente eran así. Y a Jaemin nunca podía decirle que no”
“Jeno lanzó el teléfono con enojo contra la pared, una vez terminó la llamada. Jaemin no tardó en acercarse a abrazarle por la espalda, dándole besos en los hombros con mucho cariño.
—Déjalos… Ellos no saben lo que dicen. No entienden que nos amamos y estamos hechos el uno para el otro. — Jaemin intentó calmarle y Jeno simplemente negó con la cabeza.
—Dicen que me estás manipulando, que eres malo para mí… Dicen que no van a darme dinero desde ahora, se dieron cuenta de que no pagué el semestre.
—Ellos no entienden que yo solo quería un teléfono nuevo, mi amor… Además, son tus padres, tienen dinero de sobra. — Jaemin se encogió de hombros sin importancia. Llenando más de besos la ancha espalda de su novio.
—Jaemin… Yo no puedo costear la universidad, si no me mandan dinero, tendré que dejar la carrera, estoy a dos semestres por terminarla. — Jeno le comentó completamente afligido, y Jaemin solo tuvo que sonreírle para que no se preocupara más.
—Te ayudaré a conseguir dinero, guapo. No te preocupes, no te esponjes… Ya sabes que verte molesto me excita.
Jaemin jugueteó con la tela de la playera de Jeno, intentando desnudarle. Jeno rápidamente lo detuvo.
—Jaemin, no tengo ánimos hoy…
Eso fue suficiente para que el rubio se alejara con clara molestia.
—¡Nunca quieres tocarme! ¡Te doy asco! — El menor lloriqueo, y eso, Jeno nunca lo soportaba, jamás quería ver ese lindo rostro lleno de lágrimas.
—No mi amor, pero estoy en una situación grave. Jamás me darías asco… no digas eso que me duele el corazón. — Jaemin soltó pucheros y pequeños sollozos.
—¡Ya te dije que te ayudaré a conseguir dinero! ¡Nunca me escuchas! Solo dime que no quieres hacerme el amor, te detesto.
El corazón de Jeno se hizo pequeño. Miró a su alrededor, intentando calmarse.
Tal vez, su novio tenía razón y se estaba preocupando de más. Porque Jaemin siempre querría lo mejor para Jeno.
—Tienes razón, discúlpame princesa… ¿Qué te parece si pedimos algo para comer? Después subiremos a la habitación. — Jaemin se lo replanteo, con el rostro mojado por las lágrimas.
—¿Me harás el amor?
—Toda la noche, princesa.
Jaemin sonrió cuando obtuvo lo que quería. Porque, aunque Jeno le dijera que no quería tener sexo, siempre debía obedecer cuando Jaemin tenía ganas”
“ —¡Es que te volviste loco! ¿Cómo hiciste una cosa así? — Jeno gritaba con enojo y molestia. Jaemin lo miraba de la misma forma. Completamente ofendido.
—¡Lo hice para ayudarte!
—¿Ayudarme? ¡Robarles a mis padres no es ayuda! — Porque cuando su madre le llamó esa mañana, completamente furiosa, no esperaba que la razón fuera que habían hecho una compra gigante a su nombre.
Jaemin había usado la tarjeta de emergencias. Y no para comprar comida, pagar la universidad o comprarse algo caro. Él había dado el enganche, de una casa, a su nombre.
—¡No me grites! ¡Lo hice por nosotros! — Jaemin comenzó a llorar, Jeno completamente afligido.
—¿¡Por nosotros!? ¿Sabes en lo que me metiste? ¿Sabes lo que tendré que pagarles a mis padres?
—¡Solo quería ayudar! ¡Quería que tuvieras algo a tu nombre! Para que podamos vivir juntos, para que no nos puedan separar. ¡Tus padres están podridos en dinero! — El llanto no se hizo esperar. El pequeño cuerpo de Jaemin temblaba.
Jeno sentía calambres en los brazos y en las piernas ¿Había escuchado bien? ¿Su pequeño Nana quería vivir con él?
—¿Quieres vivir conmigo…? — Fue lo único que su mente analizó, olvidando completamente la deuda millonaria que su inocente novio había hecho.
Jaemin asintió varias veces con la cabeza. Con sus ojos rojos y un puchero, intentó verse lo más dulce y vulnerable posible.
—Mi pequeño amor… Vivamos juntos. Mandemos a la mierda el mundo ¿Qué dices? — Jaemin sonrió de esa forma que le gustaba a Jeno y asintió.
—Solo tú y yo, Nono.”
Jeno mentiría si decía que no le dolió no ver a sus padres en su graduación. Las familias reunidas en la fiesta de fin de año, estaba llena de serpentinas, globos y alumnos felices.
Jeno no obtuvo ninguna llamada, ningún mensaje, sus padres y amigos no habían asistido. Dejándolo solo en uno de los días más importantes de su vida. Pero al menos tenía a su novio. Novio que nunca le dejaría, y estarían juntos para siempre.
Porque el portador comenzaba a tener consciencia propia, el portador comenzaba a hacerse más fuerte que la enfermedad. Y su obsesión por Na Jaemin, ya era inevitable.
Asistieron a la fiesta de graduación, Jeno no midió los niveles de alcohol. Jaemin le había otorgado un estupefaciente que no sabía exactamente que era. Pero Jeno no recordaba cuando había sido la ultima vez que se sintió así de vivo.
Jaemin le seguía emocionado, feliz de que por fin su novio se liberará, y sacará su verdadero yo. Tuvieron sexo en el baño, Jaemin gritaba y gemía sin descontrol, la excitación le recorría el cuerpo y la droga hacía que sintiera todo a flor de piel. Jaemin no recuerda cuantas veces se corrió, pero la mirada de enojo de su novio, lo llevaba al éxtasis.
Cuando salieron del baño, completamente despeinados y agitados, evidenciando lo que habían hecho. Jaemin solo pensaba en que quería a ese Jeno para siempre. Un Jeno divertido, un Jeno que no se preocupara por los demás, un Jeno obsesionado por él, ese Jeno que le había dado el mejor sexo de su vida. Y sabía perfectamente, cómo llevarlo a la locura.
“Jeno buscaba entre las personas a su novio, ya eran las tres de la mañana, y su cuerpo ya pedía un poco de tregua. Los amigos de Jaemin lo miraban con un poco de preocupación.
Era evidente, de qué, Jeno no estaba acostumbrado al alcohol, ni mucho menos a las drogas, así que su cuerpo se tambaleaba para ese punto de la fiesta y tenía la mirada oscurecida, con las pupilas completamente dilatadas.
Encontró a Jaemin poco después, lo que no esperaba, era verlo acorralado en una de las paredes del casino. Siendo besado o más bien, siendo devorado por la asquerosa boca de Mark Lee.
El mundo de Jeno se detuvo en ese momento, ni siquiera recuerda del todo que ocurrió. Pero recuerda perfectamente los gritos de los presentes, los gritos de Jaemin y los alumnos que intentaban alejarlo del cuerpo de Mark.
Le había golpeado tanto, que le rompió la nariz. Le abrió una de las cejas y probablemente necesitaría un par de dientes nuevos. Jeno tuvo suerte de que la familia de Mark no presentara cargos. Su madre se había encargado de todo el papeleo, y aunque ya no le hablaba a su hijo, era mejor tenerlo de civil que en la cárcel.
Todos después de eso, se preocuparon por el pobre Jaemin. Preguntándose como alguien tan lindo, carismático y lleno de vida como él. Estaba con alguien como Jeno, alguien raro, agresivo y misterioso. Muchos empezaron a especular rápidamente, que Jaemin era maltratado por él.
Lo que nadie sabía, es que ese día, algo despertó dentro de Jaemin. No sabía si había sido la adrenalina, la fuerza incontenible de Jeno o la forma que follaron cuando llegaron a casa, con un Jeno intentando marcar propiedad.
Pero, el virus despertó. Y nadie se daba cuenta, de que Jeno era la víctima, y Jaemin el victimario.”
●・○・●・○・●
Jeno llegó a casa después de un día largo de trabajo. Lo único que encontró, fue la casa exactamente como la dejó. Platos sucios, cosas por todas partes en la sala, envolturas y bolsas de comida rápida.
Suspiró, Jaemin no había limpiado de nuevo.
El susodicho salió de la habitación principal, con solo unos pantalones deportivos y una camiseta blanca sin mangas, era más que obvio que venía del gimnasio. Al verlo se le acercó con una sonrisa, robándole un largo beso, que Jeno ni se molestó en corresponder.
—Bienvenido a casa, guapo. — Jaemin le aflojó el nudo de la corbata y buscaba la manera de quitarle el saco. Jeno se alejó con cansancio.
—Te dije que limpiaras la casa, Jaemin. — El mencionado bufó con cansancio, yéndose a sentar al sofá en un claro berrinche, había rechazado evidentemente una sesión de sexo, de nuevo.
—Deja que la mujer de servicio lo haga, para eso le pagas. — Jaemin respondió sin interés, mirándose las cutículas de las uñas, Jeno aventó su maletín al sofá con molestia.
—Es la milesima vez que te digo, que ya no hay chica de servicio. Ya nadie quiere trabajar aquí por tus desplantes, Jaemin. — El menor rodó los ojos, aquello provocó que Jeno se acariciara la frente.
—Ella se lo buscó, casi arruina mi colección de tazas de París, claramente es un despido justificado. — El chico se relamió los labios.
Jeno no podía más.
—¿Y la anterior?
—Arruino mi camiseta favorita de la colección de invierno de New York, era insoportable, además, se le notaba a leguas que te quería follar. — Jaemin habló con tanta soltura, que Jeno lo miró incrédulo.
—Tenía como setenta años, Jaemin.
—¿Y eso le impedía mirar a mi esposo? Era una zorra.
Jeno y Jaemin contrajeron matrimonio, dos años después de salir de la universidad. Jeno se había estabilizado en una empresa, todo con ayuda de sus padres, porque hubo un momento donde se sintió tan atrapado, que tuvo que agachar la cabeza y pedir ayuda.
Eso nunca le gustó a Jaemin.
Jaemin decidió no ejercer por cuenta propia, siempre que Jeno le mencionaba la idea de conseguir un empleo, el menor hacía un desplante y se ponía a llorar, diciendo que tal vez lo odiaba y no lo amaba lo suficiente.
Jeno nunca podía decirle que no a Jaemin.
Pero últimamente, las cosas en la empresa no iban bien, y necesitaban ahorrar un poco.
—Como digas, pero hasta que consiga a una nueva empleada doméstica, deberás hacerte cargo de las cosas del hogar. Las cosas no han ido bien económicamente, tenemos que ahorrar un poco. Eso significa, nada de compras, nada de viajes, nada de joyas, nada de salida con tus amigos, y, sobre todo, lo repito otra vez, nada de compras.
Jaemin estaba ignorando por completo a Jeno mientras hablaba, su manicure era más interesante que su aburrido y estirado esposo. Llevaban meses sin sexo, claramente Jeno ya no tenía la talla, se excusaba diciendo que trabajaba demasiado. Pero Jaemin comenzaba a aburrirse.
Cuando escuchó la advertencia del otro, levanto la ceja, completamente ofendido. Era lo peor que pudieron decirle en la vida.
—¿Qué? Estás loco, ¿no? No voy a dejar de llevar mi vida, solo porque tu estúpida empresa esta pasando por momentos difíciles. Es tu trabajo como esposo, debes darme una vida digna, porque claramente me lo merezco.
Jeno miró a Jaemin en ese momento. Recordaba la forma en como se conocieron, como habían terminado siendo novios, recordó todas las veces que lo obligo a tener sexo, todas esas sesiones de terapia que tuvo que tomar a escondidas, cuando sentía pánico de estar desnudo, y cuando Jaemin se enteró que las tomaba, le hizo un escándalo, lo obligo a dejarlas y todo se “arreglo” teniendo sexo.
Era una rutina, Jaemin quería algo, Jeno no se lo daba, lloraba y gritaba, amenazaba con matarse frente a él. Muchas veces, Jeno miró a Jaemin tomar el cuchillo y ponérselo en el cuello, escenas que quisiera borrar de su mente.
Era como si tuviera un parasito en el cuerpo, solo era la marioneta de Jaemin, se había gastado todo su dinero, su familia no le hablaba, ya no tenía amigos porque al menor le daban celos que alguien más le hablara, solo iba de la casa al trabajo, del trabajo a la casa, no tenía permiso de salir.
Descubrió que Jaemin había colocado un GPS en su teléfono, no podía escapar, aunque quisiera, ya que después era bombardeado por preguntas, mensajes, llamadas, amenazadas y ese “Me voy a matar Jeno, espero que quede en tu consciencia cuando lo haga”
Jaemin era el parasito que había llegado a su vida sin avisar, y ahora era demasiado tarde como para encontrar la cura.
Porque todo comenzó a parecerle más real, cuando se dio cuenta de lo que pasaba. No fue en esos días cuando Jaemin se puso un cuchillo en la yugular, mientras lloraba y después lo amenazaba con ese mismo cuchillo, diciéndole que lo mataría primero, porque si no era de Jaemin, no sería de nadie.
Se dio cuenta, cuando después de varias infidelidades, encontrando a su esposo en la cama con otro hombre, a veces más de uno. No culpaba a Jaemin. El menor tenía el poder de llorar cuando quisiera, y con unas cuantas lágrimas, le decía que había sido un error, que había sido engañado y que no volvería a pasar.
Se dio cuenta, cuando culpaba a Jaemin, se culpaba a él mismo, por ser tan mal esposo, que su pareja necesitaba buscar atención en otra persona. Lo arreglaba con sexo que no quería tener, con regalos caros, con viajes, joyas, y lo que fuera por tenerlo contento.
Abrió los ojos, cuando después de mandar al hospital a cada hombre que pasaba por las sabanas de su cama matrimonial, obtuvo una denuncia del último. Casi termina tras las rejas, su padre tuvo que sacarlo gracias a sus contactos. Jeno ni siquiera pudo agradecerle, porque su padre lo miró con desprecio.
“Ese hombre va a terminar matándote”
Fue lo único que le dijo, y sabía que tenía razón.
Porque a pesar de todo eso, amaba a Jaemin más que a su vida, porque Jaemin era suyo, no podía ser de nadie más, era como la droga, porque amaba poseer ese cuerpo, hacerlo suyo, escuchar sus gemidos al momento de follar, y tener entre sus brazos a ese perfecto ser que fue hecho para él.
Sabía que Jaemin también lo amaba, porque si no lo amara ¿Por qué estaría con él? Era de Jaemin, y Jaemin era suyo. No pueden separar a dos almas destinadas, el mundo era una mierda, y los dos podían con el mundo.
O eso pensaba, hasta hace apenas unas cuantas semanas. Ser el portador del parasito, era difícil. Su cuerpo ya no le daba tregua, sentía que en cualquier momento iba a morir, pero estaba dispuesto a hacerlo si era por Jaemin.
Su bonito y lindo parasito.
—Debes ser un poco consciente, Jaemin. Yo pago las cuentas, pago cada maldita ropa que te pones, cada perfume caro que eliges, tus excéntricas comidas y las putas salidas con tus amigos. Debes tener un límite, debí ponértelo mucho antes.
—¡No puedes quitarme mis cosas! ¡Es injusto! Voy a matarme si no me das lo que quiero. — Ahí estaba, esas lagrimas que tocaban una fibra sensible en Jeno, pero está vez, era imposible darle lo que quería.
O comían o vivían a base de bolsos de diseñador.
—Esta vez no voy a caer, Jaemin. Estoy cansado, nos vemos mañana.
Jaemin abrió la boca; incrédulo, cuando miro a su esposo dirigirse a la habitación.
Estaba cansado de él, lo detestaba, lo odiaba, hace meses que no le daba buen sexo, ni siquiera cuando lo ponía celoso llevando a otros hombres a la cama, le daba la talla. Era aburrido, estirado y hace tiempo que le dejó de gustar.
Jaemin gritó, pataleo y lloró, haciendo un berrinche como un niño pequeño. Odiaba tanto a Lee Jeno. Era su marioneta, era su juguete, el portador no podía hacerle frente al parasito, porque el parasito mandaba. Y Jaemin era el líder.
El menor daba vueltas por la casa, pasadas las tres de la madrugada. Había bebido alcohol hasta perder el raciocinio. Respiraba con dificultad, y cuando tomó el arma que tenía escondida en uno de sus bolsos de diseñador, ni siquiera estaba pensando cuando se dirigió a la habitación matrimonial, donde su esposo dormía.
Jaemin le quitó las sabanas del cuerpo a Jeno, ni siquiera se molestó en encender las luces, todo era iluminado por la luz de la luna, que entraba por el gran ventanal de su habitación. Jeno al sentir el cambio de temperatura, se removió en la cama, buscando con la mano la forma de volverse a cubrir, se confundió al no sentir el cuerpo de su esposo recostado al lado suyo.
—¿Jaemin…? — La voz ronca y raposa de Jeno, le provocó una sonrisa ladina al menor, que tenía el arma apuntándole directamente a su esposo.
Porque Jeno era suyo, él podía hacer lo que quisiera con él. Y si ya no le gustaba, a Jaemin no le servía.
—¿Jaemin… qué sucede? — Jeno se talló los ojos, intentando regular la vista ante la oscuridad, encendió su lampara de su mesa de noche, y cuando visualizo a su esposo con el arma, sintió que el corazón se le fue al estómago. — ¿Qué mierda haces Jaemin? ¿Por qué tienes un arma?
El miedo podía notarse en la voz de Jeno, y esto solo hizo reír al menor. Jeno era tan idiota, nunca le gustó, nunca sintió nada por él. Solo quería su dinero, quería el estatus, quería salir de su miserable vida.
—Estoy cansado de tus mierdas, Jeno. Ya no me sirves, estoy cansado de que me rechaces en el sexo, de que no cumplas mis caprichos, que no me des la vida que merezco, estoy cansado de ti. — Jeno se alarmó más cuando vio de primera estancia como Jaemin le quitaba el seguro al arma.
Jeno rápidamente se levantó de la cama, levantó los brazos demostrando paz, intentando acercarse a pasos lentos a su esposo.
—Jaemin baja el arma… No hagas algo de lo que te puedas arrepentir… — Ni en sus sueños más locos, Jaemin sería capaz de amenazarlo con un arma.
Porque Jaemin lo amaba… ¿Verdad?
—¡Estoy harto de ti, Jeno! ¡Quiero que vuelvas a ser el de antes! ¡Que me ames, que me consientas! ¡Que sea la razón por la que respiras! — Lagrimas otra vez, pero había algo distinto en ellas, Jeno se dio cuenta del resentimiento de su esposo.
—Esta bien… Esta bien mi amor, discúlpame por ser tan mal esposo… — Se acercó un poco más, con las piernas temblando, con el alma en la garganta. Jaemin flaqueo un segundo, cuando le escuchó.
—Eres el peor esposo del mundo, ya no me tocas, no me compras cosas lindas, yo… yo te amo ¿Sabes? ¿Tu me amas?
Los ojos brillantes de Jaemin le miraron, este fue bajando poco a poco el arma, y eso le dio tiempo a Jeno de respirar, acercándose hasta que no sintió que había una amenaza, estrechando en sus brazos al menor.
—Yo te amo eternamente, mi pequeño Jaemin.
El menor lloró, se aferró a los brazos de su esposo, mientras este con cuidado le quitó el arma, cuando volvió a bajar la guardia, Jeno le abrazo más fuerte. Y Jaemin sonrió cuando creyó que Jeno no lo veía.
Siempre obtenía lo que quería. Y si quería a Jeno, lo conseguiría.
Lo que Jaemin no sabía, es que había quedado frente a uno de los espejos del cuarto, y aunque Jeno no lo miró de frente, si pudo ver a través del reflejo; su sonrisa.
Jeno solo era una marioneta, era el juguete de Jaemin.
Le dolió el corazón.
Ya no quería ser el portador, ya no quería sentir el veneno recorrer sus venas, quería sacarlo de su piel, quería tener una fiebre extrema para sacar el virus de su cuerpo.
Porque cuando Jeno tomó el arma, y apretó el gatillo debido al enojo y la traición que sintió en su corazón al ver al menor sonriendo, se dio cuenta de lo que había hecho.
Jaemin se desplomo en sus brazos, con los ojos completamente abiertos, impactado de que fuera victima de su marioneta. De ser traicionado de esa manera, Jaemin se vio a él mismo irse desplomando, cuando se dio cuenta, que Jeno le había visto por el espejo.
Jeno soltó el arma con miedo, una vez entró en razón. Diciendo “Mierda, mierda, mierda” una y otra vez sin detenerse.
Rápidamente llamó a emergencias, preso por completo del pánico. Le había disparado a Jaemin, al amor de su vida. A su parasito.
—Todo va a estar bien, mi amor. Todo va a estar bien, yo estoy aquí ¿Sí?
Las manos de Jeno estaban bañadas en sangre. Mientras intentaba presionar la herida. La victima lo veía con los ojos dilatados, con el sudor escurriendo por su frente, le vio escupir sangre.
Jeno temblaba, las lágrimas escurrían por sus mejillas una a una. La penumbra de la noche caía sobre ellos, el apartamento se encontraba con una sola luz encendida. El mayor de los dos supo que todo era real, cuando el sonido de las sirenas le aturdieron.
La policía había llegado.
No podía escapar, no podía escapar de su propio destino.
Había disparado, lo había herido. Y ahora debía esperar su sentencia.
●・○・●・○・●
Jeno estaba en la comisaria, con esposas en las muñecas, descalzo y siendo interrogado por más de un policía. Cuando llegó la ayuda, no pudo crear una coartada para librarse de lo obvio.
Le había disparado a Jaemin.
El menor había sido llevado por la ambulancia, completamente inconsciente. Había perdido mucha sangre, y era muy probable que Jaemin no sobreviviera.
Sin embargo, eso no lo ponía triste.
Los detectives miraban atento a Jeno, estaba ido, no se había negado a cooperar o confesar. Pero les era casi enfermizo como Jeno nunca preguntó el estado de salud de su esposo. Ni preguntó si iría a la cárcel.
Era como si… No le importara.
El padre de Jeno llegó a la comisaria, Jeno no le había llamado, pero sabía que se enteraría. Con ayuda de sus contactos, probablemente Jeno saldría en un par de días de prisión. Antes de que llevaran el caso a un juez.
Jeno miraba todo a su alrededor con interés.
No había lágrimas, no había llanto, no había quejas, no había amenazas. Solo había paz.
Por primera vez en cinco años, Jeno pudo respirar con calma. Se sintió vivo, sentía tranquilidad.
Podría acostumbrarse a eso… A una vida sin Jaemin.
Tal vez no era tan malo.
Era como volver a nacer.
Los detectives se miraron entre sí confundidos, cuando Jeno comenzó a reírse solo y a sonreírle a la nada. Estaba tan contento de ya no tener quejas, llanto o amenazas cerca, que era un perfecto motivo para sonreír.
Su padre se le acercó a pasos lentos, su risa se detuvo casi de golpe.
—Jaemin está bien… ¿Qué mierda sucedió, hijo? — Esa risa que había tenido hace apenas un minuto, se apagó.
—¿Jaemin…? ¿Está vivo? — El señor Lee suspiró, sin poder creer que el futuro brillante de su hijo hubiera terminado en cuatro paredes de una comisaría.
—Estuvo en cirugía, esta delicado, pero estable. En cuanto despierte, le preguntarán si levantará cargos en tu contra ¿Sabes lo que acabas de hacer?
Jeno se apagó.
No, no quería volver a vivir con Jaemin. No quería volver a tener que soportar sus desplantes y berrinches. No quería que lo obligara a tener sexo.
No quería, no quería, no quería…
Jeno se levantó de la silla en la que estaba, todos lo miraron confundidos. Incluso su padre, lo miraba con cierto temor.
Cuando creyó que era prudente, esquivó a los policías, y corrió. Corrió y corrió. Jeno solo podía escuchar los gritos de su padre, de los detectives que lo amenazaban con disparar por estarse dando a la fuga.
Todos entraron en pánico, cuando se dieron cuenta de que Jeno no quería salir del edificio, al contrario. Se adentraba más en él.
La adrenalina que pasaba por el cuerpo del chico era tanta, que empujaba y esquivaba los claros intentos de los policías por atraparle. Sus propios pies lo llevaron a la azotea de la comisaria.
Estaba lloviendo a cantaros. La brisa fría le golpeo en el rostro, y por primera vez en cinco años, se sintió vivo. Se sintió feliz.
Su padre lo había seguido, los policías estaban detrás de él. Le gritaban, le suplicaban que bajara de ahí. Pero cuando Jeno se subió al borde del techo, miró hacía abajo, las luces de la ciudad le daban un aspecto hermoso. Miró a su padre que le suplicaba de rodillas que no cometiera una locura.
Pero sabía lo que tenía que hacer.
Jeno le sonrió por ultima vez a su padre, antes de saltar al vacío.
Porque si quería dejar de tener al parasito en su cuerpo, primero tenía que exterminar al portador.








