Capítulo 1: Fricción
El peor momento del día no es el entrenamiento. Es el último periodo de clases, cuando el profesor de matemáticas sigue hablando de espaldas al pizarrón y el sol de las tres de la tarde pega directo en los bancos del fondo. Sientes cómo la playera del uniforme se te pega a la espalda por el calor, y el segundero del reloj de la pared parece moverse más lento a propósito.
Me dolía la base del dedo pulgar. Tenía una ampolla mal curada de la tarde anterior que me palpitaba cada vez que apretaba el bolígrafo para tomar apuntes en la libreta.
Sabía que si no la dejaba respirar, se iba a reventar a mitad de la práctica en el club. Pero admitir que me molestaba significaba que el capitán del equipo me mandaría a la banca a juntar pelotas, y ahora mismo no me podía permitir perder ni un minuto de juego si quería mantener mi puesto en el torneo de individuales.
Cuando sonó el timbre, el aula se convirtió en un caos sordo de sillas arrastrándose y mochilas cerrándose a las carreras. No me moví de inmediato. Esperé a que el pasillo se vaciara un poco; detesto la marea de gente empujándose en la escalera para llegar a los casilleros.
Caminé hacia el edificio del club deportivo con la mochila al hombro, sintiendo el peso de la raqueta golpear rítmicamente contra mi cadera.
El vestidor de tenis olía a lo de siempre: calzado húmedo, desodorante barato de espray y arcilla seca atrapada en las esquinas. Me cambié en silencio, escuchando de fondo las risas de los de segundo año que hablaban de un videojuego o de una chica de otra clase.
Yo no tenía energía para unirme a la conversación. Tenía la mente fija en mi servicio; llevaba una semana perdiendo el control del hombro en los saques abiertos y me estaba volviendo loco.
Salí a las canchas exteriores apretando el mango de la raqueta, buscando el tacto familiar de la cinta de agarre. El viento de la tarde levantaba una fina capa de polvo rojo que te dejaba un sabor amargo en los labios si abrías la boca.
Fue ahí donde la vi.
Estaba junto a la red de la cancha tres, discutiendo con el encargado del material porque las pelotas que le habían dado estaban demasiado desinfladas. Tenía el cabello rubio recogido en una coleta alta, pero se le soltaban varios mechones que le caían a los lados de la cara. Llevaba el uniforme blanco del club de chicas, un poco grande de los hombros, y los tenis sucios de tierra hasta los tobillos.
No estaba sonriendo ni haciendo una rabieta tenía esa expresión plana y obstinada de alguien que simplemente no va a dar el brazo a torcer por una estupidez.
—Son las únicas que quedan, Shindo —le dijo el encargado, un tipo de tercero que solo quería terminar su turno para irse a casa—. Úsalas o entrena sin pelotas.
Kei Shindo no respondió. Se agachó, recogió una de las pelotas del bote de plástico, la presionó con el pulgar para comprobar la nula resistencia del caucho y soltó un suspiro pesado que le infló los hombros. No se quejó más. Se dio la vuelta con el bote bajo el brazo y caminó hacia la línea de fondo de su pista.
Nuestros ojos se cruzaron un segundo mientras yo caminaba hacia mi cancha. Fue un vistazo rápido, de esos que das en el transporte público cuando no quieres que la otra persona prive de que la estás juzgando. Ella no me saludó y yo tampoco hice el intento de saludarla.
En ese momento éramos solo dos desconocidos que compartían el mismo espacio ruidoso de la escuela, cargando cada uno con sus propias frustraciones del día.
Me paré frente a la pared de práctica. Lancé la primera pelota al aire y golpeé. El sonido del impacto resonó seco, áspero, recordándome que hoy tampoco iba a ser un día fácil.
El sol ya se estaba ocultando detrás del gimnasio principal, tiñendo las canchas de un tono anaranjado y suave. El bullicio del club se había disipado; los chicos de segundo ya se habían marchado a la estación y solo quedaba el eco lejano del equipo de atletismo corriendo en la pista de atrás.
Me tocaba el turno de mantenimiento, así que agarré el rodillo pesado para alisar la arcilla de mi pista. Es un trabajo monótono, de esos que te permiten apagar la cabeza y escuchar el crujido de la tierra bajo tus tenis. Justo cuando iba a terminar la primera mitad, escuché el arrastrar de otro rodillo en la cancha de al lado.
Giré la cabeza.
Kei estaba empujando el suyo con calma, con los auriculares puestos y el flequillo rubio sujeto con un pasador azul para que no le molestara en los ojos. Ya no llevaba esa expresión seria de hace unas horas; tarareaba una canción que no alcancé a reconocer, moviendo los hombros ligeramente al ritmo de la música. Se veía más pequeña sin la raqueta en la mano.
En un punto de la línea divisoria, nuestros rodillos casi chocaron. Ella se detuvo, se bajó un auricular hacia el cuello y me miró con una sonrisa pequeña, de esas que das cuando te da un poco de pena haber estado cantando sola.
—Hola —dijo, pasándose el dorso de la mano por la frente para apartar un mechón rebelde—. Creo que te robé un poco de espacio en la esquina.
—No pasa nada —respondí, soltando el mango del rodillo. Me froté las manos en el pantalón corto, sintiéndome de repente un poco torpe—. De todos modos esa zona siempre se queda un poco deshecha por el viento.
—Ya lo noté. Es mi segunda semana en el club y juraría que esta arcilla tiene vida propia. —Soltó una risa suave, un sonido limpio que hizo que el ambiente se sintiera menos caluroso—. Por cierto, soy Kei. Creo que no nos habíamos presentado bien, aunque nos cruzamos siempre en la entrada del vestidor.
—Nao —dije, y por primera vez en toda la tarde, sentí que la tensión del hombro disminuía—. Nao Miyamoto. Estás en el grupo B de las chicas, ¿verdad? Te vi practicar el revés el martes.
Kei abrió un poco los ojos, sorprendida, y luego miró hacia su rodillo con las mejillas tiñéndose de un rosa muy leve, casi imperceptible bajo la luz del atardecer.
—¿En serio? Qué vergüenza. Mi revés es un desastre absoluto ahora mismo. Siento que la pelota sale volando a cualquier parte menos a la cancha.
—No es tan malo —le aseguré, y lo decía en serio. Había visto su determinación al golpear—. Solo abres la raqueta demasiado pronto antes del impacto. Si esperas un segundo más y dejas que el peso vaya hacia adelante, irá directo a la línea.
Kei se quedó pensándolo un momento, imitando el movimiento en el aire con la mano vacía. Luego me miró fijamente, con una chispa de entusiasmo honesto en los ojos que me hizo dar un vuelco extraño en el estómago.
—¿Un segundo más? Mañana voy a intentar eso. Si sale mal, te voy a echar la culpa, Miyamoto.
—Acepto el riesgo, Shindo —sonreí, una sonrisa real y tranquila.
Nos quedamos en silencio un instante, pero ya no era ese silencio incómodo entre dos extraños. Era el inicio de algo cómodo. Volvimos a nuestros rodillos, terminando de limpiar la pista bajo los últimos rayos del sol, compartiendo el mismo espacio mientras el día terminaba de caer.








