Dos Pasos Fuera Del Ritmo by 𝔜𝔞𝔤𝔬𝔯𝔬 at Inkitt
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Dos pasos fuera del ritmo

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Summary

✮⋆˙ Dos adolescentes que, por cosas del destino, terminan en la misma clase con un objetivo en común: salvar el año. Ambos deben trabajar en pareja para lograrlo, pero, mientras más tiempo pasan juntos, los sentimientos comienzan a florecer entre ellos. Pronto se dan cuenta de que quizá la coordinación no solo viene del corazón y de los pies... sino de algo mucho más profundo. ˙⋆✮

Status
3h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

✮⋆˙La decisión ˙⋆✮

¿Saben qué es lo peor de estar a punto de perder el año?


No se preocupen, yo les digo: tener que humillarse ante los profesores para pasar el año.


—Rojas, si hubieras prestado atención a clases, no estarías rogando ahora mismo —me regaña nuestro tutor de curso, el profesor Enrique.


Bajé la cabeza. Sabía que tenía razón. Me pasé los dos primeros trimestres sin asistir a clases y ahora tenía que afrontar las consecuencias de ello.


—Profesor, solo regáleme un punto, solo uno —supliqué de rodillas, gateando por el piso con las manos juntas en una plegaria.


Me veía tan patética que, si mi yo del pasado me viera ahora, se burlaría de mí sin dudarlo.


En mi vida le había rogado tanto a alguien como lo estaba haciendo en esos momentos. Ni siquiera a mi exnovio le rogué como le estaba rogando al profesor.


—Alex, tu promedio es de 6.0. Si no haces nada para mejorarlo, vas a reprobar el año —me explica el profesor.


Sentí un balde de agua fría caer sobre mi cabeza al comprender la gravedad de la situación. Las risas ya no eran suficientes. Tenía que intentar mejorar.


—Serás transferida al aula E —añade.


Oh, no. Todo menos el aula E.


Ahí es donde mandan a quienes tienen malas notas, a los problemáticos y a todos aquellos que rompen más de tres reglas de la escuela.


—Profesor, no —volví a implorar.


Él solo se limitó a encogerse de hombros.


Salí del aula y me dirigí hacia mi nuevo salón. Mi mochila colgaba de mi hombro y mis pasos eran largas zancadas, una tras otra. Brinqué un escalón, luego otro y otro, y así sucesivamente hasta llegar al final.


No quería ir a esa aula. De verdad no quería.


Finalmente llegué al aula. La puerta estaba cerrada, pero podía escuchar el caos en el interior. Mi mano empujó la puerta un poco; esta se movió solo unos centímetros.


—¿Vas a entrar o te vas a quedar ahí parada? —escuché una voz detrás de mí.


Al girar, ahí estaba un chico de piel bronceada, cabello castaño, algo despeinado y húmedo. Alzó una ceja, esperando mi respuesta.


Me hice a un lado, dejando que él entrara.


—Gracias —me agradeció.


Asentí por instinto.


—De nada —respondí, moviendo mi mano.


Él se detuvo antes de entrar por completo.


—Te sugiero que entres ya. El profesor es un poco… gruñón —me aconsejó aquel chico.


Entré de prisa, siguiendo su indicación. Todos estaban sentados en sus lugares, charlando o simplemente en su mundo.


Busqué una silla con la mirada, pero no había una sola banca disponible.


El profesor entró justo cuando yo caminaba por el pasillo hacia una silla que se encontraba en el fondo de la clase.


Llevaba un maletín de cuero. Parecía todo un godín. En su mano sostenía lo que parecía ser una lista de estudiantes.


—Clase, hoy se integra una nueva persona al aula —dijo con desinterés.


Se sentó frente a su escritorio y encendió la computadora.


—¿Alexa? ¿Dónde está Alexa? —dijo, leyendo la hoja y entrecerrando los ojos.


—Esto debe de ser una broma —murmuré para mí misma.


—Es Alex, no Alexa —aclaré.


Para muchos es solo una letra. Para mí, es mi identidad.


—Es lo que dije. Toma asiento.


Alzó la vista solo lo suficiente para verme.


Bufé.


El próximo año sí voy a estudiar para no volver al aula E.


Me senté en aquella banca que parecía olvidada por Dios.


La superficie estaba cubierta de tinta, dibujos y relieves de cuchillas. El profesor ni siquiera dio una sola lección; solo estuvo sentado mirando su ordenador.


Apoyé la cabeza contra la mesa.


—¿Ya te has aburrido? —era el mismo chico.


—Sí —fui honesta.


Al menos en mi otra aula tenía amigos, un asiento que era mío y que era funcional. Esta banca me estaba astillando el trasero.


—Alex, ¿cierto? —preguntó el chico, haciendo memoria.


Moví mi dedo índice en el aire para decir que sí.


—Qué bien. Yo soy Gael. Me llamo Gael y todos me dicen Gael —se presentó, extendiendo su mano hacia mí.


Dios, parecía que estábamos cerrando un trato al saludarnos con un apretón de manos.


Solo asentí con la cabeza. De verdad esperaba algún reto, pero comprendí que solo éramos relegados al aula E. Realmente no había lecciones de recuperación.


—Y yo soy Alex… Bueno, Alex Sandra, pero prefiero Alex —me presenté.


Mis hombros estaban algo caídos.


—¿Alexandra? —lo pronunció de forma lenta, como si deseara confirmar si era correcto.


Negué con la cabeza.


—Primero es Alex y Sandra es separado. Son dos nombres —le expliqué con paciencia.


Siempre tuve esos problemas con mi nombre. Muchos lo escribían o pronunciaban como Alexandra, pero no es así.


Mis padres me registraron estando ebrios. No son malos padres, solo son un poco tontos y yo… soy aún más tonta que ellos dos juntos.


—Es lindo tu nombre —lo halagó Gael.


—Gracias. El tuyo también lo es —le devolví el cumplido.


El profesor seguía frente al ordenador. Los demás alumnos estaban en su propio mundo. Nadie parecía interesado en la clase.


Las manecillas del reloj seguían avanzando: segundos, minutos y así sucesivamente.


—Él es el profesor… Bueno, nadie sabe su nombre y él tampoco sabe el nuestro —me explicó Gael, riendo ante la ironía.


El profesor Enrique, al menos, se sabía mis nombres.


—Pero la tutora del grupo, la profesora Noelia, ella sí da clases de verdad.


—¿Noelia? —repetí.


Comencé a hacer memoria y a recordar las únicas cinco clases a las que asistí en todo el año.


Noelia.


Profesora de danza y, por lo que sea, tutora del grupo E.


—Si quieres recuperar el año, Noelia es la indicada —añadió Gael.


El timbre sonó.


Aquel profesor salió del aula con su maletín, dejando el aula en un caos aún más caótico que antes.


Todos corrían, gritaban, saltaban. Eran ellos mismos.


Me costó integrarme un poco. Extrañaba a mis amigos.


Sé que seguimos en la misma escuela, pero ellos están hasta el otro lado de la escuela.


—¿Cuánto sacaste en el examen? —decían unas chicas cerca de nosotros.


—7.9. Mi mamá me va a matar —respondió una de ellas.


Si a ella, con casi un ocho en la boleta, la van a regañar y probablemente castigar, a mí, con un cinco, me van a sepultar llegando a mi casa.


La puerta se abrió.


Entró la profesora Noelia cargando un enorme bolso de gimnasio. Los bolsos convencionales no iban con ella. Guardaba en su bolso la mitad de su casa.


No me sorprendería si un día nos dice que vive en su bolso.


El ruido paró.


Las risas cesaron.


Todos se sentaron derechos.


¿Era tan mala esa maestra?


Su sola presencia imponía respeto e intimidaba.


—¿Ya conocen a su nueva compañera? —preguntó, dejando caer el bolso en el piso.


Sonaba como si llevara mancuernas en su interior.


Alcé la mano.


—Ya. Me presenté en la clase anterior —respondí.


—Bien, perfecto —sonrió.


—Como ya sabrán, pronto empezará la época de recuperación. Ustedes no están aquí precisamente por tener un promedio de envidia —nos explicó.


Era directa. Tenía una voz serena. No había necesidad de que alzara la voz; con un tono neutro bastaba para que todos prestaran atención.


—Este año, el curso E va a participar en un bailable escolar —comenzó a decir.


Tomó un marcador verde limón con tan poca tinta que apenas se veía que escribía.


—Quien se inscriba en el bailable obtendrá los puntos suficientes para pasar el año —dijo, señalando a todos con una sonrisa.


—Si se inscriben en el bailable, tendrán justificantes para exentarse de otras clases.


Vi cómo los ojos de mis compañeros brillaron ante tal noticia.


—Pueden ganar el 60 % de su calificación entregando los trabajos, participando en clases y todo eso, o estando en el bailable —nos explicó.


Todos comenzaron a discutir cuál era la mejor opción.


—Un momento —dijo quien parecía ser la presidenta del aula.


Espera… ¿tenemos presidenta?


—El bailable suena perfecto. Tan perfecto que podría ser una trampa —señaló ella, ajustando su broche sobre el cabello.


La profesora asintió ante tal análisis.


—Correcto —respondió.


—Si se anotan en el bailable, tendrán que asistir a todos y cada uno de los ensayos y, en la presentación final, debe de ser perfecta para ganar ese 60 % prometido.


Vaya. Esa chica sí que era lista para haber visto tal trampa.


La profesora dejó una hoja pegada al pizarrón donde explicaba cómo funcionaba la obtención de puntos en ambas decisiones.


Opción A) Clases y tareas


Participar en clase: 10 %


Entregar trabajos: 10 %


Entregar tareas: 10 %


Hacer exposiciones: 10 %


Buen comportamiento: 10 %


Trabajos extra: 10 %


Porcentaje final: 60 %


Opción B) Bailable


Asistir a los ensayos: 15 %


Presentarse en la presentación: 15 %


Si la presentación sale bien: 30 %


Porcentaje final: 60 %


Prefería una y mil veces sudar como caballo de feria.


Solo son tres requisitos…


¿Qué tan difícil puede ser?


Al finalizar las clases, me anoté en la lista de los que se inscribieron al bailable. Eran pocos, quizá unos diez o doce. No le presté mucha atención.


—¿Qué elegiste? —me preguntó una de mis compañeras.


—Bailable —respondí con orgullo, como si mi decisión me hiciera ganar un Premio Nobel.


Ella solo me miró con lástima.


—Te deseo mucha suerte.


Volví a casa a las 14:40. La escuela no está muy lejos de casa.


Al abrir la puerta, Samuel estaba en la cocina cargando en brazos a Lilian. La bebé dormía apoyada contra su pecho.


—Cierra la puerta después. Al final se durmió —pidió Samuel, lanzándome una mirada que prometía consecuencias si Lilian despertaba.


—Sí, sí —asentí.


Cerré la puerta con máximo cuidado y fui hacia ellos.


La mamá de Lilian falleció cuando ella nació. Samuel tuvo que hacerse cargo de ella y, pese a lo que muchos piensan, Samuel es un gran padre y yo una excelente tía.


Extendí mis manos, sonriendo y pidiendo cargar a la bebé. Samuel me la entregó, fue hacia el sofá y se dejó caer, hundiendo su rostro entre los cojines.


—Qué bueno que llegaste —murmuró. Su voz apenas se escuchaba, amortiguada por la tela.


—No pude dormir en todo el día desde que te fuiste —comentó, bostezando.


La bebé movía sus extremidades en todas direcciones y soltó un pequeño gemido. Alcé la vista con preocupación, mirando a Samuel.


—¿Lilian está bien? —dije con preocupación, mirando entre ambos.


—Sí, solo se está acomodando para dormir. Busca la posición más cómoda —me explicó.


Suspiré aliviada.


Me senté en el sofá a su lado. Movía mis brazos con cuidado, arrullando a mi sobrina. Le conté a Samuel sobre lo que pasó hoy: cómo me cambiaron de clase, qué clase era, la actividad que elegí y todo lo demás. Él solo escuchaba, o quizá ya estaba durmiendo y no lo noté.


A la hora de la comida, nos sentamos en el comedor. Samuel sirvió dos platos de comida, uno para él y otro para mí. Mamá y papá estaban trabajando y llegarían hasta el anochecer.


Lilian estaba sentada en su trona. Yo tenía un pequeño frasco de puré de zanahoria en la mano para alimentarla. Sus mejillas estaban cubiertas de zanahoria, sus manos e incluso su cabello. Sus dientes apenas comenzaban a brotarle, pero su mordida dolía como la de un tiburón.


Al caer la noche, llevé a la niña a su cuna. La coloqué con cuidado, cubriendo su cuerpo con una manta y dejando aquel conejo de felpa que tanto amaba a su lado.


—Gracias, Alex —me agradeció Samuel, sonriendo, algo cansado.


—No hace falta que agradezcas. Somos familia y la familia se cuida, ¿no es así? —afirmé.


Él solo me abrazó.


—Gracias —volvió a repetir.


Mamá y papá llegaron, cenaron y nos contaron su día. Papá no dejaba de quejarse de un compañero de trabajo; mamá solo se quejaba de los clientes.


Yo ya había cenado, pero no quería que ellos cenaran solos, así que me serví una pequeña porción de comida en mi plato.


—Alex, estás comiendo muy poco —dijo mi padre con preocupación.


—Sí, ya había comido antes de que llegaran —respondí, señalando los platos sucios en el lavaplatos.


Pero papá no me creyó. Me sirvió más comida y… tuve que comer mientras escuchaba sus regaños sobre mi salud.


—Papá, de verdad, estoy bien —insistí por quinta vez.

✮⋆˙Alex cuidando de Lilian (imagen generada con IA)

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