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Siempre me dijeron que parec铆a un buen sacerdote.
Supongo que era por la ropa.
La sotana negra, los detalles dorados, el cabello arreglado y esa est煤pida costumbre de caminar por la iglesia con las manos juntas.
鈥擠ios siempre est谩 observando 鈥攄ec铆a cuando alguien hac铆a algo malo.
Y sonre铆a.
Era bastante f谩cil.
La gente cree demasiado r谩pido cuando alguien habla con seguridad.
Yo pod铆a pasar horas frente al altar.
Pod铆a rezar.
Pod铆a hablar sobre Dios.
Pod铆a decir que hab铆a que tener fe incluso cuando las cosas estaban mal.
Y nadie sospechaba absolutamente nada.
鈥斅縏煤 realmente crees en Dios?
Esa pregunta siempre me hac铆a gracia.
鈥擯or supuesto.
Ment铆a.
No creo en Dios.
Nunca lo hice.
O quiz谩s alguna vez s铆.
Cuando era ni帽o.
Antes de aprender que un hombre pod铆a hablar de Dios mientras hac铆a cosas horribles.
Antes de aprender que una sotana no hac铆a bueno a nadie.
Antes de entender que algunas personas pod铆an esconderse detr谩s de una iglesia y despu茅s volver a casa como si no hubieran hecho nada.
Yo era demasiado peque帽o para entenderlo.
Pero s铆 entend铆a que ten铆a miedo.
Y tambi茅n entend铆a que nadie me escuchaba.
Por eso odio las iglesias.
Odio las cruces.
Odio los sermones.
Odio cuando alguien habla sobre el perd贸n como si fuera una cosa sencilla.
Y sobre todo odio a los hombres que dicen hablar en nombre de Dios.
Aun as铆, sigo usando esta ropa.
Sigo rezando.
Sigo sonriendo.
Sigo dici茅ndole a la gente que tenga fe.
Es curioso.
Supongo que aprend铆 a convertirme exactamente en aquello que m谩s odio.
A veces me siento frente al altar cuando no queda nadie.
Me quedo mirando la cruz durante unos minutos.
No rezo.
Nunca estoy rezando.
Solo miro.
Y algunas noches pienso en aquel ni帽o que fui.
El mismo que esperaba que alguien entrara por aquella puerta.
El mismo que esperaba que Dios hiciera algo.
Pero nunca hizo nada.
As铆 que bajo la mirada y sonr铆o.
鈥擰u茅 decepci贸n.
Y por primera vez en todo el d铆a, no estoy fingiendo.








