Capítulo 1: El límite del muro
Hay tres metros de distancia entre la ventana de mi habitación y la de Yoon Taehyun. Tres metros exactos. Lo sé porque nos pasamos toda la infancia intentando construir puentes de cartón, lanzándonos aviones de papel y cruzando de un lado a otro por la rama del cerezo del jardín cuando se suponía que debíamos estar durmiendo.
A los siete años, esa distancia no significaba nada.
A los diecinueve, con Taehyun midiendo casi un metro ochenta y cinco y ocupando prácticamente la mitad de mi cama cada vez que se le da la gana, esos tres metros son lo único que evita que pierda la cabeza por completo.
-Seo-jin, te vas a quedar ciego si sigues pegado a esa pantalla -murmuró su voz, demasiado cerca de mi oído.
Sentí un escalofrío ridículo bajarme por la nuca.
Taehyun estaba tirado a mi lado, bocarriba, con un brazo bajo la cabeza y la otra mano jugando distraídamente con un mechón de mi cabello rubio.
Tenía el pelo negro, rebelde y algo largo, cayéndole sobre las cejas gruesas y esos ojos oscuros que hacen que la gente en la calle se aparte cuando camina con la cara seria.
Para todos los demás, Yoon Taehyun es intimidante. Para mí, es el idiota que se queja si no le sirvo cereal en su taza favorita.
-Tengo que terminar esto para mañana, Tae -dije, intentando que mi voz sonara normal, neutral, la de un mejor amigo decente y no la de alguien que estaba a punto de colapsar porque el calor de su cuerpo me atravesaba la ropa.
-Pides demasiado de ti mismo. Ven acá.
Sin pedir permiso, me rodeó la cintura con el brazo libre y me jaló hacia él como si fuera un peluche. Mi espalda chocó contra su pecho sólido y firme. El tipo entrenaba todos los días y se notaba; debería ser normal sentirme así de cerca de mi mejor amigo, pero mi cerebro parecía empeñado en recordarme exactamente por qué esa cercanía era un problema.
Dios, Seo-jin, cállate. Cállate y respira.
Él es hetero. Obviamente es hetero. Tiene a medio campus detrás de él, y aunque nunca lo he visto salir con nadie seriamente, asumir que siente algo por su vecino con el que creció es la forma más rápida de arruinar catorce años de amistad.
Todo cambió a los 16. Recuerdo la época exacta porque coincidió con el estirón de Taehyun y el momento en que dejé de verlo como el niño con el que jugaba en el barro para empezar a notar lo atractivo que se estaba volviendo. Al principio traté de ignorarlo, pero luego empezaron los sueños. Fantasías recurrentes de las que me despertaba con el corazón desbocado y la piel ardiendo: Taehyun sobre mí en la oscuridad de esta misma habitación, sujetando mis muñecas contra el colchón mientras sus labios recorrían los míos y sus dedos se enredaban en mi cabello. Soñar con esa dominación, con esa forma en la que me sometía tan fácilmente bajo su peso, me hizo entender la aterradora verdad de lo que sentía por él.
Si se enterara de las cosas obscenamente detalladas que imagino cuando no me ve... me odiaría. Se alejaría tanto que esos tres metros entre nuestras ventanas se sentirían como kilómetros.
-Hueles a jabón de vainilla -murmuró Taehyun, pegando la barbilla a mi hombro. Su agarre en mi cintura se volvió un poco más firme, aplastándome suavemente contra él-. Quédate así cinco minutos. Estoy cansado.
-Taehyun, no puedo escribir si me tienes prensado...
-Te ayudo después. Quédate quieto.
Cerré los ojos, sintiendo el ritmo constante de su corazón contra mi espalda. Él no tenía idea de la tortura que esto era para mí. Ni una sola idea. Mientras yo me consumía en silencio midiendo cada uno de mis pensamientos, Taehyun simplemente respiraba hondo, hundiéndose más en mi cuello como si este fuera el único lugar del mundo al que pertenecía.
Y lo peor de todo es que no tenía la menor intención de moverme.








